Que Buscas

miércoles, 24 de junio de 2015

LA HEREDERA C3

Capítulo 3
Decidí cenar en mi habitación. No me apetecía ver a nadie de mi familia. Estaba furiosa con todos ellos; con mis padres por ser la pareja feliz, con Ahren por no haber cumplido la mayoría de edad antes que yo, y con Kaden y Osten por ser todavía unos críos.
Neena se inclinó para llenarme la copa.
—¿Cree que tendrá que claudicar, alteza?
—Encontraré un modo de librarme de eso.
—¿Por qué no les ha dicho que estaba enamorada de alguien?
Meneé la cabeza y clavé el tenedor en el salmón.
—Insulté a los mejores candidatos en sus narices.
Dejó una bandejita con bombones en el centro de la mesa. Me adivinó el pensamiento. Prefería el chocolate antes que el salmón con guarnición de caviar.
—¿Y un guardia de seguridad? La mayoría de las criadas caen rendidas a sus pies —sugirió con una sonrisilla.
Me zampé un bombón.
—Quizá ellas se conformen con eso. Pero yo no estoy tan necesitada.
Su sonrisa se desvaneció enseguida.
De inmediato me percaté de que la había ofendido, pero era la pura y cruda realidad. No me resignaría a casarme con cualquiera, y mucho menos con un guardia de seguridad. Además, no quería perder el tiempo pensando en eso. Necesitaba encontrar una solución rápida al problema.
—No me malinterpretes, Neena. Pero el pueblo espera ciertas cosas de mí.
—Desde luego.
—Ya he acabado. Puedes irte. Dejaré el carrito en el pasillo.
Asintió con la cabeza y se marchó sin pronunciar ni una palabra.
Picoteé algunos bombones, pero no quise comer nada más. Me puse el pijama, dispuesta a meterme en la cama. En aquel instante no podía mantener una charla razonable con mis padres, y Neena no me comprendía. Necesitaba hablar de ese tema con la única persona que compartiría mi punto de vista, la persona que, a veces, sentía que era mi media mitad: Ahren.
—¿Estás ocupado? —pregunté al abrir la puerta.
Estaba sentado frente a su escritorio, escribiendo. Tenía su cabellera rubia algo alborotada después de un largo día de trabajo y una mirada cansada. Era clavadito a papá de joven, lo cual me ponía los pelos de punta.
Todavía llevaba el traje de la cena, aunque se había quitado la chaqueta y la corbata.
—Llama antes de entrar, por el amor de Dios

—Lo sé, lo sé, pero es una emergencia.
—Entonces busca a un guardia —espetó, y volvió a centrarse en los papeles que abarrotaban la mesa.
—No eres el primero que lo sugiere —murmuré para mí—. Hablo en serio, Ahren, necesito tu ayuda.
Me miró por encima del hombro e intuí que acabaría por rendirse. De repente, empujó una silla que había a su lado, invitándome a sentarme.
—Pasa a mi despacho.
Me senté y resoplé.
—¿A quién escribes?
Recogió todos los papeles y los apiló sobre la carta que estaba redactando, para impedirme verla.
—A Camille.
—Sabes que puedes llamarla por teléfono, ¿verdad?
Él dibujó una amplia sonrisa.
—Oh, y lo haré. Pero también le enviaré la carta.
—Es absurdo. ¿Se puede saber qué tienes que contarle como para emplear una carta y una llamada telefónica?
Ladeó la cabeza.
—Para tu información, la carta y la llamada tienen propósitos muy distintos. El teléfono sirve para ponernos al día y explicarnos cosas más superficiales. En cambio, en las cartas escribo cosas que no siempre digo en voz alta.
—Oh, ¿de veras? —dije, y me incliné sobre el escritorio para buscar la carta en cuestión.
Pero, antes de que pudiera acercarme a ella, Ahren me agarró por la muñeca.
—Te mataré —juró.
—Bien —contesté—, así tú serás el heredero y tendrás que someterte a la Selección, lo que te obligará a despedirte de tu querida y amada Camille.
Mi hermano arrugó la frente.
—¿Qué?
Me dejé caer sobre la silla.
—Mamá y papá necesitan levantar el ánimo de la gente, así que han decidido, por el bien de Illéa, por supuesto —dije con fingido patriotismo—, que debo pasar por la Selección.
Esperaba que mi hermano se horrorizara. Quizás incluso apoyaría su mano en mi hombro como gesto de consuelo. Pero Ahren echó la cabeza hacia atrás y empezó a reírse a carcajadas.
—¡Ahren!
Él continuó desternillándose de risa, golpeándose la rodilla y balanceándose hacia delante y atrás.
—Vas a arrugarte el traje —le advertí, pero solo sirvió para que se riera todavía más—. Madre mía, ¡para ya! ¿Qué se supone que debo hacer?
—¡Ni que yo lo supiera! No puedo creer que nuestros padres piensen que eso funcionará —añadió todavía con una sonrisa
—¿A qué te refieres?
Se encogió de hombros.
—No sé. Desde siempre creí que, si alguna vez te casabas, sería más adelante. Y, la verdad, pensaba que todos lo habían asumido.
—¿Y qué significa eso exactamente?
Ese gesto amable y familiar que, en realidad, había venido a buscar por fin llegó. Me cogió de la mano y, con tono cariñoso, dijo:
—Vamos, Eady. Tú siempre has sido muy independiente. Por eso eres perfecta para ser reina. Te gusta tener la sartén por el mango, hacer las cosas a tu manera. Y por eso nunca creí que te emparejarías con alguien hasta después de haber gobernado el país durante unos años.
—No me han dado esa opción, la verdad —balbuceé, y bajé la cabeza.
Ahren hizo un mohín.
—Pobre princesita. ¿Es que no quieres dirigir el mundo?
Le aparté la mano con brusquedad.
—Siete minutos… y habrías sido tú. En ese caso, me dedicaría a garabatear cartas de amor, en lugar de ocuparme de todo ese estúpido papeleo financiero. ¡Y encima esa estúpida Selección! ¿No te das cuenta de lo espantoso que es esto?
—¿Se puede saber cómo te han embaucado para hacerlo? Por lo que tenía entendido, ese proceso fue eliminado.
Puse los ojos en blanco otra vez.
—Ni siquiera me han pedido mi opinión. Y eso es lo peor de todo. Papá se enfrenta a la oposición pública y pretende distraer a los ciudadanos —expliqué, y negué con la cabeza—. Las cosas se están poniendo muy feas, Ahren. La gente destroza hogares, negocios. Incluso ha habido muertos. Papá no está muy seguro de dónde surge esa insatisfacción, pero sospecha que se trata de gente joven, de nuestra edad. Cree que el pueblo que creció sin castas está provocando la mayoría de los disturbios.
Hizo una mueca.
—Pero eso no tiene sentido. ¿Cómo es posible que crecer en un país sin restricciones sea algo negativo?
Hice una pausa para meditar la respuesta. ¿Cómo explicar algo que tan solo intuíamos?
—Bueno, yo crecí con la certeza de que, algún día, sería reina. Nunca me ofrecieron una alternativa. Tú, en cambio, creciste sabiendo que tenías varias opciones. Podías hacer la carrera militar, ser nombrado embajador, viajar de aquí para allá. Pero ¿y si esa no fuera la verdad? ¿Y si, en realidad, no has tenido todas esas oportunidades?
—Ajá —murmuró—. Entonces, ¿no tienen las mismas oportunidades laborales?
—Ni laborales, ni académicas, ni económicas. He oído que hay quien prohíbe a sus hijos casarse por la casta a la que pertenecían. Está ocurriendo lo que papá jamás creyó que podría suceder, y es casi incontrolable. ¿Se puede obligar a la gente a ser justa y sensata?
—¿Y eso es lo que papá está intentando arreglar? —preguntó con tono escéptico
—Sí, y yo soy la cortina de humo que pretende utilizar para desviar su atención, al menos hasta que se le ocurra un plan.
Se rio por lo bajo.
—Eso cuadra más. Que de la noche a la mañana te conviertas en una romanticona no te pega nada.
Incliné la cabeza de nuevo.
—Déjalo ya, Ahren. El matrimonio no me interesa. Además, ¿qué importa? Hay mujeres que pueden permitirse el lujo de seguir siendo solteras.
—Pero nadie espera que esas mujeres den a luz a un heredero.
Le solté un bofetón cariñoso.
—¡Ayúdame! ¿Qué hago?
Me levantó la barbilla y me miró directamente a los ojos. Con Ahren no había secretos: nos conocíamos tanto que, al igual que podía leer cualquier emoción en sus ojos, él adivinó que estaba aterrorizada. No estaba molesta ni enfadada. Tampoco ofendida o disgustada.
Estaba asustada.
Muchos esperaban de mí que fuera reina, que sostuviera el peso de millones de personas sobre mi espalda. En eso consistía mi trabajo. Podía tachar tareas de una lista, delegar. Pero lo que me estaban exigiendo ahora era algo mucho más personal, un pedazo de mi vida que, en teoría, debía ser solo mío, pero que, al parecer, no lo era.
Su sonrisa juguetona se desvaneció. Ahren acercó su silla a la mía.
—Si lo que pretenden es distraer al pueblo, quizá deberías sugerir otras… posibilidades. Una posible boda no es la única opción. Ahora bien, dicho esto, si mamá y papá han llegado a esta conclusión, es porque han descartado cualquier otra opción.
Enterré la cara entre mis manos. No quería confesarle que había intentado ofrecerle a él como una alternativa, ni que había propuesto a Kaden como posible candidato. Algo me decía que mi hermano llevaba razón, que la Selección era su última esperanza.
—Seamos sinceros, Eady. Serás la primera chica que se siente en ese trono por derecho propio. Y la gente tiene muchas esperanzas puestas en ti.
—Lo dices como si no lo supiera.
—Pero —continuó— eso también te otorga un poder de negociación inmenso.
Levanté la cabeza, algo confundida.
—¿Qué quieres decir?
—Si es verdad que necesitan que hagas eso, negocia.
Me reacomodé en la silla y empecé a darle vueltas a esa idea, a qué podía pedir a cambio. Debía de haber algún modo rápido de pasar por ello, sin ni siquiera acabar con una petición formal.
¡Sin una petición de matrimonio!
Si me adelantaba a los acontecimientos, lo más seguro era que convenciera a papá de casi cualquier cosa, siempre y cuando él consiguiera su ridícula Selección.
—¡Negociar! —murmuré
—Eso mismo.
Me puse en pie, cogí a Ahren por las orejas y le planté un beso en la frente.
—¡Eres mi héroe!
No pudo ocultar una sonrisa.
—A tu servicio, mi reina.
Me reí y le empujé con ternura.
—Gracias, Ahren.
—A trabajar se ha dicho —dijo, y me acompañó hasta la puerta, aunque sospechaba que, en realidad, estaba más impaciente y entusiasmado por acabar su carta de amor que por que yo elaborara un plan.
Salí disparada hacia mi habitación. Necesitaba pensar, volcar todas mis ideas. Al doblar la esquina, choqué con alguien y me caí de bruces sobre la alfombra.
—¡Au! —me quejé.
Cuando levanté la mirada vi a Kile Woodwork, el hijo de la señorita Marlee.
Los aposentos de Kile y del resto de la familia Woodwork estaban en el mismo piso que los de nuestra familia, un honor excepcional. O irritante, dependiendo de la relación que uno mantuviera con los Woodwork.
—¿Te importa? —le solté.
—No era yo quien corría por el pasillo —respondió él mientras recogía unos libros del suelo—. Uno debe mirar por dónde va.
—Un caballero ofrecería su mano ahora mismo —le recordé.
Unos mechones de cabello se deslizaron sobre sus ojos. Necesitaba desesperadamente un corte de pelo… y afeitarse. Además, la camisa le iba demasiado grande. No sabía qué me avergonzaba más: si él por parecer un tipo desaliñado y descuidado, o si mi propia familia por estar obligada a codearse con un desastre como ese.
Lo que más me fastidiaba del asunto era que él no siempre iba hecho un desastre. ¿Tanto le costaba pasarse un cepillo por el pelo?
—Eadlyn, tú nunca me has considerado un caballero.
—Cierto —murmuré.
Me incorporé sin su ayuda y me sacudí el vestido.
Por suerte, durante los últimos seis meses, me había librado de la apasionante compañía de Kile. Se había mudado a Fennley para realizar un curso intensivo…, o algo así; su madre lamentó su ausencia desde el mismo día en que se marchó. No sabía qué había estado estudiando y, a decir verdad, me importaba bien poco. Pero ahora había vuelto y su presencia era otro factor estresante de una lista que no paraba de crecer.
—¿Y qué asunto empujaría a una dama como tú a correr de ese modo por los pasillos?
—Asuntos que un mentecato como tú no lograría comprender.
Se rio.
—Claro, porque soy un simplón. Es un milagro que sea capaz de ducharme solito
Estuve a punto de preguntarle si realmente se duchaba, pues, por su aspecto, habría jurado que era alérgico al jabón.
—Espero que alguno de esos libros sea un manual básico sobre protocolo. Necesitas un repaso, en serio.
—Todavía no eres reina, Eadlyn. Que no se te suban los humos a la cabeza —dijo, y se marchó.
Me puse furiosa. ¿Qué quería decir con eso?

Decidí dejarlo pasar. Ahora mismo tenía problemas mucho más importantes que la falta de modales de Kile. No podía perder el tiempo discutiendo por nimiedades ni preocupándome por asuntos que no pusieran en grave peligro la Selección.