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jueves, 15 de mayo de 2014

TRADUCCION COMPLETA DESCARGA THE ONE LA ELEGIDA KIERA CASS

THE ONE -LA ELEGIDA
KIERA CASS



La situación en Palacio es cada vez más peligrosa. Los rebeldes atacan tanto por el norte como por el sur y América, las chicas que siguen en la selección y Maxon se encuentran en verdadero peligro. Mientras esta situación se vuelve cada vez más acuciante, la disyuntiva en la que se encuentra América tampoco es mucho mejor: debe escoger entre su primer amor, Aspen, y el príncipe Maxon, quien poco a poco ha ido conquistándola. Eso sin tener en cuenta que el príncipe debe escogerla a ella también de entre las seis seleccionadas que podrían convertirse en su esposa y que aún permanecen en palacio. Luchas políticas, amor, violencia, dudas América deberá tomar decisiones que cambiaran el curso no solo de su vida, sino de todo aquel que la rodea. La elegida es el trepidante desenlace de la trilogía La selección.

Cabe decir que los dos primeros libros son muy buenos, yo estuve esperando este desde que termine el segundo.



domingo, 11 de mayo de 2014

LA ELEGIDA CAPITULO 6


CAPITULO 6


Maxon y yo nos miramos el uno al otro. Luego observamos a los rebeldes.
Me ha oído bien. Soy un Illéa. De nacimiento. Y ella lo será por matrimonio, antes o después —dijo August, señalando a la chica con un gesto de la cabeza.
Georgia Whitaker —se presentó—. Y, por supuesto, todos sabemos quién eres tú, America.
Me sonrió de nuevo, y le respondí con el mismo gesto. No estaba segura de si confiaba en ella, pero desde luego no la odiaba.
Así que mi padre tenía razón. —Maxon suspiró. Me lo quedé mirando, confundida. ¿Sabía Maxon que había descendientes de Gregory Illéa por ahí?—. Ya me dijo que vendrías un día a reclamar la corona.
Yo no quiero su corona —replicó August.
Me parece bien, porque tengo intención de gobernar este país —respondió Maxon—. He sido criado para ello. Si crees que puedes presentarte aquí afirmando que eres el tataratataranieto de Gregory…
¡Yo no quiero tu corona, Maxon! —repitió August, pasando a tutearle—. Destruir la monarquía es más bien el objetivo de los rebeldes sureños. Nuestros fines son otros. —August se acercó a la mesa y se sentó. Entonces, como si fuera él el anfitrión, nos indicó las sillas con la mano, invitándonos a tomar asiento.
Nos miramos y nos sentamos con él. Georgia hizo lo mismo. August se nos quedó mirando un momento, escrutándonos o intentando decidir por dónde empezar.
Maxon, quizá para recordarnos quién mandaba allí, rompió el hielo:
¿Queréis un poco de té o café?
¿Café? —respondió Georgia, como si se le hubiera activado un interruptor.
Maxon no pudo evitar sonreír al ver su entusiasmo, se giró y llamó a un guardia.
¿Puede pedirle a una de las criadas que traiga café, por favor? Y que se asegure de que está bien cargado —dijo. Luego miró de nuevo a August—. No puedo ni imaginarme qué queréis de mí. Si habéis venido de noche, será que queréis mantener esta visita lo más en secreto posible. Decid lo que tengáis que decir. No puedo prometeros que os daré lo que pedís, pero escucharé.
August asintió y se acercó.
Llevamos décadas buscando los diarios de Gregory. Sabemos de su existencia desde hace mucho tiempo, y últimamente hemos recibido confirmación de una fuente que no puedo revelar. —August me miró—. No fue por la presentación que hiciste en el Report, por si te lo preguntabas.
Suspiré aliviada. Nada más mencionar los diarios, ya había empezado a maldecirme en silencio por aquello. Ahora Maxon tendría una cosa más que añadir a las tonterías en mi haber.
Nunca hemos deseado abolir la monarquía —le dijo a Maxon—. Aunque naciera de un modo tan corrupto, no tenemos ningún problema con tener un líder soberano, en particular si ese líder eres tú.
Maxon no se inmutó, pero yo noté que aquello le enorgullecía.
Gracias.
Lo que queremos son otras cosas, libertades específicas. Queremos cargos públicos nombrados democráticamente y el fin de las castas. —August dijo aquello como si fuera algo sencillo. Si hubiera visto cómo se habían cargado mi presentación en el Report, no lo habría dicho tan alegremente.
Actúas como si yo ya fuera el rey —respondió Maxon, impotente—. Aunque fuera posible, yo no puedo daros lo que pedís.
Pero ¿estás abierto a la idea?
Maxon levantó las manos y las dejó caer de nuevo sobre la mesa, echando el cuerpo adelante.
Que lo esté o no es irrelevante ahora mismo. No soy el rey.


August suspiró y miró a Georgia. Parecían comunicarse sin palabras. Me impresionó su nivel de compenetración. Ahí estaban, en una situación muy tensa —en la que se habían metido sin garantías de poder salir otra vez— y sus sentimientos seguían ahí, bien tangibles.
Y hablando de reyes —añadió Maxon—, ¿por qué no le explicas a America quién eres tú? Estoy seguro de que lo harás mejor que yo.
Sabía que aquello era una maniobra de Maxon para darse tiempo, para recuperar el control de la situación, pero no me importaba. Me moría por saberlo.
August esbozó una sonrisa que nada tenía de divertida.
Es una historia interesante —respondió, con una decisión en la voz que dejaba claro que aquello tendría miga—. Como sabéis, Gregory tuvo tres hijos: Katherine, Spencer y Damon. A Katherine la casaron con un príncipe, Spencer murió y Damon fue quien heredó el trono. Entonces, cuando Justin, el hijo de Damon, murió, su primo Porter Schreave se convirtió en príncipe al casarse con la joven viuda de Justin, que había ganado la Selección apenas tres años antes. Y ahora los Schreave son la familia real. No debería quedar nadie de los Illéa. Pero estamos nosotros.
¿Nosotros? —preguntó Maxon, con un tono calculado, como si esperara enterarse de la cantidad exacta.
August se limitó a asentir. El ruido de unos tacones anunció la llegada de la criada. Maxon se llevó un dedo a los labios, como si August fuera a decir algo más antes de que la doncella se fuera. La joven dejó la bandeja en la mesa y sirvió café para todos. Georgia cogió su taza inmediatamente y se la tendió para que la llenara. A mí no es que me gustara mucho el café —me parecía demasiado amargo—, pero sabía que me ayudaría a mantenerme despierta, así que acepté una taza.
Antes de que pudiera llevármela a los labios, Maxon me colocó el azucarero delante. Como si supiera que lo iba a necesitar.
¿Decías? —dijo Maxon, que dio un sorbo a su café sin azúcar.
Spencer no murió —respondió August—. Sabía lo que había hecho su padre para hacerse con el control del país, sabía que a su hermana prácticamente la habían vendido a un hombre que odiaba, y sabía que se esperaba lo mismo de él. No podía hacerlo, así que huyó.
¿Y dónde fue? —pregunté. Era lo primero que decía.
Se ocultó con familiares y amigos, y acabó formando un campamento en el norte con gente que pensaba como él. Allí hace más frío, es más húmedo, y es tan difícil orientarse que nadie se adentra en la región. Así que vivimos tranquilos la mayor parte del tiempo.
Georgia le dio un codazo, con un gesto de sorpresa en la cara.
Supongo que acabo de daros las instrucciones necesarias para que nos invadáis —reaccionó August—. Solo quiero recordaros que nunca hemos matado a ninguno de vuestros oficiales o de vuestro personal, y que evitamos herirlos a toda costa. Lo único que hemos querido siempre es poner fin a las castas. Para hacerlo, necesitamos pruebas de que Gregory era el hombre que siempre nos dijeron que era. Ahora ya las tenemos, y America lo dejó entrever tan claramente que pensamos que podríamos explotarlo si quisiéramos. Pero no es eso lo que deseamos hacer. A menos que sea estrictamente necesario.
Maxon apuró su taza y la dejó sobre la mesa.
A decir verdad, no sé qué se supone que tengo que hacer con esa información. Eres un descendiente directo de Gregory Illéa, pero no quieres la corona. Has venido a solicitar algo que solo el rey te puede dar, pero, sin embargo, pides audiencia conmigo y con una de las chicas de la Élite. Mi padre ni siquiera está aquí.
Lo sabemos —dijo August—. Hemos escogido el momento.
Maxon resopló.
Si no quieres la corona y solo pedís cosas que yo no puedo daros, ¿por qué habéis venido?
August y Georgia se miraron, quizá preparando la mayor petición de todas.
Hemos venido a pedirte esas cosas porque sabemos que eres un hombre razonable. Te hemos observado toda la vida, y lo vemos en tus ojos. Lo veo en estos mismos momentos.


Intenté que no se me notara, pero me quedé observando la reacción de Maxon ante aquellas palabras.
A ti tampoco te gustan las castas. No te gusta cómo dirige tu padre el país, con puño de hierro. No quieres combatir en guerras que sabes que no son más que una distracción. Más que nada en el mundo, lo que quieres es paz.
»Hemos supuesto que, una vez que seas rey, las cosas podrían cambiar. Y hemos esperado mucho para ello. Estamos dispuestos a aguardar más aún. Los rebeldes norteños están decididos a darte su palabra de no atacar nunca más el palacio y de contribuir en lo que podamos para detener o entorpecer los movimientos de los rebeldes sureños. Nosotros vemos muchas cosas que tú no puedes ver desde detrás de estos muros. Podríamos jurarte fidelidad, sin dudarlo, si nos muestras que estás dispuesto a trabajar con nosotros en pos de un futuro que por fin le dé ocasión al pueblo de Illéa de vivir su propia vida.
Maxon no parecía saber qué decir, así que hablé yo.
¿Y qué es lo que quieren los rebeldes sureños? ¿Matarnos a todos?
August hizo un movimiento con la cabeza que no era ni de negación ni de asentimiento.
En parte será eso, estoy seguro, pero solo para no tener oposición. Hay demasiada población oprimida. Ellos son un grupo emergente que ha decidido que podrían ser los que dirigieran el país. America, tú eres una Cinco; sé que has conocido a mucha gente que odia la monarquía.
Maxon me miró con discreción. Yo asentí levemente.
Claro que sí. Porque cuando estás en lo más bajo, tu única opción es culpar a los de arriba. En este caso tienen un buen motivo para hacerlo: al fin y al cabo, fue un Uno quien los sentenció a una vida sin esperanza. Los líderes de los rebeldes sureños han convencido a sus discípulos de que el modo de recuperar lo que consideran que es suyo es arrebatárselo a la monarquía. Pero ha habido gente que se ha escindido de los rebeldes sureños y se ha alineado con nosotros. Y sé que, si los sureños consiguen el poder, no tienen ninguna intención de compartir la riqueza. ¿Quién lo ha hecho a lo largo de la historia?
Quieren arrasar Illéa, tomar el poder, hacer un puñado de promesas y dejar a todo el mundo en el lugar exacto en que están ahora. Estoy seguro de que, para la mayoría de la gente, las cosas empeorarán. Los Seises y los Sietes no mejorarán, salvo por unos cuantos elegidos que los rebeldes manipularán para poder escenificar su maniobra. A los Doses y a los Treses se les arrebatará todo. Eso hará que mucha gente se sienta vengada, pero no arreglará nada.
Si no hay estrellas del pop que publiquen esas canciones que aletargan los sentidos, no hay músicos de acompañamiento, ni empleados de discográficas, ni vendedores en las tiendas de discos. Quitando de en medio a una persona que esté en lo más alto se destruye a miles que se sitúan en una posición inferior.
August hizo una breve pausa. En su rostro podía verse lo preocupado que estaba.
Será otra vez igual que con Gregory, solo que peor. Los sureños están dispuestos a derramar cuanta sangre sea necesaria, y las posibilidades de que el país vuelva a levantarse en su contra son mínimas. Será la misma opresión de siempre, con un nuevo nombre…, y tu pueblo sufrirá como nunca antes —dijo, mirando a Maxon a los ojos. Parecía que entre ellos había cierto entendimiento, algo que quizá fuera propio de los nacidos para gobernar.
Lo único que necesitamos es una señal. Entonces haremos todo lo que podamos para cambiar las cosas, de forma justa y pacífica. Tu pueblo merece una oportunidad.
Maxon posó la mirada en la mesa. No podía imaginarme lo que estaría pensando.
¿Qué tipo de señal? —preguntó, vacilante—. ¿Dinero?
No —respondió August, casi riéndose—. Disponemos de muchos más fondos de lo que puedes imaginarte.
¿Y cómo es posible?
Donaciones —respondió él, sin más.
Maxon asintió, pero a mí aquello me sorprendió. «Donaciones» significaba que había gente —a saber cuánta— que los apoyaba. ¿Qué dimensiones tendrían las fuerzas rebeldes norteñas, contando a todas esas personas que les daban apoyo? ¿Qué proporción del país estaba pidiendo exactamente lo que aquellos dos habían venido a exigir?


Si no es dinero, ¿qué es lo que queréis? —preguntó Maxon por fin.
August hizo un gesto con la cabeza en dirección a mí.
Escógela a ella.
Hundí la cara en las manos, segura de cuál sería la reacción de Maxon.
Se produjo un largo silencio antes de que perdiera la compostura:
¡No voy a aceptar que nadie me diga con quién puedo y con quién no puedo casarme! ¡No os permitiré que juguéis con mi vida!
Levanté la cabeza justo a tiempo para ver cómo August se ponía en pie.
La casa real lleva años jugando con la vida de los demás. Madura, Maxon. Eres el príncipe. ¿Quieres tu maldita corona? Pues quédatela. Pero es un privilegio que comporta una serie de responsabilidades.
Los guardias se habían ido acercando cautelosamente, alertados por el tono de Maxon y la actitud agresiva de August. Desde luego, a aquella distancia seguro que lo oían todo.
Maxon también se puso en pie, frente a August.
No vais a tomar decisiones sobre mi vida. Y punto.
Sin inmutarse, August dio un paso atrás y se cruzó de brazos.
¡Muy bien! Tenemos otra opción, si esta no funciona.
¿Quién?
August puso la mirada en el cielo.
Sí, claro, te lo voy a decir. Después de ver cómo has reaccionado…
Suéltalo.
Que sea esta o la otra importa poco. Lo único que necesitamos saber es que escoges una pareja que esté en sintonía con este plan.
Me llamo America —repliqué yo, airada, poniéndome de pie y mirándole a los ojos—, no «esta». No soy ningún juguete ni una pieza más de vuestra revolución de pacotilla. Se os llena la boca diciendo que todo el mundo en Illéa debería tener la ocasión de vivir su vida. ¿Y yo qué? ¿Y mi futuro? ¿Es que eso no cuenta?


Los miré a los ojos, a la espera de una respuesta, pero se mantuvieron en silencio. Observé que los guardias nos rodeaban, dispuestos a reaccionar en cualquier momento.
Yo estoy a favor de acabar con las castas —proseguí, bajando la voz—, pero no soy el juguete de nadie. Si buscáis un monigote, ahí arriba hay una chica tan enamorada de él que haría lo que le pidierais si eso implicaba que iba a conseguir que se le declarara. Y las otras dos…, sea por sentido del deber, sea por ambición, también se prestarían. Id a buscar a una de ellas.
Me giré, sin esperar a que respondieran, y me marché de allí, enfadada, todo lo rápido que me permitían la bata y las zapatillas.
¡America! ¡Espera! —dijo Georgia. Me alcanzó cuando yo ya había atravesado la puerta—. Espera un minuto.
¿Qué?
Lo sentimos. Pensábamos que estabais enamorados. No éramos conscientes de que estábamos pidiendo algo a lo que se opondría. Estábamos seguros de que podríamos contar con él.
No lo entendéis. Está harto de que le manipulen y le digan lo que tiene que hacer. No tenéis ni idea de todo por lo que ha pasado. —Sentí las lágrimas en los ojos; parpadeé para limpiármelos, fijando la vista en los dibujos de la chaqueta de Georgia.
Sabemos más de lo que tú te crees —respondió ella—. Quizá no todo, pero sí mucho. Hemos estado siguiendo la Selección muy de cerca, y parece que vosotros dos os lleváis muy bien. Se le ve muy contento cuando está contigo. Y, además…, sabemos que rescataste a tus doncellas.
Tardé un segundo en darme cuenta de lo que quería decir. ¿Quién se lo habría contado?
Y vimos lo que hiciste por Marlee. Vimos cómo peleaste. Y luego tu presentación, hace unos días. —Se detuvo y soltó una carcajada—. Desde luego le echaste valor. No nos iría nada mal una chica valiente.


No intentaba hacerme la heroína —repliqué sacudiendo la cabeza—. La mayor parte del tiempo no me siento para nada valiente.
¿Y qué? Lo importante no es cómo te sientas con respecto a tu carácter. Lo importante es lo que hagas con él. Tú, más que las demás, actúas intentando hacer lo correcto antes de pensar lo que significará para ti. Maxon tiene estupendas candidatas esperándole, pero ninguna de ellas se mancharía las manos para mejorar las cosas. No son como tú.
En gran parte han sido gestos egoístas. Marlee era importante para mí, y también lo son mis doncellas.
Georgia dio un paso adelante.
Pero ¿a que esas acciones tuvieron consecuencias?
Sí.
Y probablemente sabías que las tendrían. Pero actuaste en defensa de quienes no se podían defender. Eso es especial, America.
No estaba acostumbrada a aquel tipo de elogios. Sí a que mi padre me dijera que cantaba muy bien o a que Aspen me dijera que era la chica más guapa que había visto nunca, pero… ¿aquello? No sabía cómo reaccionar.
La verdad es que, con algunas cosas de las que has hecho, cuesta creer que el rey te haya permitido quedarte. Todo aquello del Report… —Soltó un silbido.
Se enfadó muchísimo —dije, sin poder evitar reírme.
¡No sé cómo saliste viva!
Pues por los pelos, desde luego. Y la mayoría de los días tengo la sensación de estar a solo unos segundos de la expulsión.
Pero a Maxon le gustas, ¿no? Él te protege…
Me encogí de hombros.
Hay días en que me siento muy segura, y otros en los que no tengo ni idea. Hoy no es un buen día. Ni tampoco lo fue ayer. Ni anteayer, a decir verdad.
Ella asintió.
Bueno, en todo caso, nosotros te apoyamos.
A mí y a alguien más —la corregí.
Es cierto —respondió, pero no me dio ninguna pista sobre su otra favorita.
¿A qué vino aquella reverencia en el bosque? ¿Querías burlarte de mí?
Ella sonrió.
Sé que puede que no lo parezca, por el modo en que actuamos en ocasiones, pero en realidad nos importa la familia real. Si los perdemos, los rebeldes sureños ganarán. Y si se hacen con el control…, bueno, ya has oído a August. —Meneó la cabeza—. En cualquier caso, estaba segura de que tenía delante a mi futura reina, así que pensé que lo mínimo era una reverencia.
Su razonamiento era tan tonto que me hizo reír de nuevo.
No sabes lo agradable que es hablar con una chica con la que no estoy compitiendo.
¿Ya te cansas, eh? —preguntó, con un gesto de complicidad.
Al reducirse el grupo, la cosa ha ido a peor. Quiero decir que sabía que sería así, pero… es como si ya no se tratara de ser la elegida de Maxon, sino de asegurarse que no se decanta por las otras chicas. No sé si eso tiene mucho sentido.
Sí que lo tiene —dijo, asintiendo—. Pero, oye, cuando te presentaste, ya lo sabías.
Chasqueé la lengua.
En realidad, no. La verdad es que me… animaron a que me presentara. Yo no quería ser princesa.
¿De verdad?
De verdad.
Pues el hecho de que no quieras la corona probablemente te convierte en la mejor persona para llevarla —contestó con una sonrisa.
Me la quedé mirando. Aquellos ojos enormes me convencieron de que no tenía ninguna duda de lo que estaba diciendo. Habría querido hacerle más preguntas, pero Maxon y August salieron del Gran Salón, con aspecto de estar sorprendentemente tranquilos. Un único guardia los seguía a cierta distancia. August miraba a Georgia como si se arrepintiera de haber pasado lejos de ella aunque solo fuera un minuto. Quizás aquel fuera el único motivo por el que habían venido los dos.
¿Estás bien, America? —preguntó Maxon.
Sí —respondí, de nuevo incapaz de mirarle a los ojos.
Deberías ir a prepararte para comenzar el día —sugirió—. Los guardias han jurado mantener el secreto, y me gustaría que tú también lo hicieras.
Por supuesto.
Parecía molesto con la frialdad de mi respuesta, pero ¿cómo se suponía que tenía que actuar?
Señor Illéa, ha sido un placer. Volveremos a hablar pronto —se despidió Maxon, que le tendió la mano.
August se la estrechó enseguida.
Si necesita cualquier cosa, no dude en pedírnosla. Estamos de su lado, alteza.
Gracias.
Vámonos, Georgia. Algunos de estos guardias tienen pinta de ser de gatillo fácil.
Ella soltó una risita.
Nos vemos, America.
Asentí, segura de que no volvería a verla, lo cual me entristecía. Ella pasó por delante de Maxon y cogió a August de la mano. Salieron por la puerta principal de palacio seguidos por un guardia. Maxon y yo nos quedamos solos en el vestíbulo.
Él me miró a los ojos. Murmuré algo, señalé hacia arriba y me puse en marcha. Su reacción cuando le pidieron que me escogiera a mí no había hecho más que acrecentar el dolor que me habían causado sus palabras del día anterior en la biblioteca. Pensé que después de lo del refugio habíamos llegado a cierto nivel de entendimiento. Sin embargo, al parecer, todo se había vuelto aún más complicado que al principio, cuando intentaba decidir si Maxon me gustaba lo suficiente o no.
No sabía qué significaba aquello para nosotros. O si aún valía la pena preocuparse de ese «nosotros».

jueves, 8 de mayo de 2014

LA ELEGIDA CAPITULO 5

CAPITULO 5

Caminaba por la biblioteca del sótano, adelante y atrás, intentando poner las palabras en orden mentalmente. Sabía que tenía que explicarle a Maxon lo que había ocurrido antes de que le llegara la noticia de boca de las otras chicas, pero eso no significaba que me apeteciera tener aquella conversación.
—Toc, toc —dijo, y entró. Observó mi gesto de preocupación—. ¿Qué pasa?
—No te enfades conmigo —le advertí mientras se acercaba.
Ralentizó el paso y el gesto de preocupación en su rostro se convirtió en precavido.
—Lo intentaré.
—Las chicas saben que te vi «a pecho descubierto» —dije, y vi que la pregunta asomaba en sus labios—. Pero no les dije nada sobre tu espalda —le aseguré—. Habría querido hacerlo, porque ahora se creen que estamos viviendo un apasionado idilio.
—Bueno, así es como acabó —bromeó él.
—¡No te rías, Maxon! Ahora mismo me odian.
Sus ojos no perdieron el brillo. Me abrazó.
—Si te sirve de consuelo, no estoy enfadado. Mientras me guardes el secreto, no me importa. Aunque me sorprende un poco que se lo explicaras. ¿Cómo surgió el tema?
—No creo que deba contártelo —dije, hundiendo la cabeza en su pecho.
—Hmmm —respondió él, pasándome el pulgar por la espalda, arriba y abajo—. Se suponía que teníamos que confiar más el uno en el otro.
—Y así es. Te estoy pidiendo que confíes en mí: esto no hará más que empeorar si te lo cuento —respondí. Quizá me equivocara, pero estaba bastante segura de que, si le confesaba a Maxon que habíamos estado mirando a los guardias sudorosos y semidesnudos, las cuatro nos meteríamos en algún tipo de problema.
—Vale —dijo por fin—. Las chicas saben que me has visto con el torso desnudo. ¿Algo más?
Vacilé.
—Saben que fui la primera chica a la que besaste. Y yo sé todo lo que has hecho con ellas y lo que no.
—¿Qué? —reaccionó él, echándose atrás
—Cuando se me escapó lo de que te había visto sin camisa, empezaron las acusaciones cruzadas, y todas nos sinceramos. Sé que te has besado repetidamente con Celeste, y que habrías besado a Kriss hace mucho tiempo si te lo hubiera permitido. Salió todo.
Se pasó la mano por el rostro y dio unos pasos, intentando asimilar aquella información.
—¿Así que ahora ya no tengo intimidad ninguna? ¿En absoluto? ¿Porque las cuatro habéis decidido comparar marcadores? —Su frustración era evidente.
—Bueno, si tanto te preocupaba la honestidad, deberías estar contento.
Él se detuvo y se me quedó mirando.
—¿Cómo dices?
—Ahora todo está claro. Todas tenemos una idea bastante clara de nuestra posición y yo, en particular, estoy más tranquila.
—¿Más tranquila? —dijo él, levantando la mirada.
—Si me hubieras dicho que Celeste y yo estábamos más o menos en el mismo punto, físicamente, nunca me habría presentado ante ti como anoche. ¿Te haces idea de la humillación que supuso para mí?
Resopló y se puso a caminar arriba y abajo.
—Por favor, America; has dicho y has hecho tantas tonterías que me sorprende que aún puedas pasar vergüenza.
Quizá fuera porque yo no había tenido una educación tan completa, pero tardé un segundo en asimilar aquellas palabras. Siempre le había gustado a Maxon, o eso decía. Aunque todo el mundo pensara que no era lo más conveniente. ¿No sería que él también lo pensaba?
—Si es así, ya me voy —dije en voz baja, incapaz de mirarle a los ojos—. Siento haber dicho lo de la camisa. —Fui hacia la puerta, sintiéndome tan pequeña que no creía ni que me viera.
—Venga, America. No quería decir…
—No, está bien —murmuré—. Controlaré más lo que digo.
Subí las escaleras, sin saber muy bien si quería que Maxon viniera tras de mí o no. No lo hizo.
Cuando llegué a mi habitación, Anne, Mary y Lucy estaban allí, cambiando las sábanas de la cama y sacando el polvo.
—Hola, señorita —me saludó Anne—. ¿Quiere un poco de té?
—No, voy a sentarme un momento en el balcón. Si viene alguna visita, decid que estoy descansando.
Anne frunció el ceño un poco, pero asintió.
—Por supuesto.
Estuve un rato tomando el aire, y luego me puse a leer los textos que Silvia nos había preparado. Dormí un poco y toqué el violín un rato. Lo que fuera con tal de evitar a las otras chicas y a Maxon.
Con el rey fuera de palacio, se nos permitía cenar en la habitación, así que eso hice. Cuando estaba dando cuenta de mi pollo con limón y pimienta, llamaron a la puerta. Quizá fuera mi propia paranoia, pero estaba segura de que sería Maxon. En aquel momento no podía verle, de ningún modo. Agarré a Mary y Anne del brazo y me las llevé al baño.
—Lucy —susurré—, dile que me estoy dando un baño.
—¿A quién? ¿Un baño?
—Sí. No le dejéis entrar.
—¿Qué es lo que pasa? —dijo Anne, mientras yo cerraba y apoyaba la oreja en la puerta.
—¿Oís algo? —pregunté
Anne y Mary imitaron mi gesto para ver si oían algo inteligible.
Oí la voz de Lucy amortiguada por la puerta; luego puse la oreja junto a la rendija y su conversación se volvió mucho más clara.
—Está en el baño, alteza —respondió Lucy, sin alterarse—. Era Maxon.
—Oh. Esperaba que aún estuviera comiendo. Pensé que quizá podría cenar con ella.
—Ha decidido darse un baño antes de cenar —respondió Lucy, con un pequeño temblor en la voz. No le gustaba tener que mentir.
«Venga, no te vengas abajo», pensé.
—Ya veo. Bueno, quizá puedas decirle que me llame cuando haya acabado. Me gustaría hablar con ella.
—Umm… Puede que el baño dure bastante, alteza.
Maxon se calló por un momento.
—Oh. Muy bien. Entonces dile, por favor, que he venido y que me mande llamar si quiere hablar. Dile que no se preocupe por la hora; vendré.
—Sí, señor.
Guardó silencio un buen rato, y yo ya empezaba a pensar que se habría ido.
—Vale, gracias —dijo por fin—. Buenas noches.
—Buenas noches, alteza.
Me quedé escondida unos segundos más para asegurarme de que se había ido. Cuando salí, Lucy seguía de pie, junto a la puerta. Miré a mis doncellas y vi la interrogación en sus ojos.
—Hoy quiero estar sola —dije, sin dar más detalles—. De hecho, creo que ya estoy lista para desconectar. Si podéis llevaros la bandeja de la cena, voy a meterme en la cama.
—¿Quiere que una de nosotras se quede? —preguntó Mary—. ¿Por si decide mandar llamar al príncipe?
Vi la esperanza en sus ojos, pero no podía seguirle la corriente.
—No. Necesito descansar. Ya veré a Maxon por la mañana.
Me resultaba extraño meterme en la cama sabiendo que quedaba algo por resolver entre Maxon y yo, pero en aquel momento no habría sabido qué decirle. No tenía sentido. Ya habíamos pasado por muchos altibajos juntos, por demasiados intentos para dar sentido a aquella relación. Y estaba claro que, si lo íbamos a conseguir, aún nos quedaba un largo camino por delante.
Signo
Me despertaron de mala manera antes del amanecer. La luz del pasillo inundó mi habitación. Me froté los ojos en el momento en que entraba un guardia.
—Lady America, despierte, por favor —dijo él.
—¿Qué pasa? —pregunté, bostezando.
—Hay una emergencia. Necesitamos que baje.
De pronto se me heló la sangre. Mi familia había muerto: lo sabía. Habían enviado guardias; habían advertido a los familiares; pero los rebeldes eran demasiados. Lo mismo le había pasado a Natalie, que al volver a casa se había convertido en hija única, después de que los rebeldes hubieran matado a su hermana menor. Ninguna de nuestras familias estaba a salvo.
Eché las sábanas a un lado y agarré la bata y las zapatillas. Salí corriendo por el pasillo y bajé las escaleras todo lo rápido que pude, resbalándome dos veces. Estuve a punto de caerme.
Cuando llegué a la planta baja, Maxon estaba allí, enzarzado en una conversación con un guardia. Me lancé en su dirección, olvidando todo lo que había ocurrido los dos días anteriores.
—¿Están bien? —pregunté, intentando no llorar—. ¿Qué les han hecho?
—¿Qué? —respondió Maxon, dándome un abrazo inesperado.
—Mis padres y mis hermanos. ¿Están bien?
Maxon me apartó, me agarró de los brazos y me miró a los ojos.

—Están bien, America. Lo siento, tendría que haber pensado que eso es lo primero que te vendría a la cabeza.
El alivio fue tan mayúsculo que casi me dieron ganas de llorar.
—Hay rebeldes en palacio —añadió Maxon, algo confuso.
—¿Qué? —exclamé—. ¿Y por qué no nos refugiamos?
—No han venido a atacarnos.
—Entonces, ¿por qué están aquí?
Maxon lanzó un suspiro.
—Son solo dos rebeldes del campamento del Norte. Van desarmados y han pedido específicamente hablar conmigo… y contigo.
—¿Por qué yo?
—No estoy seguro; pero yo voy a hablar con ellos, así que pensé que debía darte la oportunidad de hablar con ellos también, si quieres.
Me miré y me pasé la mano por el cabello.
—Voy en bata.
—Lo sé —dijo él, sonriendo—, pero esto es muy informal. No pasa nada.
—¿Quieres que hable con ellos?
—Eso depende de ti, pero tengo curiosidad por saber por qué quieren hablar contigo en particular. No estoy seguro de si querrán hablar conmigo si tú no estás.
Asentí y sopesé lo que significaba aquello. No estaba segura de querer hablar con los rebeldes. Fueran o no armados, si se ponían agresivos yo no podría defenderme. Pero si Maxon pensaba que yo podía hacerlo, quizá debiera…
—De acuerdo —dije, haciendo de tripas corazón—. De acuerdo.
—No sufrirás ningún daño, America. Te lo prometo. —Aún me tenía cogida la mano. Me presionó un poco los dedos. Se giró hacia el guardia—. Adelante. Pero tenga el arma preparada, por si acaso.
—Por supuesto, alteza —respondió él, que nos escoltó hasta una esquina del Gran Salón, donde había dos personas de pie, rodeadas por otros guardias.
No tardé más que unos segundos en localizar a Aspen entre el grupo.
—¿Puede decirles a sus perros de presa que se retiren? —preguntó uno de los rebeldes. Era alto, delgado y rubio. Tenía las botas cubiertas de barro, y su atuendo parecía el propio de un Siete: un par de burdos pantalones ajustados con una cuerda y una camisa remendada bajo una chaqueta de cuero gastada. Llevaba una brújula oxidada al cuello, colgada de una larga cadena que se balanceaba al moverse. Tenía un aspecto rudo, pero no amenazante. No era aquello lo que me esperaba.
Aún más sorprendente resultaba que su compañera fuera una chica. Ella también llevaba botas, pero daba la impresión de que cuidaba su aspecto, a pesar de estar vestida con retales: llevaba leggings y una falda del mismo material que los pantalones del hombre. Ladeaba la cadera en una postura que denotaba seguridad en sí misma, a pesar de estar rodeada de guardias. Aunque no la hubiera reconocido por su cara, aquella chaqueta resultaba inconfundible. Vaquera y recortada, cubierta con decenas de flores bordadas.
Para asegurarse de que yo la recordaba, me saludó con un gesto de la cabeza. Yo respondí con un sonido a medio camino entre una risa y un jadeo.
—¿Qué pasa? —preguntó Maxon.
—Luego te lo cuento.

Extrañado pero tranquilo, me apretó la mano para darme confianza y volvió a centrar la atención en nuestros visitantes.
—Hemos venido a hablar en son de paz —dijo el hombre—. Vamos desarmados. Sus guardias nos han cacheado. Sé que puede parecer inapropiado pedir un poco de intimidad, pero tenemos cosas de las que tratar con usted que no debería oír nadie más.
—¿Y America? —preguntó Maxon.
—También queremos hablar con ella.
—¿Con qué fin?
—Insisto —dijo el joven, con un tono casi petulante— en estar al menos a cierta distancia de estos hombres, para que no nos oigan. —Y señaló con el brazo el perímetro del salón.
—Si pensáis que podéis hacerle daño…
—Sé que no confía en nosotros, y tiene motivos para ello, pero no tenemos ninguna razón para hacerles daño a ninguno de los dos. Queremos hablar.
Maxon se debatió un minuto.
—Tú —ordenó, dirigiéndose a uno de los guardias—, baja una de las mesas y coloca cuatro sillas alrededor. Y luego apartaos todos; dejad algo de espacio a nuestros visitantes.
Los guardias obedecieron. Durante unos minutos mantuvimos un incómodo silencio.
Cuando por fin bajaron la mesa del montón de la esquina y colocaron dos sillas a cada lado, Maxon indicó con un gesto a la pareja que nos acompañaran hasta allí.
A medida que caminábamos, los guardias se iban echando atrás sin decir palabra, formando un perímetro alrededor del salón y sin apartar los ojos de los dos rebeldes, como si estuvieran listos para abrir fuego en cualquier momento.
Cuando llegamos a la mesa, el hombre tendió la mano.
—¿No cree que deberíamos presentarnos?
Maxon se lo quedó mirando, pero cedió:
—Maxon Schreave, vuestro soberano.
El joven chasqueó la lengua.
—Es un honor, señor.
—¿Y tú quién eres?

—El señor August Illéa, a su servicio.