Capítulo 3
Decidí cenar en mi habitación.
No me apetecía ver a nadie de mi familia. Estaba furiosa con todos ellos; con
mis padres por ser la pareja feliz, con Ahren por no haber cumplido la mayoría
de edad antes que yo, y con Kaden y Osten por ser todavía unos críos.
Neena
se inclinó para llenarme la copa.
—¿Cree
que tendrá que claudicar, alteza?
—Encontraré
un modo de librarme de eso.
—¿Por
qué no les ha dicho que estaba enamorada de alguien?
Meneé
la cabeza y clavé el tenedor en el salmón.
—Insulté
a los mejores candidatos en sus narices.
Dejó
una bandejita con bombones en el centro de la mesa. Me adivinó el pensamiento.
Prefería el chocolate antes que el salmón con guarnición de caviar.
—¿Y
un guardia de seguridad? La mayoría de las criadas caen rendidas a sus pies
—sugirió con una sonrisilla.
Me
zampé un bombón.
—Quizá
ellas se conformen con eso. Pero yo no estoy tan necesitada.
Su
sonrisa se desvaneció enseguida.
De
inmediato me percaté de que la había ofendido, pero era la pura y cruda
realidad. No me resignaría a casarme con cualquiera, y mucho menos con un
guardia de seguridad. Además, no quería perder el tiempo pensando en eso.
Necesitaba encontrar una solución rápida al problema.
—No
me malinterpretes, Neena. Pero el pueblo espera ciertas cosas de mí.
—Desde
luego.
—Ya
he acabado. Puedes irte. Dejaré el carrito en el pasillo.
Asintió
con la cabeza y se marchó sin pronunciar ni una palabra.
Picoteé
algunos bombones, pero no quise comer nada más. Me puse el pijama, dispuesta a
meterme en la cama. En aquel instante no podía mantener una charla razonable
con mis padres, y Neena no me comprendía. Necesitaba hablar de ese tema con la
única persona que compartiría mi punto de vista, la persona que, a veces,
sentía que era mi media mitad: Ahren.
—¿Estás
ocupado? —pregunté al abrir la puerta.
Estaba
sentado frente a su escritorio, escribiendo. Tenía su cabellera rubia algo
alborotada después de un largo día de trabajo y una mirada cansada. Era
clavadito a papá de joven, lo cual me ponía los pelos de punta.
Todavía
llevaba el traje de la cena, aunque se había quitado la chaqueta y la corbata.
—Llama
antes de entrar, por el amor de Dios
—Lo
sé, lo sé, pero es una emergencia.
—Entonces
busca a un guardia —espetó, y volvió a centrarse en los papeles que abarrotaban
la mesa.
—No
eres el primero que lo sugiere —murmuré para mí—. Hablo en serio, Ahren,
necesito tu ayuda.
Me
miró por encima del hombro e intuí que acabaría por rendirse. De repente,
empujó una silla que había a su lado, invitándome a sentarme.
—Pasa
a mi despacho.
Me
senté y resoplé.
—¿A
quién escribes?
Recogió
todos los papeles y los apiló sobre la carta que estaba redactando, para
impedirme verla.
—A
Camille.
—Sabes
que puedes llamarla por teléfono, ¿verdad?
Él
dibujó una amplia sonrisa.
—Oh,
y lo haré. Pero también le enviaré la carta.
—Es
absurdo. ¿Se puede saber qué tienes que contarle como para emplear una carta y
una llamada telefónica?
Ladeó
la cabeza.
—Para
tu información, la carta y la llamada tienen propósitos muy distintos. El
teléfono sirve para ponernos al día y explicarnos cosas más superficiales. En
cambio, en las cartas escribo cosas que no siempre digo en voz alta.
—Oh,
¿de veras? —dije, y me incliné sobre el escritorio para buscar la carta en
cuestión.
Pero,
antes de que pudiera acercarme a ella, Ahren me agarró por la muñeca.
—Te
mataré —juró.
—Bien
—contesté—, así tú serás el heredero y tendrás que someterte a la Selección, lo
que te obligará a despedirte de tu querida y amada Camille.
Mi
hermano arrugó la frente.
—¿Qué?
Me
dejé caer sobre la silla.
—Mamá
y papá necesitan levantar el ánimo de la gente, así que han decidido, por el
bien de Illéa, por supuesto —dije con fingido patriotismo—, que debo pasar por
la Selección.
Esperaba
que mi hermano se horrorizara. Quizás incluso apoyaría su mano en mi hombro
como gesto de consuelo. Pero Ahren echó la cabeza hacia atrás y empezó a reírse
a carcajadas.
—¡Ahren!
Él
continuó desternillándose de risa, golpeándose la rodilla y balanceándose hacia
delante y atrás.
—Vas
a arrugarte el traje —le advertí, pero solo sirvió para que se riera todavía
más—. Madre mía, ¡para ya! ¿Qué se supone que debo hacer?
—¡Ni
que yo lo supiera! No puedo creer que nuestros padres piensen que eso
funcionará —añadió todavía con una sonrisa
—¿A
qué te refieres?
Se
encogió de hombros.
—No
sé. Desde siempre creí que, si alguna vez te casabas, sería más adelante. Y, la
verdad, pensaba que todos lo habían asumido.
—¿Y
qué significa eso exactamente?
Ese
gesto amable y familiar que, en realidad, había venido a buscar por fin llegó.
Me cogió de la mano y, con tono cariñoso, dijo:
—Vamos,
Eady. Tú siempre has sido muy independiente. Por eso eres perfecta para ser
reina. Te gusta tener la sartén por el mango, hacer las cosas a tu manera. Y
por eso nunca creí que te emparejarías con alguien hasta después de haber
gobernado el país durante unos años.
—No
me han dado esa opción, la verdad —balbuceé, y bajé la cabeza.
Ahren
hizo un mohín.
—Pobre
princesita. ¿Es que no quieres dirigir el mundo?
Le
aparté la mano con brusquedad.
—Siete
minutos… y habrías sido tú. En ese caso, me dedicaría a garabatear cartas de
amor, en lugar de ocuparme de todo ese estúpido papeleo financiero. ¡Y encima
esa estúpida Selección! ¿No te das cuenta de lo espantoso que es esto?
—¿Se
puede saber cómo te han embaucado para hacerlo? Por lo que tenía entendido, ese
proceso fue eliminado.
Puse
los ojos en blanco otra vez.
—Ni
siquiera me han pedido mi opinión. Y eso es lo peor de todo. Papá se enfrenta a
la oposición pública y pretende distraer a los ciudadanos —expliqué, y negué
con la cabeza—. Las cosas se están poniendo muy feas, Ahren. La gente destroza
hogares, negocios. Incluso ha habido muertos. Papá no está muy seguro de dónde
surge esa insatisfacción, pero sospecha que se trata de gente joven, de nuestra
edad. Cree que el pueblo que creció sin castas está provocando la mayoría de
los disturbios.
Hizo
una mueca.
—Pero
eso no tiene sentido. ¿Cómo es posible que crecer en un país sin restricciones
sea algo negativo?
Hice
una pausa para meditar la respuesta. ¿Cómo explicar algo que tan solo
intuíamos?
—Bueno,
yo crecí con la certeza de que, algún día, sería reina. Nunca me ofrecieron una
alternativa. Tú, en cambio, creciste sabiendo que tenías varias opciones.
Podías hacer la carrera militar, ser nombrado embajador, viajar de aquí para
allá. Pero ¿y si esa no fuera la verdad? ¿Y si, en realidad, no has tenido
todas esas oportunidades?
—Ajá
—murmuró—. Entonces, ¿no tienen las mismas oportunidades laborales?
—Ni
laborales, ni académicas, ni económicas. He oído que hay quien prohíbe a sus
hijos casarse por la casta a la que pertenecían. Está ocurriendo lo que papá
jamás creyó que podría suceder, y es casi incontrolable. ¿Se puede obligar a la
gente a ser justa y sensata?
—¿Y
eso es lo que papá está intentando arreglar? —preguntó con tono escéptico
—Sí,
y yo soy la cortina de humo que pretende utilizar para desviar su atención, al
menos hasta que se le ocurra un plan.
Se
rio por lo bajo.
—Eso
cuadra más. Que de la noche a la mañana te conviertas en una romanticona no te
pega nada.
Incliné
la cabeza de nuevo.
—Déjalo
ya, Ahren. El matrimonio no me interesa. Además, ¿qué importa? Hay mujeres que
pueden permitirse el lujo de seguir siendo solteras.
—Pero
nadie espera que esas mujeres den a luz a un heredero.
Le
solté un bofetón cariñoso.
—¡Ayúdame!
¿Qué hago?
Me
levantó la barbilla y me miró directamente a los ojos. Con Ahren no había
secretos: nos conocíamos tanto que, al igual que podía leer cualquier emoción
en sus ojos, él adivinó que estaba aterrorizada. No estaba molesta ni enfadada.
Tampoco ofendida o disgustada.
Estaba
asustada.
Muchos
esperaban de mí que fuera reina, que sostuviera el peso de millones de personas
sobre mi espalda. En eso consistía mi trabajo. Podía tachar tareas de una
lista, delegar. Pero lo que me estaban exigiendo ahora era algo mucho más
personal, un pedazo de mi vida que, en teoría, debía ser solo mío, pero que, al
parecer, no lo era.
Su
sonrisa juguetona se desvaneció. Ahren acercó su silla a la mía.
—Si
lo que pretenden es distraer al pueblo, quizá deberías sugerir otras…
posibilidades. Una posible boda no es la única opción. Ahora bien, dicho esto,
si mamá y papá han llegado a esta conclusión, es porque han descartado
cualquier otra opción.
Enterré
la cara entre mis manos. No quería confesarle que había intentado ofrecerle a
él como una alternativa, ni que había propuesto a Kaden como posible candidato.
Algo me decía que mi hermano llevaba razón, que la Selección era su última
esperanza.
—Seamos
sinceros, Eady. Serás la primera chica que se siente en ese trono por derecho
propio. Y la gente tiene muchas esperanzas puestas en ti.
—Lo
dices como si no lo supiera.
—Pero
—continuó— eso también te otorga un poder de negociación inmenso.
Levanté
la cabeza, algo confundida.
—¿Qué
quieres decir?
—Si
es verdad que necesitan que hagas eso, negocia.
Me
reacomodé en la silla y empecé a darle vueltas a esa idea, a qué podía pedir a
cambio. Debía de haber algún modo rápido de pasar por ello, sin ni siquiera
acabar con una petición formal.
¡Sin
una petición de matrimonio!
Si me
adelantaba a los acontecimientos, lo más seguro era que convenciera a papá de
casi cualquier cosa, siempre y cuando él consiguiera su ridícula Selección.
—¡Negociar!
—murmuré
—Eso
mismo.
Me
puse en pie, cogí a Ahren por las orejas y le planté un beso en la frente.
—¡Eres
mi héroe!
No
pudo ocultar una sonrisa.
—A tu
servicio, mi reina.
Me
reí y le empujé con ternura.
—Gracias,
Ahren.
—A
trabajar se ha dicho —dijo, y me acompañó hasta la puerta, aunque sospechaba
que, en realidad, estaba más impaciente y entusiasmado por acabar su carta de
amor que por que yo elaborara un plan.
Salí
disparada hacia mi habitación. Necesitaba pensar, volcar todas mis ideas. Al
doblar la esquina, choqué con alguien y me caí de bruces sobre la alfombra.
—¡Au!
—me quejé.
Cuando
levanté la mirada vi a Kile Woodwork, el hijo de la señorita Marlee.
Los
aposentos de Kile y del resto de la familia Woodwork estaban en el mismo piso
que los de nuestra familia, un honor excepcional. O irritante, dependiendo de
la relación que uno mantuviera con los Woodwork.
—¿Te
importa? —le solté.
—No
era yo quien corría por el pasillo —respondió él mientras recogía unos libros
del suelo—. Uno debe mirar por dónde va.
—Un
caballero ofrecería su mano ahora mismo —le recordé.
Unos
mechones de cabello se deslizaron sobre sus ojos. Necesitaba desesperadamente
un corte de pelo… y afeitarse. Además, la camisa le iba demasiado grande. No
sabía qué me avergonzaba más: si él por parecer un tipo desaliñado y
descuidado, o si mi propia familia por estar obligada a codearse con un
desastre como ese.
Lo
que más me fastidiaba del asunto era que él no siempre iba hecho un desastre.
¿Tanto le costaba pasarse un cepillo por el pelo?
—Eadlyn,
tú nunca me has considerado un caballero.
—Cierto
—murmuré.
Me
incorporé sin su ayuda y me sacudí el vestido.
Por
suerte, durante los últimos seis meses, me había librado de la apasionante
compañía de Kile. Se había mudado a Fennley para realizar un curso intensivo…,
o algo así; su madre lamentó su ausencia desde el mismo día en que se marchó.
No sabía qué había estado estudiando y, a decir verdad, me importaba bien poco.
Pero ahora había vuelto y su presencia era otro factor estresante de una lista
que no paraba de crecer.
—¿Y
qué asunto empujaría a una dama como tú a correr de ese modo por los pasillos?
—Asuntos
que un mentecato como tú no lograría comprender.
Se
rio.
—Claro,
porque soy un simplón. Es un milagro que sea capaz de ducharme solito
Estuve
a punto de preguntarle si realmente se duchaba, pues, por su aspecto, habría
jurado que era alérgico al jabón.
—Espero
que alguno de esos libros sea un manual básico sobre protocolo. Necesitas un
repaso, en serio.
—Todavía
no eres reina, Eadlyn. Que no se te suban los humos a la cabeza —dijo, y se
marchó.
Me
puse furiosa. ¿Qué quería decir con eso?
Decidí
dejarlo pasar. Ahora mismo tenía problemas mucho más importantes que la falta
de modales de Kile. No podía perder el tiempo discutiendo por nimiedades ni
preocupándome por asuntos que no pusieran en grave peligro la Selección.