Capítulo 11
Al día siguiente, decidí no
tomar el desayuno junto a mi familia para evitar ponerme nerviosa. No quería
que nadie se percatara de que la conversación de anoche me había dejado
completamente desarmada; sentía que, con cada respiración, estaba construyendo
una especie de armadura a mi alrededor.
Neena
canturreaba una melodía mientras ordenaba el dormitorio. Era otra de sus
virtudes. Cuando me retiré a mis aposentos la noche anterior, no solo fue dulce
y cariñosa conmigo, sino que además no hizo ninguna pregunta ni volvió a sacar
el tema. No tenía que preocuparme por ella y, justamente por eso, la pobre no
podía abandonar el palacio ni un solo día. ¿Y yo?
—Hoy
es un día para llevar pantalones, Neena —dije.
Ella
dejó de tatarear la canción.
—¿Negro
otra vez?
—Al
menos un poco.
Compartimos
una sonrisa y buscó un par de pantalones negros muy ajustados que combiné con
unos tacones de infarto. Sabía que, al mediodía, ya no podría dar un paso, pero
me dio lo mismo. Me puse una camisa un tanto vaporosa y un chaleco. Encontré
una tiara con piedras preciosas que conjuntaba con la camisa perfectamente. Ya
estaba lista.
Tomé
una decisión: seguir los pasos de papá. Él también había vivido una Selección.
El primer día, envió a seis chicas a su casa. Mi plan, para empezar, era
eliminar al doble. Pretendía hacer un poco de limpieza y despedir a los
candidatos a los que jamás besaría. En cierto modo, demostraría cuán en serio
me tomaba el proceso y que el resultado me importaba.
Recé
por que existiera una manera de hacerlo sin cámaras delante, pero eran un mal
necesario. Tenía una lista mental preparada y, vagamente, sabía qué iba a
decir; pero si cometía algún error con todos los reporteros ahí delante, dudaba
de que pudiera enmendarlo…, lo que significaba que debía salir a la perfección.
Puesto
que la Sala de las Mujeres se consideraba propiedad de la reina, todo hombre
que quisiera entrar estaba obligado a pedir permiso. El Salón de Hombres se
había improvisado porque así lo había pedido yo, y, por lo tanto, no existía
tal formalidad. Fue una entrada triunfal: empujé las puertas dobles y una
ráfaga de viento me alborotó el cabello.
Todos
los candidatos me miraron, algunos se pusieron de pie al instante, otros
dejaron a los reporteros con los que charlaban con la palabra en la boca.
Pasé
junto a Paisley Fisher y le oí tragar saliva. Me detuve, dibujé una sonrisa
encantadora y apoyé una mano en su hombro.
—Ya
puedes irte.
Miró
de reojo a todos los que le rodeaban.
—¿Irme?
—Sí,
irte. Muchas gracias por haber participado, pero tu presencia en palacio ya no
es necesaria.
El
muchacho se resistía a marcharse, así que me acerqué y le susurré las
instrucciones al oído.
—Cuánto
más tiempo te quedes merodeando por aquí, más embarazoso se volverá. Deberías
marcharte.
Me
aparté y, casi a cámara lenta, el joven se fue alejando hacia la puerta de la
sala, con los ojos inyectados en sangre.
No
lograba entender por qué se había enojado tanto. No se lo había dicho gritando
ni le había echado a patadas. Me felicité por haberme librado de alguien tan
infantil y traté de recordar la lista. ¿Quién era el siguiente? Ah…, este se lo
merecía.
—Blakely,
¿verdad?
—Sí…,
sí —tartamudeó. Se aclaró la garganta, y volvió a hablar—: Sí, alteza.
—Cuando
nos conocimos, no dejaste de mirarme el pecho. —Se quedó pálido. Al parecer,
creyó que había sido muy sutil y que no me había dado cuenta—. No te olvides de
mirarme el culo al irte.
Me
aseguré de hablarle lo bastante alto como para que las cámaras y el resto de
los pretendientes pudieran oírlo. Con suerte, su humillación serviría para que
los demás aprendieran la lección y no se comportaran igual. Blakely bajó la
cabeza y se marchó con el rabo entre las piernas.
Continué
con mi decapitación particular y me paré frente a Jamal.
—Puedes
irte.
A su
lado, Connor empezó a sudar.
—Y tú
puedes acompañarle.
Se
miraron un tanto confundidos y después, sacudiendo la cabeza, se marcharon
juntos.
Me
crucé con Kile. A diferencia de los demás, no esquivó mi mirada, sino todo lo
contrario; me miró fijamente a los ojos y me rogó que pusiera punto final a esa
tortura y le expulsara de inmediato.
Le
habría eliminado si no hubiera sabido que su madre me habría matado (además, le
estaría invitando a dejar el palacio y mudarse a otro sitio) y porque el día
anterior, durante el desfile, había leído su nombre en la mayoría de los
carteles. Kile era el candidato de la ciudad, y quizá por eso el pueblo se
había posicionado a su favor. No podía librarme de él. Al menos por ahora.
A su
lado, Hale tenía un nudo en la garganta. Recordé cómo me había protegido
durante el alboroto del desfile, recibiendo los golpes de verduras podridas que
estaban destinadas a mí.
Me
acerqué y, en voz baja, le dije:
—Muchas
gracias por lo de ayer. Fuiste muy valiente.
—No
fue nada —aseguró—. Aunque el traje no se ha salvado.
Lo
dijo de broma, para quitarle hierro al asunto.
—Qué
lástima.
Desvié
la mirada y seguí mi camino. No creía que las cámaras hubieran grabado la
conversación, pero estaba convencida de que habrían captado nuestras sonrisas.
Me pregunté si, a raíz de eso, se inventarían todo tipo de historias.
—Issir
—llamé. Iba como siempre: desgarbado y con el pelo engominado hacia atrás—. No.
Gracias.
Ni siquiera
lo cuestionó. Se sonrojó y huyó a toda prisa del salón.
Oí
cuchicheos y me pregunté quién sería tan poco cauto como para hablar justo en
aquel momento. Me giré y advertí al intérprete de Henri, explicándole a Henri
qué estaba sucediendo en el salón. El muchacho parecía inquieto, nervioso,
pero, cuando el traductor acabó de hablar, alzó la mirada y me regaló una
sonrisa. Era una sonrisa divertida, cómica. Daba la sensación de que, a pesar
de estar inmóvil, estuviera jugando a algo.
Puf.
Había pensado acabar con su sufrimiento y enviarle a casa, pero parecía
encantado de estar ahí. Al fin y al cabo, no podía eliminar a todos los
pretendientes, y Henri era inofensivo.
Al
pasar junto a Nolan, tan solo di un capirotazo con la mano para echarle. Busqué
a Jamie y le anuncié que exigir sus honorarios había sido el modo más ofensivo
de presentarse.
Di
otra vuelta por el salón para cerciorarme de que no me había dejado a nadie de
la lista. Las reacciones de los candidatos que se habían salvado de aquella
escabechina iban de interesantes a estrafalarias. Holden seguía histérico, como
si creyera que la bomba fuera a caerle en cualquier momento. Jack sonreía de
una forma extraña; al parecer, todo aquello le parecía entretenido y
emocionante. Al final me crucé con Ean, que, en lugar de apartar la mirada, me
guiñó un ojo.
Me
llamó la atención que estuviera solo, con un diario encuadernado en cuero y un
bolígrafo como única compañía. Por lo visto, no había venido aquí a hacer
amigos.
—Guiñar
el ojo es un gesto audaz, ¿no crees? —pregunté en voz baja
—¿Qué
princesa no querría a un hombre a su lado que fuera audaz?
Arqueé
una ceja.
—¿Y
no te preocupa quedar como un arrogante?
—No.
Yo soy así. Y no pretendo ocultar nada.
Su
presencia me intimidaba un poco, pero me gustaba que tuviera las agallas de ser
tal y como era. Me di cuenta de que una cámara nos seguía para capturar mi
expresión. Miré hacia otro lado y me aguanté la risa. Seguí adelante y añadí a
Arizona, a Brady, a Pauly y a MacKendrick a la lista de desahuciados. Si los
cálculos no me habían fallado, había eliminado a once.
Esperé
a que todos los descartados hubieran desaparecido. Luego, me encaminé hacia la
puerta, me volví y me dirigí a los candidatos restantes.
—Si
seguís aquí, es porque habéis hecho algo entre nuestra primera reunión y hoy
para impresionarme o porque, al menos, habéis tenido el sentido común de no
ofenderme —anuncié. Algunos sonrieron, probablemente pensando en Blakely, y
otros se quedaron pasmados—. Quiero pediros a todos que seáis prudentes, porque
yo me tomo este asunto muy en serio. Esto no es un juego, caballeros. Es mi
vida.
Cerré
las puertas y escuché un frenesí de actividad en la sala. Algunos soltaban
carcajadas nerviosas, otros suspiraban aliviados y hubo alguien que no dejaba
de repetir una y otra vez:
—Oh,
Dios mío. Oh, Dios mío.
Las
voces de los reporteros se oían sobre las demás; los animaban a relatar sus
sensaciones tras la primera eliminación. Solté un suspiró y me alejé muy segura
de mí misma. Había dado un paso decisivo. Ahora podía dormir tranquila, pues la
Selección seguía su rumbo y yo no iba a defraudarle.
Para compensar el desastre de
la primera noche y la completa falta de interacción después del desfile,
invitamos a los pretendientes a un té antes de cenar para que así pudieran
conocer a todo el servicio y, por descontado, hablar conmigo, su ansiada
prometida. Papá y mamá estaban allí, junto con Ahren, Kaden y Osten. Josie
acudió con los Woodwork, que trataban de no atosigar demasiado a su hijo. La
señorita Lucy no paraba de pasearse por el salón, tan hermosa y encantadora
como siempre, aunque no charló con nadie. Las multitudes no eran lo suyo.
Para
la cena, escogí un vestido de gala y unos tacones que me dejarían los pies
destrozados. Los nervios de la expulsión todavía no habían desaparecido, pero
me alegraba saber que por fin había hecho algo para ayudar a papá. Sin embargo,
esa alegría se desvaneció en cuanto Ahren se acercó a mí con una mirada de
alarma.
—¿Qué
diablos has hecho? —preguntó con tono acusatorio.
—Nada
—juré—. He convocado una eliminación. Quería demostrar a todo el mundo que la
Selección me importa. Al igual que hizo papá.
Ahren
se llevó las manos a la cabeza.
—¿Es
que no has hecho nada más que leer informes en todo el día?
—Pues
no —repliqué—. Quizá no te hayas dado cuenta, pero ese es mi trabajo.
Mi
hermano se inclinó y bajó la voz.
—Las
noticias te pintan como una viuda negra. Les echaste con cara de engreída. Y
expulsaste a casi un tercio de los pretendientes, Eadlyn. La verdad, no parece
que te importen, sino que los utilizas a tu antojo —contestó. Sentí que me
quedaba sin oxígeno en los pulmones. Y Ahren prosiguió—: Dos de los eliminados
han preguntado, del modo más discreto y prudente imaginable, si era posible que
prefirieras a las mujeres.
Solté
un gemido.
—Ah,
ya lo entiendo. Para demostrar que me gustan los hombres, ¿qué tengo que hacer?
¿Besar el suelo por el que pisan?
—No
es el momento para ponerte en pie de guerra, Eadlyn. Debes ser más amable y
atenta con ellos.
—Disculpe,
alteza.
Ahren
y yo nos giramos al mismo tiempo. Era una reportera que, a juzgar por su mirada
y su sonrisa, estaba al borde de un ataque de histeria.
—Odio
interrumpirle, pero me preguntaba si sería posible realizar una entrevista a la
princesa antes de entregar mi artículo. —La desconocida volvió a sonreír y, por
un momento, temí que me engullera viva, tanto en términos figurados como
literales.
—Estará
encantada de hacerlo —respondió Ahren.
Después
me besó la frente y se esfumó.
De
pronto, se me aceleró el pulso. Aquello no entraba en mis planes. Pero de todo
lo que en ese momento pudiera ocurrir, lo que más me aterrorizaba era que el
público me viera sudar.
—Alteza,
hoy ha eliminado a once candidatos. ¿No cree que la expulsión ha sido un poco
drástica?
Erguí
la espalda y dibujé la más dulce de las sonrisas.
—Comprendo
que haya quien piense eso —contesté con diplomacia—, pero ha sido una decisión
crucial. En mi opinión, no sería justo ni sensato por mi parte conocer a
muchachos groseros o irrespetuosos. Albergo la esperanza de que, al ser un
grupo más reducido, tendré la oportunidad de conocer a esos caballeros mucho
mejor.
Repetí
cada palabra en mi cabeza. No había dicho nada que pudiera parecer humillante o
incriminatorio.
—Sí,
pero ¿por qué ha sido tan severa? A algunos tan solo les dijo «no», o ni
siquiera eso.
Traté
de disimular mi preocupación. Con el tiempo, aquello quedaría como una anécdota
divertida.
—Cuando
mi padre es estricto, nadie le critica, así que no me parece justo que, cuando
actúo de forma similar, se me tache de cruel. Voy a tomar una decisión
importantísima y por eso me tomo la Selección muy en serio. —Me habría
encantado gritarle, pero respondí con ese tono de voz que tanto había
practicado para dar entrevistas. Incluso me las ingenié para mantener la sonrisa.
—Uno
incluso ha llorado después de que usted se marchara —informó.
—¿Qué?
—exclamé; temía que la reportera se percatara de que me estaba poniendo más
pálida por segundos.
—Uno
de los seleccionados se ha echado a llorar después de la eliminación. ¿Cree que
es una reacción normal o que, al ser tan severa con ellos, usted misma la ha
provocado?
Tragué
saliva, pero sabía que no podía quedarme callada.
—Tengo
tres hermanos. Todos lloran y le aseguro que las razones no siempre tienen
mucho sentido.
Ella
se rio por lo bajo.
—Entonces,
¿no cree haber sido demasiado dura con ellos?
Sabía
perfectamente qué pretendía: estaba repitiendo la misma pregunta, esperando a
sacarme de mis casillas y, a decir verdad, estaba consiguiéndolo.
—No
logro imaginarme cómo debe de ser estar al otro lado del proceso de Selección y
ser eliminada tan pronto. Pero, salvo mi padre, nadie de los presentes sabe qué
se siente estando en este lado. Quiero hacer todo lo posible para encontrar a
un marido noble y respetable. Y, si ese hombre no puede aguantar un comentario
un tanto severo, claramente no podrá ser príncipe. ¡Confíe en mí! —comenté, y
le toqué el brazo, como si fuera un cotilleo… o una broma. La desarmé por
completo—. Y hablando de pretendientes, espero que me disculpe, pero necesito
pasar tiempo con ellos.
Abrió
la boca para hacer otra pregunta, pero di media vuelta con la cabeza bien alta.
Tuve un momento de indecisión. No podía ir desesperada a la barra a pedir un
refrigerio, ni desahogarme, ni tampoco soltar todas las palabrotas que se me
estaban ocurriendo y, desde luego, no podía correr a los brazos de papá y mamá.
Debía aparentar normalidad, así que di una vuelta por el salón. Cada vez que me
cruzaba con uno de mis pretendientes, pestañeaba y sonreía como una boba.
Me
llamó la atención que un detalle tan insignificante pudiera provocar sonrisas.
En lugar de evitarme, todos suavizaron sus expresiones. También me fijé en que
esos breves instantes de consideración y ternura estaban borrando los recuerdos
de esa misma mañana en el Salón de Hombres. Recé por que el público también
olvidara esa historia tan rápido como ellos.
Sospechaba
que, de un momento a otro, alguno de ellos se armaría de valor y vendría a
hablar conmigo. Y esa persona resultó ser Hale.
—Y
bien, parece ser que esto es una merienda —dijo, y se colocó a mi lado—. ¿Qué
prefiere la princesa?
Dio
un sorbo a su taza y sonrió con timidez.
Hale
tenía un carisma natural y espontáneo, igual que la señorita Marlee, y por eso
era muy fácil charlar con él. En aquel momento, agradecí que fuera él el
primero en acercarse a charlar conmigo. Era la segunda vez que me rescataba.
—Depende
de mi estado de ánimo. O del mes. En invierno soy incapaz de disfrutar de un té
blanco, por ejemplo. Pero un té negro me sentaría de maravilla.
—De acuerdo
—dijo, y asintió con la cabeza.
—Me
ha dicho un pajarito que esta mañana, tras la expulsión, alguien se ha echado a
llorar. ¿Es eso cierto?
Hale
abrió los ojos como platos y soltó un silbido.
—Sí,
fue Leeland. Pensé que se había roto un hueso… o algo así. Tardamos casi una
hora en tranquilizarle.
—¿Qué
ocurrió?
—¿Qué
ocurrió? ¡Usted, alteza! Entra y se pone a eliminar a gente a diestro y
siniestro. Supongo que es un chico tímido, y que le habrá cohibido.
Localicé
a Leeland de inmediato. Estaba en una esquina, solo. Si de veras estuviera
buscando marido, ya le habría descartado.
De
hecho, me sorprendió que no me hubiera rogado que le permitiera volver a casa.
—No
pretendía ser tan despiadada.
Hale
se rio.
—No
tiene que ser despiadada. Todos sabemos quién es, y qué puede hacer. Y lo
respetamos.
—Eso
díselo al tío que me preguntó cuándo le pagarían —murmuré.
Para
eso Hale no tenía respuesta. Me sentí culpable de haber desviado la
conversación hacia ese tema.
—Y
bien, ¿qué toca hoy? —pregunté, y recuperé la compostura.
—¿Perdón?
—¿Cómo
piensas demostrarme hoy que mereces mi mano?
Y con
una sonrisa, contestó:
—Hoy,
prometo que jamás le serviré un té blanco en invierno.
No me
dijo adiós ni hizo reverencia alguna, pero se marchó con aire optimista.
Baden
se volvió y me miró por encima del hombro. La primera impresión que me causó
nada tenía que ver con nuestra charla de presentación. Le veía como el muchacho
que, según la tía May, prometía, y mucho.
Era
evidente que estaba titubeando; no sabía si acercarse a mí y entablar una
conversación o darse media vuelta. Bajé la mirada y, pestañeando como una
adolescente sin cerebro, me dirigí hacia él. Actuar así me hacía sentir
estúpida, pero lo cierto es que funcionó: en cuestión de segundos, Baden se
plantó frente a mí. Por un instante, pensé en la entrevista que me había hecho
la reportera; me resultaba curioso, incluso divertido, que fuera una experta en
técnicas para desarmar a un periodista o a un político, pero, cuando se trataba
de chicos, nadie me había enseñado nada.
Al
parecer, Baden estaba impaciente por hablar conmigo, pero los dos nos quedamos
pasmados cuando, de pronto, en aquel preciso instante, se acercó otro
seleccionado.
—Gunner
—saludó Baden—, ¿qué te está pareciendo la fiesta?
—Excelente.
De hecho, he venido a agradecer a la anfitriona que la haya organizado. Ha sido
un verdadero placer conocer a sus hermanos pequeños.
—Oh,
madre. ¿Qué han hecho?
Baden
soltó una carcajada y Gunner trató de aguantar un ataque de risa.
—Osten
es muy… enérgico.
Suspiré.
—La
culpa es de mis padres. Por lo visto, cuando ya has criado tres hijos y tienes
un cuarto, tiras todos los valores por la ventana.
—Pero
me ha caído bien. Espero verle por aquí.
—No
sé si tendrás esa suerte. Es muy escurridizo. Ni siquiera su niñera, a la que,
por cierto, desprecia, es capaz de controlarle. Siempre está armando alboroto o
escondido en alguna madriguera de palacio.
De
repente, Baden nos interrumpió. Me pregunté si pretendía coquetear conmigo o
parecer valiente.
—¡Qué
carácter tan contradictorio! ¿Todos en su familia son así?
No me
costó adivinar qué pretendía preguntar en realidad: ¿era la clase de chica que
buscaba consuelo o que provocaba un escándalo por cualquier nimiedad?
—Sin
duda.
Baden
asintió.
—Es
bueno saberlo. Me compraré un escudo y un par de binoculares.
Solté
una risa tonta, cosa de la que me arrepentí de inmediato. Se me había escapado.
Traté de no enfadarme, ni disgustarme, por haber bajado la guardia.
Con
suerte, habría sido una escena perfecta para tomar un par de fotos. Hice una
breve reverencia y continué con el paseo.
Vislumbré
a Henri al otro lado de la sala. Erik no se apartaba de él. Cuando nuestras
miradas se cruzaron, no dudó en aproximarse a mí con paso decidido y con una
sonrisa de oreja a oreja.
—¡Hola! ¡Hyvää iltaa! —exclamó, y me dio un beso en la
mejilla, lo que, una vez más, me habría sorprendido si hubiera salido de
cualquier otro pretendiente.
—Le
da las buenas noches.
—Oh,
ejem…, ¿heevat eelah? —murmuré, tratando de
reproducir sus palabras.
Al
oírme destrozar su propio idioma, se echó a reír.
—¡Bien,
bien!
¿Siempre
estaba tan contento?
Me
giré hacia Erik.
—Sé
sincero. ¿Ha sonado mal?
El
intérprete no me mentiría.
—Siento
decirlo, pero ni en cien años hubiera adivinado lo que ha dicho, alteza
—contestó con tono amable.
Dibujé
una sonrisa genuina. Aquella pareja era modesta y sencilla. Y, teniendo en
cuenta que seguramente Henri se sentía un tanto marginado, aquella humildad
decía mucho de ellos.
Antes
de que pudiera proseguir la conversación, Josie apareció a mi lado.
—Una
fiesta genial, Eadlyn. Tú eres Henri, ¿verdad? He visto tu fotografía —dijo, y
enseguida extendió la mano para saludarle.
A
pesar de estar un tanto desorientado, el muchacho le estrechó la mano
educadamente.
—Soy
Josie. Eadlyn y yo somos como hermanas —comentó entusiasmada.
—Aunque
no somos familia —añadí.
Erik
se apresuró a traducirle aquel intercambio de palabras a Henri, de una forma
rápida y medio silenciosa, lo cual distrajo a Josie.
—¿Quién
eres? —preguntó—. No recuerdo haber visto tu fotografía.
—Soy
el intérprete del señor Henri. Él solo habla finlandés.
Josie
pareció completamente decepcionada. Y entonces caí en la cuenta de que solo se
había inmiscuido en nuestra conversación porque Henri le parecía atractivo. Sin
lugar a dudas, parecía más joven que el resto de los candidatos, y además tenía
un aire despreocupado que encandilaba a cualquiera. Seguro que Josie había
creído que encajaría más con ella que conmigo.
—Y
bien… —empezó—, ¿cómo demonios… vive?
Sin
consultar nada a Henri, Erik contestó:
—Si
de veras es prácticamente la hermana de la princesa, estoy convencido de que en
palacio le habrán proporcionado una educación brillante. Y, por lo tanto, sabrá
tan bien como nosotros que las relaciones entre Illéa y Swendway son fuertes y
ancestrales, lo que ha permitido que muchos de nuestros ciudadanos se
establezcan aquí, y que hayan creado pequeñas comunidades…, y viceversa. No es
difícil.
Me
mordí la lengua. Había puesto a Josie en su lugar. No podía estar más
satisfecha por ello.
La
muchacha bajó la cabeza.
—Ah,
por supuesto. Ejem… —balbuceó y, aunque le costó Dios y ayuda, al final se
disculpó—: Perdón.
—Lo
siento —susurré una vez que se hubo marchado—. No tiene nada que ver con
vosotros dos. Josie es horrible, simplemente.
—No
me ha ofendido —contestó Erik con honestidad. Y después empezó a hablar en
finlandés con Henri. Supuse que querría explicarle lo que acababa de suceder.
—Disculpadme.
Tengo una charla pendiente con alguien, pero os veré en la cena —dije y, tras
hacer una reverencia, repasé todo el salón en busca de algún tipo de refugio.
Aquella
entrevista me había descolocado por completo, pero me sentía orgullosa por
haber recuperado la compostura después del desastre. Sin embargo, Josie tenía
el don de sacarme de quicio.
Vi
que mamá estaba sola y casi corrí hacia ella; necesitaba un hombro sobre el que
llorar. Pero, en lugar de recibirme con los brazos abiertos, me lanzó la misma
mirada asesina que Ahren me había dedicado nada más entrar en la sala.
—¿Por
qué no nos contaste lo que habías planeado hacer? —preguntó en voz baja. Para
que nadie pudiera sospechar de qué estábamos hablando, no borró la sonrisa que
tenía pegada en la cara.
Imité
la sonrisa y contesté:
—Creí
que sería buena idea. De hecho, papá hizo lo mismo.
—Sí,
pero a una escala menor y de forma privada. Les has avergonzado en público.
Nadie te admirará por ello.
Resoplé.
—Lo
siento. De corazón. No me di cuenta.
Ella
me rodeó con el brazo.
—No
pretendía ser tan intransigente. Sé que lo estás poniendo todo de tu parte.
Y justo
entonces se aproximó un fotógrafo para capturar ese momento cándido de madre e
hija charlando. ¿Cuál sería el titular?
Tal
vez algo sobre la seleccionada instruyendo a la seleccionadora.
—¿Qué
se supone que debo hacer ahora?
Escudriñó
el salón para cerciorarse de que nadie pudiera escucharnos.
—Tan
solo… plantéate un pequeño romance. Nada escandaloso, por el amor de Dios
—añadió—. Pero ver cómo te enamoras… Eso es lo que realmente quiere presenciar
todo el mundo.
—Pero
no puedo provocarlo. No puedo…
—America,
mi vida —me llamó papá.
Osten
se había derramado el zumo sobre la camisa, así que mamá fue a ayudarle y a
cambiarle de muda.
Habría
apostado todos mis ahorros y no habría perdido ni un solo céntimo. Lo que
acababa de suceder no había sido más que un intento intencionado por parte de
mi hermano para salir de aquella estancia.
Me
quedé inmóvil, sola. Registré la sala con la mirada tratando de no llamar la
atención. Estaba atestada de demasiados rostros desconocidos. Había demasiados
ojos extraños observándome, esperando que realizara algún movimiento. Si
hubiera dependido de mí, hubiera puesto punto final a la Selección cuatro horas
antes. Inspiré hondo. Tres meses y me habría ganado la libertad. Podía hacerlo.
No tenía alternativa.
Crucé
la sala con paso decidido; sabía con quién debía hablar. Le localicé, me
acerqué y le susurré al oído:
—Nos
vemos en mi dormitorio. Ocho en punto, ni un minuto más. No se lo digas a
nadie.