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miércoles, 24 de junio de 2015

LA HEREDERA C8

Capítulo 8
Durante el fin de semana evité toda compañía, pero, por lo visto, a nadie le importó, ni siquiera a mamá. Una vez anunciados los nombres, la Selección ya era una realidad. Sabía que se acercaban días de soledad absoluta, y eso me entristecía.
El lunes antes de que aterrizaran los candidatos en palacio, por fin me reencontré con la humanidad. Hice de tripas corazón y entré en la Sala de las Mujeres. La señorita Lucy estaba ahí; igual que siempre, alegre y sonriente. Me habría encantado poder ayudarla. Obviamente, un cachorro no era un bebé, pero regalarle una mascota era la única idea que se me había ocurrido.
Mamá conversaba con la señorita Marlee; en cuanto crucé el umbral, las dos me saludaron y me invitaron a unirme a ellas.
Me senté y la señorita Marlee me cogió de la mano.
—Quiero explicarme. La razón por la que Kile quiere marcharse no eres tú. Lleva mucho tiempo sopesando la idea de mudarse y, con el corazón en la mano, pensé que pasar un trimestre fuera de casa bastaría para quitarle esa idea de la cabeza. No soportaría vivir lejos de él.
—Tarde o temprano, él tomará una decisión y no te quedará más opción que aceptarla —aconsejó mamá, lo cual me pareció hasta gracioso teniendo en cuenta que ella era quien pretendía casar a su propia hija con un completo desconocido.
—Pero no lo entiendo. Josie, en cambio, nunca se ha planteado irse.
Puse los ojos en blanco. Desde luego que no.
—Pero ¿qué puedes hacer? No puedes obligarle a quedarse aquí —insistió mamá. Después sirvió una taza de té y la dejó frente a mí.
—Ya he contratado a otro tutor. Tiene muchísima experiencia. Kile aprenderá más de él que de un libro. Así ganaré un poco de tiempo. No quiero perder la esperanza…
La tía May apareció de repente en la sala; parecía recién sacada de una revista de moda. Salí disparada hacia ella y le di un abrazo de oso.
—Alteza —saludó.
—Cierra el pico.
Soltó una carcajada, me agarró por los hombros y me miró directamente a los ojos.
—Quiero saberlo todo sobre la Selección. ¿Cómo estás? Me fijé en las fotografías. Algunos son bastante monos. ¿Ya te has enamorado?
—Qué va —respondí con una risotada.
—Bueno, dales unos días.
La tía May era así. Cada vez que venía a palacio tenía un nuevo amor. Puesto que nunca había sentado la cabeza para formar una familia, solía tratarnos, a los cuatro hermanos y a nuestros primos, Astra y Leo, como si fuéramos sus hijos. Y, a decir verdad, sus visitas hacían que vivir en palacio fuera mucho más emocionante.
—¿Cuánto tiempo estarás por aquí? —preguntó mamá.
La tía May me cogió la mano y, juntas, cruzamos la estancia.
—Me marcho el jueves.
Ahogué un grito.
—Ya lo sé. ¡Me voy a perder lo más divertido! —Lloriqueó haciendo pucheros—. Pero Leo tiene un partido el viernes por la tarde y el recital de danza de Astra es el sábado. Les prometí que estaría allí. Está haciendo grandes progresos —le comentó a mamá—. Se nota que es hija de una artista.
Compartieron una sonrisa.
—Ojalá pudiera asistir —se lamentó mamá.
—¿Y por qué no vamos? —sugerí, y cogí unas galletitas para acompañar el té.
La tía May me miró perpleja.
—Eres consciente de que este fin de semana tienes planes, ¿verdad? ¿Grandes planes? ¿Planes que te cambiarán la vida?
Me encogí de hombros.
—No me preocupa perdérmelos.
—Eadlyn —me reprendió mamá.
—¡Lo siento! Pero es que esto es agobiante. Prefiero las cosas tal y como están ahora.
—¿Dónde están las fotografías? —preguntó May.
—En mi habitación, sobre el escritorio. Llevo días tratando de memorizar los nombres, pero todavía no me los he aprendido.
May alzó la mano y llamó a una de las doncellas.
—Querida, ¿te importaría subir al dormitorio de la princesa y traernos los formularios de los candidatos a la Selección? Están en su escritorio.
La doncella sonrió e hizo una reverencia. Presentía que, en cuanto los tuviera entre las manos, caería en la tentación y les echaría un vistazo.
Mamá se inclinó hacia su hermana.
—Permíteme que te recuerde un par de cosas. Uno, esos formularios son confidenciales; y, dos, aunque no lo fueran, les doblas la edad.
Marlee y yo nos echamos a reír, mientras que la señorita Lucy se limitó a sonreír. Era mucho más indulgente con la tía May que nosotras.
—No le tomen el pelo —protestó la señorita Lucy—. Estoy convencida de que lo hace con la mejor intención.
—Gracias, Lucy. No lo hago por mí, ¡sino por Eadlyn! —juró—. Entre todas la ayudaremos a adelantar un poco el trabajo.
—No es así como funciona —se quejó mamá, y dio un sorbo a su té con cierto aire de superioridad.
La señorita Marlee soltó una tremenda y ruidosa carcajada.
—¡Mira quién habla! ¿Acaso debemos refrescarte la memoria?
—¿Qué? —pregunté, atónita. ¿Cuántos detalles de su historia de amor habían omitido mis padres?—. ¿A qué se refiere?
Mamá dejó la taza sobre la mesita y levantó una mano para defenderse.
—La noche antes de que empezara la Selección, me topé con tu padre por accidente y, para vuestra información —dijo, aunque miró a la señorita Marlee—, podrían haberme echado por ello. No es precisamente la primera impresión que pretendía causar.
Me quedé helada.
—Mamá, ¿puede saberse cuántas normas te saltaste a la torera?
Miró hacia el techo y guiñó un ojo, como si estuviera contándolas mentalmente.
—De acuerdo, ¿sabéis qué?, mirad las fotografías cuanto queráis. Me rindo.
Mi tía sonrió con satisfacción. Intenté grabar aquel gesto en mi memoria: con una elegancia innata, ladeó la cabeza y, de pronto, percibí un brillo embaucador en sus ojos. Todo en ella era glamuroso, natural. Adoraba a aquella mujer, el amor que despertaba en mí era parecido al que sentía por mi madre. Si bien Josie, mi compañera de juegos durante mi infancia y adolescencia, había sido un verdadero incordio, el círculo de amistades de mamá no tenía precio. Sin lugar a dudas, eran las mujeres más maravillosas del mundo
La doncella regresó con la pila de formularios y fotografías, y las dejó sobre la mesa. La señorita Marlee no esperó ni dos segundos a coger un primer puñado de solicitudes, lo cual me sorprendió bastante. La segunda en echar un vistazo a los candidatos fue la tía May; aunque mamá no se atrevió a tocar ni una sola fotografía, sí asomó la cabeza por encima del hombro de la señorita Marlee para conocer a los muchachos. Al principio, la señorita Lucy hizo como si no sintiera curiosidad alguna, pero al final también acabó con una pila de papeles sobre el regazo.
—Ah, este promete —comentó la tía May, y me mostró una fotografía.
Contemplé al joven de mirada penetrante y oscura, de tez de ébano. Tenía el pelo rapado y mostraba una sonrisa brillante.
—Baden Trains, diecinueve años, de Sumner.
—Es guapo —dijo mamá con demasiado entusiasmo.
—Bueno, a la vista está —añadió May—. Y con un apellido como Trains, apuesto a que su familia es de Sevens. Según lo que dice aquí, está estudiando primero de Publicidad. Eso significa que él, o alguien de su familia, es de ideas fijas.
—Cierto —coincidió la señorita Marlee—. Toda una hazaña.
Aparté un par de formularios para echar un vistazo.
—Y bien, ¿cómo estás? —preguntó la tía May—. ¿Ya está todo listo?
—Eso creo —murmuré, y leí por encima una de las solicitudes. Escaneé toda la información en busca de algo que pudiera resultarme remotamente interesante. Pero no encontré nada que llamara mi atención—. Al principio, la gente estaba muy alborotada, al borde de un ataque de nervios. Pensé que nunca acabaría. Por lo que tengo entendido, las habitaciones de los candidatos ya están dispuestas, los cocineros ya han elaborado cada menú. Si no me equivoco, ahora que la lista ya es oficial, mañana mismo se reservarán los viajes.
—Se te ve emocionadísima —bromeó May, y me dio un suave golpecito con el codo.
Suspiré y luego lancé una mirada acusatoria a mamá.
—Supongo que también estaréis al corriente de que todo este asunto no ha sido idea mía.
—¿Qué quiere decir, querida? —preguntó la señorita Lucy. Dejó su pila de solicitudes sobre el regazo y me miró consternada.
—Por descontado, todos tenemos los dedos cruzados; queremos que Eadlyn encuentre a alguien especial, a un chico que merezca la pena —empezó mamá con perspicacia—. Pero, mientras eso ocurre, aprovecharemos estos meses para elaborar un plan que calme el malestar de la población por la eliminación de castas.
—¡Ames! —exclamó May—. ¿Tu hija es un señuelo?
—¡No!
—Sí —mascullé.
La tía May me acarició la espalda para consolarme; saber que estaba ahí me tranquilizaba.
—Tarde o temprano habríamos tenido que buscar el pretendiente adecuado. Además, la Selección no es vinculante. Eadlyn llegó a un acuerdo con Maxon: si no se enamora, adiós muy buenas al proceso. Dicho esto, Eadlyn, como miembro de la familia real, está cumpliendo con su cometido, creando un poco de… diversión. Así se calmarán un poco los ánimos y nosotros podremos tantear el terreno. Y me atrevo a decir que ya está funcionando.
—¿Ah, sí? —pregunté.
—¿No has leído los periódicos? Te has convertido en la estrella del país. Los medios locales ya han empezando a entrevistar a sus candidatos, y muchas son las provincias que ya han organizado una fiesta con la esperanza de que su pretendiente sea el elegido. Las revistas han comenzado a hacer sus apuestas con los favoritos. Anoche vi un reportaje en la televisión sobre jovencitas que han formado clubs de fans y llevan camisetas con los nombres de sus pretendientes predilectos. Todo el país tiene los ojos puestos en la Selección.
—Es verdad —confirmó la señorita Marlee—. Que Kile vive en palacio ya ha dejado de ser un secreto.
—¿También se han enterado de que no tiene intención alguna de participar? —pregunté, aunque soné más irritada de lo que pretendía.
La señorita Marlee no tenía la culpa de aquella debacle.
—No —contestó entre risas—. Puedes estar tranquila, no es por ti.
Le devolví la sonrisa.
—Marlee, ya has oído a mamá. No tiene de qué preocuparse. Tanto Kile como yo sabemos de sobra que no estamos hechos el uno para el otro. Además, existe la posibilidad de que pueda librarme de este enredo sin un prometido. —Un cien por cien de posibilidades para ser más exacta—. No sufras, no me romperá el corazón —contesté. Ya me había acostumbrado a la idea de tener un montón de chicos dispuestos a pedir mi mano—. No estoy molesta.
—Pero tú misma has dicho que la Selección se ha convertido en el foco de atención —recordó May, algo alarmada—. ¿Crees que durará mucho?
—Creo que mantendrá a la gente ocupada el tiempo suficiente como para que el malestar y las protestas que copan todas las portadas pasen a un segundo plano y nosotros encontremos un modo de abordar los problemas si vuelven a surgir —respondió mamá con seguridad.
—Cuando vuelvan a surgir —corregí—. Puede que mi vida les entretenga un rato, pero ten por seguro que, en algún momento, volverán a centrarse en su propia vida.
Miré de reojo las fotografías; compadecía a esos muchachos. Estaban condenados a perder y ni sospechaban que formaban parte de un teatro montado para distraer al público.
—Qué raro —observé al leer una de las solicitudes—. No pretendo parecer crítica, pero fijaos en esto. He encontrado tres faltas de ortografía en el formulario.
Mamá me lo arrebató de las manos.
—Quizá estaba nervioso.
—O es un idiota —propuse.
May se rio entre dientes.
—No seas tan dura, cariño. Ellos también deben de estar asustados. —Mamá me devolvió el formulario y lo sujeté con un clip a la fotografía de un tipo con cara de inocente y una cabellera rubia de rizos salvajes.
—Un segundo, ¿estás asustada? —preguntó la tía May con la voz entrecortada.
—No, desde luego que no.
Relajó la expresión y volvió a adoptar ese ademán bello y despreocupado.
—No concibo que algo pueda darte miedo. —Me guiñó un ojo.

Me tranquilizaba saber que al menos una de las dos lo creyera.