CIUDAD DE LOS ANGELES CAIDOS
CASADORES DE SOMBRAS
Postearé los primeros capítulos traducidos si alguien tiene comentarios no duden en postearlos.
El 4to libro de la saga cazadores de sombras, unos meses después de lo ocurrido en el 3er libro.
TRADUCIDO POR EL FORO DARK GUARDIANS
Publicare el PDF cuando este completo
Si kieren mas capitulos comenten... y pondre otros 3 o 4...
COMPLETO EL LIBRO HACE MEEESEEEES
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Parte Uno
Ángeles Exterminadores
Hay enfermedades que caminan en la oscuridad; y hay ángeles exterminadores, que vuelan envueltos en las cortinas de la inmaterialidad y una naturaleza sin comunicación, a quienes no podemos ver, pero sentimos su fuerza y nos hundimos bajo su espada.
—Jeremy Taylor, “Un Sermón de Funeral”
1
El Amo
Traducido por Pamee
“Sólo café, por favor.”
La camarera arqueó sus cejas dibujadas. “¿No quiere nada para comer?” preguntó. Su acento era marcado, su actitud desilusionada.
Simon Lewis no podía culparla; probablemente ella estaba esperando una mejor propia de la que iba a conseguir con una sola taza de café. Pero no era su culpa que los vampiros no comieran.
A veces, en restaurantes, ordenaba comida de todas formas, sólo para conservar la apariencia de normalidad, pero el martes en la noche, cuando Veselka estaba casi vacío de otros clientes, no parecía valer la pena la molestia. “Sólo el café.”
Con un encogimiento de hombros la camarera cogió su menú laminado y se fue a solicitar su orden. Simon se sentó en la dura silla de plástico del restaurante y miró alrededor. Veselka, un restaurante de la Novena Calle y la Segunda Avenida, era uno de sus sitios favoritos en el Lower East Side—un restaurant de barrio antiguo empapelado con murales blanco y negro, donde dejaban que te sentaras allí todo el día siempre y cuando ordenaras café con un intervalo de media hora. También servían lo que una vez había sido sus favoritos pierogi vegetariano y borscht , pero esos días estaban atrás.
Eran mediados de octubre, y acababan de poner sus decoraciones de Halloween—una señal oscilante que decía ¡TRUCO O BORSCHT! Y un falso vampiro recortado en cartón apodado Conde Blintzula . Hubo una vez en que Simon y Clary habían encontrado hilarantes las cursis decoraciones navideñas, pero el Conde, con sus falsos colmillos y capa negra, no impresionaba a Simon de tan divertido que era, nunca más.
Simon miró hacia la ventana. Era una noche fresca, y el viento soplaba hojas a través de la Segunda Avenida como puñados de confeti tirado. Había una chica caminando por la calle, una chica en un ajustado abrigo con cinturón, con el cabello largo y negro que volaba en el viento. La gente se giraba a mirarla cuando pasaba. Simon había visto a chicas como ella, antes en el pasado, ociosamente preguntándose donde iban, con quien se encontrarían. No chicos como él, lo sabía seguro.
Excepto esta. La campanilla en la puerta frontal del restaurante sonó cuando la puerta se abrió, e Isabelle Lightwood entró. Sonrió cuando vio a Simon, y se acercó a él, encogiéndose de hombros se sacó el abrigo y lo colgó del respaldar de la silla antes de sentarse. Bajo el abrigo estaba usando uno de los que Clary llamaba sus “típicos conjuntos de Isabelle”: un ajustado y corto vestido de terciopelo, medias de red, y botas. Había un cuchillo atrapado en lo alto de su bota izquierda el cual, Simon sabía, él era el único que podía verlo; aún así, todos en el restaurant la estaban observando mientras ella se sentaba, echando el cabello hacia atrás.
Lo que fuera que estuviera usando, Isabelle atraía atención como un espectáculo de fuegos artificiales.
La hermosa Isabelle Lightwood. Cuando Simon la había conocido, había asumido que ella no tenía tiempo para chicos como él. Resultó estar mayormente en lo correcto. A Isabelle le gustaban los chicos que sus padres desaprobaban, y en su universo eso quería decir Submundos—hadas, hombres lobos, y vampiros.
Que ellos hubieran estado saliendo regularmente durante el último mes o dos, lo asombraba, incluso si su relación estaba limitada mayormente a encuentros poco frecuentes como este. Y no podía evitar preguntarse, si nunca hubiera cambiado a vampiro, si su vida entera no se hubiera alterado en ese momento, ¿estarían saliendo en absoluto?
Ella metió un mechón de cabello detrás de su oreja, su sonrisa brillante. “Te ves bien.”
Simon lanzó una mirada hacia si mismo en la superficie reflectante de la ventana del restaurante. La influencia de Isabelle era clara en los cambios en su apariencia desde que habían estado saliendo. Le había obligado a deshacerse de sus sudaderas con capucha a favor de las chaquetas de cuerpo, y sus zapatillas de deporte a favor de botas de diseñador. Las cuales, de paso, costaban trescientos dólares el par. Él todavía usaba sus características camisetas con frases—ésta decía LOS EXISTENCIALISTAS LO HACEN SIN MOTIVO—pero sus vaqueros ya no tenían agujeros en las rodillas y los bolsillos rotos. También se había dejado el cabello largo para que ahora cayera sobre sus ojos, cubriendo su frente, pero eso era más por necesidad que por Isabelle.
Clary se burlaba de él por su nuevo look; pero, además, Clary encontraba todo acerca de la vida amorosa de Simon en el límite de lo hilarante. No podía creer que estuviera saliendo con Isabelle de cualquier forma seria. Por su puesto, tampoco podía creer que también estuviera saliendo con Maia Roberts, una amiga de ambos que había resultado ser una mujer lobo, de un modo igualmente serio. Y realmente no podía creer que Simon aún no le hubiera dicho a ninguna de ellas acerca de la otra.
Simon no estaba realmente seguro de cómo había pasado. A Maia le gustaba venir a su casa y usar la Xbox—no tenían una en la abandonada estación de policía donde la manada de hombres lobo vivía—y no fue hasta la tercera o cuarta vez que lo había visitado que ella se había inclinado y le había dado un beso de despedida antes de irse. Él había estado complacido, y luego había llamado a Clary para preguntarle si necesitaba decírselo a Isabelle. “Averigua lo que está pasando contigo e Isabelle,” dijo ella. “Luego cuéntale.”
Este había resultado ser un mal consejo. Había pasado un mes, y él aún no estaba seguro de qué estaba pasando con él e Isabelle, así que no había dicho nada. Y cuanto más tiempo pasaba, más incómoda se volvía la idea de decir algo. Hasta ahora lo había hecho funcionar. Isabelle y Maia no eran realmente amigas, y raramente se veían la una a la otra.
Desafortunadamente para él, eso estaba a punto de cambiar. La madre de Clary y su viejo amigo, Luke, se casarían en unas semanas, y tanto Isabelle como Maia estaban invitadas a la boda, una perspectiva que Simon encontraba más aterradora que la idea de ser perseguido a través de las calles de Nueva York por una furiosa multitud de vampiros cazadores.
“Así que,” dijo Isabelle, sacándolo de un golpe de su ensimismamiento. “¿Por qué estamos aquí y no en Taki’s? Te sirven sangre ahí.”
Simon hizo una mueca ante su volumen. Isabelle no era nada si no sutil. Afortunadamente, nadie parecía estar escuchando, ni siquiera la camarera quien volvió, dejando de golpe una taza de café en frente de Simon, miró a Izzy, y se fue sin tomar su orden.
“Me gusta estar aquí,” dijo él. “Clary y yo solíamos venir aquí cuando ella estaba tomando clases en Tisch. Tienen borscht y blintzes geniales—son como bolas de masa de queso dulce—además está abierto todo el día.”
Isabelle, sin embargo, estaba ignorándolo. Estaba mirando más allá de su hombro. “¿Qué es eso?”
Simon siguió su mirada. “Eso es el Conde Blintzula.”
“¿Conde Blintzula?”
Simon se encogió de hombros. “Es una decoración de Halloween. El Conde Blinzula es para los niños. Es como el Conde Chocula , o el Conde en Plaza Sésamo.” Sonrió ante su mirada en blanco. “Ya sabes. Él enseña a los niños cómo contar .”
Isabelle estaba sacudiendo la cabeza. “¿Hay un programa de TV donde a los niños se les enseña a contar por un vampiro?”
“Tendría sentido si lo hubieras visto,” murmuró Simon.
“Hay una base mitológica para tal interpretación,” dijo Isabelle, cayendo en el modo de conferencia de los Cazadores de Sombras. “Algunas leyendas aseguran que los vampiros están obsesionados con contar, y que si derramas granos de arroz en frente de ellos, tendrán que detener lo que están haciendo y contar cada uno. No hay verdad en eso, por supuesto, no más que eso del ajo. Y los vampiros no tienen asunto enseñándole a los niños. Los vampiros son terroríficos.”
“Gracias,” dijo Simon. “Es una broma, Isabelle. Él es el Conde. Le gusta contar . Ya sabes. ‘¿Qué comió hoy el Conde, niños? Una galleta de chips de chocolate, dos galletas de chips de chocolate, tres galletas de chips de chocolate...’”
Hubo una ráfaga de aire frío cuando la puerta del restaurante se abrió, dejando entrar otro cliente.
Isabelle se estremeció y alcanzó su pañuelo de seda negro. “No es realista.”
“¿Qué prefieres? ‘¿Qué comió hoy el Conde, niños? Un campesino indefenso, dos campesinos indefensos, tres campesinos indefensos...’”
“Shh.” Isabelle terminó de anudar su pañuelo alrededor de su garganta y se inclinó hacia adelante, poniendo su mano en la muñeca de Simon. Sus grandes ojos oscuros estaban repentinamente animados, de la forma en que sólo se animaban cuando ella o estaba cazando demonios o pensando acerca de matar demonios.” “Mira hacia allá.”
Simon siguió su mirada. Había dos hombres de pie por la vitrina con frente de vidrio que contenía productos de panadería: gruesas tortas glaseadas, platos de rugelach , y danesas rellenas de crema. Ninguno de ellos lucía como si estuvieran interesados en la comida, sin embargo. Ambos eran pequeños y dolorosamente flacos, tanto es así que los huesos de sus pómulos sobresalían como cuchillos de sus rostros incoloros. Ambos tenían fino cabello gris y pálidos ojos grises, y usaban abrigos con cinturón color pizarra que llegaban al suelo.
“A ver,” dijo Isabelle, “¿qué crees que son?”
Simon entrecerró los ojos hacia ellos. Ambos le devolvieron la mirada, sus ojos sin pestañas como vacíos agujeros.
“Lucen un poco como gnomos de césped malvados.”
“Son humanos subyugados,” siseó Isabelle. “Pertenecen a un vampiro.”
“‘¿Pertenecen como en... ?”
Ella hizo un ruido impaciente. “Por el Ángel, no sabes nada de los de tu clase, ¿no? ¿Sabes siquiera como son hechos los vampiros?”
“Bueno, cuando una mami vampiro y un papi vampiro se aman mucho el uno al otro...”
Isabelle le hizo una cara. “Bien, sabes que los vampiros no necesitan tener sexo para reproducirse, pero te apuesto que no sabes como funciona realmente.”
“Lo sé también,” dijo Simon. “Soy un vampiro porque bebí un poco de la sangre de Raphael antes de morir. Beber sangre más morir es igual a vampiro.”
“No exactamente,” dijo Isabelle. “Eres un vampiro porque bebiste un poco de la sangre de Raphael, y luego fuiste mordido por otros vampiros, y luego moriste. Necesitas ser mordido en algún momento durante el proceso.”
“¿Por qué?”
“La saliva de los vampiros tiene... propiedades. Propiedades transformadoras.”
“Yech,” dijo Simon.
“No me digas ‘yech’ a mí. Tu eres el con saliva mágica. Los vampiros mantienen a los humanos alrededor y se alimentan de ellos cuando están cortos de sangre—como máquinas andantes de bocadillos.” Izzy habló con disgusto. “Pensarías que estarían débiles de perder sangre todo el tiempo, pero la saliva de los vampiros incluso tiene propiedades curativas. Aumenta su número de glóbulos rojos, los hace más fuertes y saludables, y los hace vivir más tiempo. Ese el por qué no es contra la Ley que un vampiro se alimente de un humano. No les hace daño realmente. Por supuesto de vez en cuando un vampiro decide que quiere más que un bocadillo, quiere un subyugado; y entonces comenzará a alimentar a su humano mordido con pequeñas cantidades de sangre de vampiro, sólo para mantenerlo dócil, para mantenerlo conectado a su amo.
Los subyugados adoran a sus amos, y aman servirles. Todo lo que quieren es estar cerca de ellos. Al igual que tu cuando volviste al Dumont. Eras atraído hacia el vampiro cuya sangre habías consumido.”
“Raphael,” dijo Simon, su voz desolada. “No siento un ansia quemante de estar con él estos días, déjame decirte.”
“No, eso desaparece cuando te conviertes en un vampiro completo. Sólo son los subyugados los que adoran a sus señores y no pueden desobedecerlos. ¿No lo ves? Cuando volviste al Dumont, el clan de Raphael te drenó, y tu moriste, y luego te convertiste en un vampiro. Pero si no te hubieran drenado, si en cambio te hubieran dado más sangre de vampiro, eventualmente te hubieras convertido en un subyugado.”
“Eso es muy interesante,” dijo Simon. “Pero eso no explica por qué nos están mirando.”
Isabelle los volvió a mirar. “Te están mirando a ti. Tal vez su amo murió y están buscando otro vampiro que los posea. Podrías tener mascotas.” Sonrió.
“O,” dijo Simon, “tal vez están aquí por los hash browns .”
“Los humanos subyugados no comen comida. Viven de una mezcla de sangre de vampiro y sangre de animal. Los mantiene en un estado de animación suspendida. No son importales, pero envejecen muy lentamente.”
“Desgraciadamente,” dijo Simon, mirándolos, “no parecen conservar sus looks.”
Isabelle se enderezó. “Y vienen hacia aquí. Supongo que averiguaremos que quieren.”
Los humanos subyugados se movieron como si estuvieran sobre ruedas. No parecían estar dando pasos tanto como deslizarse hacia adelante sin hacer ruido. Sólo les tomó segundos cruzar el restaurant; para el momento en que se acercaron a la mesa de Simon, Isabelle había sacado de repente la daga afilada como pinzón de la parte superior de su bota. Yacía a través de la mesa, brillando bajo las luces fluorescentes del restaurante. Era de plata oscura y pesada, con cruces grabadas a ambos lados de la empuñadura. La mayoría de las armas que repelían vampiros parecían llevar cruces, en la presunción, pensaba Simon, de que la mayoría de los vampiros eran cristianos. ¿Quién sabía que seguir una religión minoritaria podría ser tan conveniente?
“Eso es suficientemente cerca,” dijo Isabelle, cuando los dos subyugados se detuvieron junto a la mesa, sus dedos a pulgadas de la daga. “Expongan su asunto, ustedes dos.”
“Cazadores de Sombras.” Habló la criatura de la izquierda en un susurro silbante. “No sabíamos de ustedes en esta situación.”
Isabelle elevó una delicada ceja. “¿Y cuál situación sería esa?”
El segundo subjugado señaló con un dedo grande y largo a Simon. La uña en el final era amarillenta y afilada. “Tenemos transacciones con el Daylighter.”
“No, no las tienen,” dijo Simon. “No tengo idea de quienes son ustedes. Nunca los había visto antes.”
“Soy el Sr. Walker,” dijo la primera criatura. “Junto a mí está el Sr. Archer. Servimos al vampiro más poderoso en la Ciudad de Nueva York. Al jefe del clan más grande de Manhattan.”
“Raphael Santiago,” dijo Isabelle. “En eso deberías saber que Simon no es parte de ningún clan. Es un agente libre.”
El Sr. Walker sonrió levemente. “Mi amo estaba esperando que esa fuera una situación que pudiera ser alterada.”
Simon encontró los ojos de Isabelle a través de la mesa. Ella se encogió de hombros. “¿No te dijo Raphael que quería que te mantuvieras alejado del clan?”
“Tal vez cambió de opinón,” sugirió Simon. “Sabes como es él. De humor cambiante. Inconstante.”
“No podría saberlo. No lo he visto realmente desde esa vez que amenacé con matarlo con un candelabro. Lo tomó bien, sin embargo. No retrocedió.”
“Fantástico,” dijo Simon. Ls dos subyugaods lo estaban mirando fijamente. Sus ojos eran de un pálido gris blanquecino, como nieve sucia. “Si Raphael me quiere en el clan, es porque quiere algo de mí. También pueden decirme lo que es.”
“No estamos al tanto de los planes de nuestro amo,” dijo el Sr. Archer en un tono altivo.
“No jugaremos a los dados, entonces,” dijo Simon. “No iré.”
“Si no deseas venir con nosotros, estamos autorizados a usar la fuerza para llevarte.”
La daga pareció saltar a la mano de Isabelle; o al menos ella apenas pareció moverse, y aún así estaba sosteniéndola. La hizo girar ligeramente. “No haría eso si fuera ustedes.”
El Sr. Archer le mostró los dientes. “¿Desde cuando los hijos del Ángel se han vuelto los guardaespaldas de los Submundos aislados? Te habría creído por encima de ese tipo de asuntos, Isabelle Lightwood.”
“No soy una guardaespaldas,” dijo Isabelle. “Soy su novia. Lo que me da el derecho de patear sus traseros si lo molestan. Así es como funciona.”
¿Novia? Simon estaba lo suficientemente sobresaltado para mirarla sorprendido, pero ella estaba mirando a los dos subyugados, sus ojos oscuros destellaban. Por un lado, no creía que Isabelle se hubiera referido a si misma como su novia, nunca. Por otro lado, era sintomático cuan extraña se había vuelto su vida que esa fuera la cosa que más lo había sorprendido esta noche, bastante más que el hecho de acabara de ser convocado a una reunión por el vampiro más poderoso en Nueva York.
“Mi amo,” dijo el Sr. Walker, en lo que probablemente pensaba era un tono tranquilizador, “tiene una proposición que hacerle al Daylighter…”
“Su nombre es Simon. Simon Lewis.”
“Para hacerle al Sr. Lewis. Puedo prometerte que al Sr. Lewis le resulatará más ventajoso si está dispuesto a acompañarnos y a escuchar a mi amo. Juro ante el honor de mi amo que ningún daño vendrá a ti, Daylighter, y que si deseas rechazar la oferta de mi amo, tienes la opción libre de hacerlo.”
Mi amo, mi amo. El Sr. Walker decía las palabras con una mezcla de adoración y temor.
Simon se estremeció un poco interiormente. Qué horrible estar tan ligado a alguien más, y no tener voluntad propia real.
Isabelle estaba sacudiendo la cabeza; moduló “no” hacia Simon. Probablemente tenía razón, pensó él. Isabelle era una excelente Cazadora de Sombras. Había estado cazando demonios y Submundos quebrantadores de la ley—vampiros aislados, brujos practicantes de magia negra, hombres lobos que habían corrido salvajes y comido a alguien—desde que tenía doce años, y probablemente era mejor en lo que hacía que cualquier otro Cazador de Sombra a su edad, con la excepción de su hermano Jace. Y había sido Sebastian, pensó Simon, quien había sido mejor que ellos dos. Pero él estaba muerto.
“Está bien,” dijo él. “Iré.”
Los ojos de Isabelle rodaron. “¡Simon!”
Ambos subyugados frotaron sus manos, como villanos en un libro cómico. El gesto en si mismo no fue lo que fue espeluznante, en realidad; fue que lo hicieron exactamente al mismo tiempo y de la misma forma, como si fueran marionetas cuyos hilos fueran tirados al unísono.
“Excelente,” dijo el Sr. Archer.
Isabelle golpeó el cuchillo sobre la mesa con un traqueteo y se inclinó hacia adelante, su brillante cabello negro cepillando la superficie de la mesa. “Simon,” dijo en un susurro apremiante. “No seas estúpido. No hay ninguna razón para que vayas con ellos. Y Raphael es un idiota.”
“Raphael es un maestro vampiro,” dijo Simon. “Su sangre me hizo un vampiro. Él es mi… como sea que lo llamen.”
“Padre, creador, engendrador—hay millones de nombres para lo que él hizo,” dijo Isabelle distraídamente. “Y tal vez su sangre te hizo un vampiro. Pero no te hizo un Daylighter.” Sus ojos se encontraron con los de él a través de la mesa. Jace te hizo un Daylighter. Pero ella nunca lo diría en voz alta; sólo había unas pocas personas de ellos que sabían la verdad, la historia completa detrás de lo que era Jace, y lo que Simon era debido a ello. “No tienes que hacer lo que él dice.”
“Por supuesto que no tengo,” dijo Simon, bajando la voz. “Pero si me niego a ir, ¿crees que Raphael sólo renunciará? No lo hará. Seguirá viniendo tras de mí.” Lanzó una mirada de reojo a los subyugados; parecían estar de acuerdo, aunque podría haber estado imaginándolo. “Me fastidiarán en todos lados. Cuando estoy fuera, en la escuela, en la casa de Clary…”
“¿Y qué? ¿Clary no puede manejarlo?” Isabelle lanzó las manos hacia arriba. “Está bien. Al menos dejarme ir contigo.”
“Por supuesto que no,” la cortó el Sr. Archer. “Este no es un asunto para los Cazadores de Sombras. Esta es una cuestión de los Hijos de la Noche.”
“No permitiré…”
“La Ley nos da el derecho de manejar nuestros negocios en privado.” El Sr. Walker habó con rigidez. “Con nuestra propia especie.”
Simon los miró. “Dennos un momento, por favor,” dijo. “Quiero hablar con Isabelle.”
Hubo un momento de silencio. Alrededor de ellos la vida del restaurante continuaba. El lugar estaba consiguiendo su acometida de noche mientras el cine bajo la manzana daba salida, y las camareras se apresuraba, llevando platos humeantes de comida a los clientes; las parejas se reían y charlaban en las mesas cercanas; los cocineros gritaban órdenes a los demás detrás del mostrador. Nadie los miraba o reconocía que algo extraño estaba pasando. Simon estaba acostumbrado a los glamours ahora, pero no podía evitar el sentimiento a veces, cuando estaba con Isabelle, de que estaba atrapado detrás de un muro invisible de cristal, aislándolo del resto de la humanidad y la rutina diaria de asuntos.
“Muy bien,” dijo el Sr. Walker, retrocediendo. “Pero a mi amo no le gusta que le hagan esperar.”
Se retiraron hacia la puerta, aparentemente inafectados por las ráfagas de aire frío cada vez que alguien entraba o salía, y se pararon ahí como estatuas. Simon se giró hacia Isabelle. “Está bien,” dijo. “No me harán daño. No pueden hacerme daño. Raphael sabe todo acerca de...” Gesticuló incómodo hacia su frente. “Esto.”
Isabelle se estiró a través de la mesa y echó su cabello hacia atrás, su toque más clínico que gentil. Estaña frunciendo el ceño. Simon había mirado la Marca las veces suficientes por si mismo, en el espejo, para saber bien cómo lucía. Como si alguien hubiera pasado un delgado pincel y hubiera dibujado un diseño simple en su frente, justo por encima y entre sus ojos. La forma de ésta parecía cambiar a veces, como las imágenes móviles encontradas en las nubes, pero era siempre clara y negra y de alguna forma de aspecto peligroso, como una señal de advertencia garabateada en otro idioma.
“¿Realmente... funciona?” susurró ella.
“Raphael piensa que funciona,” dijo Simon. “Y no tengo ninguna razón para creer que no lo hace.” Cogió su muñeca y la alejó de su rostro. “Estaré bien, Isabelle.”
Ella suspiró. “Cada parte de mi entrenamiento dice que esto no es una buena idea.”
Simon apretó sus dedos. “Vamos. Tienes curiosidad acerca de lo que quiere Raphael, ¿no?”
Isabelle le dio unas palmaditas en la mano y se echó hacia atrás. “Cuéntamelo todo cuando vuelvas. Llámame primero.”
“Lo haré.” Simon se puso de pie, cerrando la cremallera de su chaqueta. “Y hazme un favor, ¿lo harás? Dos favores, de hecho.”
Ella lo miró con diversión vigilante. “¿Qué?”
“Clary dijo que estaría entrenando en el Instituto esta noche. Si te encuentras con ella, no le digas donde fui. Se preocupará sin ningún motivo.”
Isabelle rodó sus ojos. “Muy bien, bueno. ¿El segundo favor?”
Simon se inclinó y la besó en la mejilla. “Prueba el borscht antes de irte. Es fantástico.”
El Sr. Walker y el Sr. Archer no eran la compañía más habladora. Condujeron a Simon silenciosamente a través de las calles del Lowers East Side, manteniéndose varios pasos por delante de él con su extraño ritmo de deslizamiento. Se estaba haciendo tarde, pero las aceras de la ciudad estaban llenas de gente—saliendo de un turno de noche, apresurándose a casa después de cenar, cabezas abajo, cuellos hacia arriba contra el duro viento frío. En St. Mark’s Place había mesas de juego intaladas a lo largo de la acera, vendiendo de todo, desde calcetines baratos a bocetos a lápiz de Nueva York a humo de incienso de sándalo. Las hojas crujían a través del pavimento como huesos secos. El aire olía como el tubo de escape de los coches mezclado con sándalo, y bajo eso, el olor de los seres humanos—piel y sangre.
El estómago de Simon se apretó. Intentaba mantener suficientes botellas de sangre animal en su habitación—tenía un pequeño refrigerador en la parte trasera de su ropero ahora, donde su madre no podría verlo—para impedirse siempre de tener hambre. La sangre era repugnante. Había pensado que se acostumbraría a ella, incluso que comenzaría a quererla, pero aunque mataba su sensación de hambre, no había nada en ella que disfrutara de la forma en que había disfrutado el chocolate o los burritos vegetarianos o el helado de café. Seguía siendo sangre.
Pero tener hambre era peor. Tener hambre significaba que podía oler cosas que no quería oler—la sal en la piel; el maduro y dulce olor de la sangre exudando de los poros de extraños. Lo hacía sentir hambriento y retorcido y totalmente equivocado. Encorvándose, metió los puños en los bolsillos de su chaqueta e intentó respirar a través de la boca.
Giraron a la derecha en la Tercera Avenida, y se detuvieron en frente de un restaurant cuyo cartel decía CAFÉ ENCLAUSTRADO. JARDÍN ABIERTO TODO EL AÑO. Simon parpadeó hacia el letrero. “¿Qué estamos haciendo aquí?”
“Este es el lugar de reunión que ha elegido nuestro amo.” El tono de voz del Sr. Walker fue suave.
“Huh.” Simon estaba perplejo. “Habría pensado que el estilo de Raphael era más de, ya sabes, organizar encuentros en lo alto de una catedral sin consagrar, o abajo en alguna cripta llena de huesos. Nunca me pareció del tipo de restaurant de moda.”
Ambos subjugados se quedaron mirándolo. “¿Hay algún problema, Daylighter?” preguntó finalmente el Sr. Archer.
Simon se sintió oscuramente regañado. “No. No hay problema.”
El interior del restaurant estaba oscuro, con una barra de mármol a lo largo de una pared. Ningún servidor o mesero se acercó a ellos mientras se abrían paso a través de la habitación hacia la puerta en la parte trasera, y a través de la puerta al jardín.
Muchos restaurants de Nueva York tenían terrazas de jardines; pocas estaban abiertas tan tarde en el año. Esta estaba en un patio entre varios edificios. Las paredes habían sido pintadas con murales trompe l’oeil mostrando jardines italianos llenos de flores. Los árboles, sus hojas se volvían doradas y rojizas con el otroño, estaban colgadas con cadenas de luces blancas, y las ardientes lámparas diseminadas entre las mesas despedían un resplandor rojizo. Una pequeña fuente salpicaba musicalmente en el centro del patio.
Sólo una mesa estaba ocupada, y no por Raphael. Una mujer delgada con un sombrero de ala ancha se sentaba a la mesa cerca a la pared. Mientras Simon observaba preplejo, ella levantó una mano y la agitó hacia él. Él se giró y miró detrás de él; por supuesto, no había nadie. Walker y Archer comenzaron a moverse; perplejo, Simon los siguió cuando cruzaron el patio y se detuvieron a pocos pies de donde se sentaba la mujer.
Walker hizo una profunda reverencia. “Ama,” dijo.
La mujer sonrió. “Walker,” dijo. “Y Archer. Muy bien. Gracias por traerme a Simon.”
“Esperen un segundo.” Simon miró de la mujer a los dos subyugados y de vuelta. “Tú no eres Raphael.”
“Dios mío, no.” La mujer se sacó su sombrero. Una enorme cantidad de cabello rubio plateado, brillante bajo las luces de Navidad, se derramó por sus hombros. Su rostro era liso y blanco y ovalado, muy hermoso, dominado por enormes ojos verde pálido. Usaba largos guantes negros, una blusa de seda negra y falda de tubo, y un pañuelo negro atado alrededor de su garganta. Era imposible determinar su edad—o al menos qué edad debía tener cuando había sido convertida en vampiro.
“Soy Camille Belcourt. Encantada de conocerte.” Extendió una mano enguantada de negro.
“Me dijeron que me encontaría con Raphael Santiago aquí,” dijo Simon, sin estirarse a estrecharla. “¿Trabajas para él?”
Camille Belcourt se rió como una fuente ondulándose. “¡Desde luego que no! Aunque hubo una vez en que él trabajo para mí.”
Y Simon recordó. Pensé que el jefe de los vampiros era alguien más, le había dicho a Raphael una vez, en Idris, se sentía como hace siempre.
Camille aún no ha regresado a nosotros, había contestado Raphael. Lidero en su lugar.
“Tú eres la líder de los vampiros,” dijo Simon. “Del clan de Manhattan.” Se giró hacia los subjugados. “Me engañaron. Me dijeron que me estaba encontrando con Raphael.”
“Te dije que te encontrarías con nuestro amo,” dijo el Sr. Walker. Sus ojos eran vastos y vacíos, tan vacíos que Simon se preguntó si incluso habían querido engañarlo, o si simplemente estaban programados como robots para decir lo que fuera que su amo les dijo que dijeran, y no eran conscientes de las desviaciones del guión. “Y aquí está ella.”
“En efecto.” Camille destelló una brillante sonrisa hacia sus subyugados. “Por favor déjennos, Walker, Archer. Necesito hablar con Simon a solas.” Hubo algo en la forma en que lo dijo—tanto su nombre, como la palabra “a solas” — Que fue como un secreto halagador.
Los subyugados se inclinaron y se retiraron. Cuando el Sr. Archer giró para alejarse, Simon captó un vistazo de una marca en el lado de su garganta, un profundo moretón, tan oscuro que parecía pintado, con dos puntos más oscuros en el interior. Los puntos más oscuros eran pinchazos, rodeados de carne seca e irregular. Simon sintió un estremecimiento pasar a través de él
“Por favor,” dijo Camille, y palmeó el asiento a su lado. “Siéntate. ¿Te gustaría algo de vino?”
Simon se sentó, posándose incómodamente en el borde de la dura silla de metal. “No bebo realmente.”
“Por supuesto,” dijo ella, toda simpatía. “Eres apenas un novato, ¿no? No te preocupes mucho. Con el tiempo te entrenarás a ti mismo a ser capaz de consumir vino y otras bebidas. Algunos de los más viejos de nuestra clase pueden consumir comida humana con pocos efectos perjudiciales.”
¿Pocos efectos perjudiciales? A Simon no le gustaba como sonaba eso. “¿Va a tomar mucho tiempo?” preguntó, mirando intencionadamente a su celular, el cual le dijo que era después de las diez treinta. “Tengo que ir a casa.”
Camille tomó un sorbo de su vino. “¿Tienes que? ¿Y por qué es eso?”
Porque mi mamá me está esperando. Okay, no había razón alguna para que esta mujer necesitara saber eso. “Interrumpió mi cita,” dijo. “Sólo me estaba preguntado qué era tan importante.”
“¿Aún vives con tu madre, cierto?” dijo, bajando su copa. “Bastante extraño, ¿no?, un poderoso vampiro como tu negándose a dejar casa para unirse a un clan”
“Así que interrumpe mi cita para burlarse de que sigo viviendo con mis padres. ¿No pudo haber hecho eso en una noche que no hubiera tenido una cita? Eso es la mayoría de las noches, en caso de que tenga curiosidad.”
“No estoy burlándome de ti, Simon.” Pasó su lengua por su labio inferior como si estuviera probando el vino que acababa de beber. “Quiero saber por qué no te has convertido en parte del clan de Raphael.”
Lo que es lo mismo que tu clan, ¿no? “Tengo el fuerte sentimiento de que él no quiere que sea parte de él,” dijo Simon. “Me dejó claro que me dejaría tranquilo si yo lo dejaba tranquilo. Así que lo dejé tranquilo.”
“Lo hiciste.” Sus ojos verdes brillaron.
“Nunca quise ser un vampiro,” dijo Simon, medio preguntándose por qué le estaba contando esas cosas a esta mujer desconocida. “Quería una vida normal. Cuando descubrí que era un Daylighter, pensé que podía tener una. O al menos algo aproximado a una. Puedo ir a la escuela, puedo vivir en casa, puedo ver a mi mamá y a mi hermana…”
“Tanto como no comas en frente de ellas,” dijo Camille. “Tanto como esconfas tu necesidad por sangre. Nunca te has alimentado de alguien puramente humano, ¿no? Sólo bolsas de sangre. No fresca. Animal.” Arrugó la nariz.
Simon pensó en Jace, y empujó lejos el pensamiento precipitadamente. Jace no era precisamente humano. “No, no lo hecho.”
“Lo harás. Y cuando lo hagas, no lo olvidarás.” Ella se inclinó hacia adelante, y su pálido cabello rozó su mano. “No puedes ocultar tu verdadero yo para siempre.”
“¿Qué adolescente no le miente a sus padres?” dijo Simon. “De todas formas, no veo por qué le importa. De hecho, sigo sin estar seguro de por qué estoy aquí.”
Camille se inclinó hacia adelante. Cuando lo hizo, el escote de su blusa de seda negra se abrió. Si Simon hubiera seguido siendo humano, se hubiera sonrojado. “¿Me dejarás verla?”
Simon realmente pudo sentir sus ojos saltar. “¿Ver qué?”
Ella sonrió. “La Marca, niño tonto. La Marca del Hombre Errante.”
Simon abrió su bocaluego la cerró de nuevo. ¿Cómo lo sabía? Muy pocas personas sabían de la Marca que Clary le había hecho en Idris. Raphael había indicado que era una cuestión de secreto mortal, y Simon lo había tratado como tal.
Pero los ojos de Camille eran muy verdes y firmes y por alguna razón quería hacer lo que ella quería que huciera. Era algo acerca de la forma en que lo miraba, algo en la música en su voz. Él levantó la mano y empujó su cabello a un lado, desnudando su frente para su inspección.
Los ojos de ella se ampliaron, sus labios separándose. Ligeramente tocó su garganta con sus dedos, comos si revisara la no existencia de pulso allí. “Oh,” dijo. “Cuan afortunado eres, Simon. Cuan afortunado.”
“Es una maldición,” dijo él. “No una bendición. Sabe eso, ¿cierto?”
Sus ojos centellearon. “‘Y Cain le dijo al Señor, Mi castigo es más grande de lo que puedo soportar.’ ¿Es más de lo que puedes soportar, Simon?”
Simon se echó hacia atrás, dejando que su cabello cayera de vuelta a su lugar. “Puedo soportarlo.”
“Pero no quieres.” Pasó un dedo enguantado por el borde su copa de vino, sus ojos aún fijos en él. “¿Qué pasa si puedo ofrecerte una forma de convertir lo que tú consideras una maldición en una ventaja?”
Diría que finalmente estás llegando a la razón de por qué me trajiste aquí, lo cual es un comienzo. “Estoy escuchando.”
“Reconociste mi nombre cuando te lo dije,” dijo Camille. “Raphael me había mencionado antes, ¿no?”
Ella tenía un acento, muy débil, que Simon no podía ubicar. “Él dijo que era la líder del clan y que él sólo los estaba liderando mientras usted no estaba. Interviniendo por ti como… como un vicepresidente o algo.”
“Ah.” Mordió suavemente su labio inferior. “Eso, de hecho, no es muy cierto. Me gustaría contarte la verdad, Simon. Me gustaría hacerte una oferta. Pero primero tienes que darme tu palabra en algo.”
“¿Y qué es eso?”
“Que todo lo que pase entre nosotros esta noche, aquí, permanezca en secreto. Nadie puede saber. Ni tu pequeña amiga pelirroja, Clary. Ninguna de tus amiguitas. Ninguno de los Lightwoods. Nadie.”
Simon se echó atrás. “¿Y qué pasa si no quiero prometerlo?”
“Entonces puedes irte, si quieres,” dijo. “Pero entonces nunca sabrás que deseaba decirte. Y esa será una pérdida que lamentarás.”
“Soy curioso,” dijo Simon. “Pero no estoy seguro de ser tan curioso.”
Sus ojos mostraron una pequeña chispa de sorpresa y diversión y tal vez, pensó Simon, incluso un poco de respeto. “Nada de lo que tengo que decirte les concierne a ellos. No afectará su seguridad, o su bienestar. El secretismo es por mi propia protección.”
Simon la miró sospechosamente. ¿Quería decirlo? Los vampiros no eran como las hadas, quienes no podían mentir. Pero tenía que admitir que sentía curiosidad. “Está bien. Conservaré su secreto, a menos que crea que algo de lo que digas esté poniendo a mis amigos en peligro. Entonces todas las apuestas están fuera.”
Su sonrisa fue helada; él podía decir que no le gustaba que no le creyeran. “Muy bien,” dijo ella. “Supongo que tengo pocas opciones cuando necesito tanto tu ayuda.” Se inclinó hacia adelante, una delgada mano jugando con el pie de su copa de vino. “Hasta bastante recientemente dirigía el clan de Manhattan, felizmente. Teníamos hermosas habitaciones en un viejo edificio de antes de la guerra en el Upper West Side, no ese agujero de ratas de un hotel en el que Santiago mantiene a mi gente ahora. Santiago —Raphael, como tú lo llamas—era mi segundo al mando. Mi más leal ayudante —o eso pensaba. Una noche descubrí que él estaba asesinando humanos, conduciéndolos a ese antiguo hotel en el Harlem Español y bebiendo su sangre por su entretenimiento. Dejando sus huesos en los contenedores afuera. Tomando estúpidos riesgos, quebrando la Ley del Convenio.” Tomó un trago de vino. “Cuando fui a conforntarlo, me di cuenta de que le había dicho al resto del clan que yo era una asesina, la que quebró la ley. Todo fue un montaje. Quería matarme, para poder tomar el poder. Huí, sólo con Walker y Archer para mantenerme segura.”
“¿Así que todo este tiempo él ha afirmado que sólo está liderando hasta su retorno?”
Ella hizo una cara. “Santiago es un mentiroso consumado. Desea que vuelva, eso es seguro—así puede asesinarme y hacerse cargo del clan en serio.”
Simon no estaba seguro de lo que ella quería oír. No estaba acostumbrado a que mujeres adultas lo miraran con grandes ojos llenos de lágrimas, o que le derramaran las historias de sus vidas. “Lo siento,” dijo finalmente.
Ella se encogió de hombros, un encogimiento de hombros muy expresivo que le hizo preguntarse si tal vez su acento era francés. “Está en el pasado,” dijo. “He estado escondiéndome en Londres todo este tiempo, buscando aliados, esperando mi hora. Entonces oí de ti.” Alzó una mano. “No puedo decirte como; estoy obligada a guardar el secreto. Pero en el momento en que lo hice, me di cuenta de que eras lo que había estado esperando.”
“¿Lo era? ¿Lo soy?”
Ella se inclinó y tocó su mano. “Raphael está asustado de ti, Simon, como debería estarlo. Eres uno de los suyos, un vampiro, pero no puedes ser lastimado o asesinado; él no puede levantar un dedo contra ti sin derribar la furia de Dios a su cabeza.”
Hubo un silencio. Simon podía oír el suave zumbido eléctrico de las luces de Navidad sobre su cabeza, el agua chapoteando en la fuente de piedra en el centro del patio, el susurro y zumbido de la ciudad. Cuando habló, su voz fue suave. “Lo dijiste.”
“¿Qué cosa, Simon?”
“La palabra. La furia de…” La palabra taladró y quemó en su boca, justo como siempre lo hacía.
“Sí. Dios.” Retiró su mano, pero sus ojos eran cálidos. “Hay muchos secretos sobre nuestra especie, tanto que puedo contarte, mostrarte. Aprenderás que no estás maldito.”
“Señora…”
“Camille. Tienes que llamarme Camille.”
“Sigo sin entender qué quieres de mí.”
“¿No?” Sacudió la cabeza, y su brillante cabello voló alrededor de su rostro. “Quiero que te unas a mí, Simon. Únete a mí contra Santiago. Caminaremos juntos dentro de su hotel infestado de ratas; en el momento en que sus seguidores vean que estás conmigo, lo dejarán y vendrán a mí. Creo que son leales a mí bajo su miedo a él. Una vez que nos vean juntos, ese miedo se habrá ido, y ellos vendrán a nuestro lado. El hombre no puede combatir lo divino.”
“No lo sé,” dijo Simon. “En la Biblia, Jacob luchó con un ángel, y ganó.”
Camille lo miró con las cejas arqueadas.
Simon se encogió de hombros. “Escuela Hebrea.”
“‘Y Jacob gritó el nombre del lugar Peniel: porque he visto a Dios cara a cara.’ Verás, no eres el único quien conoce tu escritura.” Su mirada estrecha se había ido, y estaba sonriendo. “Puede que no lo notes, Daylighter, pero tanto como soportes la Marca, eres el brazo vengador del cielo. Nadie puede ponerse ante ti. Ciertamente ningún vampiro.”
“¿Me temes?” preguntó Simon.
Lamentó casi enmediatamente el haberlo hecho. Sus ojos verdes se oscurecieron como nubes de tormenta. “¿Yo, temerte a ti?” Luego se contuvo a sí misma, su rostro suavizándose, su expresión iluminándose. “Por supuesto que no,” dijo ella. “Eres un hombre inteligente. Estoy convencida de que verás la sabiduría de mi propuesta y te unirás a mí.”
“¿Y cuál es tu propuesta exactamente? Quiero decir, entiendo la parte donde nos enfrentamos a Raphael, ¿pero después de eso? Realmente no odio a Raphael, o quiero deshacerme de él sólo por deshacerme de él. Él me deja tranquilo. Eso es todo lo que he querido alguna vez.”
Juntó las manos en frente. Llevaba un anillo de plata con una piedra azul en él en su dedo medio izquierdo, sobre el material de su guante. “Crees que eso es lo que quieres, Simon. Crees que Raphael está haciéndote un favor al dejarte tranquilo, como dijiste. En realidad está exiliándote. Justo ahora crees que no necesitas a los otros de tu clase. Estás contento con los amigos que tienes —humanos y Cazadores de Sombras. Estás contento con esconder botellas de sangre en tu habitación y metirle a tu madre acerca de lo que eres.”
“¿Cómo…?”
Ella continuó, ignorándolo. “¿Pero qué pasará en diez años, cuando se suponga que tengas que tener veintiseis? ¿Y en veinte años? ¿Treinta? ¿Crees que nadie notará que mientras ellos envenjecen y cambian, tú no lo haces?”
Simon no dijo nada. No quería admitir que no había pensado tan lejos. “Raphael te ha enseñado que otros vampiros son un veneno para ti. Pero no tiene que ser de esa forma. La eternidad es un largo tiempo para pasarla solo, sin otros de tu tipo. Otros quienes entiendan. Puedes ser amigo de los Cazadores de Sombras, pero nunca serás de ellos. Siempre serás otro y un extraño. Con nosotros podrás pertenecer.” Cuando se inclinó hacia adelante, lus blanca centelleó de su anillo, haciendo escocer los ojos de Simon. “Tenemos miles de años de conocimientos que podemos compartir contigo, Simon. Podrías emprender como mantener tu secreto, como comer y beber, como decir el nombre de Dios. Raphael te ha ocultado cruelmente esta información, incluso te llevó creer que no existe. Lo hace. Puedo ayudarte.”
“Si te ayudo primero,” dijo Simon.
Ella sonrió, y sus dientes eran blancos y afilados. “Nos ayudaremos el uno al otro.”
Simon se inclinó hacia atrás. La silla de hierro era dura e incómoda, y repentinamente se sintió cansado. Mirando sus manos, podía ver que las venas se habían oscurecido, como telas de arañas a través de la parte trasera de sus nudillos. Necesitaba sangre. Necesitaba hablar con Clary. Necesitaba tiempo para pensar.
“Te he sorprendido,” dijo ella. “Lo sé. Es un gran trato que aceptar. Estaré feliz de darte tanto tiempo como necesites para tomar tu decisión acerca de esto, y acerca de mí. Pero no tenemos mucho tiempo, Simon. Mientras permanezca en esta ciudad, estoy en peligro de Raphael y sus cohortes.”
“¿Cohortes?” A pesar de todo, Simon sonrió ligeramente.
Camille pareció desconcertada. “¿Si?”
“Bueno, es sólo... ‘Cohortes.’ Es como decir ‘malhechores’ o ‘secuaces.’” Lo miró en blanco. Simon suspiró.
“Lo siento. Probablemente no has visto tantas películas malas como yo.”
Camille frunció el ceño levemente, una línea muy fina apareciendo entre sus cejas. “Me dijeron que eras ligeramente peculiar. Tal vez es sólo que no conozco muchos vampiros de tu generación. Pero eso será bueno para mí, siento, estar alredor de alguien tan… joven.”
“Sangre Nueva,” dijo Simon.
A eso ella sonrió. “¿Estás listo entonces? ¿Para aceptar mí oferta? ¿Para trabajar juntos?”
Simon alzó la mirada al cielo. Las cuerdas de luces blancas parecían borrar las estrellas. “Mira,” dijo, “Aprecio tu oferta. Realmente lo hago.” Mierda, pensó. Tenía que haber alguna forma de decir esto sin sonar como si estuviera rechazando una cita para el baile. “Estoy realmente, realmente halagado de que me lo pidieras, pero...” Camille, como Raphael, siempre habló rígidamente, formalmente, como si estuviera en un cuento de hadas. Tal vez pudiera intentar eso. Dijo, “Necesito algo de tiempo para tomar mi decisión. Estoy seguro de que entiendes.”
Muy delicadamente, ella sonrió, mostrando sólo las puntas de sus colmillos. “Cinco días,” dijo. “Y no más.” Extendió su mano enguantada hacia él. Algo brilló en su palma. Era un pequeño vial de cristal, del tamaño que podía contener una muestra de perfume, sólo que parecía estar llena de café en polvo. “Tumba de tiera baldía,” explicó. “Aplasta esto, y sabré que estás convocándome. Si no me convocas dentro de cinco días enviaré a Walker por tu respuesta.”
Simon tomó el vial y lo deslizó en su bolsillo. “¿Y si la respuesta es no?”
“Entonces estaré decepcionada. Pero seremos amigos de tiempo.” Empujó su copa de vino. “Adiós, Simon.”
Simon se puso de pie. La silla hizo un sonido chirriante y metálico como si se arrastrara sobre el suelo, demasiado fuerte. Sintió como si debiera decir algo más, pero no tenía idea de qué. Por el momento, pensó, pareció ser despedido. Decidió que más bien parecía uno de esos raros vampiros modernos con malos modales que se arriesgan a ser arrastrados de nuevo en la conversación. Se fue sin decir nada más.
En su camino de vuelta a través del restaurant, pasó a Walker y Archer, quienes estaban de pie junto al gran bar de madera, sus hombros encorvados bajo sus largos abrigos. Sintió la fuerza de sus miradas en él mientras pasaba y meneó sus dedos hacia ellos—un gesto en algún lugar entre un adiós amistoso y un beso de despedida. Archer desnudó los dientes—dientes planos, humanos—y salieron pasándolo para custodiar el jardín, Walker en sus talones. Simon observó como tomaban sus lugares en sillas al otro lado de Camille; ella no alzó la vista cuando ellos se sentaron, pero las luces blancas que habían iluminado el jardín se apagaron repentinamente—no una por una, sino que todas al mismo tiempo—dejando a Simon mirando un desorientado cuadro de oscuridad, como si alguien hubiera apagado las estrellas. Para el momento en que los meseros lo notaron y se apresuraron al exterior para arreglar el problema, inhumando el jardín con la pálida luz otra vez. Camille y sus humanos subyugados había desaparecido.
Simon abrió la puerta frontal de su casa—una de una larga cadena de idénticas casas de fachadas ladrillo que se alineaban en su block de his Brooklyn—y la abrió suavemente, aguzando el oído.
Le había dicho a su madre que iba a ir a practicar con Eric y sus otros compañeros de banda para un concierto el sábado.
Había habido un tiempo cuando ella simplemente le hubiera creído, y eso habría sido eso; Elaine Lewis siempre había sido una madre relajada, nunca imponiendo un toque de queda ni en Simon o su hermana o insistiente en que estuvieran temprano en casa en una noche de escuela. Simon estaba acostumbrado a estar fuera hasta todas las horas con Clary, entrando con su llave, y colapsando en su cama a las dos de la mañana, comportamiento que no había entuciasmado mucho comentario de su madre.
Las cosas eran diferentes ahora. Había estado en Idris, el país hogar de los Cazadores de Sombras, por casi dos semanas. Había desaparecido de casa, sin oportunidad de ofrecer una excusa o explicación. El brujo Magbus Bane había entrado y había intervenido y realizado un hechizo de memoria en la madre de Simon así que ahora ella no tenía recuerdos de que había desaparecido en absoluto. O al menos, recuerdos no conscientes. Sin embargo, su comportamiento había cambiado. Estaba suspicaz ahora, cerniéndose, siempre obersvándolo, insistiendo en que estuviera en casa a ciertas horas. La última vez que había vuelto de una cita con Maia, había encontrado a Elaine en el vestíbulo, sentada en una silla frente a la puerta, sus brazos cruzados sobre su pecho y una mirada casi de rabia templada en su rostro.
Esa noche, él había sido capaz de oír su respiracipon antes de verla. Ahora sólo podía oír el débil sonido de la televisión viniendo de la sala de estar. Debía haberlo esperado, probablemente viendo una maratón de de uno de esos dramas de hospital que a ella le encantaban.
Simon abrió la puerta cerrándola tras él y se inclinó contra ella, intentando reunir su energía para mentir.
Ya era suficientemente duro no comer alrededor de su familia. Por suerte su madre se iba temprano al trabajo y llegaba tarde a casa, y Rebecca, quien iba a la universidad en Nueva Jersey y sólo venía a casa ocasionalmente para lavar su ropa, no estaba alrededor lo suficientemente a menudo para notar nada extraño. Su madre usualmente se iba en la mañana a la hora en que él se levantaba, el desayuno y almuerzo que ella amrosamente preparaba para él quedaba en el mostrador de la cocina. Lo tiraba en un contenedor de basura en su camino a la escuela. La cena era más difícil. En las noches que ella estaba ahí, tenía que empujar su comida alrededor de su plato, fingiendo que no tenpia hambre o que quería comer su comida en su habitación así podía comer mientras estudiaba. Una vez o dos había forzado a bajar la comida, sólo para hacerla feliz, y pasado horas en el baño más tarde, sudando y con náuseas hasta que estaba fuera de su sistema.
Odiaba tener que mentirle. Siempre lo había sentido por Clary, con su tensa relación con Jocelyn, la madre más sobreprotectora que él había conocido. Ahora el zapato estaba en el otro pie. Desde la muerte de Valentine, el agarre de Jocelyn sobre Clary se había relajado hasta el punto donde era prácticamente una madre normal. Mientras tanto, cada vez que Simon estaba en casa, podía sentir el peso de la mirada de su madre en él, como una acusación donde quiera que fuera.
Cudrando sus hombros, dejó caer su bolsa de mensajero junto a la puerta y se dirigió a la sala de estar para enfrentar la música. La televisión estaba encendida, las noticias a todo volumen. El locutor local estaba presentando una historia de interés humano —un bebé encontrado en un callejón detrás de un hospital en el centro de la ciudad. Simon se sorprendió; su mamá odiaba las noticias. Las encontraba depresivas. Miró hacia el sofá, y su sorpresa se desvaneció. Su madre estaba dormida, sus gafas en la mesa junto a ella, una copa medio vacía en el suelo. Simon podía olerla desde allí —probablemente whisky. Sintió una punzada. Su mamá raramente bebía.
Simon fue a la habitación de su madre y volvió con una manta de punto. Su mamá seguía dormida, su respiración lenta y constante. Elaine Lewis era una mujer pequeña como un pájaro, con un halo de cabello negro rizado, veteado de gris que se negaba a teñir. Trabajaba durante el día para un medio ambiente sin fines de lucro, y la mayoría de su ropa tenía motivos de anmales en ella. Justo ahora estaba usando un vestido estampado con delfines y olas, y un pasador que una vez había sido un pez vivo, sumergido en resina. Su ojo lacarado parecía mirar a Simon acusadoramente mientras se inclinaba para meter la manta alrededor de sus hombros.
Ella se movió, espasmódicamebte, girando su cabeza lejos de él. “Simon,” susurró. “Simon, ¿dónde estás?”
Afiligido, Simon dejó ir la manta y se enderezó. Tal vez debía despertarla, dejarle saber que estaba bien. Pero entonces habría preguntas que no quería responder y esa mirada herida su rostro que no podía soportar. Se giró y fue a su habitación.
Se había tirado bajo las mantas y cogido el teléfono en su mesita de noche, a punto de marcar el número de Clary, antes de siquiera pensar en ello. Se detuvo por un momento, escuchando el tono de marcado. No podía contarle de Camille; había prometido mantener la promesa de la vampira en secreto, y mientras Simon sentía que no le debía mucho a Camille, si había una cosa que había aprendido de los pasados meses, era que renegar de promesas hechas a criaturas sobrenaturales era una mala idea. Sin embargo, quería escuchar la voz de Clary, de la forma en que siempre lo hacía cuando había tenido un día duro. Bueno, siempre se quejaba con ella acerca de su vida amorosa; eso parecía divertirle sin fin.
Rodando sobre la cama, tiró la almohada sobre su cabeza y marcó el número de Clary.
2
Cayendo
Traducido por kroana y maka.mayi
Corregido por Mely y Pamee
“Entonces, ¿Te divertiste esta noche con Isabelle?” Clary, con su teléfono atascado contra su oído, maniobró cuidadosamente para pasar de una larga viga a otra. Las vigas estaban fijadas seis metros arriba en el techo del ático del Instituto, donde la sala de entrenamiento estaba localizada. Caminar por las vigas tenía el propósito de enseñarte cómo equilibrarse. Clary las odiaba. Su miedo a las alturas hacía enfermizo todo el asunto, a pesar del cable flexible atado alrededor de su cintura que se suponía era para evitar golpear el suelo si ella caía. “¿Ya le has hablado de Maia?”
Simon hizo un ruido débil y evasivo que Clary sabía significaba “no”. Podía escuchar música en el fondo, podía imaginarlo tirado en su cama, el estéreo tocando suavemente mientras hablaba con ella. Sonaba cansado, ese de cansancio hasta los huesos que ella sabía significaba que su tono ligero no reflejaba su estado de ánimo. Le preguntó si estaba todo bien varias veces al comienzo de la conversación, pero él había espantado su preocupación.
Soltó un bufido. “Estás jugando con fuego, Simon. Espero que sepas eso.”
“No lo sé. ¿De verdad piensas que es gran cosa?” Simon sonaba lastimero. “No he tenido una sola conversación con Isabelle—o Maia—acerca de salir exclusivamente.”
“Déjame decirte algo acerca de las chicas.” Clary se sentó en una viga, dejando sus piernas colgando en el aire. Las ventanas de media luna del ático estaban abiertas, y el aire fresco de la noche se derramaba dentro, enfriando su sudorosa piel. Siempre había pensado que los Cazadores de Sombras entrenaban con su traje de cuero resistente, pero resultó ser, que ese era para el entrenamiento posterior, el cual implicaba armas. Para el tipo de entrenamiento que ella estaba haciendo—ejercicios destinados a aumentar su flexibilidad, velocidad y sentido del equilibrio—llevaba un ligero top, y pantalones de cordón que le recordaban uniformes médicos. “Incluso si no has tenido la conversación de exclusividad, aún así van a estar furiosas si descubren de que estás saliendo con alguien que ellas conocen y no se los has mencionado. Es una regla de citas.”
“Bueno, ¿Cómo se supone que conozca esa regla?”
“Todo el mundo conoce esa regla.”
“Pensé que se suponía que estabas de mi lado.”
“¡Estoy de tu lado!”
“Entonces, ¿Por qué no eres más simpática?”
Clary cambió el teléfono a su otra oreja y se asomó a las sombras por debajo de ella. ¿Dónde estaba Jace? Había ido a conseguir otra cuerda y dijo que estaría de regreso en cinco minutos. Por supuesto, si él la atrapaba en el teléfono aquí arriba, probablemente la mataría. Rara vez estaba a cargo de su entrenamiento—usualmente lo estaba Maryse, Kadir, o varios otros miembros del Conclave de New York, bateadores sustitutos, hasta que un reemplazo para el anterior tutor del Instituto, Hodge, pudiera ser encontrado—pero cuando él estaba, se lo tomaba muy seriamente. “Porque,” dijo “tus problemas no son problemas reales. Estas saliendo con dos bellas chicas a la vez. Piensa en ello. Eso es como… problemas de estrella de rock.”
“Tener problemas de estrella-de-rock puede ser lo más cercano que alguna vez llegue a estar de ser una real estrella de rock.”
“Nadie te dijo que llamaras a tu banda Salacious Mold , mi amigo.”
“Somos Millennium Lint ahora,” protestó Simon.
“Mira, sólo resuelve esto antes de la boda. Si ambas piensan que van a ir contigo y se enteran en la boda que estás saliendo con las dos, te matarán.” Ella se puso de pie. “Y entonces, la boda de mi mamá será arruinada, y ella te matará. Así que estarás muerto dos veces. Bueno, tres veces, técnicamente…”
“¡Nunca le dije a ninguna de ellas que iba a la boda con ellas!” Simon sonó aterrorizado.
“Sí, pero ellas van a contar contigo. Ese es el porqué las chicas tienen novio. Así tienes a alguien que te lleve a aburridas funciones.” Clary se movió hacia el borde de la viga, mirando hacia abajo a las sombras iluminadas con luz mágica más abajo. Había un viejo círculo de entrenamiento con tiza en el suelo, que parecía un ojo de buey. “De cualquier manera, tengo que saltar fuera de esta viga ahora y posiblemente precipitarme a mi muerte horrible. Hablaré contigo mañana.”
“Tengo práctica de banda a las dos, ¿Recuerdas? Te veo allí.”
“Nos vemos.” Colgó y se metió el teléfono en el sujetador, la ligera ropa de entrenamiento no tenía ningún bolsillo, así que, ¿qué iba a hacer una chica?
“Entonces, ¿estás planeando permanecer allí toda la noche?” Jace entró al centro del ojo de buey y alzó la mirada hacia ella. Estaba vistiendo traje de lucha, no ropa de entrenamiento como Clary, y su cabello rubio destacaba sorprendentemente contra el negro. Se había oscurecido ligeramente desde el final del verano y era más un oro oscuro que claro, la cual, Clary pensaba, le sentaba incluso mejor. La hacía absurdamente feliz que ahora lo conociera el tiempo suficiente para notar pequeños cambios en su apariencia.
“Pensaba que ibas a venir aquí,” gritó hacia abajo. “¿Cambio de planes?”
“Larga historia.” Le sonrió. “¿Entonces? ¿Quieres practicar saltos?”
Clary suspiró. La práctica de saltos implicaba arrojarse de la viga en el espacio vacío, y usar el cable flexible para sostenerse mientras empujaba contra las paredes y volteaba sobre y bajo sí misma, enseñándose a dar vueltas, patear, y agacharse sin preocuparse por suelos duros y moretones. Había visto a Jace hacerlo, y había lucido como un ángel caído mientras lo hacía, volando a través del aire, girando y dando vueltas con hermosa gracia de ballet. Ella, por otro lado, se enrollaba como un bicho de la patata tan pronto el suelo se aproximaba, y el hecho de que intelectualmente supiera que no iba a golpear el suelo no parecía hacer diferencia alguna.
Estaba empezando a preguntarse si no importaba que hubiera nacido una Cazadora de Sombras; tal vez ya era demasiado tarde para que se convirtiera en una, o al menos una completamente funcional. O tal vez el don que los hacía a ella y a Jace lo que eran de alguna manera se había distribuido de forma desigual entre ellos, por lo que él había obtenido toda la gracia física, y ella había conseguido—bueno, no mucho de ello.
“Vamos, Clary,” dijo Jace. “Salta.” Ella cerró sus ojos y saltó. Por un momento se sintió a sí misma colgar suspendida, libre de todo. Entonces, la gravedad se hizo cargo, y se zambulló hacia el suelo. Instintivamente, sacó sus brazos y piernas, manteniendo sus ojos cerrados con fuerza. El se tensó y ella rebotó, volando de regreso antes de caer de nuevo. Mientras su velocidad desaceleraba, abrió sus ojos y se encontró a sí misma colgando al final del cable, alrededor de cinco pies encima de Jace. Él estaba sonriendo.
“Bien,” dijo él. “Tan elegante como un copo de nieve cayendo.”
“¿Estaba gritando?” Pregunto ella, genuinamente curiosa. “Ya sabes, en el camino hacia abajo.”
Él asintió. “Afortunadamente no hay nadie en casa, o podrían haber asumido que te estaba asesinando.”
“Já. Ni siquiera puedes alcanzarme.” Ella sacó una pierna y giró perezosamente en el aire.
Los ojos de Jace brillaron. “¿Quieres apostar?”
Clary conocía esa expresión “No,” dijo rápidamente, “Lo que sea que vayas a hacer…”
Pero ya lo había hecho. Cuando Jace se movía rápidamente, sus movimientos individuales eran casi invisibles. Vio su mano ir a su cinturón, y entonces algo brilló en el aire. Escuchó el sonido de la tela partiéndose mientras el cable por encima de su cabeza era cortado de un lado a otro. Soltada, cayó libremente, demasiado sorprendida para gritar—directamente en los brazos de Jace. La fuerza lo derribó hacia atrás, y se tumbaron sobre una de las acolchadas alfombras del piso. Clary, encima de él.
Él le sonrió.
“Ahora,” dijo, “eso fue mucho mejor. No gritaste en absoluto.”
“No tuve la oportunidad.” Ella estaba sin aliento, y no sólo por el impacto de la caída. Estando tumbada encima de Jace, sintiendo su cuerpo contra el suyo, hacía que sus manos temblaran y que su corazón latiera más rápido. Había pensado que tal vez su reacción física por él—sus reacciones el uno al otro—podrían desvanecerse con la familiaridad, pero eso no había sucedido. En todo caso, había ido empeorando entre más tiempo que pasaba con él—o mejorando, suponía, dependiendo de cómo pensabas en ello.
La estaba mirando con oscuros ojos dorados; se preguntó si su color se había intensificado desde su encuentro con Raziel, el Ángel, junto a las orillas del lago Lyn en Idris. No podía preguntarle a nadie: a pesar de que todo el mundo sabía que Valentine había convocado al Ángel, y que el Ángel había curado a Jace de las heridas que Valentine le había infligido, nadie más que Clary y Jace sabían que Valentine había hecho más que herir a su hijo adoptivo. Él había apuñalado a Jace a través del corazón como parte de la ceremonia de invocación—lo apuñaló, y lo sostuvo mientras moría. Ante el deseo de Clary, Raziel había regresado a Jace de la muerte. La enormidad de ello todavía sorprendía a Clary, y, sospechaba, a Jace también. Habían acordado jamás decirle a nadie que Jace había muerto realmente, siquiera por un breve tiempo. Este era su secreto.
Él extendió la mano y apartó su cabello de su rostro. “Estoy bromeando,” dijo él. “No eres tan mala. Lo lograrás. Deberías haber visto a Alec hacer saltos al principio. Creo que se pateó a sí mismo la cabeza una vez.”
“Seguro,” dijo Clary. “Pero él probablemente tenía once.” Ella lo miró. “Supongo que tú siempre has sido asombroso en estas cosas.”
“Yo nací asombroso.” Le acarició la mejilla con la punta de sus dedos, suavemente, pero lo suficiente para hacerla temblar. Ella no dijo nada, él estaba bromeando, pero en un sentido era verdad. Jace había nacido para ser lo que era. “¿Cuánto puedes quedarte esta noche?”
Ella sonrió un poco. “¿Hemos terminado el entrenamiento?”
“Me gustaría pensar que hemos terminado con la parte de la tarde que es absolutamente necesario. Aunque hay unas pocas cosas que me gustaría practicar…” Él se levantó para tirarla hacia abajo, pero en ese momento la puerta se abrió, e Isabelle llegó con paso majestuoso, los tacones de sus botas haciendo clic en el piso de madera pulida.
Capturando la vista de Jace y Clary tendidos en el suelo, levantó sus cejas. “Besuqueándose, ya veo. Pensé que supuestamente estaban entrenando.”
“Nadie te dijo que tenías que aparecer sin golpear, Iz.” Jace no se movió, sólo giró su cabeza hacia un lado para mirar a Isabelle con una mezcla de molestia y cariño. Clary, sin embargo, se puso de pie, enderezando su arrugada ropa.
“Esta es la sala de entrenamiento. Esto es espacio público.” Isabelle se estaba quitando uno de sus guantes, los cuales eran de terciopelo rojo brillante. “Acabo de conseguir estos en Trash and Vaudeville. En liquidación. ¿No los amas? ¿No desearías tener un par?” Agitó los dedos en su dirección.
“No lo sé”, dijo Jace. “Creo que chocan con mi traje.”
Isabelle le hizo una mueca. "¿Has oído acerca del Cazador de Sombras muerto que encontraron en Brooklyn? El cuerpo estaba todo mutilado, así que no saben quién es todavía. Asumo que es donde mamá fue.”
“Sí,” dijo Jace, sentándose. “Reunión de la Clave. Me encontré con ella en el camino de salida.”
“No me dijiste eso,” dijo Clary. “¿Es por eso que te llevó tanto conseguir la cuerda?”
Él asintió. “Lo siento. No quería asustarte.”
“Lo que quiere decir,” dijo Isabelle, “no quería estropear el estado de ánimo romántico.” Se mordió el labio. “Sólo espero que no sea nadie que conozcamos.”
“No creo que pueda haberlo sido. El cuerpo fue arrojado en una fábrica abandonada—había estado allí durante varios días. Si hubiera sido alguien que conocíamos, habríamos notado que estaban desaparecidos.” Jace empujó su cabello detrás de sus orejas. Estaba mirando a Isabelle un poco impaciente, pensó Clary, como si estuviera irritado de que hubiera traído esto. Ella deseaba que él le hubiese dicho antes, incluso aunque hubiera estropeado el estado de ánimo. Mucho de lo que él hacía, lo que ellos todos hacían, Clary sabía, los llevaba en contacto frecuente con la realidad de la muerte. Todos los Lightwoods estaban, a su propia manera, aún de duelo por la pérdida del hijo más joven, Max, quien había muerto simplemente por estar en el lugar equivocado en el momento equivocado. Esto era extraño. Jace había aceptado su decisión de abandonar la escuela secundaria y tomar el entrenamiento sin un murmullo, pero rehuía discutir con ella los peligros de una vida Cazando Sombras.
“Voy a vestirme,” anuncio, y se dirigió a la puerta que llevaba al pequeño vestuario unido a la zona de entrenamiento. Era muy sencillo: paredes de madera clara, un espejo, una ducha, y ganchos para ropa. Las toallas estaban apiladas cuidadosamente en un banco de madera junto a la puerta. Clary se duchó rápidamente y se puso su ropa de calle—medias, botas, falda de jean, y un nuevo suéter rosa. Mirándose en el espejo, vio que había un hoyo en sus medias, y su húmedo y rizado cabello rojo era una maraña desordenada. Nunca podría verse perfectamente organizada como Isabelle siempre lo hacía, pero a Jace parecía no importarle.
En el momento en que regresó a la sala de entrenamiento, Isabelle y Jace habían dejado atrás el tema de los Cazadores de Sombra muertos y se habían trasladado sobre algo que Jace aparentemente encontraba incluso más horrible—la cita de Isabelle con Simon.
“No puedo creer que te haya llevado a un restaurante real.” Jace estaba de pie ahora, poniendo guardando las alfombras y el traje de entrenamiento mientras Isabelle se inclinaba contra la pared y jugaba con sus guantes nuevos. “Había asumido que su idea de una cita iba a ser que tú lo vieras jugar al World of Warcraft con sus amigos nerd.”
“Yo,” señaló Clary, “soy una de sus amigos nerd, gracias.”
Jace le sonrió.
"En realidad no era un restaurante. Era más un comedor. Con sopa rosa que él quería que yo probara," dijo Isabelle, pensativa. "Él fue muy dulce."
Clary se sintió de inmediato culpable por contarle—o a Jace —sobre Maia. "Él dijo que se divirtieron."
La mirada de Isabelle parpadeó hacia ella. Hubo una cualidad peculiar en la expresión de Isabelle, como si estuviera ocultando algo, pero se había ido antes de que Clary pudiera estar segura de que había estado allí en absoluto. "¿Hablaste con él?"
"Sí, me llamó hace unos minutos. Sólo para el chequear," Clary se encogió de hombros.
"Ya veo," dijo Isabelle, con su voz de repente ligera y fresca. "Bueno, como he dicho, es muy dulce. Pero tal vez un poco demasiado dulce. Eso puede ser aburrido." Metió sus guantes en los bolsillos. "De cualquier manera, no es una cosa permanente. Es simplemente un juego por ahora."
La culpa de Clary se desvaneció. "¿Han hablado de eso alguna vez, ya sabes, salir exclusivamente?"
Isabelle parecía horrorizada. "Por supuesto que no." Bostezó entonces, estirando sus brazos como un gato sobre su cabeza. “De acuerdo, a la cama. Hasta luego, tortolitos."
Ella partió, dejando una nube borrosa de perfume de jazmín en su estela.
Jace miró a Clary. Él había empezado a desabrochar su equipo, el cual se cerraba en las muñecas y la espalda, formando una capa protectora sobre su ropa. “¿Supongo que tienes que ir a casa?"
Ella asintió de mala gana. Conseguir que su madre estuviera de acuerdo de que siguiera la formación de Cazadora de Sombras había sido una larga y desagradable discusión, en primer lugar. Jocelyn habían había clavado los talones, diciendo que había pasado su vida tratando de mantener a Clary fuera de la cultura de los Cazadores de Sombras, el cual veía como peligroso —no sólo violento, argumentó, sino que aislacionista y cruel. Sólo hacía un año, le había señalado a Clary, la decisión de Clary de formarse como Cazadora de Sombras habría significado que nunca podría hablar con su madre de nuevo. Clary había argumentado de vuelta el hecho de que la Clave hubiera suspendido reglas como esas mientras el nuevo Consejo examinaba las leyes significaba que la Clave había cambiado desde que Jocelyn había sido una niña, y de cualquier forma, Clary necesitaba saber cómo defenderse.
"Espero que esto no sea sólo por Jace," había dicho Jocelyn finalmente. "Yo sé lo que pasa cuando estás enamorada de alguien. Quieres estar donde están y hacer lo que hacen, pero Clary…"
"Yo no soy tú," había dicho Clary, luchando para controlar su ira, "los Cazadores de Sombras no son el Círculo, y Jace no es Valentine."
"Yo no he dicho nada acerca de Valentine."
"Es lo que estabas pensando," dijo Clary. "Tal vez Valentine trajo a Jace, pero Jace no es nada como él."
"Bueno, espero que no," había dicho Jocelyn en voz baja. "Por el bien de todos," con el tiempo había cedido, pero con algunas reglas:
Clary no viviría en el Instituto, sino con su madre donde Luke, Jocelyn recibiría informes de Maryse de su progreso semanal para asegurarse que Clary estaba aprendiendo y no sólo, como Clary suponía, comiéndose a Jace con los ojos todo el día, o por lo que fuera que estuviera preocupada. Y Clary no iba a pasar la noche en el Instituto —nunca. “No dormirás fuera de casa donde vive tu novio," había dicho Jocelyn con firmeza. "No me importa si es en el Instituto. No.”
Novio. Todavía era un choque oír esa palabra. Durante mucho tiempo había parecido una imposibilidad total que Jace fuera a ser su novio alguna vez, que nunca pudiera ser cualquier otra cosa el uno para el otro en absoluto, salvo hermano y hermana, y eso había sido demasiado duro y horrible de enfrentar. No volver a verse otra vez, habían decidido, habría sido mejor que eso, y eso habría sido como morir. Y entonces, por un milagro, habían sido puestos en libertad. Ahora habían pasado seis semanas, pero Clary no estaba cansada de la palabra aún.
"Tengo que llegar a casa," dijo. "Son casi las once, y mi mamá enloquecerá si me quedo aquí pasadas las diez."
“Está bien." Jace dejó caer su equipo, o al menos la mitad superior de éste, en el banco. Llevaba una camiseta delgada debajo, Clary pudo ver sus marcas a través de ella, como tinta a través de papel mojado. "Te acompaño."
El Instituto estaba en silencio al pasar a través de él. No había Cazadores de Sombras visitantes de otras ciudades quedándose en este momento. Robert, el padre de Isabelle y Alec, estaba en Idris contribuyendo a establecer el nuevo Consejo, y sin Hodge y Max para siempre, y Alec lejos con Magnus, Clary sentía como si el resto de los ocupantes fueran invitados en un hotel casi vacío. Deseaba que otros miembros del Cónclave vinieran más a menudo, pero suponía que todo el mundo le estaba dando tiempo a los Lightwoods en este momento. Tiempo para recordar a Max, y tiempo de olvidar.
"¿Así que has oído de Alec y Magnus últimamente?" preguntó. "¿Están pasando un buen rato?"
"Así parece." Jace tomó su teléfono de su bolsillo y se lo entregó. "Alec se mantiene enviándome fotos molestas. Muchos de los títulos con un ‘Ojalá estuvieras aquí, salvo que en realidad no’."
"Bueno, no puedes culparlo. Se supone que son unas vacaciones románticas." Pasó por las fotos en el teléfono de Jace y rió. Alec de pie y Magnus frente a la Torre Eiffel, Alec en pantalones vaqueros como de costumbre y Magnus vistiendo un jersey de rayas de pescador, pantalones de cuero, una loca boina. En los Jardines de Boboli, Alec todavía llevaba pantalones vaqueros, y Magnus llevando una capa enorme de Venecia y el sombrero de un gondolero. Parecía el fantasma de la ópera. En frente del Museo del Prado llevaba una chaqueta de torero brillante y botas de plataforma, mientras que Alec parecía estar tranquilamente alimentando una paloma en el fondo.
"Te quitaré esto antes de que llegues a la parte de la India," dijo Jace, recuperando su teléfono. "Magnus con un sari. Algunas cosas que nunca podrías olvidar."
Clary se echó a reír. Habían llegado ya al ascensor, el cual abrió sus raqueteantes puertas cuando Jace apretó el botón de llamada. Ella entró, y Jace la siguió. En el momento en el ascensor empezó a bajar —Clary no creía que alguna vez pudiera acostumbrarse a la inicial sacudida de infarto cuando comenzaba a descender— él se acercó a Clary en la penumbra, y la atrajo hacia sí. Ella puso las manos contra su pecho, sintiendo los músculos duros bajo su camiseta, el latido de su corazón debajo de ellos. En la penumbra le brillaban los ojos. "Siento no poder quedarme," susurró.
"No lo sientas." Había un borde irregular en su voz que la sorprendió. "Jocelyn no quiere que seas como yo. No la culpo por eso."
"Jace", ella dijo, un poco confundida por la amargura en su voz, "¿estás bien?"
En lugar de contestar la besó, tirándola con fuerza contra él. Su cuerpo la presionó contra la pared, el metal del frío espejo en su espalda, sus manos deslizándose por su cintura, bajo su suéter. Ella siempre amó la forma en que la sostenía. Cuidadoso, pero no demasiado suave, no tan suave como para que ella alguna vez sintiera que estaba más controlado de lo que ella estaba. Ninguno de los dos podía controlar cómo se sentía el uno por el otro, y a ella le gustaba eso, le gustaba la forma en que su corazón martillaba contra el suyo, le gustaba la forma en que murmuraba contra su boca cuando ella le devolvía el beso.
El elevador se detuvo traqueteando y la puerta se abrió. Más allá de éstas ella pudo ver la vacía nave de la catedral, la luz mágica brillando en una línea de candelabros por el pasillo central. Se aferró a Jace, contenta de que hubiera poca luz en el elevador así no podía ver su propio rostro sonrojado en el espejo.
"Tal vez pueda quedarme", susurró. "Solo un poco más."
Él no dijo nada. Ella pudo sentir la tensión en él, y ella misma se tensó. Era más que sólo la tensión del deseo. Estaba temblando, su cuerpo entero sacudiéndose mientras enterraba su rostro en la curva del cuello de ella.
"Jace," dijo ella.
Él la soltó entonces, repentinamente y dio un paso atrás. Sus mejillas estaban sonrojadas, sus ojos brillaban febriles. "No," dijo. "No quiero darle a tu madre otra razón para no agradarle." Había un filo en su voz. "Ella ya piensa que soy la segunda venida de mi padre…"
Se interrumpió, antes de que Clary pudiera decir, Valentine no era tu padre. Jace era por lo general muy cuidadoso para referirse a Valentine Morgenstern por su nombre, nunca como ‘mi padre’— cuando mencionaba a Valentine en absoluto. Por lo general, se quedaban fuera del tema, y Clary nunca había admitido ante Jace que su madre se preocupaba de que él fuera en secreto igual que Valentine, a sabiendas de que incluso la sugerencia le dolería mucho. Mayormente, Clary hacía todo lo posible para mantenerlos a los dos separados.
Pasó junto a ella antes de que pudiera decir nada, y abrió la puerta del elevador. "Te amo, Clary," dijo él sin mirarla. Estaba mirando hacia la iglesia, a las filas de velas encendidas, el oro se reflejaba en sus ojos. "Más de lo que alguna vez…" Se interrumpió. "Dios. Más de lo que probablemente debería. Sabes eso, ¿no?"
Ella salió del ascensor y se volvió hacia él. Había miles de cosas que quería decir, pero él ya estaba apartando la mirada de ella, presionando el botón que llevaría el elevador hasta el piso del Instituto. Ella empezó a protestar, pero el ascensor ya estaba en movimiento, las puertas se cerraron, mientras traqueteaba en su camino de vuelta. Se cerraron con un clic, y ella las miró por un momento, el ángel estaba pintado en su superficie, con las alas extendidas, sus ojos alzados. El ángel estaba pintado en todo.
Su voz resonó con dureza en la habitación vacía, cuando habló. “Yo también te amo,” dijo.
3
Siete Veces
Traducido por Ateh
Corregido por Mely
“¿Sabes que es impresionante?” Dijo Eric, soltando sus baquetas. “Tener un vampiro en nuestra banda. Esto es lo que nos va a llevar a la cima.”
Kirk, bajando su micrófono, puso los ojos en blanco. Eric siempre estaba hablando sobre llevar a la banda a la cima, y hasta ahora nada se había materializado. Lo mejor que habían hecho fue un concierto en la fábrica de tejidos, y sólo cuatro personas habían asistido. Y una de ellas había sido la mamá de Simon.
“No veo como eso nos puede llevar a la cima si no tenemos permitido decirle a nadie que es un vampiro.”
“Que lastima,” dijo Simon. Estaba sentado en uno de los altavoces, al lado de Clary, quien estaba absorta enviándose mensajes de texto con alguien, probablemente con Jace. “De todas formas nadie les creería porque mírenme… aquí estoy, a la luz del día.” Levantó sus brazos donde se vertía el sol a través de los agujeros del techo del garaje de Eric, su actual lugar de práctica.
“Eso le da algo de impacto a nuestra credibilidad,” dijo Matt, empujando su brillante cabello rojo fuera de sus ojos y entrecerrándolos hacia Simon. “Podrías usar colmillos falsos.
“No necesita colmillos falsos,” dijo Clary irritada, bajando su teléfono. “Tiene colmillos reales. Ustedes los han visto.”
Era cierto. Había tenido que sacar de repente los colmillos cuando le había dado la noticia a la banda. Al principio habían pensado que había tenido una lesión en la cabeza, o un colapso mental. Luego de mostrarles los colmillos, se habían acercado. Eric incluso había admitido que no estaba particularmente impresionado.
“Amigo, siempre supe que los vampiros existen,” dijo. “Porque tú sabes, hay gente que uno ve y como que siempre se luce igual, incluso cuando tienen como ¿Cien años? ¿Cómo David Bowie? Eso se debe a que son vampiros.”
Simon había dibujado la línea al no decirles que Clary e Isabelle eran Cazadores de Sombras. Ese no era su secreto para contarlo. Ellos tampoco sabían que Maia era un hombre lobo. Sólo pensaban que Maia e Isabelle eran dos chicas ardientes que inexplicablemente habían accedido a salir con Simón. Ponían esto bajo lo que Kirk llamaba su “mojo sexy de vampiro.” A Simon realmente no le importaba como lo llamaran, siempre y cuando a ninguno de ellos se les escapara y le dijeran a Maia e Isabelle acerca de la otra.
Hasta el momento se las había arreglado para invitarlas a los conciertos alternándolas, así nunca se aparecían al mismo concierto al mismo tiempo.
“¿Tal vez podrías mostrar los colmillos en el escenario? “Sugirió Eric. “Solo, como, una vez, amigo. Se los muestras a la multitud.
“Si él hiciera eso, el líder del clan vampírico de Nueva York los mataría a todos, lo saben, ¿Cierto?”
Ella sacudió su cabeza en dirección a Simon.
“No puedo creer que les contaras que eres un vampiro.” Añadió, bajando su voz para que solo Simon pudiera escucharla. “Son unos idiotas, en caso de que no lo hayas notado.”
“Son mis amigos,” murmuró Simón.
“Son tus amigos, y son unos idiotas.”
“Quiero que la gente que me importa sepa la verdad sobre mí.”
“¿En serio?” Dijo Clary, no muy amablemente. “¿Entonces cuando se lo vas a decir a tu madre?”
Antes de que Simon pudiera responder, sonó un ruidoso golpe en la puerta del garaje, y un momento después se abrió, permitiendo que más luz de otoño entrara. Simon miró por encima, pestañeando. Era un reflejo, realmente, que le quedó de cuando era humano. A sus ojos no les tomaba más de una fracción de segundo ajustarse a la luz o a la oscuridad.
Había un chico parado en la entrada del garaje, a contraluz del brillo del sol. Sostenía un pedazo de papel en la mano. Miró hacia el papel inseguro, y luego se volvió a la banda.
“Hey,” dijo “¿Aquí es donde puedo encontrar a la banda Mancha Peligrosa?
“Ahora somos Lémur Dicotómico,” dijo Eric, dando un paso adelante. “¿Quién quiere saber?”
“Soy Kyle,” dijo el chico, agachándose bajo la puerta del garaje. Enderezándose, sacó el cabello castaño que cayó en sus ojos y le dio el pedazo de papel a Eric. “Vi que estaban buscando a un cantante principal.”
“Whoa,” dijo Matt. “Dimos esos volantes hace como un año. Me había olvidado completamente de ellos.
“Sí,” dijo Eric. “Estábamos haciendo cosas diferentes en ese entonces. Ahora más que todo nos desconectamos en el cantp. ¿Tienes experiencia?
Kyle—quien era muy alto, vio Simon, aunque no completamente desgarbado —se encogió de hombros. “No realmente. Pero me han dicho que puedo cantar.” Tenía una dicción lenta, un poco arrastrada, más como un surfista que como de alguien del sur.
Los miembros de la banda se miraban indecisos entre ellos. Eric se rascó detrás del oído.
“¿Podrías darnos un segundo?
“Seguro,” Kyle se agachó de nuevo fuera del garaje, deslizando la puerta y cerrándola detrás de él. Simon podía escucharlo silbando ligeramente afuera. Sonaba como “She’ll Be Comin’ Round the Mountain.” No estaba particularmente afinado, tampoco.
“No lo sé,” dijo Eric. “No estoy seguro de poder usar a alguien nuevo ahora mismo. Porque, me refiero a que no podemos decirle sobre la cosa vampírica, ¿No?”
“No,” dijo Simon. “No pueden.”
“Está bien, entonces.” Matt se encogió de hombros. “Es una lástima. Necesitamos un cantante. Kirk apesta. Sin ofender.”
“Jódete,” dijo Kirk. “Yo no apesto.”
“Si, lo haces,” dijo Matt. “Apestas en grande, horripilante…”
“Creo,” Interrumpió Clary, alzando su voz. “Que deberían dejarlo intentar.”
Simón la miró. “¿Por qué?
“Porque es increíblemente ardiente,” dijo Clary, para la sorpresa de Simon. No había sido impactado por la apariencia de Kyle, pero entonces, tal vez él no era el mejor juez de belleza masculina. “Y tu banda necesita un poco de atractivo sexual.”
“Gracias, “dijo Simon. “En nombre de todos, muchas gracias.”
Clary hizo un ruido de impaciencia. “Si, sí. Todos ustedes tienen muy buen aspecto. Especialmente tú Simon.” Le dio unas palmaditas en las manos. “Pero Kyle es ardiente como “Whoa”. Solo estoy diciendo. Mi opinión objetiva como mujer es que si añaden a Kyle a la banda, se duplicará su base de fans femeninas.”
“Con lo cual te refieres a que tendremos dos fans femeninas en lugar de una,” dijo Kirk
“¿Cuál una?” Matt se veía genuinamente curioso.
“La amiga de la prima pequeña de Eric. ¿Cuál es su nombre? La que tiene un flechazo por Simon. Viene a todos nuestros conciertos y le dice a todo el mundo que es su novia.”
Simon hizo una mueca. “Tiene trece años.”
“Ese es tu mojo sexy de vampiro en acción, hombre,” dijo Matt. “Las damas no pueden resistirse a ti.”
“Oh, por el amor de Dios,” dijo Clary. “No existe tal cosa como un mojo sexy de vampiro.” Apuntó con el dedo a Eric. “Y ni siquiera digas que Mojo Sexy de Vampiro suena como un nombre de banda, o yo…
La puerta del garaje se abrió de nuevo. “Uh, ¿Chicos?” Era Kyle de nuevo. “Miren, si no quieren que lo intente, está bien. Tal vez cambiaron su sonido, o lo que sea. Sólo digan la palabra, y estoy fuera.”
Eric ladeó su cabeza hacia el lado. “Entra y déjanos darte un vistazo.”
Kyle entró al garaje. Simon lo miró, tratando de estimar qué era lo que había hecho que Clary dijera que él era ardiente. Era alto y ancho de espalda y delgado, con pómulos altos, cabello negro largo que caía por su frente y por su nuca en rizos, y piel morena que todavía no había perdido su bronceado veraniego. Sus largas y gruesas pestañas resaltaban sus ojos color verde-avellana que lo hacían parecer un chico lindo y estrella de rock. Llevaba una camiseta verde y pantalones vaqueros, y en ambos brazos tenia tatuajes a juego, no eran Marcas, solo tatuajes ordinarios. Parecían una secuencia de comandos devanando alrededor de su piel, desapareciendo bajo las mangas de su camisa.
De acuerdo, Simon tenía que admitirlo. No era espantoso.
“Sabes,” dijo finalmente Kirk, rompiendo el silencio. “Lo veo, es realmente ardiente.”
Kyle pestañeó y se volteó hacia Eric. “Así que, ¿Quieren que cante o no?”
Eric desprendió el micrófono de su soporte y se lo tendió. “Adelante,” dijo. “Inténtalo.”
“Saben, él realmente estuvo muy bien,” dijo Clary. “Era una especie de broma lo de incluir a Kyle en la banda, pero él en serio puede cantar.”
Estaban caminando a lo largo de la Avenida Kent, hacia la casa de Luke. El cielo se había oscurecido de azul a gris preparándose para el crepúsculo, y las nubes colgaban bajo sobre el East River. Clary estaba arrastrando una de sus manos con guantes a lo largo de la valla que los separaba de la orilla del concreto agrietado, haciendo sonar el metal.
“Solo lo estás diciendo porque piensas que es ardiente,” dijo Simon.
Se le formaron hoyuelos. “No tanto. No como que fuera el chico más ardiente que haya visto.” Quién, Simón imaginaba, sería Jace, aunque era lo suficientemente buena para no decirlo. “Pero creo que es una buena idea tenerlo en la banda, en serio. Si Eric y el resto de la banda no pueden decirle que eres un vampiro, tampoco se lo pueden decir a nadie más. Esperemos que esto ponga fin a esa idea tan estúpida.” Estaban cerca de la casa de Luke, Simon podía verla al otro lado de la calle, las ventanas estaban iluminadas contra la oscuridad venidera. Clary se detuvo en un hueco de la cerca. “¿Recuerdas cuando matamos a un montón de demonios Raum ahí?
“Tú y Jace mataron a algunos demonios Raum ahí. Yo casi vomito.” Simon lo recordaba, pero su mente no estaba en eso, estaba pensando en Camille, sentada al lado de él en el patio, diciendo: “Eres amigo de los Cazadores de Sombras, pero nunca podrás ser uno de ellos. Siempre estarás afuera, serás el otro”. Miró a Clary de reojo, preguntándose qué diría si le contaba sobre su reunión con la vampiresa, y su oferta. Se imaginaba que probablemente estaría aterrorizada. El hecho de que no pudiera ser dañado aún no la había detenido de preocuparse por su seguridad.
“Ahora no deberías asustarte,” dijo suavemente, como si le leyera la mente. “Ahora tienes la Marca. “Se volteó para mirarlo, todavía apoyándose contra la valla. “¿Alguien se ha dado cuenta o te ha preguntado sobre eso?
Él negó con la cabeza “Mi cabello la cubre en su mayoría, y de todos modos, se ha desvanecido mucho, ¿Ves?” Se apartó el cabello a un lado.
Clary se estiró y toco su frente y la curvatura de la Marca ahí. Sus ojos estaban tristes, como lo habían estado ese día en el Salón de los Acuerdos, cuando había cortado la maldición más antigua del mundo en su piel. “¿Duele?
“No. No, no lo hace.” Y Caín dijo al Señor, mi castigo es mayor de lo que puedo soportar. “Sabes que no te culpo, ¿Cierto? Salvaste mi vida.”
“Lo sé.” Sus ojos estaban brillantes. Dejó caer la mano de su frente y restregó la parte posterior de su guante por su rostro. “Maldita sea. Odio llorar.”
“Bueno, es mejor que te acostumbres,” dijo ´3l, y cuando sus ojos se abrieron, añadió rápidamente. “Me refiero a la boda. Es cuando, ¿el próximo sábado? Todo el mundo llora en las bodas.”
Ella resopló.
“De cualquier manera, ¿Cómo están tu mamá y Luke?
“Desagradablemente enamorados. Es horrible. De todas formas…” Le dio unas palmaditas en el hombro. “Debería entrar. ¿Te veo mañana?
Él asintió. “Seguro. Mañana.”
La observó mientras corría cruzando la calle y subía las escaleras de la puerta principal de Luke. Mañana. Se preguntó hacía cuanto había pasado más que unos pocos días sin ver a Clary. Se preguntó acerca de ser un fugitivo y un nómada en la Tierra, como había dicho Camille. Como había dicho Raphael. La sangre del hermano clama hacia mí desde la tierra. No era Caín, quien había matado a su hermano, pero la maldición creía que lo era. Era extraño, pensó, esperar a perder todo, sin saber si iba a pasar o no.
La puerta se cerró detrás de Clary. Simon se volvió para dirigirse hacia Kent, hacia la parada G del tren a la Calle Lorimer. Ahora estaba casi completamente oscuro, el cielo encima de él era un remolino gris y negro. Simon escuchó el chillido de unos neumáticos detrás de él, pero no se volteó. Los carros se conducían demasiado rápido por esta calle todo el tiempo, a pesar de las grietas y baches. No fue hasta que la camioneta azul se parqueó cerca de él y chilló para detenerse, cuando Simon se volteó para mirar.
El conductor de la camioneta tiró las llaves del encendido, matando el motor y abrió la puerta. Era un hombre—un hombre alto, vestido con un chándal gris encapuchado y unas zapatillas deportivas, la capucha puesta tan bajo que se escondía la mayor parte de su rostro. Saltó del asiento del conductor, y Simon vio que había un largo y reluciente cuchillo en su mano.
Luego, Simon podría haber pensado que debería haber corrido. Él era un vampiro, más rápido que cualquier humano. Podía correr más que cualquiera. Debió haber corrido, pero estaba demasiado asustado; permaneció inmóvil mientras el hombre, con el brillante cuchillo en la mano, se acercaba a él. El hombre dijo algo en una voz baja y gutural, algo en un idioma que Simon no entendió.
Simon retrocedió un paso. “Mira,” dijo, buscando su bolsillo. “Puedes tener mi billetera…”
El hombre se lanzó hacia Simon, lanzando el cuchillo hacia su pecho. Simon se quedó mirando con incredulidad. Todo parecía estar pasando muy lentamente, como si el tiempo se estuviera extendiendo. Vio la punta del cuchillo cerca de su pecho, mellando el cuero de su chaqueta—y luego cortó hacia el lado, como si alguien hubiera agarrado el arma de su atacante y hubiera tirado de ella. El hombre gritó mientras era lanzado en el aire como una marioneta siendo arrastrada por sus cuerdas. Simon miró alrededor salvajemente— seguramente alguien había escuchado o notado el disturbio, pero nadie apareció. El hombre seguía gritando, siendo alzado salvajemente, mientras su camisa se rasgaba abriéndose hacia abajo en el frente, como si hubiera sido destrozada por una mano invisible.
Simon miró horrorizado. Heridas enormes aparecieron en el torso del hombre. Su cabeza voló hacia atrás, rociando sangre por la boca. Paró de gritar abruptamente— y cayó, como si la mano invisible se hubiera abierto, liberándolo. Golpeó el suelo y se rompió en forma de cristal quebrándose en mil pedazos brillantes que se dispersaron en el pavimento.
Simon cayó de rodillas. El cuchillo que había tenía propósito de matarlo yacía un poco más allá, dentro del alcance de su brazo. Era todo lo que había quedado de su atacante, salvo una pila de cristales brillantes que estaban empezando a volar lejos en el viento fresco. Tocó uno cautelosamente.
Era sal. Bajo la mirada a sus manos. Estaban temblando. Sabía que había pasado, y por qué.
Y el Señor le dijo, Por lo tanto, todo aquel que le quite la vida a Caín, la venganza será tomada sobre él siete veces. Con que así se veían las siete veces.
Apenas llegó a la cuneta antes de que se doblara y vomitara sangre en la calle.
En el momento en que Simon abrió la puerta, supo que había tenido un error de cálculo. Había pensado que su madre estaría dormida ahora, pero no lo estaba. Estaba despierta, sentada en un sillón frente a la puerta, su teléfono en la mesa de al lado, y vio la sangre en su chaqueta inmediatamente.
Para su sorpresa ella no gritó, pero su mano voló hacia su boca. “Simon.”
“No es mi sangre,” dijo rápidamente. “Estaba en la casa de Eric, y Matt tuvo una hemorragia nasal…”
“No quiero escucharlo.” Ese tono agudo era uno que rara vez usaba, le recordó la forma en la que había hablado durante los últimos meses cuando su padre había estado enfermo, la ansiedad era como un cuchillo en su voz. “No quiero escuchar más mentiras.”
Simon soltó las llaves en la mesa que estaba cerca a la puerta. “Mamá…”
“Todo lo que haces es decirme mentiras. Estoy cansada de eso.”
“Eso no es cierto,” dijo, pero se sintió enfermo, sabiendo que sí lo era. “Es sólo que en este momento tengo un montón de cosas pasando en mi vida.”
“Lo sé.” Su madre se puso de pie, siempre había sido una mujer delgada, y ahora lucía esquelética, su cabello oscuro, del mismo color que el de él, veteado con más gris de lo que recordaba donde caía alrededor de su rostro. “Ven conmigo, jovencito. Ahora.”
Desconcertado, Simon la siguió dentro de la pequeña y brillante cocina amarilla. Su madre se detuvo y señaló hacia el mostrador. “¿Podrías explicar esos?”
La boca se Simon se secó. Alineadas a lo largo del mostrador como una hilera de soldados de juguete estaban las botellas de sangre que habían estado en el mini refrigerador dentro de su closet. Una estaba llena hasta la mitad, las otras estaban completamente llenas, con el líquido rojo dentro de ellas brillando como una acusación. También había encontrado las bolsas de sangre vacías que había lavado y metido dentro de una bolsa de compras antes de tirarlos en su bote de basura. También estaban extendidas sobre el mostrador, como una grotesca decoración.
“Al principio pensé que en las botellas había vino,” dijo Elaine Lewis con una voz temblorosa. “Luego encontré las bolsas. Así que abrí una de las botellas. Es sangre, ¿Cierto?”
Simon no dijo nada. Su voz parecía haber huido.
“Últimamente has estado actuando tan extraño.” Continuó su madre. “Estabas fuera a toda hora, nunca comes, a duras penas duermes, tienes amigos que nunca había conocido, nunca los había escuchado mencionar. ¿Crees que no puedo decir cuando me estas mintiendo? Puedo hacerlo, Simon. Pensé que quizás estabas en las drogas.”
Simon recuperó su voz. “¿Entonces husmeaste en mi cuarto?”
Su madre enrojeció. “¡Tuve que hacerlo! Pensé… pensé que si encontraba drogas podría ayudarte, meterte a un grupo de rehabilitación, pero ¿Esto?” Hizo un gesto salvaje hacia las botellas. “Ni siquiera sé que pensar acerca de esto. ¿Qué está pasando, Simon? ¿Te has unido a algún tipo de culto?”
Simon sacudió con la cabeza.
“Entonces dime,” dijo su madre, con sus labios temblando. “Porque las únicas explicaciones en que puedo pensar son horribles y enfermizas. Simon, por favor…”
“Soy un vampiro,” dijo Simon. No tenía idea de cómo lo había dicho, o por qué. Pero ahí estaba. Las palabras colgaron en el aire entre ellos como gas venenoso.
Las rodillas de su madre parecían haber fallado, y se hundió en la silla de la cocina. “¿Qué dijiste?” Exhaló.
“Soy un vampiro,” dijo Simon. “Lo he sido por dos meses más o menos. Siento no habértelo dicho antes. No sabía cómo hacerlo.”
El rostro de Elaine Lewis estaba blanco como la tiza. “Simon, los vampiros no existen.”
“Sí,” dijo Simón. “Lo hacen. Mira, no pedí ser un vampiro. Fui atacado. No tuve elección. Lo cambiaría si pudiera.” Pensó salvajemente en el folleto que le había dado Clary hace tanto tiempo, el que hablaba sobre salir del armario con sus padres. Entonces parecía una analogía graciosa, ahora no lo hacía.
“Crees que eres un vampiro,” dijo la madre de Simon, aturdida. “Crees que bebes sangre.”
“Bebo sangre,” dijo Simon. “Bebo sangre de animal.”
“Pero eres vegetariano.” La madre de Simon parecía estar al borde de las lágrimas.
“Lo era. Ya no lo soy. No puedo serlo. La sangre es de lo que vivo.” La garganta de Simon se sentía apretada. “Nunca he herido a una persona. Nunca he tomado la sangre de alguien. Aún soy la misma persona. Aún soy yo.”
Su madre parecía estar luchando por mantener el control. “Tus nuevos amigos… ¿También son vampiros?”
Simon pensó en Isabelle, Maia y Jace. No podía explicar el asunto de los Cazadores de Sombras ni de los hombres lobo. Sería demasiado. “No, pero… ellos saben que soy uno.”
“¿Ellos… ellos te dieron drogas? ¿Te hicieron tomar algo? ¿Algo que hubiera hecho alucinar?” Parecía que a duras penas hubiera escuchado su respuesta.
“No. Mamá, esto es real.”
“No es real.” Suspiró. “Tú crees que es real. Oh, Dios. Simon. Lo siento tanto. Debería haberlo notado. Vamos a conseguirte ayuda. Vamos a encontrar a alguien. A un doctor. Sin importar lo que cueste…”
“No puedo ir con un doctor, mamá.”
“Sí, si puedes. Necesitas estar en algún lugar. Quizá en un hospital…”
Él le tendió su muñeca. “Siente mi pulso,” dijo.
Ella lo miró, perpleja. “¿Qué?”
“Mi pulso,” dijo. “Tómalo. Si tengo uno, de acuerdo. Iré al hospital contigo. Si no, tienes que creerme.”
Ella secó sus lágrimas de sus ojos y avanzó lentamente para tomar su muñeca. Luego de tanto tiempo de cuidar al padre de Simon cuando había estado enfermo, sabía cómo tomar el pulso tan bien como una enfermera. Presionó la punta de su dedo índice en su muñeca, y esperó.
Él observó cómo su rostro cambiaba, de la miseria al enojo a la confusión, y luego al terror. Ella se paró, soltando su mano, alejándose de él. Sus ojos estaban enormes y oscuros en su blanco rostro. “¿Qué eres?”
Simon se sintió enfermo. “Te lo dije. Soy un vampiro.”
“Tú no eres mi hijo. No eres Simon.” Ella se estremeció. “¿Qué clase de cosa viviente no tiene pulso? ¿Qué clase de monstruo eres? ¿Qué has hecho con mi niño?”
“Soy Simon…” Dio un paso hacia su madre.
Ella gritó. Nunca la había escuchado gritar de esa manera, y no quería volver a escucharlo de nuevo. Era un sonido horrible.
“Aléjate de mí.” Su voz se rompió. “No te acerques más.” Empezó a susurrar. “Barukh ata Adonai sho’ me’ a t’fila…”
Estaba rezando, se dio cuenta Simon con una sacudida. Estaba tan atemorizada de él que estaba rezando para que se alejara, para que fuera desterrado. Y lo que era peor era que podía sentirlo. El nombre de Dios apretó su estómago e hizo que su garganta le doliera. Ella estaba en lo correcto al rezar, pensó, era enfermizo para su alma. Él estaba maldito. No tenía cabida en el mundo. “¿Qué clase de cosa viviente no tiene pulso?”
“Mamá.” Susurró. “Mamá, detente.”
Ella lo miraba, con los ojos muy abiertos y sus labios aún en movimiento.
“Mamá, no tienes por qué estar tan molesta.” Escuchó su propia voz en la distancia, suave y relajante, la voz de un extraño. Mantuvo la mirada fija en su madre mientras hablaba, capturando su mirada como un gato podría capturar la de un ratón. “No pasó nada. Te quedaste dormida en el sillón en la sala de estar. Estás teniendo una pesadilla en la que llegué a casa y te dije que yo era un vampiro. Pero eso es una locura. Nunca podría suceder.”
Ella había parado de rezar. Pestañeó. “Estoy soñando.” Repitió.
“Es una pesadilla,” dijo Simon. Se movió hacia ella y colocó una mano en su hombro. Ella no lo alejó. Estaba cabeceando, como un niño pequeño. “Solo un sueño. Nunca encontraste nada en mi cuarto. No pasó nada. Solo has estado durmiendo, eso es todo.”
Él tomó su mano. Dejó que la guiara dentro de la sala de estar, donde la colocó en el sillón. Ella sonrió cuando la cubrió con una cobija, y cerró los ojos.
Él regresó a la cocina y rápidamente, metódicamente, metió las botellas y los contenedores de sangre en una bolsa de basura. La ató en el tope y se la llevó a su cuarto, donde se cambió la chaqueta ensangrentada por una nueva, y botó algunas cosas en una bolsa de lona. Apagó la luz y se fue, cerrando la puerta detrás de él.
Su madre ya estaba dormida cuando pasó por la sala de estar. Extendió su mano y tocó ligeramente la de ella.
“Me iré por unos días,” susurró. “Pero no te vas a preocupar. No me esperarás de regreso. Crees que estoy en un viaje de campo de la escuela. No hay necesidad de llamar. Todo está bien.”
Retiró su mano. En la oscura luz su madre lucía a la vez más vieja y más joven de lo que estaba acostumbrado. Era tan pequeña como un niño, enroscada bajo la cobija, pero habían nuevas arrugas en su rostro que no recordaba estuvieran allí.
“Mamá,” susurró.
Le tocó la mano y se agitó. No queriendo despertarla, alejó su mano y se movió silenciosamente hacia la puerta, agarrando las llaves de la mesa mientras se iba.
El Instituto estaba en calma. Últimamente siempre estaba en calma. Jace había optado por dejar su ventana abierta, así podía escuchar los sonidos del tráfico que pasaba, el gemido ocasional de las sirenas de las ambulancias y las bocinas de los cuernos en la Avenida York. También podía escuchar cosas que los mundanos no podían, y esos sonidos se filtraban a través de la noche hasta sus sueños—el torrente de aire desplazado por las motos de aire de los vampiros, el aleteo de las hadas aladas, el aullido lejano de los lobos en los días de luna llena.
Ahora sólo estaba medio abierta, echando la luz suficiente para que pudiera leer acostado en la cama. Tenía la caja de plata de su padre abierta en frente de él, mirando lo que estaba dentro de ella. Una de las estelas de su padre estaba ahí, una daga de caza con el mango de plata y las iniciales SWH en él, y—lo más interesante para Jace—un montón de cartas.
En las seis semanas pasadas había tomado la costumbre de leer una carta o más cada noche, tratando de conseguir un sentido para el hombre que era su padre biológico. Una imagen había empezado a surgir lentamente, de un considerado joven hombre con unos padres difíciles de manejar que se había unido a Valentine y el Círculo porque al parecer le habían ofrecido una oportunidad para destacarse en el mundo. Había seguido escribiendo a Amatis incluso después de su divorcio, algo que ella no había mencionado antes. En esas cartas, su desencanto con Valentine y las enfermizas actividades del Círculo era claro, aunque rara vez, casi nunca, mencionaba a la madre de Jace, Céline. Tenía sentido—Amatis no habría querido escuchar sobre su reemplazo, y sin embargo, Jace no podía dejar de odiar un poco a su padre por eso. Si a él no le importaba la madre de Jace, ¿por qué se casó con ella? Si detestaba tanto el Círculo, ¿por qué no lo había dejado? Valentine había sido un hombre demente, pero al menos era fiel a sus principios.
Y luego, por supuesto, Jace solo se sentía peor por preferir a Valentine que a su padre real. ¿Qué clase de persona lo hacía el hacer eso?
Un golpe en la puerta lo alejó de su auto-recriminación; se levantó y fue a abrir, esperando que Isabelle estuviera ahí, esperando para pedirle algo prestado o para quejarse de algo.
Pero no era Isabelle. Era Clary.
No estaba vestida de la manera en que usualmente estaba. Tenía un top negro de corte bajo, una blusa blanca atada suelta sobre ella, una falda corta, lo suficientemente corta para mostrar las curvas de sus piernas hasta la mitad del muslo. Llevaba su brillante cabello rojo en trenzas, con rizos sueltos aferrándose a las sienes, como si hubiera estado lloviendo ligeramente afuera. Sonrió cuando lo vio, arqueado las cejas. Estaban cobrizas, como las finas pestañas que enmarcaban sus ojos verdes.
“¿No me vas a invitar a pasar?”
Él miró de arriba a abajo el pasillo. No había nadie más, gracias a Dios. Tomó a Clary del brazo, la haló dentro y cerró la puerta. Apoyado en ella, dijo: “¿Qué estás haciendo aquí? ¿Todo está bien?”
“Todo está bien.” Ella se quitó los zapatos y se sentó en el borde de la cama. Su falda se subió más cuando se inclinó hacia atrás en sus manos, mostrando más muslo. No estaba haciendo maravillas con la concentración de Jace. “Te extrañaba. Y mamá y Luke están dormidos. No notarán que me fui.”
“No deberías estar aquí.” Las palabras salieron en una especie de gemido. Él odiaba decirlas pero sabía que necesitaban ser dichas, por razones que ella ni siquiera conocía. Y él esperaba que nunca lo hiciera.
“Bueno, si quieres que me vaya, lo haré.” Se puso de pie. Sus ojos eran de un verde reluciente. Dio un paso acercándose a él. “Pero he venido hasta aquí. Al menos deberías darme un beso de despedida.”
Él la alcanzo y la haló, y la besó. Había algunas cosas que se tenían que hacer, incluso aunque fueran una mala idea. Ella se acomodó en sus brazos como delicada seda. Él puso sus manos en su cabello y deslizó sus dedos a través él, deshaciendo sus trenzas hasta que su cabello cayó alrededor de sus hombros en la forma que a él le gustaba. Recordó cuanto quiso hacer eso la primera vez que la vio, descartando la idea como una locura. Era una mundana, había sido una desconocida, no había sentido en desearla. Y luego la había besado por primera vez, en el invernadero, y casi lo enloqueció. Habían bajado las escaleras y habían sido interrumpidos por Simon, y nunca había querido matar a alguien tanto como quería matar a Simon en ese momento, aunque sabía, intelectualmente, que Simon no había hecho nada malo. Pero lo que sentía no tenía nada que ver con el intelecto, y cuando se la había imaginado dejándolo por Simon, el pensamiento lo hizo sentir tan enfermo y asustado como ningún demonio lo había hecho.
Y luego Valentine les dijo que eran hermano y hermana, y Jace se dio cuenta que habían cosas perores, cosas infinitamente peores, que Clary dejándolo por alguien más—y eso era el conocimiento que amarla de la manera en que lo hacía estaba de alguna cósmicamente mal; que lo que había parecido la cosa más pura e irreprochable de su vida ahora se encontraba más allá de la redención. Recordó a su padre diciéndole que cuando los ángeles caían, caían angustiados, porque habían visto una vez el rostro de Dios, y ahora no podían volver atrás. Y él tenía la idea de cómo se sentían.
Eso no hizo que la deseara menos, solo había convertido su deseo por ella en una tortura. Algunas veces la sombra de esa tortura caía a través de sus recuerdos incluso cuando la estaba besando, como ahora, lo cual lo hizo apretarla más fuerte contra él. Ella hizo un sonido de sorpresa pero no protestó, ni siquiera cuando la levantó y la llevó a la cama.
Se tendieron en ella juntos, arrugando algunas cartas, Jace golpeó la caja a un lado para hacer espacio para ellos. Su corazón estaba palpitando contra del interior de sus costillas. Nunca antes habían estado en la cama juntos de esa manera, no realmente. Habían estado esa noche en su habitación en Idris, pero apenas se habían tocado. Jocelyn tenía cuidado de no dejar que ninguno de ellos pasara la noche donde el otro vivía. Ella no se preocupaba mucho por él, sospechaba Jace, y no podía culparla. Dudaba de que se hubiera agradado a sí mismo, si estuviera en su posición.
“Te amo,” susurró Clary. Ella le quitó la camiseta, y las yemas de sus dedos recorrían las cicatrices de su espalda y la cicatriz de su hombro en forma de estrella que era la gemela de la de ella, una reliquia del ángel cuya sangre compartían. “No quiero perderte nunca.”
Él deslizó su mano hacia abajo para desatar la blusa anudada. Su otra mano, apoyada contra el colchón, tocó el frío metal de la daga, se debió haber derramado en la cama con el resto del contenido de la caja. “Eso nunca va a pasar.”
Ella subió la mirada hacia él con ojos luminosos. “¿Por qué estás tan seguro?”
Su mano se tensó sobre la empuñadura del cuchillo. La luz de la luna que entraba por ventana se deslizó fuera de la hoja cuando él la levantó. “Estoy seguro,” dijo y bajó la daga. La hoja cortó a través de su carne como si fuera de papel, y mientras su boca se abría en una sobresaltada O y la sangre empapaba el frente de su camisa blanca, pensaba, por Dios, no otra vez.
El despertar de la pesadilla fue como chocar a través de una ventana de vidrio. Los fragmentos parecían cortar a Jace incluso mientras se liberaba y se sentaba, sin aliento. Salió de la cama, instintivamente queriendo irse, y golpeó el suelo de piedra con sus manos y rodillas. El aire frío entraba por la ventana abierta, haciéndolo temblar, pero despejándolo de los últimos zarcillos a los que se aferraba del sueño.
Bajó la mirada a sus manos. Estaban limpias de sangre. La cama era un desastre, las sabanas y mantas estaban atornilladas en una bola por sus sacudidas y vueltas, pero la caja que contenía las cosas de su padre aún estaba en su mesita de noche, donde la había dejado antes de irse a dormir.
Las primeras veces que había tenido la pesadilla, se había despertado y vomitado. Ahora era cuidadoso de no comer por horas antes de irse a dormir, asó su cuerpo en cambio obtenía su venganza atormentándolo con espasmos de enfermedad y fiebre. Uno lo había golpeado ahora, así que se acurrucó en una bola, jadeando seco y agitado hasta que pasó.
Cuando se acabó, presionó su frente contra el piso de piedra frio. El sudor se estaba enfriando en su cuerpo, su camisa se adhería a él, y se preguntaba, no ocasionalmente, si eventualmente los sueños podrían matarlo. Había intentado todo para detenerlos—pastilla para dormir y pociones, runas para dormir y runas de paz y curación. Nada funcionó. Los sueños se metían como veneno en su mente, y no había nada que pudiera hacer para sacarlos.
Incluso cuando estaba despierto, encontraba muy duro mirar a Clary. Ella siempre había sido capaz de ver a través de él de una manera en que nadie más podía, y solo podía imaginarse que pensaría si se enteraba de qué estaba soñando. Rodó por su costado y miró a la caja en la mesita de noche, la luz de la luna centelleando en ella. Y pensó en Valentine. Valentine, quien había torturado y aprisionado a la única mujer que había amado, quien le había enseñado a su hijo—a sus dos hijos, que amar algo es destruirlo para siempre.
Su mente giró frenéticamente mientras decía las palabras para sí mismo, una y otra vez. Las había convertido en una especie de canto para él, y como cualquier canto, las palabras habían comenzado a perder su significado individual.
No soy como Valentine. No quiero ser como él. No seré como él. No lo seré.
Vio a Sebastian—Jonathan, en realidad—su-alguna-clase-de-hermano, sonriéndole a través de una maraña de cabello blanco plateado, ojos negro brillante con alegría sin piedad. Y vio su propio cuchillo ir hacia Jonathan y liberarse, y el cuerpo de Jonathan cayendo hacia el río abajo, su sangre mezclándose con la maleza y la hierba a la orilla del río.
No soy como Valentine.
No había lamentado matar a Jonathan. Dándole la oportunidad, lo volvería a hacer.
No quiero ser como él.
Seguramente no sería normal matar a alguien—matar a su propio hermano adoptivo—y no sentir nada.
No seré como él.
Pero su padre le había enseñado que matar sin compasión era una virtud, y quizá no se puede olvidar lo que los padres enseñan. Sin importar cuánto lo desees.
No seré como él.
Quizá la gente no puede cambiar lo que realmente es.
No lo seré.