CAPITULO
6
TRANSCRITO
POR oscuridadenletras.blogspot.mx
Maxon
y yo nos miramos el uno al otro. Luego observamos a los rebeldes.
—Me
ha oído bien. Soy un Illéa. De nacimiento. Y ella lo será por
matrimonio, antes o después —dijo August, señalando a la chica
con un gesto de la cabeza.
—Georgia
Whitaker —se presentó—. Y, por supuesto, todos sabemos quién
eres tú, America.
Me
sonrió de nuevo, y le respondí con el mismo gesto. No estaba segura
de si confiaba en ella, pero desde luego no la odiaba.
—Así
que mi padre tenía razón. —Maxon suspiró. Me lo quedé mirando,
confundida. ¿Sabía Maxon que había descendientes de Gregory Illéa
por ahí?—. Ya me dijo que vendrías un día a reclamar la corona.
—Yo
no quiero su corona —replicó August.
—Me
parece bien, porque tengo intención de gobernar este país
—respondió Maxon—. He sido criado para ello. Si crees que puedes
presentarte aquí afirmando que eres el tataratataranieto de Gregory…
—¡Yo
no quiero tu corona, Maxon! —repitió August, pasando a tutearle—.
Destruir la monarquía es más bien el objetivo de los rebeldes
sureños. Nuestros fines son otros. —August se acercó a la mesa y
se sentó. Entonces, como si fuera él el anfitrión, nos indicó las
sillas con la mano, invitándonos a tomar asiento.
Nos
miramos y nos sentamos con él. Georgia hizo lo mismo. August se nos
quedó mirando un momento, escrutándonos o intentando decidir por
dónde empezar.
Maxon,
quizá para recordarnos quién mandaba allí, rompió el hielo:
—¿Queréis
un poco de té o café?
—¿Café?
—respondió Georgia, como si se le hubiera activado un interruptor.
Maxon
no pudo evitar sonreír al ver su entusiasmo, se giró y llamó a un
guardia.
—¿Puede
pedirle a una de las criadas que traiga café, por favor? Y que se
asegure de que está bien cargado —dijo. Luego miró de nuevo a
August—. No puedo ni imaginarme qué queréis de mí. Si habéis
venido de noche, será que queréis mantener esta visita lo más en
secreto posible. Decid lo que tengáis que decir. No puedo prometeros
que os daré lo que pedís, pero escucharé.
August
asintió y se acercó.
—Llevamos
décadas buscando los diarios de Gregory. Sabemos de su existencia
desde hace mucho tiempo, y últimamente hemos recibido confirmación
de una fuente que no puedo revelar. —August me miró—. No fue por
la presentación que hiciste en el Report, por si te lo preguntabas.
Suspiré
aliviada. Nada más mencionar los diarios, ya había empezado a
maldecirme en silencio por aquello. Ahora Maxon tendría una cosa más
que añadir a las tonterías en mi haber.
—Nunca
hemos deseado abolir la monarquía —le dijo a Maxon—. Aunque
naciera de un modo tan corrupto, no tenemos ningún problema con
tener un líder soberano, en particular si ese líder eres tú.
Maxon
no se inmutó, pero yo noté que aquello le enorgullecía.
—Gracias.
—Lo
que queremos son otras cosas, libertades específicas. Queremos
cargos públicos nombrados democráticamente y el fin de las castas.
—August dijo aquello como si fuera algo sencillo. Si hubiera visto
cómo se habían cargado mi presentación en el Report, no lo habría
dicho tan alegremente.
—Actúas
como si yo ya fuera el rey —respondió Maxon, impotente—. Aunque
fuera posible, yo no puedo daros lo que pedís.
—Pero
¿estás abierto a la idea?
Maxon
levantó las manos y las dejó caer de nuevo sobre la mesa, echando
el cuerpo adelante.
—Que
lo esté o no es irrelevante ahora mismo. No soy el rey.
August
suspiró y miró a Georgia. Parecían comunicarse sin palabras. Me
impresionó su nivel de compenetración. Ahí estaban, en una
situación muy tensa —en la que se habían metido sin garantías de
poder salir otra vez— y sus sentimientos seguían ahí, bien
tangibles.
—Y
hablando de reyes —añadió Maxon—, ¿por qué no le explicas a
America quién eres tú? Estoy seguro de que lo harás mejor que yo.
Sabía
que aquello era una maniobra de Maxon para darse tiempo, para
recuperar el control de la situación, pero no me importaba. Me moría
por saberlo.
August
esbozó una sonrisa que nada tenía de divertida.
—Es
una historia interesante —respondió, con una decisión en la voz
que dejaba claro que aquello tendría miga—. Como sabéis, Gregory
tuvo tres hijos: Katherine, Spencer y Damon. A Katherine la casaron
con un príncipe, Spencer murió y Damon fue quien heredó el trono.
Entonces, cuando Justin, el hijo de Damon, murió, su primo Porter
Schreave se convirtió en príncipe al casarse con la joven viuda de
Justin, que había ganado la Selección apenas tres años antes. Y
ahora los Schreave son la familia real. No debería quedar nadie de
los Illéa. Pero estamos nosotros.
—¿Nosotros?
—preguntó Maxon, con un tono calculado, como si esperara enterarse
de la cantidad exacta.
August
se limitó a asentir. El ruido de unos tacones anunció la llegada de
la criada. Maxon se llevó un dedo a los labios, como si August fuera
a decir algo más antes de que la doncella se fuera. La joven dejó
la bandeja en la mesa y sirvió café para todos. Georgia cogió su
taza inmediatamente y se la tendió para que la llenara. A mí no es
que me gustara mucho el café —me parecía demasiado amargo—,
pero sabía que me ayudaría a mantenerme despierta, así que acepté
una taza.
Antes
de que pudiera llevármela a los labios, Maxon me colocó el
azucarero delante. Como si supiera que lo iba a necesitar.
—¿Decías?
—dijo Maxon, que dio un sorbo a su café sin azúcar.
—Spencer
no murió —respondió August—. Sabía lo que había hecho su
padre para hacerse con el control del país, sabía que a su hermana
prácticamente la habían vendido a un hombre que odiaba, y sabía
que se esperaba lo mismo de él. No podía hacerlo, así que huyó.
—¿Y
dónde fue? —pregunté. Era lo primero que decía.
—Se
ocultó con familiares y amigos, y acabó formando un campamento en
el norte con gente que pensaba como él. Allí hace más frío, es
más húmedo, y es tan difícil orientarse que nadie se adentra en la
región. Así que vivimos tranquilos la mayor parte del tiempo.
Georgia
le dio un codazo, con un gesto de sorpresa en la cara.
—Supongo
que acabo de daros las instrucciones necesarias para que nos invadáis
—reaccionó August—. Solo quiero recordaros que nunca hemos
matado a ninguno de vuestros oficiales o de vuestro personal, y que
evitamos herirlos a toda costa. Lo único que hemos querido siempre
es poner fin a las castas. Para hacerlo, necesitamos pruebas de que
Gregory era el hombre que siempre nos dijeron que era. Ahora ya las
tenemos, y America lo dejó entrever tan claramente que pensamos que
podríamos explotarlo si quisiéramos. Pero no es eso lo que deseamos
hacer. A menos que sea estrictamente necesario.
Maxon
apuró su taza y la dejó sobre la mesa.
—A
decir verdad, no sé qué se supone que tengo que hacer con esa
información. Eres un descendiente directo de Gregory Illéa, pero no
quieres la corona. Has venido a solicitar algo que solo el rey te
puede dar, pero, sin embargo, pides audiencia conmigo y con una de
las chicas de la Élite. Mi padre ni siquiera está aquí.
—Lo
sabemos —dijo August—. Hemos escogido el momento.
Maxon
resopló.
—Si
no quieres la corona y solo pedís cosas que yo no puedo daros, ¿por
qué habéis venido?
August
y Georgia se miraron, quizá preparando la mayor petición de todas.
—Hemos
venido a pedirte esas cosas porque sabemos que eres un hombre
razonable. Te hemos observado toda la vida, y lo vemos en tus ojos.
Lo veo en estos mismos momentos.
Intenté
que no se me notara, pero me quedé observando la reacción de Maxon
ante aquellas palabras.
—A
ti tampoco te gustan las castas. No te gusta cómo dirige tu padre el
país, con puño de hierro. No quieres combatir en guerras que sabes
que no son más que una distracción. Más que nada en el mundo, lo
que quieres es paz.
»Hemos
supuesto que, una vez que seas rey, las cosas podrían cambiar. Y
hemos esperado mucho para ello. Estamos dispuestos a aguardar más
aún. Los rebeldes norteños están decididos a darte su palabra de
no atacar nunca más el palacio y de contribuir en lo que podamos
para detener o entorpecer los movimientos de los rebeldes sureños.
Nosotros vemos muchas cosas que tú no puedes ver desde detrás de
estos muros. Podríamos jurarte fidelidad, sin dudarlo, si nos
muestras que estás dispuesto a trabajar con nosotros en pos de un
futuro que por fin le dé ocasión al pueblo de Illéa de vivir su
propia vida.
Maxon
no parecía saber qué decir, así que hablé yo.
—¿Y
qué es lo que quieren los rebeldes sureños? ¿Matarnos a todos?
August
hizo un movimiento con la cabeza que no era ni de negación ni de
asentimiento.
—En
parte será eso, estoy seguro, pero solo para no tener oposición.
Hay demasiada población oprimida. Ellos son un grupo emergente que
ha decidido que podrían ser los que dirigieran el país. America, tú
eres una Cinco; sé que has conocido a mucha gente que odia la
monarquía.
Maxon
me miró con discreción. Yo asentí levemente.
—Claro
que sí. Porque cuando estás en lo más bajo, tu única opción es
culpar a los de arriba. En este caso tienen un buen motivo para
hacerlo: al fin y al cabo, fue un Uno quien los sentenció a una vida
sin esperanza. Los líderes de los rebeldes sureños han convencido a
sus discípulos de que el modo de recuperar lo que consideran que es
suyo es arrebatárselo a la monarquía. Pero ha habido gente que se
ha escindido de los rebeldes sureños y se ha alineado con nosotros.
Y sé que, si los sureños consiguen el poder, no tienen ninguna
intención de compartir la riqueza. ¿Quién lo ha hecho a lo largo
de la historia?
—Quieren
arrasar Illéa, tomar el poder, hacer un puñado de promesas y dejar
a todo el mundo en el lugar exacto en que están ahora. Estoy seguro
de que, para la mayoría de la gente, las cosas empeorarán. Los
Seises y los Sietes no mejorarán, salvo por unos cuantos elegidos
que los rebeldes manipularán para poder escenificar su maniobra. A
los Doses y a los Treses se les arrebatará todo. Eso hará que mucha
gente se sienta vengada, pero no arreglará nada.
—Si
no hay estrellas del pop que publiquen esas canciones que aletargan
los sentidos, no hay músicos de acompañamiento, ni empleados de
discográficas, ni vendedores en las tiendas de discos. Quitando de
en medio a una persona que esté en lo más alto se destruye a miles
que se sitúan en una posición inferior.
August
hizo una breve pausa. En su rostro podía verse lo preocupado que
estaba.
—Será
otra vez igual que con Gregory, solo que peor. Los sureños están
dispuestos a derramar cuanta sangre sea necesaria, y las
posibilidades de que el país vuelva a levantarse en su contra son
mínimas. Será la misma opresión de siempre, con un nuevo nombre…,
y tu pueblo sufrirá como nunca antes —dijo, mirando a Maxon a los
ojos. Parecía que entre ellos había cierto entendimiento, algo que
quizá fuera propio de los nacidos para gobernar.
—Lo
único que necesitamos es una señal. Entonces haremos todo lo que
podamos para cambiar las cosas, de forma justa y pacífica. Tu pueblo
merece una oportunidad.
Maxon
posó la mirada en la mesa. No podía imaginarme lo que estaría
pensando.
—¿Qué
tipo de señal? —preguntó, vacilante—. ¿Dinero?
—No
—respondió August, casi riéndose—. Disponemos de muchos más
fondos de lo que puedes imaginarte.
—¿Y
cómo es posible?
—Donaciones
—respondió él, sin más.
Maxon
asintió, pero a mí aquello me sorprendió. «Donaciones»
significaba que había gente —a saber cuánta— que los apoyaba.
¿Qué dimensiones tendrían las fuerzas rebeldes norteñas, contando
a todas esas personas que les daban apoyo? ¿Qué proporción del
país estaba pidiendo exactamente lo que aquellos dos habían venido
a exigir?
—Si
no es dinero, ¿qué es lo que queréis? —preguntó Maxon por fin.
August
hizo un gesto con la cabeza en dirección a mí.
—Escógela
a ella.
Hundí
la cara en las manos, segura de cuál sería la reacción de Maxon.
Se
produjo un largo silencio antes de que perdiera la compostura:
—¡No
voy a aceptar que nadie me diga con quién puedo y con quién no
puedo casarme! ¡No os permitiré que juguéis con mi vida!
Levanté
la cabeza justo a tiempo para ver cómo August se ponía en pie.
—La
casa real lleva años jugando con la vida de los demás. Madura,
Maxon. Eres el príncipe. ¿Quieres tu maldita corona? Pues
quédatela. Pero es un privilegio que comporta una serie de
responsabilidades.
Los
guardias se habían ido acercando cautelosamente, alertados por el
tono de Maxon y la actitud agresiva de August. Desde luego, a aquella
distancia seguro que lo oían todo.
Maxon
también se puso en pie, frente a August.
—No
vais a tomar decisiones sobre mi vida. Y punto.
Sin
inmutarse, August dio un paso atrás y se cruzó de brazos.
—¡Muy
bien! Tenemos otra opción, si esta no funciona.
—¿Quién?
August
puso la mirada en el cielo.
—Sí,
claro, te lo voy a decir. Después de ver cómo has reaccionado…
—Suéltalo.
—Que
sea esta o la otra importa poco. Lo único que necesitamos saber es
que escoges una pareja que esté en sintonía con este plan.
—Me
llamo America —repliqué yo, airada, poniéndome de pie y mirándole
a los ojos—, no «esta». No soy ningún juguete ni una pieza más
de vuestra revolución de pacotilla. Se os llena la boca diciendo que
todo el mundo en Illéa debería tener la ocasión de vivir su vida.
¿Y yo qué? ¿Y mi futuro? ¿Es que eso no cuenta?
Los
miré a los ojos, a la espera de una respuesta, pero se mantuvieron
en silencio. Observé que los guardias nos rodeaban, dispuestos a
reaccionar en cualquier momento.
—Yo
estoy a favor de acabar con las castas —proseguí, bajando la voz—,
pero no soy el juguete de nadie. Si buscáis un monigote, ahí arriba
hay una chica tan enamorada de él que haría lo que le pidierais si
eso implicaba que iba a conseguir que se le declarara. Y las otras
dos…, sea por sentido del deber, sea por ambición, también se
prestarían. Id a buscar a una de ellas.
Me
giré, sin esperar a que respondieran, y me marché de allí,
enfadada, todo lo rápido que me permitían la bata y las zapatillas.
—¡America!
¡Espera! —dijo Georgia. Me alcanzó cuando yo ya había atravesado
la puerta—. Espera un minuto.
—¿Qué?
—Lo
sentimos. Pensábamos que estabais enamorados. No éramos conscientes
de que estábamos pidiendo algo a lo que se opondría. Estábamos
seguros de que podríamos contar con él.
—No
lo entendéis. Está harto de que le manipulen y le digan lo que
tiene que hacer. No tenéis ni idea de todo por lo que ha pasado.
—Sentí las lágrimas en los ojos; parpadeé para limpiármelos,
fijando la vista en los dibujos de la chaqueta de Georgia.
—Sabemos
más de lo que tú te crees —respondió ella—. Quizá no todo,
pero sí mucho. Hemos estado siguiendo la Selección muy de cerca, y
parece que vosotros dos os lleváis muy bien. Se le ve muy contento
cuando está contigo. Y, además…, sabemos que rescataste a tus
doncellas.
Tardé
un segundo en darme cuenta de lo que quería decir. ¿Quién se lo
habría contado?
—Y
vimos lo que hiciste por Marlee. Vimos cómo peleaste. Y luego tu
presentación, hace unos días. —Se detuvo y soltó una carcajada—.
Desde luego le echaste valor. No nos iría nada mal una chica
valiente.
—No
intentaba hacerme la heroína —repliqué sacudiendo la cabeza—.
La mayor parte del tiempo no me siento para nada valiente.
—¿Y
qué? Lo importante no es cómo te sientas con respecto a tu
carácter. Lo importante es lo que hagas con él. Tú, más que las
demás, actúas intentando hacer lo correcto antes de pensar lo que
significará para ti. Maxon tiene estupendas candidatas esperándole,
pero ninguna de ellas se mancharía las manos para mejorar las cosas.
No son como tú.
—En
gran parte han sido gestos egoístas. Marlee era importante para mí,
y también lo son mis doncellas.
Georgia
dio un paso adelante.
—Pero
¿a que esas acciones tuvieron consecuencias?
—Sí.
—Y
probablemente sabías que las tendrían. Pero actuaste en defensa de
quienes no se podían defender. Eso es especial, America.
No
estaba acostumbrada a aquel tipo de elogios. Sí a que mi padre me
dijera que cantaba muy bien o a que Aspen me dijera que era la chica
más guapa que había visto nunca, pero… ¿aquello? No sabía cómo
reaccionar.
—La
verdad es que, con algunas cosas de las que has hecho, cuesta creer
que el rey te haya permitido quedarte. Todo aquello del Report…
—Soltó un silbido.
—Se
enfadó muchísimo —dije, sin poder evitar reírme.
—¡No
sé cómo saliste viva!
—Pues
por los pelos, desde luego. Y la mayoría de los días tengo la
sensación de estar a solo unos segundos de la expulsión.
—Pero
a Maxon le gustas, ¿no? Él te protege…
Me
encogí de hombros.
—Hay
días en que me siento muy segura, y otros en los que no tengo ni
idea. Hoy no es un buen día. Ni tampoco lo fue ayer. Ni anteayer, a
decir verdad.
Ella
asintió.
—Bueno,
en todo caso, nosotros te apoyamos.
—A
mí y a alguien más —la corregí.
—Es
cierto —respondió, pero no me dio ninguna pista sobre su otra
favorita.
—¿A
qué vino aquella reverencia en el bosque? ¿Querías burlarte de mí?
Ella
sonrió.
—Sé
que puede que no lo parezca, por el modo en que actuamos en
ocasiones, pero en realidad nos importa la familia real. Si los
perdemos, los rebeldes sureños ganarán. Y si se hacen con el
control…, bueno, ya has oído a August. —Meneó la cabeza—. En
cualquier caso, estaba segura de que tenía delante a mi futura
reina, así que pensé que lo mínimo era una reverencia.
Su
razonamiento era tan tonto que me hizo reír de nuevo.
—No
sabes lo agradable que es hablar con una chica con la que no estoy
compitiendo.
—¿Ya
te cansas, eh? —preguntó, con un gesto de complicidad.
—Al
reducirse el grupo, la cosa ha ido a peor. Quiero decir que sabía
que sería así, pero… es como si ya no se tratara de ser la
elegida de Maxon, sino de asegurarse que no se decanta por las otras
chicas. No sé si eso tiene mucho sentido.
—Sí
que lo tiene —dijo, asintiendo—. Pero, oye, cuando te
presentaste, ya lo sabías.
Chasqueé
la lengua.
—En
realidad, no. La verdad es que me… animaron a que me presentara. Yo
no quería ser princesa.
—¿De
verdad?
—De
verdad.
—Pues
el hecho de que no quieras la corona probablemente te convierte en la
mejor persona para llevarla —contestó con una sonrisa.
Me
la quedé mirando. Aquellos ojos enormes me convencieron de que no
tenía ninguna duda de lo que estaba diciendo. Habría querido
hacerle más preguntas, pero Maxon y August salieron del Gran Salón,
con aspecto de estar sorprendentemente tranquilos. Un único guardia
los seguía a cierta distancia. August miraba a Georgia como si se
arrepintiera de haber pasado lejos de ella aunque solo fuera un
minuto. Quizás aquel fuera el único motivo por el que habían
venido los dos.
—¿Estás
bien, America? —preguntó Maxon.
—Sí
—respondí, de nuevo incapaz de mirarle a los ojos.
—Deberías
ir a prepararte para comenzar el día —sugirió—. Los guardias
han jurado mantener el secreto, y me gustaría que tú también lo
hicieras.
—Por
supuesto.
Parecía
molesto con la frialdad de mi respuesta, pero ¿cómo se suponía que
tenía que actuar?
—Señor
Illéa, ha sido un placer. Volveremos a hablar pronto —se despidió
Maxon, que le tendió la mano.
August
se la estrechó enseguida.
—Si
necesita cualquier cosa, no dude en pedírnosla. Estamos de su lado,
alteza.
—Gracias.
—Vámonos,
Georgia. Algunos de estos guardias tienen pinta de ser de gatillo
fácil.
Ella
soltó una risita.
—Nos
vemos, America.
Asentí,
segura de que no volvería a verla, lo cual me entristecía. Ella
pasó por delante de Maxon y cogió a August de la mano. Salieron por
la puerta principal de palacio seguidos por un guardia. Maxon y yo
nos quedamos solos en el vestíbulo.
Él
me miró a los ojos. Murmuré algo, señalé hacia arriba y me puse
en marcha. Su reacción cuando le pidieron que me escogiera a mí no
había hecho más que acrecentar el dolor que me habían causado sus
palabras del día anterior en la biblioteca. Pensé que después de
lo del refugio habíamos llegado a cierto nivel de entendimiento. Sin
embargo, al parecer, todo se había vuelto aún más complicado que
al principio, cuando intentaba decidir si Maxon me gustaba lo
suficiente o no.
No
sabía qué significaba aquello para nosotros. O si aún valía la
pena preocuparse de ese «nosotros».