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miércoles, 24 de junio de 2015

LA HEREDERA C11

Capítulo 11
Al día siguiente, decidí no tomar el desayuno junto a mi familia para evitar ponerme nerviosa. No quería que nadie se percatara de que la conversación de anoche me había dejado completamente desarmada; sentía que, con cada respiración, estaba construyendo una especie de armadura a mi alrededor.
Neena canturreaba una melodía mientras ordenaba el dormitorio. Era otra de sus virtudes. Cuando me retiré a mis aposentos la noche anterior, no solo fue dulce y cariñosa conmigo, sino que además no hizo ninguna pregunta ni volvió a sacar el tema. No tenía que preocuparme por ella y, justamente por eso, la pobre no podía abandonar el palacio ni un solo día. ¿Y yo?
—Hoy es un día para llevar pantalones, Neena —dije.
Ella dejó de tatarear la canción.
—¿Negro otra vez?
—Al menos un poco.
Compartimos una sonrisa y buscó un par de pantalones negros muy ajustados que combiné con unos tacones de infarto. Sabía que, al mediodía, ya no podría dar un paso, pero me dio lo mismo. Me puse una camisa un tanto vaporosa y un chaleco. Encontré una tiara con piedras preciosas que conjuntaba con la camisa perfectamente. Ya estaba lista.
Tomé una decisión: seguir los pasos de papá. Él también había vivido una Selección. El primer día, envió a seis chicas a su casa. Mi plan, para empezar, era eliminar al doble. Pretendía hacer un poco de limpieza y despedir a los candidatos a los que jamás besaría. En cierto modo, demostraría cuán en serio me tomaba el proceso y que el resultado me importaba.
Recé por que existiera una manera de hacerlo sin cámaras delante, pero eran un mal necesario. Tenía una lista mental preparada y, vagamente, sabía qué iba a decir; pero si cometía algún error con todos los reporteros ahí delante, dudaba de que pudiera enmendarlo…, lo que significaba que debía salir a la perfección.
Puesto que la Sala de las Mujeres se consideraba propiedad de la reina, todo hombre que quisiera entrar estaba obligado a pedir permiso. El Salón de Hombres se había improvisado porque así lo había pedido yo, y, por lo tanto, no existía tal formalidad. Fue una entrada triunfal: empujé las puertas dobles y una ráfaga de viento me alborotó el cabello.
Todos los candidatos me miraron, algunos se pusieron de pie al instante, otros dejaron a los reporteros con los que charlaban con la palabra en la boca.
Pasé junto a Paisley Fisher y le oí tragar saliva. Me detuve, dibujé una sonrisa encantadora y apoyé una mano en su hombro.
—Ya puedes irte.
Miró de reojo a todos los que le rodeaban.
—¿Irme?
—Sí, irte. Muchas gracias por haber participado, pero tu presencia en palacio ya no es necesaria.
El muchacho se resistía a marcharse, así que me acerqué y le susurré las instrucciones al oído.
—Cuánto más tiempo te quedes merodeando por aquí, más embarazoso se volverá. Deberías marcharte.
Me aparté y, casi a cámara lenta, el joven se fue alejando hacia la puerta de la sala, con los ojos inyectados en sangre.
No lograba entender por qué se había enojado tanto. No se lo había dicho gritando ni le había echado a patadas. Me felicité por haberme librado de alguien tan infantil y traté de recordar la lista. ¿Quién era el siguiente? Ah…, este se lo merecía.
—Blakely, ¿verdad?
—Sí…, sí —tartamudeó. Se aclaró la garganta, y volvió a hablar—: Sí, alteza.
—Cuando nos conocimos, no dejaste de mirarme el pecho. —Se quedó pálido. Al parecer, creyó que había sido muy sutil y que no me había dado cuenta—. No te olvides de mirarme el culo al irte.
Me aseguré de hablarle lo bastante alto como para que las cámaras y el resto de los pretendientes pudieran oírlo. Con suerte, su humillación serviría para que los demás aprendieran la lección y no se comportaran igual. Blakely bajó la cabeza y se marchó con el rabo entre las piernas.
Continué con mi decapitación particular y me paré frente a Jamal.
—Puedes irte.
A su lado, Connor empezó a sudar.
—Y tú puedes acompañarle.
Se miraron un tanto confundidos y después, sacudiendo la cabeza, se marcharon juntos.
Me crucé con Kile. A diferencia de los demás, no esquivó mi mirada, sino todo lo contrario; me miró fijamente a los ojos y me rogó que pusiera punto final a esa tortura y le expulsara de inmediato.
Le habría eliminado si no hubiera sabido que su madre me habría matado (además, le estaría invitando a dejar el palacio y mudarse a otro sitio) y porque el día anterior, durante el desfile, había leído su nombre en la mayoría de los carteles. Kile era el candidato de la ciudad, y quizá por eso el pueblo se había posicionado a su favor. No podía librarme de él. Al menos por ahora.
A su lado, Hale tenía un nudo en la garganta. Recordé cómo me había protegido durante el alboroto del desfile, recibiendo los golpes de verduras podridas que estaban destinadas a mí.
Me acerqué y, en voz baja, le dije:
—Muchas gracias por lo de ayer. Fuiste muy valiente.
—No fue nada —aseguró—. Aunque el traje no se ha salvado.
Lo dijo de broma, para quitarle hierro al asunto.
—Qué lástima.
Desvié la mirada y seguí mi camino. No creía que las cámaras hubieran grabado la conversación, pero estaba convencida de que habrían captado nuestras sonrisas. Me pregunté si, a raíz de eso, se inventarían todo tipo de historias.
—Issir —llamé. Iba como siempre: desgarbado y con el pelo engominado hacia atrás—. No. Gracias.
Ni siquiera lo cuestionó. Se sonrojó y huyó a toda prisa del salón.
Oí cuchicheos y me pregunté quién sería tan poco cauto como para hablar justo en aquel momento. Me giré y advertí al intérprete de Henri, explicándole a Henri qué estaba sucediendo en el salón. El muchacho parecía inquieto, nervioso, pero, cuando el traductor acabó de hablar, alzó la mirada y me regaló una sonrisa. Era una sonrisa divertida, cómica. Daba la sensación de que, a pesar de estar inmóvil, estuviera jugando a algo.
Puf. Había pensado acabar con su sufrimiento y enviarle a casa, pero parecía encantado de estar ahí. Al fin y al cabo, no podía eliminar a todos los pretendientes, y Henri era inofensivo.
Al pasar junto a Nolan, tan solo di un capirotazo con la mano para echarle. Busqué a Jamie y le anuncié que exigir sus honorarios había sido el modo más ofensivo de presentarse.
Di otra vuelta por el salón para cerciorarme de que no me había dejado a nadie de la lista. Las reacciones de los candidatos que se habían salvado de aquella escabechina iban de interesantes a estrafalarias. Holden seguía histérico, como si creyera que la bomba fuera a caerle en cualquier momento. Jack sonreía de una forma extraña; al parecer, todo aquello le parecía entretenido y emocionante. Al final me crucé con Ean, que, en lugar de apartar la mirada, me guiñó un ojo.
Me llamó la atención que estuviera solo, con un diario encuadernado en cuero y un bolígrafo como única compañía. Por lo visto, no había venido aquí a hacer amigos.
—Guiñar el ojo es un gesto audaz, ¿no crees? —pregunté en voz baja
—¿Qué princesa no querría a un hombre a su lado que fuera audaz?
Arqueé una ceja.
—¿Y no te preocupa quedar como un arrogante?
—No. Yo soy así. Y no pretendo ocultar nada.
Su presencia me intimidaba un poco, pero me gustaba que tuviera las agallas de ser tal y como era. Me di cuenta de que una cámara nos seguía para capturar mi expresión. Miré hacia otro lado y me aguanté la risa. Seguí adelante y añadí a Arizona, a Brady, a Pauly y a MacKendrick a la lista de desahuciados. Si los cálculos no me habían fallado, había eliminado a once.
Esperé a que todos los descartados hubieran desaparecido. Luego, me encaminé hacia la puerta, me volví y me dirigí a los candidatos restantes.
—Si seguís aquí, es porque habéis hecho algo entre nuestra primera reunión y hoy para impresionarme o porque, al menos, habéis tenido el sentido común de no ofenderme —anuncié. Algunos sonrieron, probablemente pensando en Blakely, y otros se quedaron pasmados—. Quiero pediros a todos que seáis prudentes, porque yo me tomo este asunto muy en serio. Esto no es un juego, caballeros. Es mi vida.
Cerré las puertas y escuché un frenesí de actividad en la sala. Algunos soltaban carcajadas nerviosas, otros suspiraban aliviados y hubo alguien que no dejaba de repetir una y otra vez:
—Oh, Dios mío. Oh, Dios mío.
Las voces de los reporteros se oían sobre las demás; los animaban a relatar sus sensaciones tras la primera eliminación. Solté un suspiró y me alejé muy segura de mí misma. Había dado un paso decisivo. Ahora podía dormir tranquila, pues la Selección seguía su rumbo y yo no iba a defraudarle.
Para compensar el desastre de la primera noche y la completa falta de interacción después del desfile, invitamos a los pretendientes a un té antes de cenar para que así pudieran conocer a todo el servicio y, por descontado, hablar conmigo, su ansiada prometida. Papá y mamá estaban allí, junto con Ahren, Kaden y Osten. Josie acudió con los Woodwork, que trataban de no atosigar demasiado a su hijo. La señorita Lucy no paraba de pasearse por el salón, tan hermosa y encantadora como siempre, aunque no charló con nadie. Las multitudes no eran lo suyo.
Para la cena, escogí un vestido de gala y unos tacones que me dejarían los pies destrozados. Los nervios de la expulsión todavía no habían desaparecido, pero me alegraba saber que por fin había hecho algo para ayudar a papá. Sin embargo, esa alegría se desvaneció en cuanto Ahren se acercó a mí con una mirada de alarma.
—¿Qué diablos has hecho? —preguntó con tono acusatorio.
—Nada —juré—. He convocado una eliminación. Quería demostrar a todo el mundo que la Selección me importa. Al igual que hizo papá.
Ahren se llevó las manos a la cabeza.
—¿Es que no has hecho nada más que leer informes en todo el día?
—Pues no —repliqué—. Quizá no te hayas dado cuenta, pero ese es mi trabajo.
Mi hermano se inclinó y bajó la voz.
—Las noticias te pintan como una viuda negra. Les echaste con cara de engreída. Y expulsaste a casi un tercio de los pretendientes, Eadlyn. La verdad, no parece que te importen, sino que los utilizas a tu antojo —contestó. Sentí que me quedaba sin oxígeno en los pulmones. Y Ahren prosiguió—: Dos de los eliminados han preguntado, del modo más discreto y prudente imaginable, si era posible que prefirieras a las mujeres.
Solté un gemido.
—Ah, ya lo entiendo. Para demostrar que me gustan los hombres, ¿qué tengo que hacer? ¿Besar el suelo por el que pisan?
—No es el momento para ponerte en pie de guerra, Eadlyn. Debes ser más amable y atenta con ellos.
—Disculpe, alteza.
Ahren y yo nos giramos al mismo tiempo. Era una reportera que, a juzgar por su mirada y su sonrisa, estaba al borde de un ataque de histeria.
—Odio interrumpirle, pero me preguntaba si sería posible realizar una entrevista a la princesa antes de entregar mi artículo. —La desconocida volvió a sonreír y, por un momento, temí que me engullera viva, tanto en términos figurados como literales.
—Estará encantada de hacerlo —respondió Ahren.
Después me besó la frente y se esfumó.
De pronto, se me aceleró el pulso. Aquello no entraba en mis planes. Pero de todo lo que en ese momento pudiera ocurrir, lo que más me aterrorizaba era que el público me viera sudar.
—Alteza, hoy ha eliminado a once candidatos. ¿No cree que la expulsión ha sido un poco drástica?
Erguí la espalda y dibujé la más dulce de las sonrisas.
—Comprendo que haya quien piense eso —contesté con diplomacia—, pero ha sido una decisión crucial. En mi opinión, no sería justo ni sensato por mi parte conocer a muchachos groseros o irrespetuosos. Albergo la esperanza de que, al ser un grupo más reducido, tendré la oportunidad de conocer a esos caballeros mucho mejor.
Repetí cada palabra en mi cabeza. No había dicho nada que pudiera parecer humillante o incriminatorio.
—Sí, pero ¿por qué ha sido tan severa? A algunos tan solo les dijo «no», o ni siquiera eso.
Traté de disimular mi preocupación. Con el tiempo, aquello quedaría como una anécdota divertida.
—Cuando mi padre es estricto, nadie le critica, así que no me parece justo que, cuando actúo de forma similar, se me tache de cruel. Voy a tomar una decisión importantísima y por eso me tomo la Selección muy en serio. —Me habría encantado gritarle, pero respondí con ese tono de voz que tanto había practicado para dar entrevistas. Incluso me las ingenié para mantener la sonrisa.
—Uno incluso ha llorado después de que usted se marchara —informó.
—¿Qué? —exclamé; temía que la reportera se percatara de que me estaba poniendo más pálida por segundos.
—Uno de los seleccionados se ha echado a llorar después de la eliminación. ¿Cree que es una reacción normal o que, al ser tan severa con ellos, usted misma la ha provocado?
Tragué saliva, pero sabía que no podía quedarme callada.
—Tengo tres hermanos. Todos lloran y le aseguro que las razones no siempre tienen mucho sentido.
Ella se rio por lo bajo.
—Entonces, ¿no cree haber sido demasiado dura con ellos?
Sabía perfectamente qué pretendía: estaba repitiendo la misma pregunta, esperando a sacarme de mis casillas y, a decir verdad, estaba consiguiéndolo.
—No logro imaginarme cómo debe de ser estar al otro lado del proceso de Selección y ser eliminada tan pronto. Pero, salvo mi padre, nadie de los presentes sabe qué se siente estando en este lado. Quiero hacer todo lo posible para encontrar a un marido noble y respetable. Y, si ese hombre no puede aguantar un comentario un tanto severo, claramente no podrá ser príncipe. ¡Confíe en mí! —comenté, y le toqué el brazo, como si fuera un cotilleo… o una broma. La desarmé por completo—. Y hablando de pretendientes, espero que me disculpe, pero necesito pasar tiempo con ellos.
Abrió la boca para hacer otra pregunta, pero di media vuelta con la cabeza bien alta. Tuve un momento de indecisión. No podía ir desesperada a la barra a pedir un refrigerio, ni desahogarme, ni tampoco soltar todas las palabrotas que se me estaban ocurriendo y, desde luego, no podía correr a los brazos de papá y mamá. Debía aparentar normalidad, así que di una vuelta por el salón. Cada vez que me cruzaba con uno de mis pretendientes, pestañeaba y sonreía como una boba.
Me llamó la atención que un detalle tan insignificante pudiera provocar sonrisas. En lugar de evitarme, todos suavizaron sus expresiones. También me fijé en que esos breves instantes de consideración y ternura estaban borrando los recuerdos de esa misma mañana en el Salón de Hombres. Recé por que el público también olvidara esa historia tan rápido como ellos.
Sospechaba que, de un momento a otro, alguno de ellos se armaría de valor y vendría a hablar conmigo. Y esa persona resultó ser Hale.
—Y bien, parece ser que esto es una merienda —dijo, y se colocó a mi lado—. ¿Qué prefiere la princesa?
Dio un sorbo a su taza y sonrió con timidez.
Hale tenía un carisma natural y espontáneo, igual que la señorita Marlee, y por eso era muy fácil charlar con él. En aquel momento, agradecí que fuera él el primero en acercarse a charlar conmigo. Era la segunda vez que me rescataba.
—Depende de mi estado de ánimo. O del mes. En invierno soy incapaz de disfrutar de un té blanco, por ejemplo. Pero un té negro me sentaría de maravilla.
—De acuerdo —dijo, y asintió con la cabeza.
—Me ha dicho un pajarito que esta mañana, tras la expulsión, alguien se ha echado a llorar. ¿Es eso cierto?
Hale abrió los ojos como platos y soltó un silbido.
—Sí, fue Leeland. Pensé que se había roto un hueso… o algo así. Tardamos casi una hora en tranquilizarle.
—¿Qué ocurrió?
—¿Qué ocurrió? ¡Usted, alteza! Entra y se pone a eliminar a gente a diestro y siniestro. Supongo que es un chico tímido, y que le habrá cohibido.
Localicé a Leeland de inmediato. Estaba en una esquina, solo. Si de veras estuviera buscando marido, ya le habría descartado.
De hecho, me sorprendió que no me hubiera rogado que le permitiera volver a casa.
—No pretendía ser tan despiadada.
Hale se rio.
—No tiene que ser despiadada. Todos sabemos quién es, y qué puede hacer. Y lo respetamos.
—Eso díselo al tío que me preguntó cuándo le pagarían —murmuré.
Para eso Hale no tenía respuesta. Me sentí culpable de haber desviado la conversación hacia ese tema.
—Y bien, ¿qué toca hoy? —pregunté, y recuperé la compostura.
—¿Perdón?
—¿Cómo piensas demostrarme hoy que mereces mi mano?
Y con una sonrisa, contestó:
—Hoy, prometo que jamás le serviré un té blanco en invierno.
No me dijo adiós ni hizo reverencia alguna, pero se marchó con aire optimista.
Baden se volvió y me miró por encima del hombro. La primera impresión que me causó nada tenía que ver con nuestra charla de presentación. Le veía como el muchacho que, según la tía May, prometía, y mucho.
Era evidente que estaba titubeando; no sabía si acercarse a mí y entablar una conversación o darse media vuelta. Bajé la mirada y, pestañeando como una adolescente sin cerebro, me dirigí hacia él. Actuar así me hacía sentir estúpida, pero lo cierto es que funcionó: en cuestión de segundos, Baden se plantó frente a mí. Por un instante, pensé en la entrevista que me había hecho la reportera; me resultaba curioso, incluso divertido, que fuera una experta en técnicas para desarmar a un periodista o a un político, pero, cuando se trataba de chicos, nadie me había enseñado nada.
Al parecer, Baden estaba impaciente por hablar conmigo, pero los dos nos quedamos pasmados cuando, de pronto, en aquel preciso instante, se acercó otro seleccionado.
—Gunner —saludó Baden—, ¿qué te está pareciendo la fiesta?
—Excelente. De hecho, he venido a agradecer a la anfitriona que la haya organizado. Ha sido un verdadero placer conocer a sus hermanos pequeños.
—Oh, madre. ¿Qué han hecho?
Baden soltó una carcajada y Gunner trató de aguantar un ataque de risa.
—Osten es muy… enérgico.
Suspiré.
—La culpa es de mis padres. Por lo visto, cuando ya has criado tres hijos y tienes un cuarto, tiras todos los valores por la ventana.
—Pero me ha caído bien. Espero verle por aquí.
—No sé si tendrás esa suerte. Es muy escurridizo. Ni siquiera su niñera, a la que, por cierto, desprecia, es capaz de controlarle. Siempre está armando alboroto o escondido en alguna madriguera de palacio.
De repente, Baden nos interrumpió. Me pregunté si pretendía coquetear conmigo o parecer valiente.
—¡Qué carácter tan contradictorio! ¿Todos en su familia son así?
No me costó adivinar qué pretendía preguntar en realidad: ¿era la clase de chica que buscaba consuelo o que provocaba un escándalo por cualquier nimiedad?
—Sin duda.
Baden asintió.
—Es bueno saberlo. Me compraré un escudo y un par de binoculares.
Solté una risa tonta, cosa de la que me arrepentí de inmediato. Se me había escapado. Traté de no enfadarme, ni disgustarme, por haber bajado la guardia.
Con suerte, habría sido una escena perfecta para tomar un par de fotos. Hice una breve reverencia y continué con el paseo.
Vislumbré a Henri al otro lado de la sala. Erik no se apartaba de él. Cuando nuestras miradas se cruzaron, no dudó en aproximarse a mí con paso decidido y con una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Hola! ¡Hyvää iltaa! —exclamó, y me dio un beso en la mejilla, lo que, una vez más, me habría sorprendido si hubiera salido de cualquier otro pretendiente.
—Le da las buenas noches.
—Oh, ejem…, ¿heevat eelah? —murmuré, tratando de reproducir sus palabras.
Al oírme destrozar su propio idioma, se echó a reír.
—¡Bien, bien!
¿Siempre estaba tan contento?
Me giré hacia Erik.
—Sé sincero. ¿Ha sonado mal?
El intérprete no me mentiría.
—Siento decirlo, pero ni en cien años hubiera adivinado lo que ha dicho, alteza —contestó con tono amable.
Dibujé una sonrisa genuina. Aquella pareja era modesta y sencilla. Y, teniendo en cuenta que seguramente Henri se sentía un tanto marginado, aquella humildad decía mucho de ellos.
Antes de que pudiera proseguir la conversación, Josie apareció a mi lado.
—Una fiesta genial, Eadlyn. Tú eres Henri, ¿verdad? He visto tu fotografía —dijo, y enseguida extendió la mano para saludarle.
A pesar de estar un tanto desorientado, el muchacho le estrechó la mano educadamente.
—Soy Josie. Eadlyn y yo somos como hermanas —comentó entusiasmada.
—Aunque no somos familia —añadí.
Erik se apresuró a traducirle aquel intercambio de palabras a Henri, de una forma rápida y medio silenciosa, lo cual distrajo a Josie.
—¿Quién eres? —preguntó—. No recuerdo haber visto tu fotografía.
—Soy el intérprete del señor Henri. Él solo habla finlandés.
Josie pareció completamente decepcionada. Y entonces caí en la cuenta de que solo se había inmiscuido en nuestra conversación porque Henri le parecía atractivo. Sin lugar a dudas, parecía más joven que el resto de los candidatos, y además tenía un aire despreocupado que encandilaba a cualquiera. Seguro que Josie había creído que encajaría más con ella que conmigo.
—Y bien… —empezó—, ¿cómo demonios… vive?
Sin consultar nada a Henri, Erik contestó:
—Si de veras es prácticamente la hermana de la princesa, estoy convencido de que en palacio le habrán proporcionado una educación brillante. Y, por lo tanto, sabrá tan bien como nosotros que las relaciones entre Illéa y Swendway son fuertes y ancestrales, lo que ha permitido que muchos de nuestros ciudadanos se establezcan aquí, y que hayan creado pequeñas comunidades…, y viceversa. No es difícil.
Me mordí la lengua. Había puesto a Josie en su lugar. No podía estar más satisfecha por ello.
La muchacha bajó la cabeza.
—Ah, por supuesto. Ejem… —balbuceó y, aunque le costó Dios y ayuda, al final se disculpó—: Perdón.
—Lo siento —susurré una vez que se hubo marchado—. No tiene nada que ver con vosotros dos. Josie es horrible, simplemente.
—No me ha ofendido —contestó Erik con honestidad. Y después empezó a hablar en finlandés con Henri. Supuse que querría explicarle lo que acababa de suceder.
—Disculpadme. Tengo una charla pendiente con alguien, pero os veré en la cena —dije y, tras hacer una reverencia, repasé todo el salón en busca de algún tipo de refugio.
Aquella entrevista me había descolocado por completo, pero me sentía orgullosa por haber recuperado la compostura después del desastre. Sin embargo, Josie tenía el don de sacarme de quicio.
Vi que mamá estaba sola y casi corrí hacia ella; necesitaba un hombro sobre el que llorar. Pero, en lugar de recibirme con los brazos abiertos, me lanzó la misma mirada asesina que Ahren me había dedicado nada más entrar en la sala.
—¿Por qué no nos contaste lo que habías planeado hacer? —preguntó en voz baja. Para que nadie pudiera sospechar de qué estábamos hablando, no borró la sonrisa que tenía pegada en la cara.
Imité la sonrisa y contesté:
—Creí que sería buena idea. De hecho, papá hizo lo mismo.
—Sí, pero a una escala menor y de forma privada. Les has avergonzado en público. Nadie te admirará por ello.
Resoplé.
—Lo siento. De corazón. No me di cuenta.
Ella me rodeó con el brazo.
—No pretendía ser tan intransigente. Sé que lo estás poniendo todo de tu parte.
Y justo entonces se aproximó un fotógrafo para capturar ese momento cándido de madre e hija charlando. ¿Cuál sería el titular?
Tal vez algo sobre la seleccionada instruyendo a la seleccionadora.
—¿Qué se supone que debo hacer ahora?
Escudriñó el salón para cerciorarse de que nadie pudiera escucharnos.
—Tan solo… plantéate un pequeño romance. Nada escandaloso, por el amor de Dios —añadió—. Pero ver cómo te enamoras… Eso es lo que realmente quiere presenciar todo el mundo.
—Pero no puedo provocarlo. No puedo…
—America, mi vida —me llamó papá.
Osten se había derramado el zumo sobre la camisa, así que mamá fue a ayudarle y a cambiarle de muda.
Habría apostado todos mis ahorros y no habría perdido ni un solo céntimo. Lo que acababa de suceder no había sido más que un intento intencionado por parte de mi hermano para salir de aquella estancia.
Me quedé inmóvil, sola. Registré la sala con la mirada tratando de no llamar la atención. Estaba atestada de demasiados rostros desconocidos. Había demasiados ojos extraños observándome, esperando que realizara algún movimiento. Si hubiera dependido de mí, hubiera puesto punto final a la Selección cuatro horas antes. Inspiré hondo. Tres meses y me habría ganado la libertad. Podía hacerlo. No tenía alternativa.
Crucé la sala con paso decidido; sabía con quién debía hablar. Le localicé, me acerqué y le susurré al oído:

—Nos vemos en mi dormitorio. Ocho en punto, ni un minuto más. No se lo digas a nadie.