Capítulo 1No era capaz de aguantar la respiración durante siete minutos seguidos. De hecho, no podía llegar ni a uno. En cierta ocasión, traté de correr un kilómetro y medio en siete minutos, después de enterarme de que algunos atletas lo hacían en cuatro, pero a medio camino un tremendo pinchazo en el abdomen me paralizó y, por supuesto, no alcancé mi objetivo.Sin embargo, sí hubo algo que conseguí hacer en siete minutos y que muchos tildarían de impresionante: me convertí en reina.En siete insignificantes minutos, vencí a mi hermano Ahren, que acababa de nacer, así que el trono que supuestamente iba a ocupar él fue mío. De haber nacido una generación antes, no habría importado. Ahren era el varón y solo por eso debería haber sido el heredero.Mamá y papá se negaban a aceptar que a su primer vástago se le despojara de un título por culpa de un desafortunado pero a la vez hermoso par de pechos. Y ese fue el motivo por el que cambiaron la ley. El pueblo lo celebró por todo lo alto, y yo, poco a poco, fui formándome para ser la próxima soberana de Illéa.Sin embargo, nadie entendía que sus intentos para hacer que mi vida fuera más justa eran, en mi opinión, muy injustos.Intentaba no quejarme demasiado porque, en el fondo, sabía que era una afortunada. Pero había días, a veces incluso meses, en que sentía que el peso con el que cargaba era demasiado para una sola persona.Eché una ojeada al periódico y leí que se había producido otro disturbio, esta vez en Zuni. Veinte años atrás, el mismo día en que papá fue proclamado rey, tomó una decisión: disolver las castas. Y con ello, el viejo sistema social fue desapareciendo de forma gradual. Todavía me seguía pareciendo disparatado que hubiera existido una época en que la gente viviera según esas etiquetas tan restrictivas y arbitrarias. Mamá era una Cinco; papá, un Uno. Me costaba creerlo, ya que apenas había indicios evidentes de tales divisiones. ¿Cómo se suponía que sabría si estaba caminando junto a un Seis o al lado de un Tres? ¿Y qué importancia tenía?Cuando papá decretó la eliminación de las castas, los habitantes de todos los rincones del país se mostraron de acuerdo.Mi padre albergaba la esperanza de que los cambios que entonces había introducido en Illéa se notarían pasada una generación, es decir, ahora.Pero, a decir verdad, eso no estaba ocurriendo, y ese nuevo problema era tan solo una muestra del malestar y la inquietud de nuestra población.—Café, alteza —anunció Neena, y dejó la taza sobre la mesa.—Gracias. Puedes llevarte los platosDecidí leer el artículo de principio a fin. En esta ocasión habían incendiado un restaurante porque el propietario se había negado a ascender a uno de sus empleados. Pretendían que nombrara chef a un camarero. El trabajador aseguró que su jefe le había prometido el ascenso, pero este jamás cumplió con su palabra. Y el camarero estaba convencido de que todo era por su pasado familiar.Tras mirar la fotografía del restaurante carbonizado, lo cierto era que no sabía en qué bando posicionarme. El propietario tenía todo el derecho a ascender o a despedir a quien quisiera, pero el trabajador también tenía derecho a que no le consideraran como algo que, en términos técnicos, ya no existía.Cerré el periódico, lo dejé a un lado y cogí la taza de café. A papá le iba a afectar muchísimo. Seguro que a estas alturas ya le estaba dando vueltas al asunto, tratando de encontrar un modo de compensar a los afectados. El problema radicaba en que, aunque solucionáramos un problema, no disponíamos de las armas necesarias para frenar todos los casos de discriminación por casta. Realizar un seguimiento exhaustivo de cada caso era demasiado complicado, ya que sucedían con más frecuencia de lo deseado.Me acabé el café y abrí el armario de par en par. Ya iba siendo hora de empezar el día.—Neena —llamé—, ¿sabes dónde está el vestido de color ciruela? ¿El que tiene un fajín?Entornó los ojos con un gesto de concentración y se acercó para echarme una mano.Neena era relativamente nueva en palacio. Tan solo llevaba seis meses trabajando para mí, después de que mi última doncella cayera enferma. A pesar de que se había recuperado, lo cierto era que Neena siempre se adelantaba a mis necesidades y me resultaba muy agradable tenerla cerca, así que decidí mantenerla conmigo. También la admiraba porque tenía muy buen ojo para la moda.Neena se quedó observando mi inmenso vestidor.—Quizá deberíamos reorganizar la ropa.—Si tienes tiempo, adelante. No es un proyecto que despierte mi interés.—Claro, porque soy yo quien selecciono y coloco toda su ropa —bromeó.—¡Has dado en el clavo!Se tomaba mi humor con filosofía, y eso me gustaba. Se puso a rebuscar entre la infinidad de vestidos y pantalones que abarrotaban el armario.—Me gusta cómo te has peinado hoy —observé.—Gracias.Todas las doncellas llevaban gorro, pero, aun así, Neena se las arreglaba para ser creativa con sus peinados. A veces lucía una cabellera rizada envidiable y otras se recogía todo el pelo en un moño precioso. Ese día se había hecho unas trenzas que después había enrollado alrededor de la cabeza. Me fascinaba que siempre encontrara una manera de darle un toque personal a su uniforme.—¡Ah! Aquí está.Neena sacó el vestido, con la falda hasta la rodilla, y me lo mostró. Para ser sincera, el color resaltaba su tez oscura.—¡Genial! ¿Sabes dónde está el blazer gris? ¿El de manga tres cuartos?Me miró detenidamente, con cara de póquer—Reorganizaré el armario, decidido.Solté una risita.—Mientras lo buscas, empezaré a vestirme.Me puse el vestido, me cepillé el pelo y me preparé para enfrentarme a un nuevo día como el futuro rostro de la monarquía.El modelito era lo bastante femenino como para dulcificar mi imagen, pero lo bastante atrevido como para que me tomaran en serio. Cada día me esforzaba más para conseguir ese equilibrio.Clavé la mirada en el espejo y me dirigí a mi propio reflejo.—Eres Eadlyn Schreave. Según la línea sucesoria, serás la próxima gobernante de este país. Además, serás la primera reina que lo hace sola. Nadie sobre la faz de la Tierra —me dije— es más poderoso que tú.Papá ya estaba en su despacho, con el ceño fruncido y el gesto torcido por las noticias. Salvo en los ojos, no me parecía en nada a él. Ni a mamá tampoco, todo sea dicho.Había heredado todos mis rasgos, cabello oscuro, cara ovalada y una piel ligeramente bronceada, de mi abuela. En el pasillo del cuarto piso había un retrato suyo, del día de su coronación. Cuando era niña, solía estudiar el cuadro e imaginar en qué me parecería a ella cuando creciera. A juzgar por la fecha, mi abuela debía de tener más o menos mi misma edad cuando la retrataron. Y, aunque no éramos como dos gotas de agua, a veces sentía que yo era su eco.Atravesé la estancia y le di un beso a mi padre en la mejilla.—Buenos días.—Buenos días. ¿Has leído los periódicos? —preguntó.—Sí. Al menos esta vez no ha muerto nadie.—Y doy gracias a Dios por ello.Esos sucesos eran los peores. Cada vez que me enteraba de que alguien había muerto o desaparecido en una revuelta, se me encogía el corazón. Leer que algunos jóvenes habían muerto asesinados tan solo por mudarse a un vecindario mejor, o que algunas mujeres sufrían ataques violentos por tratar de conseguir un empleo que, en el pasado, hubiera sido inalcanzable por la casta a la que pertenecían, me parecía terrible.A veces, la policía averiguaba el motivo y la persona que se escondían tras los crímenes en un periquete, pero, a menudo, nos topábamos con varios dedos acusatorios que no apuntaban a ninguna respuesta concluyente. Aquellas injusticias me dejaban exhausta, y sabía que papá lo pasaba peor.—No lo entiendo —murmuró. Se quitó las gafas de lectura y se frotó las sienes—. Querían eliminar el sistema de castas. Invertimos tiempo y esfuerzos para erradicarlo y para que todos pudieran adaptarse. Y ahora están quemando edificios enteros.—¿Hay algún modo de regularlo? ¿Podríamos crear una junta que supervisara este tipo de agravios? —propuse, y eché otro vistazo a la fotografía. En la esquina se veía al joven hijo del propietario del restaurante, que lloraba desconsolado: lo había perdido todoEn el fondo sabía que las quejas no tardarían en llegar, pero también era consciente de que papá no soportaba quedarse de brazos cruzados y no hacer nada al respecto.Me miró.—¿Eso harías tú?Esbocé una sonrisa.—No, yo le pediría consejo a mi padre.Soltó un suspiro.—Esa no siempre será una opción, Eadlyn. Debes ser fuerte, decidida. ¿Qué solución propondrías para este incidente en particular?Vacilé.—No creo que la haya. No tenemos forma de demostrar que el camarero no consiguió el ascenso por la casta a la que pertenecía su familia en el pasado. Lo único que podemos hacer es abrir una investigación para averiguar quién provocó el incendio. Esa familia ha perdido su negocio, su única fuente de ingresos. Alguien debe asumir la responsabilidad. Un incendio provocado exige justicia.Sacudió la cabeza.—Creo que tienes razón. Me gustaría ayudarlos. Pero, además de eso, deberíamos encontrar un modo de evitar que algo así volviera a ocurrir. Los disturbios cada vez son más incontrolables, y eso me asusta.Papá tiró el periódico a la papelera, se levantó y caminó hacia el ventanal. Sus andares denotaban su estrés, su angustia. A veces, su labor le proporcionaba grandes alegrías, como comprobar que las escuelas que él mismo había ayudado a construir mejoraban día a día, o ver cómo ciertas comunidades prosperaban en aquel ambiente libre de guerra que él, como rey, había propiciado. Sin embargo, esas visitas cada vez eran menos frecuentes. La mayoría de los días parecía preocupado por el estado del país; siempre que se acercaban los periodistas, fingía una sonrisa con la esperanza de que su ademán transmitiera tranquilidad a toda la sociedad. Mamá trataba de ayudarle, pero, al final del día, el destino del país dependía solo de él. Y, algún día, lo haría de mí.A pesar de ser una preocupación egoísta y vanidosa, no quería que me crecieran canas antes de tiempo.—Apunta esto, Eadlyn. Recuérdame que debo escribir al gobernador Harpen, de Zuni. Ah, y, por favor, anota que la carta debe estar dirigida a Joshua Harpen, no a su padre. Cada dos por tres olvido que fue él quien ganó las últimas elecciones.Escribí todas sus instrucciones con esa caligrafía cursiva y elegante que a papá tanto le gustaba. Cuando era niña, siempre insistía en la importancia de tener una bonita caligrafía.Estaba orgullosa de mí misma, pero, cuando miré a mi padre, la sonrisa se me borró de inmediato. Estaba rascándose la frente, estrujándose los sesos para encontrar una solución a todos esos problemas.—¿Papá?Se giró y, de forma casi instintiva, cuadró los hombros, como si se viera obligado a aparentar fortaleza incluso delante de su propia hija—¿Por qué crees que ocurren estas cosas? El país no siempre fue así.Arqueó las cejas.—Desde luego que no —murmuró—. Al principio, todos parecían satisfechos. Cada vez que eliminábamos una nueva casta, era una fiesta. Los disturbios son muy recientes. Empezaron en cuanto retiramos todas las etiquetas de forma oficial. A partir de entonces, aumentaron los incidentes.Fijó la mirada en la ventana.—Sin embargo, las personas que se criaron en el antiguo sistema de castas deben ser conscientes de cuánto ha mejorado la sociedad. En términos comparativos, es más fácil casarse…, o conseguir un empleo. La economía familiar ya no está limitada a una única profesión. Y, en lo referente a la educación, tienen más opciones. Sin embargo, los que han nacido en esta nueva era, sin ninguna etiqueta, van en dirección contraria… Supongo que no saben qué más hacer.Me miró y encogió los hombros.—Necesito tiempo —farfulló—. Debo poner el sistema en modo «pausa», arreglar ciertos asuntos y, después, pulsar el «play» de nuevo.No pude evitar fijarme en cómo arrugaba la frente.—Papá, creo que eso es imposible.Se rio entre dientes.—Ya lo hemos hecho antes. Todavía recuerdo…De pronto, algo en su mirada cambió. Me observó durante unos segundos, como si estuviera haciéndome una pregunta, pero sin articular palabra.—¿Papá?—Dime.—¿Estás bien?Parpadeó varias veces.—Sí, cariño. Estoy bien. ¿Por qué no empiezas a trabajar en esos recortes de presupuesto? Comentaremos tus sugerencias por la tarde. Ahora necesito charlar con tu madre.—Por supuesto.No tenía un talento natural para las matemáticas, por lo que tenía que invertir muchas horas para elaborar propuestas de recortes de presupuesto o planes financieros. Pero me negaba en rotundo a que alguno de los consejeros de papá me echara una mano con su calculadora mágica e hiciera el trabajo por mí. Aunque tuviera que trabajar día y noche en ello, siempre procuraba entregar un trabajo excelente.A Ahren, en cambio, las matemáticas se le daban de maravilla, pero nunca le obligaban a asistir a reuniones sobre presupuestos, recalificaciones o salud pública. Por siete estúpidos minutos, se libró de esos engorros y se fue de rositas.Papá me dio una palmadita en la espalda antes de irse del despacho. Tardé más de lo habitual en centrarme en aquel baile de números. No podía dejar de pensar en lo preocupado y angustiado que había visto a papá. Algún día, esa responsabilidad recaería en mí.