Capítulo 16
Trabajar no mejoró mi estado de
ánimo. Seguía muy desconcertada por lo ocurrido en la cita con Hale. Además,
cada vez que discutía con mi hermano mellizo, perdía mi equilibrio. El planeta
dejaba de girar sobre su eje. Y, como guinda del pastel, no podía quitarme de
la cabeza aquel ridículo comentario de Josie.
En mi
mente se arremolinaban palabras ajenas, comentarios, dudas, preguntas, e intuía
que el día solo haría que empeorar.
—¿Quieres
saber algo? —dijo papá, y levantó la vista de una documentación—. Yo también me
preocupé al principio. A medida que el grupo de pretendientes va menguando,
todo se hace más fácil.
Sonreí.
«Está bien, deja que piense que he tenido un flechazo», me dije.
—Lo
siento, papá.
—En
absoluto. ¿Quieres que me ocupe de tu trabajo hoy? ¿Necesitas tomarte la tarde
libre?
Coloqué
bien mis papeles.
—No,
claro que no. Soy perfectamente capaz de compaginar ambas cosas.
—Y no
me cabe la menor duda, cariño. Yo solo…
—La
Selección ya me ha robado demasiado tiempo de mi trabajo. No quiero desatender
mis obligaciones. Estoy bien.
No
pretendía ser tan brusca con él.
—De
acuerdo —murmuró; se ajustó las gafas y reanudó su lectura.
Yo,
por mi parte, traté de hacer lo mismo.
¿Qué
había querido decir Ahren con que no estaba enfadada solo por la cita? Yo sabía
muy bien por qué estaba molesta. ¿Y en qué momento me había mofado de él por su
relación con Camille? No hablaba con ella mucho, en eso llevaba razón, pero
solo era porque apenas teníamos cosas en común. Pero la chica no me caía mal.
Sacudí
la cabeza y me centré en el papeleo.
—No
te sientas culpable por querer airearte un poco —insistió papá—. Podrías ir a
buscar a uno de los seleccionados y disfrutar de su compañía. Vuelve después
del almuerzo. Así tendrás algo que comentar en el Report.
Me
invadió un sinfín de emociones. Me aterraba reconocer que, después de mi cita
con Hale, me sentía demasiado expuesta… o que el apasionado beso con Kile me
había dejado aturdida. Intentar comprender aquellos sentimientos tan opuestos ya
era bastante abrumador por sí solo; no quería añadir un número más a la
ecuación.
—Anoche
tuve una cita, papá. ¿No es suficiente?
Se
quedó pensativo.
—Tienes
que empezar a avisarnos de tus citas. A todos nos iría bien tener a mano las
fotografías de un puñado de pretendientes. Y, en mi humilde opinión, deberías
tener al menos una cita más antes del viernes.
—¿Hablas
en serio? —lloriqueé.
—Planea
algo divertido. Y deja de considerarlo como un trabajo.
—¡Pero
es que lo es! —protesté con una carcajada de incredulidad.
—También
puede ser agradable, Eadlyn. Dale una oportunidad —añadió. Me miró por encima
de sus gafas y, por un instante, pensé que me estaba desafiando.
—De
acuerdo. Una cita. Es todo lo que pienso darte, abuelo —bromeé.
El
comentario le pareció gracioso.
—Abuelo,
eso me gusta.
Papá
se centró de nuevo en el trabajo, satisfecho. Yo, en cambio, me quedé ahí
sentada, observándole desde mi escritorio. Estiraba los brazos cada dos por
tres, se frotaba la nuca y, a pesar de que aquel día no había tareas urgentes,
no dejó de pasarse los dedos por el pelo, como si estuviera intranquilo.
No
podía quitarme a Hale de la cabeza, así que iba a estar vigilándole muy de
cerca.
Decidí que Baden sería mi
próximo objetivo. Quizá la tía May se había olido algo, porque el muchacho no
se mostró presuntuoso, ni tampoco trató de esconderse. Cuando alguien le
arrebató su momento de gloria, no montó ninguna escena. Y, cuando me acerqué a
él para pasar un tiempo a solas, centró toda su atención en mí.
—Toca
el piano, ¿verdad? —preguntó Baden cuando le propuse una cita.
—¿Por
qué no me tuteas? Y sí. No tan bien como mi madre, pero no se me da mal.
—Lo
mío es la guitarra. Quizá tú y yo podríamos componer algo de música juntos.
Jamás
se me habría ocurrido tal cosa. La música podría comprometerme menos que una
larga conversación, así que acepté sin pensármelo dos veces.
—Claro.
Reservaré la Sala de las Mujeres para nosotros.
—¿Se
me permite entrar ahí? —murmuró con cierto escepticismo.
—Si
estás conmigo, sí. Me aseguraré de que no venga nadie más. Mi piano favorito de
palacio está ahí. ¿Necesitas una guitarra?
Él
respondió con una sonrisa de superioridad.
—Qué
va. Me he traído la mía.
Baden
se pasó una mano por el cabello. Parecía muy relajado. Yo seguía empecinada en
aparentar ser una muchacha distante e inescrutable, pero, aun así, había un
grupito de candidatos a los que mi actitud no les achicaba en absoluto. Baden
era uno de ellos.
—¿Qué
posibilidades hay de que la sala esté vacía ahora mismo? —preguntó.
Aquel
entusiasmo me sacó una sonrisa.
—Muchísimas,
de hecho. Pero tengo trabajo que hacer.
Bajó
la cabeza y advertí una mirada traviesa.
—Siempre
hay trabajo que hacer. Apuesto a que trabajarías hasta las tres de la madrugada
si fuera necesario.
—Cierto,
pero…
—El
trabajo seguirá ahí cuando regreses.
Junté
las manos y medité la propuesta.
—Se
supone que no debo saltarme…
Y él,
en voz baja, empezó a canturrear:
—¡Sáltatelo!
¡Sáltatelo! ¡Sáltatelo!
Camuflé
una sonrisa incipiente. Para ser honesta, debería habérselo comunicado a alguien.
Estaba a punto de tener otro encuentro clandestino…, pero quizá me merecía uno
más. «La semana que viene», regateé conmigo misma. «Después del Report de hoy, ya me preocuparé de las
cámaras», concluí.
—¿Dónde
está tu guitarra? —exclamé, cediendo así a la tentación.
—¡Dame
dos minutos! —respondió él, y salió como una bala hacia el pasillo.
Meneé
la cabeza y recé para que no le contara a todo el mundo que la princesa era, en
realidad, un ser pusilánime, manejable.
Entré
en la Sala de las Mujeres con la esperanza de que estuviera despejada. Pensé
que solo estaría la señorita Marlee, sentada en una esquina, leyendo. Y di en
el clavo.
—Alteza
—saludó. Era uno de esos detalles curiosos que siempre me habían llamado la
atención. Muchísima gente me llamaba así, pero cuando lo hacían las amigas de
mamá, sabía que, en cualquier momento, podían referirse a mí como Calabaza,
Nena o Cariño. No me importaba, pero me extrañaba.
—¿Dónde
está mamá?
Cerró
el libro de golpe.
—Migraña.
Fui a verla y me obligó a irme. Cualquier sonido le resulta insoportable.
—Ah.
En principio, iba a tener una cita, pero quizá sería más prudente comprobar que
está bien.
—No
—insistió—. Necesita descansar. Además, tus padres estarán más que dichosos si
saben que has planeado una cita.
Pensé
en ello durante unos instantes. Si de veras se encontraba tan mal, quizá lo más
sensato fuera esperar un poco.
—Emm,
de acuerdo. Por cierto, ¿te importaría que utilizara este salón? Baden y yo
vamos a componer música —expliqué—. En el sentido literal de la palabra, claro
está.
Ella
soltó una risita y se levantó.
—Ningún
problema.
—¿Se
te hace raro? —pregunté de repente—. ¿El hecho de que Kile forme parte de esto?
¿Saber que voy a tener una cita con alguien que no es él? ¿Te molesta?
—Reconozco
que me quedé de piedra cuando os vi en la portada de todos los periódicos
—comentó, y sacudió la cabeza, como si no lograra imaginar cómo había ocurrido
tal cosa. Después se acercó a mí. Si alguien nos hubiera estado espiando,
habría pensado que estábamos revelándonos un gran secreto—. Pero te olvidas de
que tus padres no son los únicos que han pasado por una Selección.
Aquello
me cayó como un jarro de agua fría. Qué idiota. ¿Por qué no se me había
ocurrido?
—Recuerdo
a tu padre haciendo malabares para encontrar tiempo para todo el mundo,
tratando de complacer a todos los que le rodeaban mientras buscaba a su media
naranja. Tu situación es aún más complicada, porque la Selección implica mucho
más que eso. Estás haciendo historia y, al mismo tiempo, estás intentando
captar la atención del pueblo. Decir que este momento es «duro» es un
eufemismo.
—Llevas
razón —admití.
En
ese momento, noté el peso de la responsabilidad sobre mis hombros.
—No
tengo ni la más remota idea de cómo Kile y tú acabasteis…, bueno…, en esa situación,
pero no me asombraría que estuviera en lo más alto de la lista. En cualquier
caso, muchas gracias.
Eso
sí que me pilló por sorpresa.
—¿Por
qué? No he hecho nada.
—Oh,
claro que sí —me contradijo—. Estás dando tiempo a tus padres, todo un gesto de
generosidad por tu parte. Pero yo también me estoy beneficiando de eso. No sé
cuánto tiempo más podré retenerle aquí.
Alguien
llamó a la puerta.
Me
volví.
—Debe
de ser Baden.
Apoyó
una mano sobre mi hombro.
—Tranquila,
quédate aquí. Ahora le hago pasar.
—¡Oh!
—soltó Baden cuando la señorita Marlee le abrió la puerta.
Ella
se rio por lo bajo.
—No
te preocupes, ya me iba. La princesa te está esperando.
Baden
alargó el cuello y me vio al fondo de la sala. No perdió la sonrisa en ningún
momento. Entró triunfante, feliz de estar conmigo y con nadie más.
—¿Es
ese? —preguntó, y señaló detrás de mí.
Me
giré y vi el piano.
—Sí.
El tono es maravilloso y esta habitación tiene una acústica espectacular.
Serpenteó
entre aquel laberinto de asientos, con la funda de la guitarra golpeándole la
pierna con cada paso, hasta llegar al piano.
Sin
preguntar, cogió una silla sin reposabrazos y la arrastró junto a la banqueta.
Acaricié las teclas y toqué una escala rápida.
Baden
afinó la guitarra; la madera estaba vieja y se veía usada.
—¿Cuándo
aprendiste a tocar? —preguntó.
—No
lo recuerdo. Mi madre siempre me sentaba a su lado cuando tocaba el piano, así
que creo que aprendí por imitación.
—Siempre
he oído que tu madre es una pianista fantástica. Me parece que la oí tocar en
la televisión una vez, para un programa de Navidad…, o algo así.
—Cada
año da un concierto para Navidad.
—¿Es
su época preferida del año? —quiso saber.
—Por
un lado, sí; por otro, no. Además, casi siempre toca cuando está preocupada o
triste.
—¿A
qué te refieres? —insistió mientras tensaba una cuerda.
—Bueno,
ya sabes —respondí—. Las vacaciones pueden ser estresantes.
Me
sentía incómoda contando cosas de mamá; perdió a su padre y a su hermana
durante esa época del año, por no mencionar aquel horrible ataque que a punto
estuvo de arrebatarle a su marido.
—Me
cuesta imaginarme unas Navidades tristes aquí. Si fuera pobre, entendería su
ansiedad.
—¿Por
qué?
Sonrió
para sí.
—Porque
ver a tus amigos recibir montones de regalos cuando tú tienes las manos vacías
es muy duro.
—Oh.
Me
llamó la atención que se tomara nuestra diferencia social con tanta filosofía;
muchos otros se habrían enfadado, o me habrían tildado de esnob. Examiné a
Baden para aprender más sobre él. La guitarra era vieja, pero me resultaba
imposible valorar su estado financiero mientras llevara la ropa que el propio
palacio le había proporcionado. Entonces recordé lo que la tía May había
comentado sobre su apellido.
—Estudias
en la universidad, ¿verdad? —pregunté.
Él
asintió.
—Bueno,
mis estudios ahora están en el aire. Algunos de mis profesores se quedaron
descolocados cuando les di la noticia, pero la mayoría de ellos me deja enviar
los proyectos para así poder acabar el semestre desde aquí.
—Es
impresionante.
Encogió
los hombros.
—Sé
lo que quiero y estoy dispuesto a hacer todo lo que esté en mi mano para
conseguirlo.
Le
miré con cierta curiosidad.
—¿Y
cómo encaja la Selección en ese plan?
—Vaya,
ya veo que no das puntada sin hilo.
Una
vez más, ni rastro de ira. Casi trataba aquel asunto como una broma.
—En
mi opinión, es una pregunta justa —añadí.
Empecé
a tocar una de las melodías clásicas que mamá me había enseñado. Baden conocía
la canción y no tardó en unirse. Jamás me había parado a pensar en cómo sonaría
acompañada por el sonido de una guitarra.
La
música ganó la batalla a la conversación. Pero no dejamos de comunicarnos. Él
me miraba a los ojos y yo estudiaba sus dedos. Nunca antes había tocado con
alguien que no fuera mamá y, a decir verdad, estaba disfrutando como nunca.
Seguimos
tocando la canción; apenas tuvimos un par de tropiezos. A un oído poco afinado
se le habrían pasado por alto. Sonó la última nota y alcé la mirada; la sonrisa
de Baden transmitía pura felicidad.
—Solo
conozco un puñado de clásicos. La mayoría de Beethoven y Debussy.
—¡Qué
talento tienes! Nunca imaginé que estas canciones pudieran tocarse con una
guitarra.
—Gracias
—murmuró con cierta timidez—. Y, para responder a la pregunta, estoy aquí
porque quiero casarme. No he salido con muchas chicas, lo reconozco. Así que
cuando se me presentó esta oportunidad, pensé que valía la pena intentarlo.
¿Que si estoy enamorado de ti? Hoy por hoy, no. Pero me gustaría averiguar si,
algún día, podría estarlo.
Había
algo en su tono de voz que me inspiraba confianza. Parecía un tipo transparente.
Su intención era encontrar una pareja estable y, de no haber metido su nombre
en el concurso, jamás me habría conocido en persona.
—Me
gustaría hacerte una promesa, si no te importa —se ofreció.
—¿Qué
tipo de promesa?
Punteó
varias cuerdas.
—Una
promesa sobre nosotros.
—Si
vas a jurarme devoción incondicional, creo que todavía es demasiado pronto.
Baden
meneó la cabeza.
—No,
no es eso.
—De
acuerdo. Soy toda oídos —dije. De pronto, empezó a tocar una melodía
ligeramente familiar; no era un clásico, pero conocía aquella canción… Sin
embargo, no fui capaz de ubicarla.
—Los
dos sabemos que, en el momento en que decidas que ya no soy una opción
razonable, me enviarás a casa para así poder centrarte en los demás candidatos.
Ahí va mi promesa: si me doy cuenta de que no eres la mujer que estoy buscando,
te lo diré. No quiero que ninguno de los dos perdamos el tiempo.
Asentí.
—Te
lo agradezco.
—Bien
—respondió con tono alegre, y luego empezó a vociferar—: «Y ella entra en la
habitación con esa sonrisa, sonrisa, sonrisa y con esas piernas que a mí me
¡eclipsan, eclipsan, eclipsan! ¡Todas las miradas de la habitación buscan un
poco de diversión!»
Al
fin reconocí aquella balada. Era una canción de Choosing Yesterday que solía
cantar en la ducha más veces de las que estaba dispuesta a admitir.
—«No
puedo dejar de mirarla, mirarla, mirarla, hasta que suena esa canción y ella
empieza a ¡bailarla, bailarla, bailarla! No puedo evitarlo, ¡esa chica es
única!»
Me
uní a Baden con el piano y, con una risita nerviosa, traté de tatarear el
estribillo. De pronto, ambos nos pusimos a cantar a pleno pulmón, destrozando
por completo la melodía, pero nos lo estábamos pasando tan bien que ni siquiera
nos molestamos en afinar.
—«Oh,
no tiene más de diecisiete años, pero es madura, tú y yo sabemos a qué me
refiero. Es la chica más guapa que jamás he conocido, sí, ella es mía, ella es
mi, ¡ella es mi reina!»
Seguí
el ritmo de la canción junto con Baden, aunque, a decir verdad, durante toda mi
vida solo había tocado piezas clásicas.
—¿Qué
haces en la universidad? Deberías estar de gira —comenté.
—Ese
es mi plan alternativo si lo de ser príncipe no cuaja —respondió. Era un chico
tan cándido, tan de verdad—. Gracias por haber hecho novillos por mí.
—Ningún
problema, pero debería volver al trabajo.
—¡Ha
sido la cita más corta de la historia! —protestó.
Me
encogí de hombros.
—Habrías
disfrutado de más tiempo si hubieras esperado hasta esta noche.
Resopló.
—De
acuerdo. Lección aprendida.
Tapé
el teclado y él guardó la guitarra en la funda.
—¿Por
qué no les enseñas la canción a los demás? —propuso—. Apuesto a que no son
capaces de aprenderla.
—¿Qué?
¿Mi guitarra? No, no, no. ¡Es mi niña! —se quejó y, con suma ternura, acarició
la funda desgastada y raída—. Si alguien la rompiera, me daría un infarto. Me
la regaló papá, y tuvo que esforzarse mucho para comprarla. La cuido como si
fuera un tesoro.
—A mí
me pasa lo mismo con las tiaras.
—¡Pffff!
—exclamó él, riéndose abiertamente de mí.
—¿Qué?
Se
tapó los ojos y sacudió la cabeza.
—¡Tiaras!
—Suspiró—. Toda una princesa, ¿eh?
—¿Creías
que este trabajo no tiene su recompensa?
—Me
gusta, ¿sabes? Que protejas tus tiaras como yo mi guitarra. Me gusta que sean
tu talón de Aquiles.
Empujé
la puerta y salimos al pasillo.
—Bien.
Porque son preciosas.
Él sonrió.
—Gracias
por pasar este rato conmigo.
—Gracias
a ti. Ha sido un placer.
De
pronto, se hizo un silencio incómodo.
—¿Nos
estrechamos la mano, nos abrazamos o qué?
—Puedes
besarme la mano —contesté, y alargué el brazo.
Baden
me tomó la mano enseguida.
—Hasta
la próxima.
Me
besó la mano, se inclinó y se dirigió hacia su dormitorio. Me marché pensando
en la tía May. En cuanto le contara lo ocurrido, estaría encantada de
recordarme que ya me lo advirtió.
Sabía que sería el foco de
atención del Report.
En general, dar discursos o informaciones de última hora no me fastidiaba. Pero
sabía que esa noche iba a ser distinta. Por un lado, sería la primera vez que
me enfrentaba al público desde el altercado del desfile y, por otro, intuía que
querrían saber algo más de Kile.
Opté
por un vestido rojo. Ese color me daba confianza, seguridad. También me recogí
el pelo en un moño alto para parecer más madura.
Avisté
a la tía May pululando por el fondo. Al verme, me guiñó un ojo. Mamá estaba
ayudando a papá a anudarse la corbata. Oí a uno de mis hermanos pequeños aullar
y, al girarme, vi que Alex sujetaba algo afilado en la mano. Se estaba palpando
el trasero, como si le doliera. Escudriñé el estudio y encontré a Osten
escondido en un rincón, desternillándose de risa.
Con
tanta gente, el plató parecía estar demasiado abarrotado, lo que solo hizo que
aumentara mi desasosiego. Oí mi nombre y, aunque no fue más que un susurro, me
sobresalté.
—Lo
siento, alteza —se disculpó Erik.
—Tranquilo,
es que estoy un poco nerviosa. ¿En qué puedo ayudarte?
—No
pretendía molestarla, pero no sé a quién preguntárselo. ¿Dónde debo sentarme
para poder traducir a Henri su discurso?
Sacudí
la cabeza.
—Qué
desconsiderado por mi parte. No lo había pensado. Ven, sígueme.
Escolté
a Erik hasta el director de escenario y colocamos a Henri en la última fila de
las gradas. A Erik le asignaron un asiento justo detrás de él; era un asiento
lo suficiente bajo para que nadie le viera mientras traducía a Henri los
distintos discursos.
No me
moví de su lado hasta que todos los presentes ocuparon sus correspondientes
asientos. Henri levantó el pulgar y Erik se acercó a mí para darme las gracias.
—La
próxima vez que me surja una duda, acudiré al director de escenario. No volveré
a importunarla. Perdóneme.
—No
pasa nada, de veras. Quiero que los dos estéis cómodos.
Erik
inclinó la cabeza y, con ademán tímido, sonrió:
—No
se preocupe por mi comodidad, alteza. No soy un pretendiente.
—¡Eadlyn!
Eadlyn, ¿dónde estás? —me llamó mamá.
Me
giré de inmediato.
—Mamá,
aquí.
Ella
se llevó una mano al corazón, como si estuviera a punto de darle un ataque.
—No
te encontraba. Por un momento pensé que te habías echado atrás —farfulló.
—Cálmate,
mamá —respondí, y le sujeté de la mano—. No soy perfecta, pero tampoco una
cobarde.
Las mujeres
iban a ser las protagonistas del Report de
esa noche. Mamá anunció que algunas provincias se encargaban de la gestión de
los sistemas de ayuda y animó a las demás a seguir el ejemplo de las tres
provincias norteñas que estaban socorriendo a los indigentes, proporcionándoles
un plato caliente de comida y cuatro nociones básicas sobre finanzas y
entrevistas laborales. La señorita Bryce explicó una propuesta de perforación
que afectaría a una buena parte de Illéa central. Beneficiaría a todo el país,
pero antes las seis provincias tendrían que aprobar la propuesta por votación.
Y después, como era de esperar, todas las miradas se posaron en los chicos.
Gavril
subió al escenario. Era todo un galán y esa noche estaba particularmente
elegante. Caminaba como si tuviera un diminuto muelle en el tacón de los
zapatos. Esta era la quinta Selección que Illéa había vivido, y él había
presenciado tres de ellas. Todos sabíamos que, cuando el proceso acabara,
buscaría a alguien que le reemplazara. No podía estar más orgulloso de la
última tarea que la familia real le había encargado.
—Por
supuesto, damas y caballeros, dedicaremos varias horas de emisión a los
encantadores jóvenes que conforman la Selección. De momento, ¿por qué no
saludamos a algunos de ellos?
Gavril
cruzó el escenario en busca de alguien en particular. Me pregunté si le habría
costado tanto como a mí memorizar todos los nombres.
—Señor
Harrison —empezó, y se detuvo frente a un joven de expresión dulce y cabellera
grasienta.
—Buenas
noches —saludó Harrison. Sonrió y advertí unos divertidos hoyuelos.
—¿Qué
tal tu experiencia en palacio?
—Fantástica.
Siempre quise visitar Angeles, así que estar aquí es como un sueño hecho
realidad.
—¿Algún
problema hasta el momento? —le pinchó Gavril.
Harrison
se encogió de hombros.
—Me
preocupaba que nos enzarzáramos en peleas desde el alba hasta el anochecer,
disputando la mano de la princesa —dijo, y me señaló. Esbocé una sonrisa de
inmediato, porque sabía que la cámara estaría sacando un primer plano de mi
cara—. Pero la verdad es que todos los pretendientes se han portado genial.
Gavril
pasó el micrófono al chico que estaba a su lado.
—¿Y
qué me dices de ti? ¿Me recuerdas tu nombre?
—Fox.
Fox Wesley —respondió. Tenía la tez bronceada, pero, a diferencia de mí, no
había nacido así. Supuse que debía de pasar mucho tiempo al aire libre—. Para
ser sincero, y espero no ser el único aquí a quien le esté pasando esto, el
gran desafío es sentarse a la mesa. Tenemos más de doce tenedores cada uno.
Algunos
de los presentes soltaron una risita. Gavril asintió:
—Lo
más inquietante de todo es dónde pueden almacenar tantos cubiertos.
—Es
una locura —balbuceó el tipo que había detrás de Fox.
—Oh,
señor Ivan, ¿verdad? —preguntó Gavril, y le acercó el micro.
—Sí,
señor. Me alegro de conocerle.
—Lo
mismo digo. ¿Qué tal te las arreglas durante las comidas?
Ivan
alzó las manos, como si el asunto fuera de suma importancia.
—Ahora
me dedico a utilizar un tenedor para cada bocado. Los voy dejando en el centro
de la mesa, formando una pila. De momento, funciona.
Toda
la sala se echó a reír ante aquella respuesta tan ridícula. Gavril se alejó del
grupo y se dirigió a las cámaras.
—Es
más que evidente que tenemos a un grupo de candidatos la mar de divertidos. Así
que, ¿por qué no charlamos con la jovencita que ha logrado deshacerse de todas
sus rivales? Damas y caballeros, su alteza real, la princesa Eadlyn Schreave.
—A
por ellos —susurró Ahren en cuanto me levanté de mi asiento. Caminé hasta el
centro del escenario y recibí al querido Gavril con un abrazo.
—Siempre
es un placer verla, alteza —dijo, y me acomodé en el sillón que había justo
delante de él, en el centro del escenario.
—Igualmente,
Gavril.
—Bueno,
aquí estamos. Ya hace una semana que se dio el pistoletazo de salida a la
primera Selección masculina. ¿Cuál es su valoración?
Le
dediqué una sonrisa digna de un premio cinematográfico.
—Creo
que está yendo bien. Tengo mucho trabajo que hacer, así que podría decirse que
está siendo un inicio tranquilo.
Gavril
miró hacia atrás por encima del hombro.
—A
juzgar por el número de pretendientes, yo no calificaría este inicio como
tranquilo.
Pestañeé
y solté una risa tonta.
—Sí,
tienes razón. Eliminé a casi un tercio de todos los caballeros que fueron
invitados a palacio. Soy una mujer que confía en su instinto y, entre la
presentación inicial y la información que me facilitaron sobre ellos, tomé una
decisión.
Gavril
inclinó la cabeza.
—Al
parecer, es usted de las que se deja guiar por la cabeza, no por el corazón.
No
quería ruborizarme delante de las cámaras, así que traté de serenarme, pero no
me atreví a comprobar si me había puesto como un tomate.
—¿Estás
sugiriendo que me enamore de los treinta y cinco candidatos a la vez?
Él
arqueó las cejas.
—Dicho
así…
—Exacto.
Solo tengo un corazón, y quiero reservarlo.
Oí
gritos ahogados en la sala; me había salido con la mía. ¿Cuántas frases cursis
tendría que memorizar durante los siguientes meses para entretener al público?
Y fue entonces cuando caí en la cuenta de que, en realidad, no había planeado
esas palabras. Era lo que sentía. Se me habían escapado sin querer.
—Por
lo visto, a veces también se deja guiar por el corazón —dijo maliciosamente—. Y
tengo una foto que lo demuestra.
Proyectaron
una gigantesca fotografía donde se nos veía a Kile y a mí. El estudio estalló
en gritos y aplausos.
—¿Podríamos
invitarle a bajar? ¿Dónde está el señor Kile?
Él se
levantó de un brinco del asiento y se sentó a mi lado.
—Esta
es una situación muy curiosa para mí —empezó Gavril—. Les conozco desde
pequeños.
Kile
se rio.
—El
otro día estaba pensando lo mismo. Mi madre me contó que una vez entré gateando
en el estudio. Me cogiste en brazos y despediste el Report.
Gavril
abrió los ojos de par en par.
—¡Es
cierto! ¡Se me había olvidado por completo!
Miré
a Kile. Aquella anécdota me pareció divertida. Debió de ocurrir antes de que yo
naciera.
—Y
bien, por lo que reflejan estas fotografías, todo apunta a que vuestra amistad
de infancia se ha convertido en algo más, ¿o no?
Kile
me miró fijamente, pero yo negué con la cabeza. No pensaba ser la primera en
comentar esa instantánea.
Al
final, él dio su brazo a torcer.
—Te
seré sincero. Nunca creímos que pudiéramos ser algo más hasta que nos obligaron
a hacerlo.
Nuestras
familias se carcajearon de forma escandalosa.
—Aunque
reconozco que, si se hubiera cortado el pelo hace años, quizá sí me lo hubiera
planteado —bromeé.
Gavril
no daba crédito a lo que estaba sucediendo.
—Bueno,
todo el mundo se muere por saberlo: ¿cómo llegó ese beso?
Sabía
que, tarde o temprano, esa pregunta llegaría, pero estaba muerta de vergüenza.
Exponer mi vida privada de ese modo era peor de lo que había imaginado.
Por
suerte, Kile se encargó de encauzar el tema.
—Fue
toda una sorpresa, y creo que hablo por los dos. Fue un momento especial, pero
no hay que confiarse. He compartido una semana con estos chicos y sé de buena
tinta que muchos podrían ser un príncipe estupendo.
—¿En
serio? ¿Está de acuerdo con eso, princesa? ¿Ha tenido algún otro encuentro
romántico esta semana?
Las
palabras de Gavril se perdieron por el camino. De hecho, no las oí hasta haber
procesado todo lo que Kile acababa de decir. ¿Hablaba en serio? ¿No sentía nada
en absoluto? ¿O tan solo pretendía mantener su privacidad?
Aterricé
de nuevo en la cruda realidad y asentí con fingido entusiasmo.
—Sí,
varios.
Gavril
me fulminó con la mirada.
—¿Y?
—Y
han sido maravillosos.
No
estaba de humor para chismorreos y, además, las declaraciones de Kile me habían
hecho dudar de si debía compartir cada paso que daba con el resto del mundo.
—Hmm
—murmuró Gavril, y se volvió hacia el grupo de seleccionados—. Quizá podremos
sonsacar algo más de información a estos caballeros. Kile, regresa a tu
asiento, por favor. Y bien, ¿quiénes han sido los afortunados?
Baden
fue el primero en levantar la mano, seguido por Hale.
—Bajad
al escenario, caballeros.
Gavril
empezó a aplaudir y toda la sala vitoreó a los candidatos. Hale y Baden, un
tanto ruborizados, se levantaron y se acercaron al centro. Me consideraba una
chica bastante inteligente, pero no lo bastante como para rogarles que
mantuvieran el pico cerrado sin que los presentes ni las cámaras me pillaran.
Y
solo entonces me di cuenta de algo. Kile me había leído el pensamiento. Quizá
porque nos conocíamos desde que éramos unos críos.
—¿Puedes
recordarme tu nombre, por favor? —preguntó Gavril.
—Hale
Garner —respondió, y se apretó el nudo de la corbata, aunque lo cierto era que
la tenía perfecta.
—Ah,
sí. Y bien, ¿qué nos puedes desvelar de tu cita con la princesa?
Hale
me regaló una sonrisa un tanto cohibida y luego se dirigió a Gavril.
—Bueno,
puedo decir que nuestra princesa es tan lista, atenta y refinada como esperaba.
Bueno… y que tenemos varias cosas en común. Ambos tenemos varios hermanos
pequeños y, para ser sincero, me gustó poder hablar de mi trabajo como sastre
con una joven tan coqueta y con tanto estilo. Vale un imperio.
Agaché
la cabeza e intenté tomarme el cumplido en broma, pero sin bajar la guardia.
—Pero,
más allá de eso, espero que me perdone, prefiero guardarme los detalles para mí
—añadió Hale.
Gavril
hizo una mueca.
—¿No
vas a contarnos nada?
—Estará
de acuerdo conmigo en que el amor es un asunto privado. Me incomoda hablar de
esto sobre un escenario.
—Puede
que el caballero que tengo a mi derecha nos dé más información —dijo Gavril con
picardía y mirando a las cámaras—. ¿Cómo te llamabas?
—Baden
Trains.
—¿Y
qué hiciste con la princesa?
—Tocamos
música. La princesa Eadlyn ha heredado el talento de su madre.
A
mamá le salió un «oh» del corazón.
—¿Y?
—Y
además es una bailarina excelente, incluso sentada. Y, por si alguien no lo
sabía, la princesa está al día de la música actual —añadió.
Baden
soltó una carcajada, como otros muchos.
—¿Y?
—presionó Gavril.
—Y la
besé en la mano… y espero poder darle más besos en un futuro.
Tierra,
trágame. Por algún motivo, que Baden hubiera pedido un beso me provocó más
bochorno que comentar el momento de intimidad con Kile.
Todo
el plató estalló en gritos de ánimo por segunda vez. Y, por si eso fuera poco,
Gavril no dejó de añadir más leña al fuego. Por desgracia para él, mis
pretendientes no dieron ningún otro detalle jugoso. Kile era el único que podía
haber desvelado algo remotamente interesante, pero ya habíamos cambiado de
tema.
—Pareces
decepcionado, Gavril —remarqué.
Él
hizo pucheros.
—Alteza,
estoy tan emocionado por usted que quiero saber todo lo que está ocurriendo. Y,
si pudiéramos preguntárselo a nuestros espectadores, creo que todos estarían de
acuerdo conmigo.
—Bueno,
no hay de qué preocuparse. Mañana organizaré un pequeño guateque en honor de
los seleccionados. Todos los miembros de palacio están invitados. Las cámaras
inmortalizarán el evento para que así toda Illéa pueda ser testigo del proceso
de Selección.
El
plató se puso a aplaudir de nuevo. Josie estaba prácticamente flotando de
felicidad.
Gavril
despachó a Hale y a Baden, que volvieron a sus asientos, junto con el resto, y
después prosiguió con la entrevista.
—¿Y
qué más puede contarnos sobre ese guateque, alteza?
—Se
celebrará en los jardines. Disfrutaremos del sol y aprovecharemos para
conocernos un poco más.
—Suena
maravilloso. Muy relajante.
—Sí,
salvo por un pequeño detalle —comenté.
—¿Y
cuál es?
—Tras
la fiesta habrá una eliminación.
Los
murmullos y cuchicheos fueron inmediatos. Era consciente de que aquella bomba
habría despertado la curiosidad de los chicos.
Continué
para así acallar todos los comentarios.
—Podría
ser uno, podrían ser tres… No lo sé. Así que, caballeros —anuncié, y me volví
hacia los seleccionados—, vengan preparados.
—Qué
nervios, por favor. Me muero por saber cómo acaba esto, y estoy convencido de
que será un acto fantástico. Una última pregunta antes de dar por acabado el
programa.
Erguí
la espalda.
—Dispara.
—¿Qué
busca en un marido?
¿Qué
buscaba? Mi independencia. Paz, libertad… y la felicidad que creía tener hasta
que Ahren la cuestionó.
Me
encogí de hombros.
—No
creo que nadie sepa lo que busca hasta que lo encuentra.