Capítulo 7
Cuando entré en el estudio, me
di cuenta de que el plató había sufrido algunos cambios. Normalmente, Ahren y
yo éramos los únicos que nos sentábamos frente a la cámara, junto a nuestros
padres, pero esa noche Kaden y Osten también estaban sobre el escenario.
Los
oficiales de papá se habían apiñado al otro lado del cuadrilátero; el centro
estaba reservado a un recipiente con todos los sobres que había seleccionado
esa misma tarde. Junto a él, un cuenco vacío en el que debía depositar las
inscripciones después de abrir los sobres. Leer los nombres en voz alta era una
tradición. No quería meter la pata, así que me propuse hacerlo con mucha
cautela; quería dar la impresión de que controlaba la situación. Y eso me
gustaba.
Tras
las cámaras se habían acomodado otros miembros del personal de palacio.
Distinguí al general Leger; besó a la señorita Lucy en la frente y después le
susurró algo al oído. Ya habían pasado varios días desde aquella conversación
que oí a escondidas en mitad del pasillo, pero seguía sintiéndome fatal por
ella. No se me ocurría nadie mejor que los Leger para ser padres. Por otro
lado, los Schreave habían demostrado ser las personas más diestras para
solucionar problemas.
Estaba
perdida. No tenía ni la más remota idea de cómo ayudarlos.
La
señorita Marlee instaba a Josie a callarse de una vez por todas, seguramente
porque se reía de un chiste que ella misma había soltado y que carecía de
gracia. Nunca entendería cómo alguien tan maravilloso había podido traer al
mundo a gente tan despreciable. ¿Mi tiara favorita? ¿La que llevaba puesta?
Pues bien, no siempre fue mi favorita. Josie torció la primera tiara de la que
me enamoré y perdió dos piedras preciosas de la segunda. Nadie le había dado
permiso ni para acercarse a ellas. Y mucho menos para tocarlas.
A su
lado estaba Kile. Estaba leyendo un libro porque, cómo no, todo lo que pasaba
en nuestro país era demasiado aburrido para él. Qué ingrato.
Levantó
la vista del libro y me pilló observándole. Hizo una mueca y volvió a pegar los
ojos en la página. ¿Para qué había venido?
—¿Cómo
estás? —preguntó mamá, que apareció de repente a mi lado. Después me rodeó el
hombro con el brazo.
—Bien.
Dibujó
una sonrisa.
—Es
imposible que estés bien. Esto es aterrador.
—Bueno,
pues ya que lo dices, sí, sí lo es. Todo un detalle obligarme a pasar por este
calvario.
Se
rio por lo bajo para ver si se me había pasado el enfado.
—Cariño,
no creo que tengas tantos defectos —susurró—. Tus virtudes son infinitas y,
algún día, sabrás cuánto se sufre por los hijos. Me preocupo por ti, incluso
más que por tus hermanos. No eres una chica cualquiera, Eadlyn. Eres la chica.
Y solo quiero lo mejor para ti.
No
supe qué contestar. Lo último que quería era ponerme a discutir en mitad del
escenario. Ella seguía abrazándome, así que le devolví el gesto y ella me besó
en la cabeza.
—Me
siento muy incómoda —admití.
—No
olvides cómo se deben de estar sintiendo esos muchachos. Para ellos, esto
también es importantísimo. El país os lo agradecerá.
Me
concentré en la respiración para no delatarme. Tres meses. La libertad. Pan
comido.
—Estoy
muy orgullosa de ti —murmuró, y me dio un último achuchón—. Buena suerte.
Se
fue a saludar a papá. Ahren aprovechó ese momento para acercarse a mí.
—No
puedo creer que esto esté ocurriendo de verdad —comentó con emoción—. Me muero
de ganas por tener compañía.
—¿Qué
pasa? ¿Kile no es suficiente para ti? —espeté.
Miré
a Kile de nuevo. Seguía con la nariz metida en aquel dichoso libro.
—No
sé qué tienes contra Kile. Es un tipo muy listo.
—¿Es
un eufemismo de aburrido?
—¡No!
Pero me apetece conocer a gente distinta.
—Pues
a mí no —farfullé. Me crucé de brazos, en parte por impotencia, en parte para
protegerme.
—Oh,
vamos, hermanita. Esto será muy divertido —me animó. Escudriñó toda la sala y
susurró—: Estoy impaciente por ver qué has planeado para esos pobres diablos.
Traté
de aguantar la risa. Nadie me conocía mejor que mi hermano.
Cogió
uno de los sobres y me dio un suave golpecito en la nariz.
—Y
ahora prepárate. Si dominas el idioma, esta parte te resultará bastante fácil.
—Eres
como un dolor de muelas —murmuré, y le asesté un golpe en el brazo—, pero te
quiero.
—Lo
sé. No te preocupes. Lo harás genial.
Nos
indicaron que ocupáramos nuestros asientos, así que Ahren dejó el sobre en el
lugar que le correspondía, me cogió de la mano y me acompañó hasta mi sitio.
Las cámaras empezaron a filmar. Papá inauguró el Report del día anunciando un posible acuerdo
comercial con Nueva Asia. Trabajábamos codo con codo con ese país, por lo que
me costaba imaginar que, antaño, habíamos estado en guerra. Mencionó las leyes
de inmigración y todos sus consejeros hicieron sus discursos, incluida la
señorita Bryce. Aquellos minutos me parecieron eternos a la vez que efímeros.
Cuando
Gavril pronunció mi nombre, tardé unos segundos en recordar qué debía hacer
exactamente. Sin embargo, me levanté, crucé el escenario y me coloqué delante
del micrófono.
Esbocé
una tímida sonrisa y miré directamente a cámara. Sabía que esa noche toda Illéa
estaba sentada frente a su televisor.
—Estoy
convencida de que todos estáis tan emocionados como yo, así que por qué no nos
saltamos el protocolo y vamos al grano. Damas y caballeros, aquí están los
treinta y cinco jóvenes invitados a participar en esta revolucionaria
Selección.
Metí
la mano en el recipiente y extraje el primer sobre.
—Desde
Likely —leí, e hice una pausa mientras lo abría—, el señor Mackendrick Shepard.
Mostré
la fotografía del joven candidato y todos los presentes aplaudieron. Deposité
el contenido del sobre en el recipiente vacío y cogí otro sobre.
—Y
procedente de Zuni…, el señor Winslow Fields.
Tras
cada nombre que pronunciaba, la sala estallaba en aplausos.
Holden Messenger. Kesley Timber. Hale
Garner. Edwin
Bishop.
Al
final, cuando alcancé el último sobre del recipiente, creí haber abierto al
menos un centenar de ellos. Me dolían las mejillas de tanto sonreír. Esperaba
que mamá no se llevara una decepción cuando le dijera que prefería cenar a
solas en mi habitación. En mi opinión, era lo mínimo que me merecía.
—¡Ah!
Y desde Angeles —anuncié; rasgué el sobre y saqué la última inscripción. Esta
vez mi sonrisa no fue capaz de ocultar mi desasosiego, y todo el mundo se
percató de ello—, el señor Kile Woodwork.
Las
reacciones no se hicieron esperar. Varios gritos ahogados, un puñado de
carcajadas…, pero la que más me impactó fue la del propio Kile. Dejó caer el
libro al suelo.
Apenas
podía respirar
—Pues
bien, eso es todo. Mañana los consejeros iniciarán todos los preparativos para
formar a estos treinta y cinco candidatos para la aventura que les espera. Y,
dentro de menos de una semana, se instalarán en palacio. Hasta entonces, mi más
sincera enhorabuena.
Empecé
a aplaudir y toda la sala me siguió. Regresé a mi asiento y traté de disimular
lo molesta que estaba.
Ver
el nombre de Kile escrito en la solicitud no debería haberme afectado tanto. Al
fin y al cabo, ninguno de esos chicos tenía posibilidades de ganar. Pero había
algo que no encajaba.
En
cuanto Gavril cerró la transmisión, muchos fueron los que entraron en cólera.
Mamá y papá se dirigieron hacia los Woodwork de inmediato. Decidí unirme a
ellos para aclarar el asunto. Josie, que no paraba de reírse como una boba, me
pisaba los talones.
—¡Yo
no he sido! —insistió Kile.
En
cuanto le miré a los ojos, adiviné que estaba tan furioso como yo.
—¿Qué
importa eso? —dijo mamá—. Todo aquel que haya cumplido la mayoría de edad puede
poner su nombre en la inscripción.
Papá
asintió con la cabeza.
—Es
cierto. Y, aunque reconozco que la situación es un tanto extraña, no tiene nada
de ilegal.
—Pero
yo no quiero formar parte de esto —le suplicó Kile a papá.
—¿Quién
escribió tu nombre? —pregunté.
Kile
sacudió la cabeza.
—No
lo sé. Tiene que ser un error. ¿Por qué iba a inscribirme si ni siquiera quiero
competir?
Mamá
miró al general Leger y, por un instante, creí que estaban sonriéndose. Me
negaba a creerlo, pues aquella situación no era para nada divertida.
—¡Perdonad!
—protesté—. Esto es inaceptable. ¿Nadie piensa hacer algo al respecto?
—Escoge
a otro candidato —sugirió Kile.
El
general Leger negó con la cabeza.
—Eadlyn
anunció tu nombre delante de todo el país. Tú eres el candidato de Angeles.
—Es
verdad —coincidió papá—. Al leer los nombres públicamente, ya es oficial. No
podemos encontrarte un sustituto.
Kile
puso los ojos en blanco, algo que hacía muy a menudo, por cierto.
—Bueno,
Eadlyn puede eliminarme el primer día.
—¿Y
enviarte adónde? —cuestioné—. Tú vives aquí.
Ahren
se rio por lo bajo.
—Perdón
—murmuró al percatarse de mi mirada asesina.
—Eso
no sentaría bien al resto de los participantes.
—Échame
—propuso Kile.
—Por
enésima vez, Kile, ¡no te irás de aquí! —gritó la señorita Marlee.
Era
la primera vez que la oía utilizar un tono tan estricto. Se llevó una mano a la
sien y el señor Carter trató de consolarla. Le susurró al oído algo que no fui
capaz de comprender.
—¿Prefieres
vivir en otro lugar? —pregunté incrédula—. ¿Acaso un palacio no es lo bastante
bueno para ti?
—No
es mío —dijo, alzando el tono de voz—. Y, francamente, ya no lo soporto más.
Estoy harto de las normas, harto de sentirme un huésped en esta casa. Y, sobre
todo, estoy harto de tu actitud de niña malcriada y consentida.
Resollé
y, acto seguido, la señorita Marlee le soltó una colleja a su hijo.
—¡Discúlpate!
—ordenó.
Kile
apretó la mandíbula y clavó la mirada en el suelo. Me crucé de brazos,
indignada. No estaba dispuesta a permitir que se fuera de rositas. Me debía una
disculpa. Y pensaba obtenerla por las buenas o por las malas.
Al
final, tras sacudir la cabeza, murmuró un «lo siento» apenas comprensible.
Miré
hacia otro lado. Podía haberse esforzado un poco más.
—Seguiremos
adelante según lo planeado —sentenció papá—. Esto es una Selección, y todos
conocemos el proceso. Se trata de elegir. Hoy por hoy, Kile es uno de los
pretendientes. Desde luego, Eadlyn lo haría mucho peor.
«Gracias,
papá.» Comprobé la expresión de Kile. Seguía con la mirada pegada en el suelo;
estaba avergonzado y enfadado.
—Y
ahora deberíamos comer algo y celebrarlo. Hoy es un día muy especial.
—Tienes
razón —añadió el general Leger—. Cenemos juntos.
—Estoy
cansada —dije, y me di media vuelta—. Estaré en mi habitación.
Ni
siquiera esperé a que me dieran permiso. No debía nada a nadie. Había hecho
todo lo que me habían pedido.