Capítulo 14
¿Sería
raro cambiarme de vestido entre la cena y el postre? ¿Él pretendía ponerse otro
traje? Durante la última semana había lucido mis mejores tiaras, pero ¿sería
poco apropiado llevar un complemento tan característico para una cita?
Una
cita.
Estaba
muy lejos de mi zona de confort. Me sentía vulnerable y no entendía el por qué.
Había conocido a centenares de jóvenes apuestos. De hecho, había disfrutado de
un interludio espectacular con Leron en la cena de Navidad y había comido
fresas con Jamison Akers detrás de un árbol durante un pícnic. Incluso había
sobrevivido a una cita con Kile, aunque, en realidad, ni siquiera fue una cita
con todas las letras.
Me
habían presentado a los treinta y cinco candidatos seleccionados y, en ningún
momento, me había exasperado. Ni siquiera me había temblado el pulso. Por no
mencionar que ayudaba a gobernar todo un país. Así pues, ¿por qué una cita con
un chico me estaba angustiando tanto?
Al
final decidí que sí, que me cambiaría. Elegí un vestido amarillo con la falda
más larga por detrás que por delante y lo combiné con un cinturón de color azul
marino. Aquel atuendo era más propio de un «salgamos a cenar» que de un «estoy
lista para una fiesta en el jardín». Ah, y me quité la tiara. ¿Por qué lo había
dudado en un principio?
Me
miré de arriba abajo en el espejo y recordé que era él quien estaba tratando de
conquistarme, y no al revés.
Llamaron
a la puerta y me sobresalté. ¡Todavía tenía cinco minutos! ¡Y habíamos quedado
en que yo iría a recogerle! Estaba tirando por tierra toda mi estrategia de
preparación. Si arruinaba mis planes, le echaría de allí y volvería a empezar.
Sin
esperar a que le abriera la puerta, la tía May asomó la cabeza. Detrás de ella
vi la inconfundible sonrisa de mamá.
—¡Tía
May! —exclamé, y me lancé a sus brazos—. ¿Qué estás haciendo aquí?
—Imaginé
que necesitarías un poco de apoyo, así que aquí me tienes.
—Y yo
he venido para añadir un poco más de incomodidad a todo el asunto —bromeó mamá.
Me
reí con nerviosismo.
—No
estoy acostumbrada a esto. No sé qué hacer.
La
tía May arqueó una ceja.
—Según
los periódicos, lo estás haciendo de maravilla.
Me
sonrojé de inmediato.
—Eso
fue distinto. No fue una cita de verdad. No significó nada.
—Pero…
¿esta sí? —preguntó con dulzura.
Encogí
los hombros.
—No
es lo mismo.
—Sé
que todo el mundo dice lo mismo —empezó mamá, y me apartó un mechón de
cabello—, pero el mejor consejo que puedo darte es: sé tú misma.
Era
más fácil decirlo que hacerlo, desde luego. Porque ¿quién era yo en realidad?
Una chica con un hermano mellizo. La heredera de un trono. Una de las personas
más poderosas del mundo. La mayor distracción de todo un país.
Nunca
fui una hija normal. Una chica normal.
—No
te lo tomes demasiado en serio —comentó la tía May mientras se arreglaba el
pelo—. Deberías disfrutar de la cita, pasártelo bien.
Asentí
con la cabeza.
—Tiene
razón —acordó mamá—. No queremos que escojas a tu futuro marido hoy mismo.
Tienes tiempo, así que conoce gente nueva y disfruta un poco. Dios sabe que no
sueles hacerlo muy a menudo.
—Cierto.
Me resulta extraño. Voy a estar a solas con él. Sé que después se lo contará a
los demás pretendientes y, por lo tanto, tendremos que comentarlo en
televisión.
—Suena
peor de lo que en realidad es. La mayor parte del tiempo es divertido —prometió
mamá.
Intenté
imaginármela de adolescente, comentando ruborizada sus encuentros románticos
con papá.
—Entonces,
¿a ti no te importó?
Apretó
los labios y clavó la mirada en el techo del dormitorio, sopesando su
respuesta.
—Bueno,
al principio fue complicado. Ser el centro de atención me fastidiaba bastante.
Pero tú eres brillante en eso; imagina que estás en una fiesta, o en un
acontecimiento social sobre el que después te harán varias preguntas.
May
miró a mamá de reojo.
—No
puede compararse con un banquete de bienvenida —puntualizó, y luego se dirigió
a mí—, pero tu madre lleva razón. Dominas las cámaras. A tu edad, a ella se le
daba de pena.
—Gracias,
May —contestó mamá.
—De
nada.
Me
reí entre dientes. En ese instante deseé tener una hermana. La otra hermana de
mamá, la tía Kenna, había fallecido años atrás por una enfermedad cardiaca. El
tío James era un tipo sencillo; no quería criar a Astra y a Leo en palacio, a
pesar de que se lo habían ofrecido varias veces. Manteníamos el contacto, por
supuesto, pero Astra y yo no nos parecíamos en nada. Todavía recordaba como si
fuera ayer el día en que Kenna murió. Mamá se pasó una semana metida en la
cama, consolando a May y a la abuela Singer. Hacía tiempo que me rondaba una
idea por la cabeza; quizá, para mi madre, perder a una hermana fue como perder
una parte de sí misma. Sabía que, si algo le sucedía a Ahren, yo me sentiría
igual.
La
tía May le dio un suave codazo a mamá y se sonrieron con complicidad. Nunca
discutían ni se peleaban por cosas importantes. Al final, consiguieron su
objetivo: calmar mis nervios.
Llevaban
razón. No era nada.
—Lo
vas a bordar —dijo mamá—. Tú no conoces el fracaso —añadió. Me guiñó un ojo y,
de inmediato, me sentí más valiente, más segura de mí misma.
Comprobé
la hora.
—Debería
irme. Gracias por venir —dije, y acaricié la mano de la tía May.
—Ningún
problema.
Me
estrechó entre sus brazos. Luego abracé a mamá.
—Diviértete
—murmuró.
La
tía May y mamá se marcharon en dirección opuesta a la mía, así que me alisé el
vestido y me dirigí hacia la escalera.
Al
llegar a la habitación de Hale, respiré hondo y me tomé unos instantes antes de
llamar a la puerta. Él, y no su mayordomo, fue quien me abrió la puerta. Al
parecer, estaba encantado de verme.
—Estás
fantástica —dijo.
—Gracias
—respondí con una sonrisa—. Tú también.
Se
había cambiado de ropa, lo que me hizo sentir mucho más cómoda. De hecho, el
cambio me gustó, y mucho
Se
había quitado la corbata y se había desabrochado el botón de la camisa. Entre
eso y el chaleco, estaba…, para qué mentir, estaba guapo.
Hale
se metió las manos en los bolsillos.
—Y
bien, ¿adónde vamos?
Señalé
el pasillo.
—Por
aquí, al cuarto piso.
Se
balanceó y, un tanto indeciso, me ofreció el brazo.
—Tú
mandas.
—De
acuerdo —empecé mientras avanzábamos hacia las escaleras—. Conozco lo básico.
Hale Garner. Diecinueve años. Belcourt. Los formularios son concisos y bastante
sosos. Así pues, ¿cuál es tu historia?
Él se
rio por lo bajo.
—Bueno,
soy el mayor de la familia.
—¿De
veras?
—Sí.
Tres hermanos.
—Buff,
no sabes cuánto compadezco a tu madre.
Esbozó
una sonrisa.
—Bueno,
a ella no le importa. Le recordamos a papá, así que cuando alguno de nosotros
levanta un poco la voz o se ríe de algo, ella suspira y nos dice que somos
clavaditos a él.
No
quería parecer indiscreta, pero quería saber la verdad.
—¿Tus
padres están divorciados? —pregunté, aunque dudaba que ese fuera el caso.
—No.
Él murió.
—Lo
siento —murmuré. Me sentía avergonzada por haber invocado su recuerdo.
—No
pasa nada. Era imposible que lo supieras.
—¿Puedo
preguntarte cuándo murió?
—Hará
ya unos siete años. Sé que esto te sonará un poco raro, pero a veces envidio a
mi hermano pequeño. Beau tenía seis años cuando sucedió. Recuerda a papá, pero
no tan bien como yo, ¿entiendes? Ojalá fuera más fácil no echarle tanto de
menos.
—Apuesto
a que él te envidia justo por lo contrario.
Me
regaló una sonrisa triste.
—Nunca
se me había ocurrido, la verdad.
Empezamos
a subir la escalinata principal. Cuando alcanzamos el rellano del cuarto piso,
reanudé la conversación.
—¿A
qué se dedica tu madre?
Hale
tragó saliva.
—Ahora
mismo trabaja como secretaria en la universidad local. Ella…, bueno, le ha
costado mucho conseguir un trabajo digno. Pero este le gusta y, si no me falla
la memoria, ya lleva varios meses trabajando allí. Acabo de darme cuenta de que
he empezado con un «ahora mismo». Antes cambiaba de trabajo como de camisa,
pero, a decir verdad, este empleo parece bastante estable.
»Como
ya te dije cuando nos conocimos, mi padre era un Dos. Era un atleta de élite.
Durante una operación de rodilla, se formó un coágulo que le llegó al corazón.
Mamá no había trabajado ni un solo día en su vida, porque, entre sus padres y
su marido, tenía las necesidades más que cubiertas. Cuando él falleció, lo
único que sabía hacer era ser la esposa de un jugador de baloncesto.
—Oh,
no.
—Sí.
Cuando
por fin llegamos al salón, lo agradecí. ¿Cómo lo había logrado papá? ¿Cómo se
las había ingeniado para conocer a fondo a todas las seleccionadas y encontrar
a su esposa? No llevábamos ni cinco minutos de cita, y ya estaba agotada.
—Vaya
—exclamó Hale. Las vistas eran impresionantes.
Desde
los salones del cuarto piso que daban al jardín delantero, se podía apreciar la
ciudad que se extendía más allá de la muralla. Por la noche, Angeles desprendía
un resplandor hermoso. Además, había pedido que bajaran la intensidad de la luz
del salón para poder admirar la panorámica.
Se
había dispuesto una pequeña mesa en el centro de la sala con varios pasteles
distintos. Al lado nos esperaba un vino de postre. Jamás había intentado
organizar una noche romántica, pero, para ser la primera vez, había hecho un
buen trabajo.
Hale,
en un gesto caballeroso, me apartó la silla para que me sentara.
—No
sabía qué te gustaba, así que he pedido varios. Estos son de chocolate, aunque
es obvio —dije señalando los pastelitos—. Y estos son de limón, de vainilla y
de canela.
El
muchacho observaba con la boca abierta todas las tartas que nos habían
preparado.
—Escucha,
no pretendo parecer maleducado —dijo—, pero, si quieres algo, cógelo ahora,
porque mucho me temo que devoraré todos estos postres.
Solté
una carcajada.
—Pues
sírvete.
Se
metió un pastelito de chocolate entero en la boca.
—Mmmmmmmm.
—Prueba
el de canela. Te cambiará la vida.
Estuvimos
un buen rato degustando aquellas exquisiteces y preferí dejar su vida personal
al margen, al menos por esa noche. Así que nos trasladamos a territorio seguro;
¡podía hablar de postres durante horas! Pero luego, sin previo aviso, Hale
empezó a charlar de su vida de nuevo.
—Mi
madre trabaja en la universidad, y yo, en una sastrería del pueblo.
—¿Ah,
sí?
—Sí.
La ropa es mi debilidad. Bueno, ahora. Cuando papá falleció, no podíamos
comprarnos muchas cosas, así que aprendí a zurcir los rotos de las camisetas de
mis hermanos, o a bajar el dobladillo de los pantalones para que no se notara
que habían crecido. Mamá tenía un montón de vestidos para vender y sacar algo
de dinero, así que cogí un par de prendas y las combiné para regalarle un
conjunto nuevo. No era perfecto, desde luego, pero se me daba bien. Gracias a
eso, conseguí el empleo.
»Por
eso leo y estudio todo lo que Lawrence hace. Es mi jefe. De vez en cuando me
deja encargarme de algún proyecto. Supongo que eso es lo que haré en el futuro.
Esbocé
una sonrisa.
—No
me cabe la menor duda de que eres uno de los chicos más espabilados de todo el
grupo. Te has hecho a ti mismo.
Él
sonrió con timidez.
—No
me ha quedado más remedio, la verdad. Mi mayordomo es genial, siempre me ayuda
a que todo esté impecable. No sé si valora mi estilo, el modo en que combino la
ropa, pero quiero parecer todo un caballero sin perder mi esencia. No sé si me
explico.
Asentí
con entusiasmo mientras mordisqueaba un delicioso pastelito.
—¿Te
haces una idea de lo difícil que es ser princesa cuando te pirran los vaqueros?
Dejó
escapar una risita.
—¡Pero
tú has encontrado el equilibrio perfecto! A ver, llenan revistas con todos los
modelitos que luces dentro y fuera de palacio, así que te aseguro que he visto
varios. Tienes un estilo muy particular.
—¿Tú
crees? —pregunté, animada. Últimamente, solo me llovían críticas, así que aquel
cumplido fue más que bienvenido.
—¡Por
supuesto! —insistió—. Vistes como una princesa, pero con estilo propio. No me
sorprendería si ahora me confesaras que eres la cabecilla de una mafia de
mujeres.
Escupí
el vino y manché el mantel. Hale estalló en una carcajada.
—¡Lo
siento mucho! —me apresuré a decir. Las mejillas me quemaban—. Si mamá hubiera
presenciado esto, me echaría un sermón memorable.
Hale
se secó las lágrimas de los ojos y se inclinó sobre la mesa.
—¿De
veras te dan sermones? Entre tú y yo, ¿no diriges el país?
Me
encogí de hombros.
—En
realidad, no. Papá se encarga de la mayor parte del trabajo. Él, en cierto
modo, me instruye.
—Pero
es pura formalidad, ¿no?
—¿A
qué te refieres? —pregunté. Mis palabras sonaron más afiladas de lo que
pretendía porque, de repente, le cambió la expresión.
—No
quería criticarle ni nada por el estilo, pero hay muchos que aseguran que está
cansado. He oído a muchos clientes especular sobre cuándo ascenderás al trono.
Bajé
la mirada. ¿Sería verdad que el pueblo comentaba que papá estaba agotado?
—Eh
—dijo Hale, captando de nuevo mi atención—. Mil perdones. Tan solo pretendía
entablar conversación. Te prometo que no quería ofenderte.
—No
te preocupes. Es solo que no me imagino gobernando el país sin papá a mi lado.
—Me
hace gracia oírte hablar del rey como «papá».
—¡Pero
es él! —protesté, y sonreí una vez más.
Hale
hablaba de tal modo que hacía que todo pareciera más tranquilo, más pacífico. Y
eso me gustaba.
—Lo
sé, lo sé. De acuerdo, charlemos de ti. Además de ser la mujer más poderosa del
planeta, ¿qué haces para divertirte?
Mordí
otra tartaleta para disimular mi sonrisa.
—Te
sorprenderá saber, o quizá no, que soy una apasionada de la moda.
—¿Qué?
—contestó con tono sarcástico.
—Hago
bocetos. Es mi pasión. Por otro lado, también comparto algunas aficiones con
mis padres. Sé un poco de fotografía y toco el piano. Pero, al final del día,
siempre vuelvo a mi libreta.
Sabía
que estaba sonriendo como una boba. Aquellas páginas, repletas de garabatos de
colores, eran mi refugio, el lugar más seguro del mundo, mi remanso de paz.
—¿Podría
verlos?
—¿Qué?
—pregunté, y de inmediato erguí la espalda.
—Tus
esbozos. ¿Podría echarles un vistazo algún día?
Nadie
había visto mis bocetos. Tan solo enseñaba mis diseños a las doncellas por
obligación, porque ellas eran las encargadas de coserlos. Sin embargo, por cada
dibujo que enseñaba, escondía una docena, porque, en el fondo, sabía que jamás
me pondría esos vestidos. De vez en cuando pensaba en aquellas prendas; todas
ellas estaban guardadas en mi cabeza o en carpetas. Mantenerlas en secreto era
el único modo de que fueran solo mías.
Hale
no comprendió mi repentino silencio, ni por qué me agarré a los brazos del sillón.
El hecho de que me hiciera esa pregunta, asumiendo que era bienvenido a ese
mundo, me hizo sentir vulnerable. Eso no me gustó un pelo.
—Discúlpame
—dije, y me puse en pie—. Creo que me he pasado con el vino.
—¿Quieres
que te acompañe? —se ofreció, y también se levantó.
—No,
por favor. Quédate, disfruta de estos manjares —respondí, y me dirigí hacia la
puerta a toda prisa.
—¡Alteza!
—Buenas
noches.
—Eadlyn,
¡espera!
Cuando
llegué al pasillo, eché a correr. Al comprobar que no me seguía, sentí un gran
alivio.