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viernes, 26 de junio de 2015

LA HEREDERA C16

Capítulo 16
Trabajar no mejoró mi estado de ánimo. Seguía muy desconcertada por lo ocurrido en la cita con Hale. Además, cada vez que discutía con mi hermano mellizo, perdía mi equilibrio. El planeta dejaba de girar sobre su eje. Y, como guinda del pastel, no podía quitarme de la cabeza aquel ridículo comentario de Josie.
En mi mente se arremolinaban palabras ajenas, comentarios, dudas, preguntas, e intuía que el día solo haría que empeorar.
—¿Quieres saber algo? —dijo papá, y levantó la vista de una documentación—. Yo también me preocupé al principio. A medida que el grupo de pretendientes va menguando, todo se hace más fácil.
Sonreí. «Está bien, deja que piense que he tenido un flechazo», me dije.
—Lo siento, papá.
—En absoluto. ¿Quieres que me ocupe de tu trabajo hoy? ¿Necesitas tomarte la tarde libre?
Coloqué bien mis papeles.
—No, claro que no. Soy perfectamente capaz de compaginar ambas cosas.
—Y no me cabe la menor duda, cariño. Yo solo…
—La Selección ya me ha robado demasiado tiempo de mi trabajo. No quiero desatender mis obligaciones. Estoy bien.
No pretendía ser tan brusca con él.
—De acuerdo —murmuró; se ajustó las gafas y reanudó su lectura.
Yo, por mi parte, traté de hacer lo mismo.
¿Qué había querido decir Ahren con que no estaba enfadada solo por la cita? Yo sabía muy bien por qué estaba molesta. ¿Y en qué momento me había mofado de él por su relación con Camille? No hablaba con ella mucho, en eso llevaba razón, pero solo era porque apenas teníamos cosas en común. Pero la chica no me caía mal.
Sacudí la cabeza y me centré en el papeleo.
—No te sientas culpable por querer airearte un poco —insistió papá—. Podrías ir a buscar a uno de los seleccionados y disfrutar de su compañía. Vuelve después del almuerzo. Así tendrás algo que comentar en el Report.
Me invadió un sinfín de emociones. Me aterraba reconocer que, después de mi cita con Hale, me sentía demasiado expuesta… o que el apasionado beso con Kile me había dejado aturdida. Intentar comprender aquellos sentimientos tan opuestos ya era bastante abrumador por sí solo; no quería añadir un número más a la ecuación.
—Anoche tuve una cita, papá. ¿No es suficiente?
Se quedó pensativo.
—Tienes que empezar a avisarnos de tus citas. A todos nos iría bien tener a mano las fotografías de un puñado de pretendientes. Y, en mi humilde opinión, deberías tener al menos una cita más antes del viernes.
—¿Hablas en serio? —lloriqueé.
—Planea algo divertido. Y deja de considerarlo como un trabajo.
—¡Pero es que lo es! —protesté con una carcajada de incredulidad.
—También puede ser agradable, Eadlyn. Dale una oportunidad —añadió. Me miró por encima de sus gafas y, por un instante, pensé que me estaba desafiando.
—De acuerdo. Una cita. Es todo lo que pienso darte, abuelo —bromeé.
El comentario le pareció gracioso.
—Abuelo, eso me gusta.
Papá se centró de nuevo en el trabajo, satisfecho. Yo, en cambio, me quedé ahí sentada, observándole desde mi escritorio. Estiraba los brazos cada dos por tres, se frotaba la nuca y, a pesar de que aquel día no había tareas urgentes, no dejó de pasarse los dedos por el pelo, como si estuviera intranquilo.
No podía quitarme a Hale de la cabeza, así que iba a estar vigilándole muy de cerca.
Decidí que Baden sería mi próximo objetivo. Quizá la tía May se había olido algo, porque el muchacho no se mostró presuntuoso, ni tampoco trató de esconderse. Cuando alguien le arrebató su momento de gloria, no montó ninguna escena. Y, cuando me acerqué a él para pasar un tiempo a solas, centró toda su atención en mí.
—Toca el piano, ¿verdad? —preguntó Baden cuando le propuse una cita.
—¿Por qué no me tuteas? Y sí. No tan bien como mi madre, pero no se me da mal.
—Lo mío es la guitarra. Quizá tú y yo podríamos componer algo de música juntos.
Jamás se me habría ocurrido tal cosa. La música podría comprometerme menos que una larga conversación, así que acepté sin pensármelo dos veces.
—Claro. Reservaré la Sala de las Mujeres para nosotros.
—¿Se me permite entrar ahí? —murmuró con cierto escepticismo.
—Si estás conmigo, sí. Me aseguraré de que no venga nadie más. Mi piano favorito de palacio está ahí. ¿Necesitas una guitarra?
Él respondió con una sonrisa de superioridad.
—Qué va. Me he traído la mía.
Baden se pasó una mano por el cabello. Parecía muy relajado. Yo seguía empecinada en aparentar ser una muchacha distante e inescrutable, pero, aun así, había un grupito de candidatos a los que mi actitud no les achicaba en absoluto. Baden era uno de ellos.
—¿Qué posibilidades hay de que la sala esté vacía ahora mismo? —preguntó.
Aquel entusiasmo me sacó una sonrisa.
—Muchísimas, de hecho. Pero tengo trabajo que hacer.
Bajó la cabeza y advertí una mirada traviesa.
—Siempre hay trabajo que hacer. Apuesto a que trabajarías hasta las tres de la madrugada si fuera necesario.
—Cierto, pero…
—El trabajo seguirá ahí cuando regreses.
Junté las manos y medité la propuesta.
—Se supone que no debo saltarme…
Y él, en voz baja, empezó a canturrear:
—¡Sáltatelo! ¡Sáltatelo! ¡Sáltatelo!
Camuflé una sonrisa incipiente. Para ser honesta, debería habérselo comunicado a alguien. Estaba a punto de tener otro encuentro clandestino…, pero quizá me merecía uno más. «La semana que viene», regateé conmigo misma. «Después del Report de hoy, ya me preocuparé de las cámaras», concluí.
—¿Dónde está tu guitarra? —exclamé, cediendo así a la tentación.
—¡Dame dos minutos! —respondió él, y salió como una bala hacia el pasillo.
Meneé la cabeza y recé para que no le contara a todo el mundo que la princesa era, en realidad, un ser pusilánime, manejable.
Entré en la Sala de las Mujeres con la esperanza de que estuviera despejada. Pensé que solo estaría la señorita Marlee, sentada en una esquina, leyendo. Y di en el clavo.
—Alteza —saludó. Era uno de esos detalles curiosos que siempre me habían llamado la atención. Muchísima gente me llamaba así, pero cuando lo hacían las amigas de mamá, sabía que, en cualquier momento, podían referirse a mí como Calabaza, Nena o Cariño. No me importaba, pero me extrañaba.
—¿Dónde está mamá?
Cerró el libro de golpe.
—Migraña. Fui a verla y me obligó a irme. Cualquier sonido le resulta insoportable.
—Ah. En principio, iba a tener una cita, pero quizá sería más prudente comprobar que está bien.
—No —insistió—. Necesita descansar. Además, tus padres estarán más que dichosos si saben que has planeado una cita.
Pensé en ello durante unos instantes. Si de veras se encontraba tan mal, quizá lo más sensato fuera esperar un poco.
—Emm, de acuerdo. Por cierto, ¿te importaría que utilizara este salón? Baden y yo vamos a componer música —expliqué—. En el sentido literal de la palabra, claro está.
Ella soltó una risita y se levantó.
—Ningún problema.
—¿Se te hace raro? —pregunté de repente—. ¿El hecho de que Kile forme parte de esto? ¿Saber que voy a tener una cita con alguien que no es él? ¿Te molesta?
—Reconozco que me quedé de piedra cuando os vi en la portada de todos los periódicos —comentó, y sacudió la cabeza, como si no lograra imaginar cómo había ocurrido tal cosa. Después se acercó a mí. Si alguien nos hubiera estado espiando, habría pensado que estábamos revelándonos un gran secreto—. Pero te olvidas de que tus padres no son los únicos que han pasado por una Selección.
Aquello me cayó como un jarro de agua fría. Qué idiota. ¿Por qué no se me había ocurrido?
—Recuerdo a tu padre haciendo malabares para encontrar tiempo para todo el mundo, tratando de complacer a todos los que le rodeaban mientras buscaba a su media naranja. Tu situación es aún más complicada, porque la Selección implica mucho más que eso. Estás haciendo historia y, al mismo tiempo, estás intentando captar la atención del pueblo. Decir que este momento es «duro» es un eufemismo.
—Llevas razón —admití.
En ese momento, noté el peso de la responsabilidad sobre mis hombros.
—No tengo ni la más remota idea de cómo Kile y tú acabasteis…, bueno…, en esa situación, pero no me asombraría que estuviera en lo más alto de la lista. En cualquier caso, muchas gracias.
Eso sí que me pilló por sorpresa.
—¿Por qué? No he hecho nada.
—Oh, claro que sí —me contradijo—. Estás dando tiempo a tus padres, todo un gesto de generosidad por tu parte. Pero yo también me estoy beneficiando de eso. No sé cuánto tiempo más podré retenerle aquí.
Alguien llamó a la puerta.
Me volví.
—Debe de ser Baden.
Apoyó una mano sobre mi hombro.
—Tranquila, quédate aquí. Ahora le hago pasar.
—¡Oh! —soltó Baden cuando la señorita Marlee le abrió la puerta.
Ella se rio por lo bajo.
—No te preocupes, ya me iba. La princesa te está esperando.
Baden alargó el cuello y me vio al fondo de la sala. No perdió la sonrisa en ningún momento. Entró triunfante, feliz de estar conmigo y con nadie más.
—¿Es ese? —preguntó, y señaló detrás de mí.
Me giré y vi el piano.
—Sí. El tono es maravilloso y esta habitación tiene una acústica espectacular.
Serpenteó entre aquel laberinto de asientos, con la funda de la guitarra golpeándole la pierna con cada paso, hasta llegar al piano.
Sin preguntar, cogió una silla sin reposabrazos y la arrastró junto a la banqueta. Acaricié las teclas y toqué una escala rápida.
Baden afinó la guitarra; la madera estaba vieja y se veía usada.
—¿Cuándo aprendiste a tocar? —preguntó.
—No lo recuerdo. Mi madre siempre me sentaba a su lado cuando tocaba el piano, así que creo que aprendí por imitación.
—Siempre he oído que tu madre es una pianista fantástica. Me parece que la oí tocar en la televisión una vez, para un programa de Navidad…, o algo así.
—Cada año da un concierto para Navidad.
—¿Es su época preferida del año? —quiso saber.
—Por un lado, sí; por otro, no. Además, casi siempre toca cuando está preocupada o triste.
—¿A qué te refieres? —insistió mientras tensaba una cuerda.
—Bueno, ya sabes —respondí—. Las vacaciones pueden ser estresantes.
Me sentía incómoda contando cosas de mamá; perdió a su padre y a su hermana durante esa época del año, por no mencionar aquel horrible ataque que a punto estuvo de arrebatarle a su marido.
—Me cuesta imaginarme unas Navidades tristes aquí. Si fuera pobre, entendería su ansiedad.
—¿Por qué?
Sonrió para sí.
—Porque ver a tus amigos recibir montones de regalos cuando tú tienes las manos vacías es muy duro.
—Oh.
Me llamó la atención que se tomara nuestra diferencia social con tanta filosofía; muchos otros se habrían enfadado, o me habrían tildado de esnob. Examiné a Baden para aprender más sobre él. La guitarra era vieja, pero me resultaba imposible valorar su estado financiero mientras llevara la ropa que el propio palacio le había proporcionado. Entonces recordé lo que la tía May había comentado sobre su apellido.
—Estudias en la universidad, ¿verdad? —pregunté.
Él asintió.
—Bueno, mis estudios ahora están en el aire. Algunos de mis profesores se quedaron descolocados cuando les di la noticia, pero la mayoría de ellos me deja enviar los proyectos para así poder acabar el semestre desde aquí.
—Es impresionante.
Encogió los hombros.
—Sé lo que quiero y estoy dispuesto a hacer todo lo que esté en mi mano para conseguirlo.
Le miré con cierta curiosidad.
—¿Y cómo encaja la Selección en ese plan?
—Vaya, ya veo que no das puntada sin hilo.
Una vez más, ni rastro de ira. Casi trataba aquel asunto como una broma.
—En mi opinión, es una pregunta justa —añadí.
Empecé a tocar una de las melodías clásicas que mamá me había enseñado. Baden conocía la canción y no tardó en unirse. Jamás me había parado a pensar en cómo sonaría acompañada por el sonido de una guitarra.
La música ganó la batalla a la conversación. Pero no dejamos de comunicarnos. Él me miraba a los ojos y yo estudiaba sus dedos. Nunca antes había tocado con alguien que no fuera mamá y, a decir verdad, estaba disfrutando como nunca.
Seguimos tocando la canción; apenas tuvimos un par de tropiezos. A un oído poco afinado se le habrían pasado por alto. Sonó la última nota y alcé la mirada; la sonrisa de Baden transmitía pura felicidad.
—Solo conozco un puñado de clásicos. La mayoría de Beethoven y Debussy.
—¡Qué talento tienes! Nunca imaginé que estas canciones pudieran tocarse con una guitarra.
—Gracias —murmuró con cierta timidez—. Y, para responder a la pregunta, estoy aquí porque quiero casarme. No he salido con muchas chicas, lo reconozco. Así que cuando se me presentó esta oportunidad, pensé que valía la pena intentarlo. ¿Que si estoy enamorado de ti? Hoy por hoy, no. Pero me gustaría averiguar si, algún día, podría estarlo.
Había algo en su tono de voz que me inspiraba confianza. Parecía un tipo transparente. Su intención era encontrar una pareja estable y, de no haber metido su nombre en el concurso, jamás me habría conocido en persona.
—Me gustaría hacerte una promesa, si no te importa —se ofreció.
—¿Qué tipo de promesa?
Punteó varias cuerdas.
—Una promesa sobre nosotros.
—Si vas a jurarme devoción incondicional, creo que todavía es demasiado pronto.
Baden meneó la cabeza.
—No, no es eso.
—De acuerdo. Soy toda oídos —dije. De pronto, empezó a tocar una melodía ligeramente familiar; no era un clásico, pero conocía aquella canción… Sin embargo, no fui capaz de ubicarla.
—Los dos sabemos que, en el momento en que decidas que ya no soy una opción razonable, me enviarás a casa para así poder centrarte en los demás candidatos. Ahí va mi promesa: si me doy cuenta de que no eres la mujer que estoy buscando, te lo diré. No quiero que ninguno de los dos perdamos el tiempo.
Asentí.
—Te lo agradezco.
—Bien —respondió con tono alegre, y luego empezó a vociferar—: «Y ella entra en la habitación con esa sonrisa, sonrisa, sonrisa y con esas piernas que a mí me ¡eclipsan, eclipsan, eclipsan! ¡Todas las miradas de la habitación buscan un poco de diversión!»
Al fin reconocí aquella balada. Era una canción de Choosing Yesterday que solía cantar en la ducha más veces de las que estaba dispuesta a admitir.
—«No puedo dejar de mirarla, mirarla, mirarla, hasta que suena esa canción y ella empieza a ¡bailarla, bailarla, bailarla! No puedo evitarlo, ¡esa chica es única!»
Me uní a Baden con el piano y, con una risita nerviosa, traté de tatarear el estribillo. De pronto, ambos nos pusimos a cantar a pleno pulmón, destrozando por completo la melodía, pero nos lo estábamos pasando tan bien que ni siquiera nos molestamos en afinar.
—«Oh, no tiene más de diecisiete años, pero es madura, tú y yo sabemos a qué me refiero. Es la chica más guapa que jamás he conocido, sí, ella es mía, ella es mi, ¡ella es mi reina!»
Seguí el ritmo de la canción junto con Baden, aunque, a decir verdad, durante toda mi vida solo había tocado piezas clásicas.
—¿Qué haces en la universidad? Deberías estar de gira —comenté.
—Ese es mi plan alternativo si lo de ser príncipe no cuaja —respondió. Era un chico tan cándido, tan de verdad—. Gracias por haber hecho novillos por mí.
—Ningún problema, pero debería volver al trabajo.
—¡Ha sido la cita más corta de la historia! —protestó.
Me encogí de hombros.
—Habrías disfrutado de más tiempo si hubieras esperado hasta esta noche.
Resopló.
—De acuerdo. Lección aprendida.
Tapé el teclado y él guardó la guitarra en la funda.
—¿Por qué no les enseñas la canción a los demás? —propuso—. Apuesto a que no son capaces de aprenderla.
—¿Qué? ¿Mi guitarra? No, no, no. ¡Es mi niña! —se quejó y, con suma ternura, acarició la funda desgastada y raída—. Si alguien la rompiera, me daría un infarto. Me la regaló papá, y tuvo que esforzarse mucho para comprarla. La cuido como si fuera un tesoro.
—A mí me pasa lo mismo con las tiaras.
—¡Pffff! —exclamó él, riéndose abiertamente de mí.
—¿Qué?
Se tapó los ojos y sacudió la cabeza.
—¡Tiaras! —Suspiró—. Toda una princesa, ¿eh?
—¿Creías que este trabajo no tiene su recompensa?
—Me gusta, ¿sabes? Que protejas tus tiaras como yo mi guitarra. Me gusta que sean tu talón de Aquiles.
Empujé la puerta y salimos al pasillo.
—Bien. Porque son preciosas.
Él sonrió.
—Gracias por pasar este rato conmigo.
—Gracias a ti. Ha sido un placer.
De pronto, se hizo un silencio incómodo.
—¿Nos estrechamos la mano, nos abrazamos o qué?
—Puedes besarme la mano —contesté, y alargué el brazo.
Baden me tomó la mano enseguida.
—Hasta la próxima.
Me besó la mano, se inclinó y se dirigió hacia su dormitorio. Me marché pensando en la tía May. En cuanto le contara lo ocurrido, estaría encantada de recordarme que ya me lo advirtió.
Sabía que sería el foco de atención del Report. En general, dar discursos o informaciones de última hora no me fastidiaba. Pero sabía que esa noche iba a ser distinta. Por un lado, sería la primera vez que me enfrentaba al público desde el altercado del desfile y, por otro, intuía que querrían saber algo más de Kile.
Opté por un vestido rojo. Ese color me daba confianza, seguridad. También me recogí el pelo en un moño alto para parecer más madura.
Avisté a la tía May pululando por el fondo. Al verme, me guiñó un ojo. Mamá estaba ayudando a papá a anudarse la corbata. Oí a uno de mis hermanos pequeños aullar y, al girarme, vi que Alex sujetaba algo afilado en la mano. Se estaba palpando el trasero, como si le doliera. Escudriñé el estudio y encontré a Osten escondido en un rincón, desternillándose de risa.

Con tanta gente, el plató parecía estar demasiado abarrotado, lo que solo hizo que aumentara mi desasosiego. Oí mi nombre y, aunque no fue más que un susurro, me sobresalté.
—Lo siento, alteza —se disculpó Erik.
—Tranquilo, es que estoy un poco nerviosa. ¿En qué puedo ayudarte?
—No pretendía molestarla, pero no sé a quién preguntárselo. ¿Dónde debo sentarme para poder traducir a Henri su discurso?
Sacudí la cabeza.
—Qué desconsiderado por mi parte. No lo había pensado. Ven, sígueme.
Escolté a Erik hasta el director de escenario y colocamos a Henri en la última fila de las gradas. A Erik le asignaron un asiento justo detrás de él; era un asiento lo suficiente bajo para que nadie le viera mientras traducía a Henri los distintos discursos.
No me moví de su lado hasta que todos los presentes ocuparon sus correspondientes asientos. Henri levantó el pulgar y Erik se acercó a mí para darme las gracias.
—La próxima vez que me surja una duda, acudiré al director de escenario. No volveré a importunarla. Perdóneme.
—No pasa nada, de veras. Quiero que los dos estéis cómodos.
Erik inclinó la cabeza y, con ademán tímido, sonrió:
—No se preocupe por mi comodidad, alteza. No soy un pretendiente.
—¡Eadlyn! Eadlyn, ¿dónde estás? —me llamó mamá.
Me giré de inmediato.
—Mamá, aquí.
Ella se llevó una mano al corazón, como si estuviera a punto de darle un ataque.
—No te encontraba. Por un momento pensé que te habías echado atrás —farfulló.
—Cálmate, mamá —respondí, y le sujeté de la mano—. No soy perfecta, pero tampoco una cobarde.
Las mujeres iban a ser las protagonistas del Report de esa noche. Mamá anunció que algunas provincias se encargaban de la gestión de los sistemas de ayuda y animó a las demás a seguir el ejemplo de las tres provincias norteñas que estaban socorriendo a los indigentes, proporcionándoles un plato caliente de comida y cuatro nociones básicas sobre finanzas y entrevistas laborales. La señorita Bryce explicó una propuesta de perforación que afectaría a una buena parte de Illéa central. Beneficiaría a todo el país, pero antes las seis provincias tendrían que aprobar la propuesta por votación. Y después, como era de esperar, todas las miradas se posaron en los chicos.
Gavril subió al escenario. Era todo un galán y esa noche estaba particularmente elegante. Caminaba como si tuviera un diminuto muelle en el tacón de los zapatos. Esta era la quinta Selección que Illéa había vivido, y él había presenciado tres de ellas. Todos sabíamos que, cuando el proceso acabara, buscaría a alguien que le reemplazara. No podía estar más orgulloso de la última tarea que la familia real le había encargado.
—Por supuesto, damas y caballeros, dedicaremos varias horas de emisión a los encantadores jóvenes que conforman la Selección. De momento, ¿por qué no saludamos a algunos de ellos?
Gavril cruzó el escenario en busca de alguien en particular. Me pregunté si le habría costado tanto como a mí memorizar todos los nombres.
—Señor Harrison —empezó, y se detuvo frente a un joven de expresión dulce y cabellera grasienta.
—Buenas noches —saludó Harrison. Sonrió y advertí unos divertidos hoyuelos.
—¿Qué tal tu experiencia en palacio?
—Fantástica. Siempre quise visitar Angeles, así que estar aquí es como un sueño hecho realidad.
—¿Algún problema hasta el momento? —le pinchó Gavril.
Harrison se encogió de hombros.
—Me preocupaba que nos enzarzáramos en peleas desde el alba hasta el anochecer, disputando la mano de la princesa —dijo, y me señaló. Esbocé una sonrisa de inmediato, porque sabía que la cámara estaría sacando un primer plano de mi cara—. Pero la verdad es que todos los pretendientes se han portado genial.
Gavril pasó el micrófono al chico que estaba a su lado.
—¿Y qué me dices de ti? ¿Me recuerdas tu nombre?
—Fox. Fox Wesley —respondió. Tenía la tez bronceada, pero, a diferencia de mí, no había nacido así. Supuse que debía de pasar mucho tiempo al aire libre—. Para ser sincero, y espero no ser el único aquí a quien le esté pasando esto, el gran desafío es sentarse a la mesa. Tenemos más de doce tenedores cada uno.
Algunos de los presentes soltaron una risita. Gavril asintió:
—Lo más inquietante de todo es dónde pueden almacenar tantos cubiertos.
—Es una locura —balbuceó el tipo que había detrás de Fox.
—Oh, señor Ivan, ¿verdad? —preguntó Gavril, y le acercó el micro.
—Sí, señor. Me alegro de conocerle.
—Lo mismo digo. ¿Qué tal te las arreglas durante las comidas?
Ivan alzó las manos, como si el asunto fuera de suma importancia.
—Ahora me dedico a utilizar un tenedor para cada bocado. Los voy dejando en el centro de la mesa, formando una pila. De momento, funciona.
Toda la sala se echó a reír ante aquella respuesta tan ridícula. Gavril se alejó del grupo y se dirigió a las cámaras.
—Es más que evidente que tenemos a un grupo de candidatos la mar de divertidos. Así que, ¿por qué no charlamos con la jovencita que ha logrado deshacerse de todas sus rivales? Damas y caballeros, su alteza real, la princesa Eadlyn Schreave.
—A por ellos —susurró Ahren en cuanto me levanté de mi asiento. Caminé hasta el centro del escenario y recibí al querido Gavril con un abrazo.
—Siempre es un placer verla, alteza —dijo, y me acomodé en el sillón que había justo delante de él, en el centro del escenario.
—Igualmente, Gavril.
—Bueno, aquí estamos. Ya hace una semana que se dio el pistoletazo de salida a la primera Selección masculina. ¿Cuál es su valoración?
Le dediqué una sonrisa digna de un premio cinematográfico.
—Creo que está yendo bien. Tengo mucho trabajo que hacer, así que podría decirse que está siendo un inicio tranquilo.
Gavril miró hacia atrás por encima del hombro.
—A juzgar por el número de pretendientes, yo no calificaría este inicio como tranquilo.
Pestañeé y solté una risa tonta.
—Sí, tienes razón. Eliminé a casi un tercio de todos los caballeros que fueron invitados a palacio. Soy una mujer que confía en su instinto y, entre la presentación inicial y la información que me facilitaron sobre ellos, tomé una decisión.
Gavril inclinó la cabeza.
—Al parecer, es usted de las que se deja guiar por la cabeza, no por el corazón.
No quería ruborizarme delante de las cámaras, así que traté de serenarme, pero no me atreví a comprobar si me había puesto como un tomate.
—¿Estás sugiriendo que me enamore de los treinta y cinco candidatos a la vez?
Él arqueó las cejas.
—Dicho así…
—Exacto. Solo tengo un corazón, y quiero reservarlo.
Oí gritos ahogados en la sala; me había salido con la mía. ¿Cuántas frases cursis tendría que memorizar durante los siguientes meses para entretener al público? Y fue entonces cuando caí en la cuenta de que, en realidad, no había planeado esas palabras. Era lo que sentía. Se me habían escapado sin querer.
—Por lo visto, a veces también se deja guiar por el corazón —dijo maliciosamente—. Y tengo una foto que lo demuestra.
Proyectaron una gigantesca fotografía donde se nos veía a Kile y a mí. El estudio estalló en gritos y aplausos.
—¿Podríamos invitarle a bajar? ¿Dónde está el señor Kile?
Él se levantó de un brinco del asiento y se sentó a mi lado.
—Esta es una situación muy curiosa para mí —empezó Gavril—. Les conozco desde pequeños.
Kile se rio.
—El otro día estaba pensando lo mismo. Mi madre me contó que una vez entré gateando en el estudio. Me cogiste en brazos y despediste el Report.
Gavril abrió los ojos de par en par.
—¡Es cierto! ¡Se me había olvidado por completo!
Miré a Kile. Aquella anécdota me pareció divertida. Debió de ocurrir antes de que yo naciera.
—Y bien, por lo que reflejan estas fotografías, todo apunta a que vuestra amistad de infancia se ha convertido en algo más, ¿o no?
Kile me miró fijamente, pero yo negué con la cabeza. No pensaba ser la primera en comentar esa instantánea.
Al final, él dio su brazo a torcer.
—Te seré sincero. Nunca creímos que pudiéramos ser algo más hasta que nos obligaron a hacerlo.
Nuestras familias se carcajearon de forma escandalosa.
—Aunque reconozco que, si se hubiera cortado el pelo hace años, quizá sí me lo hubiera planteado —bromeé.
Gavril no daba crédito a lo que estaba sucediendo.
—Bueno, todo el mundo se muere por saberlo: ¿cómo llegó ese beso?
Sabía que, tarde o temprano, esa pregunta llegaría, pero estaba muerta de vergüenza. Exponer mi vida privada de ese modo era peor de lo que había imaginado.
Por suerte, Kile se encargó de encauzar el tema.
—Fue toda una sorpresa, y creo que hablo por los dos. Fue un momento especial, pero no hay que confiarse. He compartido una semana con estos chicos y sé de buena tinta que muchos podrían ser un príncipe estupendo.
—¿En serio? ¿Está de acuerdo con eso, princesa? ¿Ha tenido algún otro encuentro romántico esta semana?
Las palabras de Gavril se perdieron por el camino. De hecho, no las oí hasta haber procesado todo lo que Kile acababa de decir. ¿Hablaba en serio? ¿No sentía nada en absoluto? ¿O tan solo pretendía mantener su privacidad?
Aterricé de nuevo en la cruda realidad y asentí con fingido entusiasmo.
—Sí, varios.
Gavril me fulminó con la mirada.
—¿Y?
—Y han sido maravillosos.
No estaba de humor para chismorreos y, además, las declaraciones de Kile me habían hecho dudar de si debía compartir cada paso que daba con el resto del mundo.
—Hmm —murmuró Gavril, y se volvió hacia el grupo de seleccionados—. Quizá podremos sonsacar algo más de información a estos caballeros. Kile, regresa a tu asiento, por favor. Y bien, ¿quiénes han sido los afortunados?
Baden fue el primero en levantar la mano, seguido por Hale.
—Bajad al escenario, caballeros.
Gavril empezó a aplaudir y toda la sala vitoreó a los candidatos. Hale y Baden, un tanto ruborizados, se levantaron y se acercaron al centro. Me consideraba una chica bastante inteligente, pero no lo bastante como para rogarles que mantuvieran el pico cerrado sin que los presentes ni las cámaras me pillaran.
Y solo entonces me di cuenta de algo. Kile me había leído el pensamiento. Quizá porque nos conocíamos desde que éramos unos críos.
—¿Puedes recordarme tu nombre, por favor? —preguntó Gavril.
—Hale Garner —respondió, y se apretó el nudo de la corbata, aunque lo cierto era que la tenía perfecta.
—Ah, sí. Y bien, ¿qué nos puedes desvelar de tu cita con la princesa?
Hale me regaló una sonrisa un tanto cohibida y luego se dirigió a Gavril.
—Bueno, puedo decir que nuestra princesa es tan lista, atenta y refinada como esperaba. Bueno… y que tenemos varias cosas en común. Ambos tenemos varios hermanos pequeños y, para ser sincero, me gustó poder hablar de mi trabajo como sastre con una joven tan coqueta y con tanto estilo. Vale un imperio.
Agaché la cabeza e intenté tomarme el cumplido en broma, pero sin bajar la guardia.
—Pero, más allá de eso, espero que me perdone, prefiero guardarme los detalles para mí —añadió Hale.
Gavril hizo una mueca.
—¿No vas a contarnos nada?
—Estará de acuerdo conmigo en que el amor es un asunto privado. Me incomoda hablar de esto sobre un escenario.
—Puede que el caballero que tengo a mi derecha nos dé más información —dijo Gavril con picardía y mirando a las cámaras—. ¿Cómo te llamabas?
—Baden Trains.
—¿Y qué hiciste con la princesa?
—Tocamos música. La princesa Eadlyn ha heredado el talento de su madre.
A mamá le salió un «oh» del corazón.
—¿Y?
—Y además es una bailarina excelente, incluso sentada. Y, por si alguien no lo sabía, la princesa está al día de la música actual —añadió.
Baden soltó una carcajada, como otros muchos.
—¿Y? —presionó Gavril.
—Y la besé en la mano… y espero poder darle más besos en un futuro.
Tierra, trágame. Por algún motivo, que Baden hubiera pedido un beso me provocó más bochorno que comentar el momento de intimidad con Kile.
Todo el plató estalló en gritos de ánimo por segunda vez. Y, por si eso fuera poco, Gavril no dejó de añadir más leña al fuego. Por desgracia para él, mis pretendientes no dieron ningún otro detalle jugoso. Kile era el único que podía haber desvelado algo remotamente interesante, pero ya habíamos cambiado de tema.
—Pareces decepcionado, Gavril —remarqué.
Él hizo pucheros.
—Alteza, estoy tan emocionado por usted que quiero saber todo lo que está ocurriendo. Y, si pudiéramos preguntárselo a nuestros espectadores, creo que todos estarían de acuerdo conmigo.
—Bueno, no hay de qué preocuparse. Mañana organizaré un pequeño guateque en honor de los seleccionados. Todos los miembros de palacio están invitados. Las cámaras inmortalizarán el evento para que así toda Illéa pueda ser testigo del proceso de Selección.
El plató se puso a aplaudir de nuevo. Josie estaba prácticamente flotando de felicidad.
Gavril despachó a Hale y a Baden, que volvieron a sus asientos, junto con el resto, y después prosiguió con la entrevista.
—¿Y qué más puede contarnos sobre ese guateque, alteza?
—Se celebrará en los jardines. Disfrutaremos del sol y aprovecharemos para conocernos un poco más.
—Suena maravilloso. Muy relajante.
—Sí, salvo por un pequeño detalle —comenté.
—¿Y cuál es?
—Tras la fiesta habrá una eliminación.

Los murmullos y cuchicheos fueron inmediatos. Era consciente de que aquella bomba habría despertado la curiosidad de los chicos.
Continué para así acallar todos los comentarios.
—Podría ser uno, podrían ser tres… No lo sé. Así que, caballeros —anuncié, y me volví hacia los seleccionados—, vengan preparados.
—Qué nervios, por favor. Me muero por saber cómo acaba esto, y estoy convencido de que será un acto fantástico. Una última pregunta antes de dar por acabado el programa.
Erguí la espalda.
—Dispara.
—¿Qué busca en un marido?
¿Qué buscaba? Mi independencia. Paz, libertad… y la felicidad que creía tener hasta que Ahren la cuestionó.
Me encogí de hombros.

—No creo que nadie sepa lo que busca hasta que lo encuentra.