Capítulo 8
Durante el fin de semana evité
toda compañía, pero, por lo visto, a nadie le importó, ni siquiera a mamá. Una
vez anunciados los nombres, la Selección ya era una realidad. Sabía que se
acercaban días de soledad absoluta, y eso me entristecía.
El
lunes antes de que aterrizaran los candidatos en palacio, por fin me reencontré
con la humanidad. Hice de tripas corazón y entré en la Sala de las Mujeres. La
señorita Lucy estaba ahí; igual que siempre, alegre y sonriente. Me habría
encantado poder ayudarla. Obviamente, un cachorro no era un bebé, pero
regalarle una mascota era la única idea que se me había ocurrido.
Mamá
conversaba con la señorita Marlee; en cuanto crucé el umbral, las dos me
saludaron y me invitaron a unirme a ellas.
Me
senté y la señorita Marlee me cogió de la mano.
—Quiero
explicarme. La razón por la que Kile quiere marcharse no eres tú. Lleva mucho
tiempo sopesando la idea de mudarse y, con el corazón en la mano, pensé que
pasar un trimestre fuera de casa bastaría para quitarle esa idea de la cabeza.
No soportaría vivir lejos de él.
—Tarde
o temprano, él tomará una decisión y no te quedará más opción que aceptarla
—aconsejó mamá, lo cual me pareció hasta gracioso teniendo en cuenta que ella
era quien pretendía casar a su propia hija con un completo desconocido.
—Pero
no lo entiendo. Josie, en cambio, nunca se ha planteado irse.
Puse
los ojos en blanco. Desde luego que no.
—Pero
¿qué puedes hacer? No puedes obligarle a quedarse aquí —insistió mamá. Después
sirvió una taza de té y la dejó frente a mí.
—Ya
he contratado a otro tutor. Tiene muchísima experiencia. Kile aprenderá más de
él que de un libro. Así ganaré un poco de tiempo. No quiero perder la
esperanza…
La
tía May apareció de repente en la sala; parecía recién sacada de una revista de
moda. Salí disparada hacia ella y le di un abrazo de oso.
—Alteza
—saludó.
—Cierra
el pico.
Soltó
una carcajada, me agarró por los hombros y me miró directamente a los ojos.
—Quiero
saberlo todo sobre la Selección. ¿Cómo estás? Me fijé en las fotografías.
Algunos son bastante monos. ¿Ya te has enamorado?
—Qué
va —respondí con una risotada.
—Bueno,
dales unos días.
La
tía May era así. Cada vez que venía a palacio tenía un nuevo amor. Puesto que
nunca había sentado la cabeza para formar una familia, solía tratarnos, a los
cuatro hermanos y a nuestros primos, Astra y Leo, como si fuéramos sus hijos.
Y, a decir verdad, sus visitas hacían que vivir en palacio fuera mucho más
emocionante.
—¿Cuánto
tiempo estarás por aquí? —preguntó mamá.
La
tía May me cogió la mano y, juntas, cruzamos la estancia.
—Me
marcho el jueves.
Ahogué
un grito.
—Ya
lo sé. ¡Me voy a perder lo más divertido! —Lloriqueó haciendo pucheros—. Pero
Leo tiene un partido el viernes por la tarde y el recital de danza de Astra es
el sábado. Les prometí que estaría allí. Está haciendo grandes progresos —le
comentó a mamá—. Se nota que es hija de una artista.
Compartieron
una sonrisa.
—Ojalá
pudiera asistir —se lamentó mamá.
—¿Y
por qué no vamos? —sugerí, y cogí unas galletitas para acompañar el té.
La
tía May me miró perpleja.
—Eres
consciente de que este fin de semana tienes planes, ¿verdad? ¿Grandes planes?
¿Planes que te cambiarán la vida?
Me encogí
de hombros.
—No
me preocupa perdérmelos.
—Eadlyn
—me reprendió mamá.
—¡Lo
siento! Pero es que esto es agobiante. Prefiero las cosas tal y como están
ahora.
—¿Dónde
están las fotografías? —preguntó May.
—En
mi habitación, sobre el escritorio. Llevo días tratando de memorizar los
nombres, pero todavía no me los he aprendido.
May
alzó la mano y llamó a una de las doncellas.
—Querida,
¿te importaría subir al dormitorio de la princesa y traernos los formularios de
los candidatos a la Selección? Están en su escritorio.
La
doncella sonrió e hizo una reverencia. Presentía que, en cuanto los tuviera
entre las manos, caería en la tentación y les echaría un vistazo.
Mamá
se inclinó hacia su hermana.
—Permíteme
que te recuerde un par de cosas. Uno, esos formularios son confidenciales; y,
dos, aunque no lo fueran, les doblas la edad.
Marlee
y yo nos echamos a reír, mientras que la señorita Lucy se limitó a sonreír. Era
mucho más indulgente con la tía May que nosotras.
—No
le tomen el pelo —protestó la señorita Lucy—. Estoy convencida de que lo hace
con la mejor intención.
—Gracias,
Lucy. No lo hago por mí, ¡sino por Eadlyn! —juró—. Entre todas la ayudaremos a
adelantar un poco el trabajo.
—No
es así como funciona —se quejó mamá, y dio un sorbo a su té con cierto aire de
superioridad.
La
señorita Marlee soltó una tremenda y ruidosa carcajada.
—¡Mira
quién habla! ¿Acaso debemos refrescarte la memoria?
—¿Qué?
—pregunté, atónita. ¿Cuántos detalles de su historia de amor habían omitido mis
padres?—. ¿A qué se refiere?
Mamá
dejó la taza sobre la mesita y levantó una mano para defenderse.
—La
noche antes de que empezara la Selección, me topé con tu padre por accidente y,
para vuestra información —dijo, aunque miró a la señorita Marlee—, podrían
haberme echado por ello. No es precisamente la primera impresión que pretendía
causar.
Me
quedé helada.
—Mamá,
¿puede saberse cuántas normas te saltaste a la torera?
Miró
hacia el techo y guiñó un ojo, como si estuviera contándolas mentalmente.
—De
acuerdo, ¿sabéis qué?, mirad las fotografías cuanto queráis. Me rindo.
Mi
tía sonrió con satisfacción. Intenté grabar aquel gesto en mi memoria: con una
elegancia innata, ladeó la cabeza y, de pronto, percibí un brillo embaucador en
sus ojos. Todo en ella era glamuroso, natural. Adoraba a aquella mujer, el amor
que despertaba en mí era parecido al que sentía por mi madre. Si bien Josie, mi
compañera de juegos durante mi infancia y adolescencia, había sido un verdadero
incordio, el círculo de amistades de mamá no tenía precio. Sin lugar a dudas,
eran las mujeres más maravillosas del mundo
La
doncella regresó con la pila de formularios y fotografías, y las dejó sobre la
mesa. La señorita Marlee no esperó ni dos segundos a coger un primer puñado de
solicitudes, lo cual me sorprendió bastante. La segunda en echar un vistazo a
los candidatos fue la tía May; aunque mamá no se atrevió a tocar ni una sola
fotografía, sí asomó la cabeza por encima del hombro de la señorita Marlee para
conocer a los muchachos. Al principio, la señorita Lucy hizo como si no
sintiera curiosidad alguna, pero al final también acabó con una pila de papeles
sobre el regazo.
—Ah,
este promete —comentó la tía May, y me mostró una fotografía.
Contemplé
al joven de mirada penetrante y oscura, de tez de ébano. Tenía el pelo rapado y
mostraba una sonrisa brillante.
—Baden
Trains, diecinueve años, de Sumner.
—Es
guapo —dijo mamá con demasiado entusiasmo.
—Bueno,
a la vista está —añadió May—. Y con un apellido como Trains, apuesto a que su
familia es de Sevens. Según lo que dice aquí, está estudiando primero de
Publicidad. Eso significa que él, o alguien de su familia, es de ideas fijas.
—Cierto
—coincidió la señorita Marlee—. Toda una hazaña.
Aparté
un par de formularios para echar un vistazo.
—Y
bien, ¿cómo estás? —preguntó la tía May—. ¿Ya está todo listo?
—Eso
creo —murmuré, y leí por encima una de las solicitudes. Escaneé toda la
información en busca de algo que pudiera resultarme remotamente interesante.
Pero no encontré nada que llamara mi atención—. Al principio, la gente estaba
muy alborotada, al borde de un ataque de nervios. Pensé que nunca acabaría. Por
lo que tengo entendido, las habitaciones de los candidatos ya están dispuestas,
los cocineros ya han elaborado cada menú. Si no me equivoco, ahora que la lista
ya es oficial, mañana mismo se reservarán los viajes.
—Se
te ve emocionadísima —bromeó May, y me dio un suave golpecito con el codo.
Suspiré
y luego lancé una mirada acusatoria a mamá.
—Supongo
que también estaréis al corriente de que todo este asunto no ha sido idea mía.
—¿Qué
quiere decir, querida? —preguntó la señorita Lucy. Dejó su pila de solicitudes
sobre el regazo y me miró consternada.
—Por
descontado, todos tenemos los dedos cruzados; queremos que Eadlyn encuentre a
alguien especial, a un chico que merezca la pena —empezó mamá con perspicacia—.
Pero, mientras eso ocurre, aprovecharemos estos meses para elaborar un plan que
calme el malestar de la población por la eliminación de castas.
—¡Ames!
—exclamó May—. ¿Tu hija es un señuelo?
—¡No!
—Sí
—mascullé.
La
tía May me acarició la espalda para consolarme; saber que estaba ahí me
tranquilizaba.
—Tarde
o temprano habríamos tenido que buscar el pretendiente adecuado. Además, la
Selección no es vinculante. Eadlyn llegó a un acuerdo con Maxon: si no se
enamora, adiós muy buenas al proceso. Dicho esto, Eadlyn, como miembro de la
familia real, está cumpliendo con su cometido, creando un poco de… diversión.
Así se calmarán un poco los ánimos y nosotros podremos tantear el terreno. Y me
atrevo a decir que ya está funcionando.
—¿Ah,
sí? —pregunté.
—¿No
has leído los periódicos? Te has convertido en la estrella del país. Los medios
locales ya han empezando a entrevistar a sus candidatos, y muchas son las
provincias que ya han organizado una fiesta con la esperanza de que su
pretendiente sea el elegido. Las revistas han comenzado a hacer sus apuestas
con los favoritos. Anoche vi un reportaje en la televisión sobre jovencitas que
han formado clubs de fans y llevan camisetas con los nombres de sus
pretendientes predilectos. Todo el país tiene los ojos puestos en la Selección.
—Es
verdad —confirmó la señorita Marlee—. Que Kile vive en palacio ya ha dejado de
ser un secreto.
—¿También
se han enterado de que no tiene intención alguna de participar? —pregunté,
aunque soné más irritada de lo que pretendía.
La
señorita Marlee no tenía la culpa de aquella debacle.
—No
—contestó entre risas—. Puedes estar tranquila, no es por ti.
Le
devolví la sonrisa.
—Marlee,
ya has oído a mamá. No tiene de qué preocuparse. Tanto Kile como yo sabemos de
sobra que no estamos hechos el uno para el otro. Además, existe la posibilidad
de que pueda librarme de este enredo sin un prometido. —Un cien por cien de
posibilidades para ser más exacta—. No sufras, no me romperá el corazón
—contesté. Ya me había acostumbrado a la idea de tener un montón de chicos
dispuestos a pedir mi mano—. No estoy molesta.
—Pero
tú misma has dicho que la Selección se ha convertido en el foco de atención
—recordó May, algo alarmada—. ¿Crees que durará mucho?
—Creo
que mantendrá a la gente ocupada el tiempo suficiente como para que el malestar
y las protestas que copan todas las portadas pasen a un segundo plano y
nosotros encontremos un modo de abordar los problemas si vuelven a surgir
—respondió mamá con seguridad.
—Cuando
vuelvan a surgir —corregí—. Puede que mi vida les entretenga un rato, pero ten
por seguro que, en algún momento, volverán a centrarse en su propia vida.
Miré
de reojo las fotografías; compadecía a esos muchachos. Estaban condenados a
perder y ni sospechaban que formaban parte de un teatro montado para distraer
al público.
—Qué
raro —observé al leer una de las solicitudes—. No pretendo parecer crítica,
pero fijaos en esto. He encontrado tres faltas de ortografía en el formulario.
Mamá
me lo arrebató de las manos.
—Quizá
estaba nervioso.
—O es
un idiota —propuse.
May
se rio entre dientes.
—No
seas tan dura, cariño. Ellos también deben de estar asustados. —Mamá me
devolvió el formulario y lo sujeté con un clip a la fotografía de un tipo con
cara de inocente y una cabellera rubia de rizos salvajes.
—Un
segundo, ¿estás asustada? —preguntó la tía May con la voz entrecortada.
—No,
desde luego que no.
Relajó
la expresión y volvió a adoptar ese ademán bello y despreocupado.
—No
concibo que algo pueda darte miedo. —Me guiñó un ojo.
Me tranquilizaba
saber que al menos una de las dos lo creyera.