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miércoles, 24 de junio de 2015

LA HEREDERA C10

Capítulo 10
Sobrevivimos al primer día, a la primera cena y a la primera noche sin incidentes. Las cámaras ya habían empezado a rodar en el comedor y los operarios bostezaban de aburrimiento. No le dirigí la palabra a nadie del grupo. Hasta los propios candidatos estaban tan nerviosos que no se atrevían a charlar entre ellos.
Intuí lo que papá podía estar pensando: «¡Esto es soporífero! ¡Nadie querrá ver esto! Si no conseguimos distraerles ni un segundo, ¿cómo vamos a hacerlo durante tres meses?».
Me miró de reojo varias veces, rogándome que hiciera algo, cualquier cosa, para alegrar un poco el ambiente. Tenía sentimientos encontrados. Por un lado, no quería fallarle, pero si mostraba un ápice de cordialidad, sentaría un mal precedente. Quería que todos ellos supieran que no pensaba bailarles el agua.
Traté de convencerme de que no tenía de qué preocuparme. Por la mañana, todo cambiaría.
Al día siguiente, todos los chicos se pusieron sus mejores galas, listos para el desfile. Un ejército de guardias y mayordomos pululaban por el jardín principal esperando ansiosos el momento de abrir las puertas.
Papá estaba muy orgulloso de mi ingeniosa idea, que, dicho sea de paso, había sido mi mayor contribución a la Selección hasta el momento. Creí que sería interesante hacer un pequeño desfile, algo que jamás antes se había hecho. Estaba segura de que sería la comidilla durante al menos un par de días.
—Buenos días, alteza —saludó uno de los muchachos.
Me acordé de Ean al instante. Después de su curiosa presentación, no era de extrañar que fuera el primero en dirigirse a mí.
—Buenos días —respondí, sin dejar de caminar, sin ni siquiera aminorar el paso.
Tampoco me detuve cuando vi a otros hacer reverencias ante mí o decir mi nombre. Tan solo paré cuando uno de los guardias, el encargado de liderar el proceso, se acercó a mi lado.
—Es una vuelta muy corta, alteza. A unos quince kilómetros por hora, calculo que tardaremos entre veinte y treinta minutos. Los guardias están marcando la ruta para asegurarnos, pero todo el mundo está emocionadísimo. Será divertido.
Entrelacé las manos con gesto calmado.
—Gracias, oficial. No sabe cuánto valoro el trabajo que estás haciendo para que esto salga adelante.
Él apretó los labios en un intento de disimular una sonrisa de satisfacción.
—Estoy a su disposición, alteza.
Se dio media vuelta, dispuesto a marcharse, pero le pedí que se quedara. El oficial estaba tan contento de que le necesitara que hinchó el pecho. Eché un fugaz vistazo a aquella plaga de hombrecitos. Todavía no daba crédito a que hubiera tantos.
Advertí la melena desgreñada de Henri y no pude evitar sonreír. Estaba junto a un grupo de chicos, escuchando atentamente lo que decían y asintiendo, aunque habría jurado que no estaba entendiendo ni una sola palabra. No vi a su intérprete por ningún lado y me pregunté si Henri le habría dado el día libre.
Escudriñé al resto de los pretendientes… y por fin encontré a uno que sí sabía cómo lucir un traje. No era modelo, obviamente, pero entendía que la costura era todo un arte y había ordenado a su mayordomo arreglarle el traje para que le quedara como un guante. Tampoco me pasaron desapercibidos sus zapatos bicolor. Gracias a Dios, recordé su nombre.
—Cuando me suba ahí, me gustaría tener al señor Garner a un lado y al señor Jaakoppi al otro, por favor.
—Por supuesto, alteza. Me ocuparé de ello.
Me giré y observé la carroza. Habían aprovechado la estructura de una de las carrozas de Navidad y la habían adornado con millones de flores veraniegas. Simbolizaba la festividad, la belleza. El perfume de las flores impregnaba el aire y, cuando respiré hondo, aquel aroma dulce y limpio calmó todos mis nervios.
Al otro lado de los muros de palacio se oían los gritos de aquellos que se habían agolpado alrededor de palacio para presenciarlo todo. Después de hoy, olvidarían cualquier error que hubiera cometido la noche antes.
—De acuerdo, caballeros. —La voz del general Leger retumbó en el jardín—. Necesito que formen una fila siguiendo el camino. Después, irán subiendo uno a uno.
Mamá estaba en la parte de atrás, escoltada por papá. Había cogido unas cuantas flores que se habían caído de la carroza por culpa del viento y se las había colocado entre el pelo. Cuando él sacó la cámara y se levantó, le miró con absoluta admiración. Papá rodeó al grupo y empezó a disparar fotografías. Retrató a los chicos, tomó un par de instantáneas de la fuente y, cómo no, también me fotografió a mí.
—¡Papá! —murmuré, un tanto abochornada.
—Alteza —interrumpió el general Leger, y apoyó una mano sobre mi espalda—. Será la última en subir. Me han comentado que quiere a Henri y a Hale a su lado, ¿es eso cierto?
—Sí.
—Buena elección. Son dos chicos educados. De acuerdo, estaremos listos dentro de un momento.
Se acercó a mi madre y le comunicó algo. Ella pareció incomodarse, pero el general Leger empezó a mover las manos para intentar tranquilizarla. Desde mi posición, me costó mucho más interpretar la reacción de papá. O la información no le había molestado en absoluto, o lo disimulaba muy bien.
Los candidatos desaparecieron por una escalerilla escondida. Estaba histérica y no podía dejar de caminar de un lado para otro. De pronto, entre el tumulto de guardias y huéspedes, apoyado sobre el muro, advertí al intérprete de Henri. Ahí estaba, de brazos cruzados, contemplando la escena mientras se mordía las uñas. Sacudí la cabeza y traté de concentrarme.
—No hagas eso —empecé. Pretendía ser firme, sin resultar desagradable—. No querrás que las cámaras te pillen con los dedos en la boca, ¿verdad?
De inmediato, bajó la mano.
—Perdón, alteza.
—¿No subirás ahí? —pregunté refiriéndome a la gigantesca carroza.
Él sonrió.
—No, alteza. Creo que Henri puede saludar con la mano a la multitud sin necesidad de un intérprete. —Sin embargo, presentía que todavía seguía nervioso.
—Estará a mi lado —informé—. Me encargaré de que sepa qué está pasando.
El intérprete dejó escapar un suspiro de alivio.
—Bueno, entonces no tengo por qué preocuparme. Y él estará más que encantado. No deja de hablar de usted.
Me reí.
—Apenas lleváis aquí un día. Ya se le pasará.
—Permítame que lo dude. Está anonadado con usted; con todo, en realidad. La experiencia ya es todo un mundo para él. Su familia ha tenido que trabajar muy duro para llegar hasta aquí, y ahora él se encuentra en un lugar donde puede robarle un segundo de su tiempo… Se siente como un niño con zapatos nuevos.
Alcé la mirada y busqué a Henri. Estaba arreglándose la corbata, esperándome en la carroza.
—¿Eso es lo que te ha dicho?
—No con estas palabras. Es consciente de lo afortunado que es y solo ve virtudes en usted. La verdad es que no calla.
Dibujé una sonrisa triste. Me habría gustado que él mismo me hubiera dicho todo eso en persona.
—¿Tú también naciste en Swendway?
Él negó con la cabeza.
—No. Fui la primera generación que nació en Illéa. Pero mis padres han querido mantener nuestras costumbres, así que vivimos en una pequeña comunidad rodeados de gentes de Swendway, en Kent.
—¿Como Henri?
—Sí. Cada vez son más habituales. Cuando Henri fue seleccionado, su familia publicó un anuncio en el que solicitaban los servicios de un intérprete con experiencia, así que envié el currículo, volé hasta Sota y ahora tengo un trabajo nuevo.
—¿Así que conoces a Henri desde…?
—Hace una semana. Pero hemos pasado la mayor parte del tiempo juntos y, a decir verdad, nos llevamos tan bien que me da la sensación de que le conozco de toda la vida —explicó. Hablaba con mucho cariño de Henri, casi como si fuera un hermano.
—Qué grosera…, ni siquiera sé cómo te llamas.
Se inclinó.
—Soy Erik.
—¿Erik?
—Sí.
—Ah. Esperaba algo distinto.
Encogió los hombros.
—Bueno, esa es la traducción más fiel.
—¿Alteza? —dijo el general Leger. Había llegado mi turno.
—No le quitaré ojo de encima —prometí, y me escabullí hacia la carroza.
La escalera representaba todo un desafío. Llevaba unos tacones de aguja altísimos y, para subir cada peldaño, tenía que remangar un poco la falda del vestido con una mano. Así que no tuve más remedio que ir ascendiendo escalón a escalón. Lograr esa hazaña sin ayuda me hizo sentir muy orgullosa de mí misma.
Comprobé que seguía impecable antes de tomar asiento. Henri se giró hacia mí de inmediato.
—Hola hoy, alteza —saludó con una sonrisa de oreja a oreja. La brisa le alborotaba aquellos rizos dorados.
Posé una mano sobre su hombro.
—Buenos días, Henri. Puedes llamarme Eadlyn.
Torció el gesto, un tanto confundido.
—¿Decirle Eadlyn?
—Sí.
Alzó el pulgar, así que asumí que lo había entendido. No me había equivocado al elegirle como acompañante. Apenas había tardado unos segundos en sacarme una sonrisa. Me quedé detrás de Henri y busqué entre la muchedumbre a Erik. Cuando le avisté, le hice un gesto con la barbilla. Él sonrió y se colocó una mano sobre el corazón, como si eso le hubiera aliviado.
Después me dirigí a Hale.
—¿Qué tal estás hoy?
—Bien —respondió un tanto indeciso—. Alteza, quería volver a pedirle perdón por lo de ayer. No pretendía…
Levanté la mano para silenciarle.
—No, no. Como supongo que podrás imaginar, esto es un poco estresante para mí.
—Sí. No querría estar en sus zapatos.
—¡A mí me encantaría estar en los tuyos! —exclamé, y bajé la mirada—. ¡Me encantan!
—Gracias. ¿Cree que combinan bien con la corbata? Me gusta experimentar, pero no me convencen.
—No. Conjuntan a la perfección.
Hale suspiró, contento por haber causado una buena primera y segunda impresión.
—Bueno, fuiste tú quien aseguró que intentarías ganarte mi mano día a día, ¿me equivoco?
—Tiene toda la razón —contestó, satisfecho de que me acordara de ese detalle.
—¿Y cómo piensas hacerlo hoy?
Él meditó la respuesta.
—Si por un momento cree que va a perder el equilibrio, le ofrezco mi mano. Le prometo que no dejaré que se caiga.
—Eso me gusta. Si crees que te has equivocado de calzado, te sugiero que te calces estos tacones.
—¡Abrimos puertas! —gritó alguien—. ¡Agarraos!
Me despedí de mamá y de papá, y luego me aferré a la barra que rodeaba la parte superior de la carroza. No era demasiado alta, así que, aunque alguien resbalara y se cayera, seguramente se levantaría con un par de rasguños y varios moratones. Sin embargo, los cinco que estábamos en la parte delantera corríamos el riesgo de caer y ser atropellados por la propia carroza. Hale y Henri permanecían serios y tranquilos, pero, en cuanto hice mi aparición estelar, casi todos los demás pretendientes empezaron a aplaudir y a gritarme palabras de ánimo. Burke, por mencionar a uno, no dejaba de chillar:
—¡Vamos, podemos hacerlo!
Aunque, en realidad, lo único que debía hacer era estar ahí y saludar a los espectadores con la mano.
En cuanto abrieron las puertas, el público gritó. Al rodear la esquina, distinguí el primer sector de cámaras. Lo estaban grabando todo. Algunos mostraban carteles para apoyar a su seleccionado favorito y otros ondeaban la bandera de Illéa.
—¡Henri, mira! —dije, y le señalé un cartel con su nombre escrito.
Tardó unos instantes en comprenderlo y, cuando al fin reconoció su nombre, ahogó un grito.
—¡Ala!
Estaba emocionadísimo. De pronto, me cogió de la mano y la besó. Si cualquier otro pretendiente se hubiera atrevido a hacer algo así, me habría fastidiado, y mucho, pero viniendo de él, el gesto me resultó de lo más inocente.
—¡La queremos, princesa Eadlyn! —gritó alguien, y saludé con la mano.
—¡Larga vida al rey!
—¡Que dios la bendiga, princesa!
Articulé varias veces la palabra «gracias». No me esperaba tantas muestras de apoyo. Me sentía pletórica. De hecho, hasta ese día, nunca había tenido la oportunidad de mirar cara a cara a mi pueblo, de oír sus voces. Jamás imaginé que nos necesitaran tanto. Desde luego, sabía que me apreciaban porque, al fin y al cabo, algún día sería su reina. Pero, hasta entonces, siempre que había salido de palacio, quienes habían acaparado todas las miradas habían sido mamá y papá. Ver tantas muestras de cariño dedicadas a mi persona me conmocionó. Quizás algún día me querrían tanto como a papá.
El desfile fue avanzando; la gente ovacionaba nuestros nombres y arrojaba flores a la carroza. Por lo visto, había logrado mi cometido: dar un auténtico espectáculo. Aquella exhibición estaba yendo mejor de lo previsto, hasta que llegamos al último tramo de la ruta.
Algo me golpeó y, claramente, no fue una flor. Advertí una cáscara de huevo y una tremenda mancha en el vestido. Después recibí el impacto de un tomate. Y luego alguien me arrojó un objeto que no logré identificar.
Me agaché y me cubrí con los brazos.
—¡Necesitamos trabajar! —exclamó alguien.
—¡Las castas no han desaparecido!
Alargué el cuello y vi a un grupo de personas que protestaban a la vez que lanzaban comida podrida a la carroza. Algunos se las habían ingeniado para entrar carteles con mensajes ofensivos sin que los guardias se dieran cuenta. Otros me dedicaban palabras desagradables, llamándome cosas que jamás me habría figurado.
Hale se inclinó a mi lado y me rodeó el hombro.
—No se preocupe, la tengo.
—No lo entiendo —farfullé.
Henri se arrodilló e hizo de escudo humano, protegiéndome de cualquier objeto volador que amenazara con caer sobre mí. A Hale tampoco le tembló el pulso y se convirtió en un escolta. De repente, le oí gruñir y doblarse de dolor cuando algo grande y pesado le golpeó.
Reconocí la voz del general Leger enseguida. Estaba ordenando a los seleccionados que se agacharan. En cuanto todo el mundo estuviera a cubierto, la carroza aceleraría y, probablemente, avanzaría a más velocidad de la permitida. Los espectadores que se habían acercado a disfrutar del desfile empezaron a abuchearnos. Les estábamos arrebatando la oportunidad de ver en vivo y en directo a todo el séquito real.
En cuanto la carroza empezó a rodar por la gravilla de la entrada de palacio, me tranquilicé; cuando el conductor echó el freno, aparté a Hale y me puse de pie de un brinco. Corrí hacia la escalerilla y bajé a toda prisa.
—¡Eadlyn! —gritó mamá.
—Estoy bien.
Papá estaba pálido.
—Cariño, ¿qué ha pasado?
—Ojalá lo supiera —contesté, y me marché echando humo por las orejas, humillada. Lo que acababa de suceder había sido bochornoso, pero las miradas de pena y lástima que veía a mi alrededor todavía me hicieron sentir peor.
Todas sus expresiones parecían gritar «pobrecita». Detestaba su compasión incluso más que a los que creían que aquello era aceptable.
Eché a correr por los pasillos de palacio, con la cabeza gacha y la esperanza de que nadie me detuviera. No era mi día de suerte, desde luego, porque, en cuanto llegué al rellano del segundo piso, me topé con Josie.
¡Ecs! ¿Qué te ha pasado?
No le contesté. Aceleré aún más el paso. ¿Por qué? ¿Qué había hecho para merecer eso?
Neena estaba limpiando la habitación cuando entré.
—¿Señorita?
—Ayúdame —gimoteé, y luego rompí a llorar.
La muchacha vino corriendo y me abrazó con fuerza; sin querer, le manché su prístino e impoluto uniforme de criada.
—Ahora, tranquilícese. Entre las dos arreglaremos este desaguisado. Mientras se desviste, iré preparando el baño.
—¿Por qué querrían hacerme esto?
—¿Quiénes?
—¡Mi propia gente! —respondí, frustrada—. Mis súbditos. ¿Por qué?
Neena tragó saliva.
—No lo sé.
Me pasé una toalla por la cara. Se me corrió todo el maquillaje y, de repente, advertí algo verde en la mano. Las lágrimas volvieron a brotar.
—En unos segundos la bañera estará lista.
Neena se escabulló hacia el cuarto de baño; yo me quedé ahí quieta, sintiéndome impotente y desamparada.
Sabía que el agua se llevaría toda la mugre, el hedor de podredumbre de las verduras que me habían arrojado, pero no había jabón en el mundo capaz de borrar ese recuerdo.
Horas más tarde, me acomodé en una de las sillas de la sala de estar de papá; me había abrigado con el jersey más suave y cómodo que tenía. A pesar del calor, la ropa era mi única armadura, de modo que llevar varias capas de ropa me hacía sentir más segura. Papá y mamá se habían servido una copa; el licor era fuerte, sin lugar a dudas. Podía contar con los dedos de una mano las veces que había visto a mis padres tomarse una copa. Sin embargo, aquel licor tampoco estaba calmando sus nervios.
Ahren llamó a la puerta y entró sin esperar una respuesta. En cuanto cruzamos las miradas, atravesé corriendo la sala y me lancé a sus brazos.
—Lo siento mucho, Eady —susurró, y me dio un beso.
—Gracias.
—Me alegro de que estés aquí, Ahren —comentó papá, que estaba mirando algunas instantáneas del desfile que los fotógrafos le habían entregado. Después, las dejó sobre los periódicos del día.
—Desde luego —contestó mi hermano, que me rodeó el hombro con el brazo y me acompañó hasta mi asiento. Me enrosqué como un gato y él se colocó junto a papá.
—Todavía no doy crédito a lo ocurrido —murmuró mamá, y se acercó la copa a la boca. Titubeó y, al final, decidió no tomar otro sorbo de licor.
—Yo tampoco —farfullé; seguía dolida por aquel arrebato de odio de mi propio pueblo hacia mi persona—. ¿Qué he hecho?
—Nada —aseguró mamá, y se sentó a mi lado—. Están furiosos con la monarquía, no contigo. Hoy, el único rostro que han visto es el tuyo, y por eso te han atacado. Podríamos haber sido cualquiera de la familia.
—Estaba convencido de que una Selección calmaría los ánimos. Pensé que estarían encantados de presenciar algo así —añadió papá, con la mirada aún clavada en las fotografías.
Todos nos quedamos en silencio durante unos instantes. Era evidente que papá había cometido un error de cálculo.
—En fin —empezó Ahren—. Quizá lo estarían si Eadlyn no fuera la protagonista.
Todos le miramos boquiabiertos.
—¿Disculpa? —musité. Aquellas palabras tan crueles me habían llegado al corazón. Estaba a punto de romper a llorar por tercera vez en un día—. Mamá acaba de decir que podría haber sido cualquiera de la familia. ¿Por qué me culpas a mí?
Apretó los labios y miró a su alrededor.
—De acuerdo. Hablemos de esto alto y claro. Si Eadlyn fuera una chica normal, una jovencita que no se crio aprendiendo a controlar cada emoción, cada gesto, cada palabra, esto, probablemente, sería distinto. Pero abre cualquiera de esos periódicos —dijo, señalando la mesilla. Papá obedeció sin rechistar—. No nos engañemos. Muestra una personalidad distante. Mirar las fotografías de la cena de anoche resulta hasta incómodo. Fíjate bien: los miras enfurruñada, como si te molestara su mera presencia.
—Si estuvieras en mi lugar, sabrías lo difícil que es esto para mí.
Ahren puso los ojos en blanco. Él mejor que nadie sabía que mi intención no era, ni de lejos, conocer al hombre de mi vida.
Mamá se levantó y echó un vistazo a las fotografías.
—Tiene razón. Has levantado un muro entre tú y los pretendientes. Es evidente que no hay química… ni romanticismo.
—Escuchadme bien: no pienso hacer un papel. Me niego en redondo a actuar como una petarda delante de un grupo de chicos para entretener a la gente —sentencié, y me crucé de brazos.
Tan solo habían pasado dos días desde el pistoletazo de salida, y ya era un desastre. Supe desde del principio que no funcionaría y, para colmo, me sentía humillada. ¿Se atreverían a pedirme que pasara otra vez por una situación tan bochornosa por el bien de la monarquía cuando era evidente que no iba a ayudar?
El salón volvió a enmudecer. Ilusa de mí, por un momento creí que había ganado la batalla.
—Eadlyn —dijo papá; le miré e intenté que aquella mirada suplicante no me conmoviera—. Me prometiste tres meses. Estamos sopesando las diversas vías que tenemos para redirigir el país, pero no podemos centrarnos en apagar un fuego si cada dos por tres aparecen más. Necesito que lo intentes.
En ese instante, me percaté de algo que jamás antes me había planteado: su edad. Papá no era viejo, en el significado literal de la palabra, pero a lo largo de su vida había realizado más proezas que la mayoría de la gente que le doblaba la edad. Siempre se había sacrificado, por mamá, por nosotros, por su país, y estaba agotado.
Agaché la cabeza. Debía encontrar un modo de dar a entender que la Selección me importaba, aunque solo fuera por el bien de mi padre.
—Supongo que tienes tus contactos en la prensa, ¿verdad?
Él asintió.
—Contamos con fotógrafos y periodistas de confianza.
—Que haya varias cámaras a primera hora de la mañana en el Salón de Hombres. Yo me ocupo de esto.