Capítulo 2
Después de varias horas
trabajando en el informe presupuestario, decidí que merecía un descanso, así
que me retiré a mi habitación dispuesta a pedirle a Neena que me diera un
masaje en las manos. Me encantaba poder disfrutar de esos pequeños lujos
durante el día. Trajes y vestidos hechos a medida, postres exóticos que podía
degustar un jueves cualquiera y un sinfín de cosas preciosas eran algunas de
las ventajas; y esos detalles eran, sin lugar a dudas, lo mejor de mi trabajo.
Mi
habitación tenía vistas a los jardines. A medida que pasaba el día, la luz que
se filtraba por los ventanales iba cambiando. Ahora la estancia de techos altos
estaba iluminada por una luz cálida y preciosa de color miel. Me concentré en
esa calidez tan especial y en los dedos de Neena.
—El
caso es que le cambió el rostro de repente. En cierto modo, fue como si, por un
momento, desapareciera por completo.
Intentaba
explicarle el extraño comportamiento que había tenido papá esa misma mañana,
pero me costaba una barbaridad encontrar las palabras para hacerlo. Ni siquiera
sabía si había podido hablar con mamá, ya que no volvió a aparecer por el
despacho.
—¿Cree
que está enfermo? Últimamente parece cansado —dijo Neena, mientras hacía magia
con sus manos.
—¿Tú
crees? —pregunté. Cansado no era la palabra exacta—. Lo más probable es que
esté estresado. ¿Cómo no estarlo con todas las decisiones que debe tomar?
—Y
algún día será usted quien se ocupe de eso —comentó con una mezcla de
preocupación genuina y diversión juguetona.
—Lo
que significa que necesitaré el doble de masajes.
—Quién
sabe —dijo—. Quizá dentro de unos años quiera probar algo nuevo.
Torcí
el gesto.
—¿Y a
qué te dedicarías? Dudo que encuentres un empleo mejor que este.
Alguien
llamó a la puerta, así que no pudo responder. Me levanté, me ajusté el blazer para estar más presentable y asentí
con la cabeza a Neena, indicándole que podía abrir la puerta.
Mamá
apareció tras la puerta, con una sonrisa de oreja a oreja y con papá en la
retaguardia. Las cosas siempre funcionaban así. En los eventos estatales o
cenas importantes, mamá siempre se colocaba junto a papá, o incluso detrás de
él. Pero cuando estaban en palacio como marido y mujer, y no como rey y reina,
era él quien la seguía a todas partes.
—Hola,
mamá —saludé, y le di un abrazo.
Mamá
me retiró un mechón detrás de la oreja y me regaló otra sonrisa.
—Me
gusta cómo te queda este conjunto.
Di un
paso atrás y me alisé la falda del vestido con las manos
—Las
pulseras son el complemento ideal, ¿no crees?
Soltó
unas risitas.
—Veo
que te fijas en los detalles, excelente.
Muy
de vez en cuando, mamá me dejaba escoger algunas joyas y zapatos para su
colección, pero lo cierto era que a ella no le parecía tan divertido como a mí.
No consideraba la moda como algo básico para resaltar su belleza, aunque, en su
caso, no lo necesitaba. Prefería un estilo clásico, y eso me gustaba.
Mamá
se volvió y tocó el hombro de Neena.
—Te
puedes retirar —dijo en voz baja, y casi de inmediato Neena hizo una reverencia
y nos dejó a solas.
—¿Algo
anda mal? —pregunté.
—No,
cielo. Tan solo queríamos hablar en privado —respondió papá, y me invitó a
sentarme junto a la mesa.
—Se
nos ha presentado una oportunidad y nos gustaría comentarla contigo.
—¿Oportunidad?
¿Nos vamos de viaje? —Adoraba viajar—. Por favor, decidme que nos vamos a la
playa. ¿Podemos ir solo los seis?
—No
exactamente. No podemos hacer las maletas, porque esperamos visita —explicó
mamá.
—¡Oh!
¡Compañía! ¿Quién viene?
Intercambiaron
una mirada cómplice, y mamá tomó las riendas de la conversación.
—Ya
sabes que la situación ahora mismo es bastante inestable, frágil. El pueblo se
muestra inquieto, insatisfecho, y no sabemos qué más hacer para relajar las
tensiones.
Suspiré.
—Lo
sé.
—Estamos
buscando la manera de levantar la moral de la gente —añadió papá.
Me
animé al instante. Levantar la moral era sinónimo de celebración. Y yo era de
las que me apuntaba a todas las fiestas.
—¿Qué
tenéis in mente?
—pregunté mientras, en mi cabeza, ya estaba diseñando un nuevo vestido para la
ocasión, pero preferí centrarme y posponer el diseño para más tarde. Ahora
mismo debía prestar toda mi atención a mis padres.
—Bueno
—empezó papá—, el público siempre responde bien a las noticias positivas
relacionadas con nuestra familia. Cuando tu madre y yo nos casamos fue una de
las mejores épocas del país. ¿Recuerdas cuántas fiestas se organizaron en la
calle cuando se enteraron de que Osten estaba en camino?
Sonreí.
Yo tenía ocho años cuando Osten nació; jamás olvidaría cuánto emocionó el
anuncio al pueblo. Desde mi habitación oía música de celebración hasta el
amanecer.
—Fue
maravilloso.
—La
verdad es que sí. Ahora, el pueblo tiene los ojos puestos en ti. No tardarás
mucho en convertirte en reina. —Papá hizo una breve pausa—. Consideramos que
quizá te apetecería hacer algo públicamente, algo que sea interesante para la
gente, pero también beneficioso para ti
Entrecerré
los ojos. No entendía el rumbo que estaba tomando la conversación.
—Soy
toda oídos.
Mamá
se aclaró la garganta.
—Sabes
que, en el pasado, las princesas se casaban con príncipes de otros países para
consolidar las relaciones internacionales.
—Te
has dado cuenta de que has utilizado un tiempo verbal en pasado, ¿verdad?
Ella
se rio, pero a mí no me hizo ni una pizca de gracia.
—Sí.
—Perfecto,
porque el príncipe Nathaniel parece un muerto viviente, el príncipe Hector
baila fatal, y si el príncipe de la Federación Alemana no aprende a seguir una
higiene personal más rigurosa antes de la fiesta de Navidad, no deberíamos
invitarle.
Mamá
se acarició las sienes, frustrada.
—Eadlyn,
siempre has sido muy quisquillosa.
Papá
se encogió de hombros.
—Eso
no tiene por qué ser algo malo —apuntó, y miró de reojo a mamá.
Fruncí
el ceño.
—¿De
qué diablos estáis hablando?
—Ya
conoces la historia de cómo nos conocimos tu madre y yo —empezó papá.
Puse
los ojos en blanco.
—Como
todo el mundo. Vuestra historia es como un cuento de hadas.
Al
oír esa comparación, los dos suavizaron el gesto y no pudieron ocultar una
sonrisa. Se miraron y, de forma casi instintiva, se acercaron unos centímetros.
Papá se mordió el labio.
—Perdonad.
Vuestra hija está delante, ¿os importa?
A
mamá se le sonrojaron las mejillas; papá se aclaró la garganta antes de
proseguir.
—El
proceso de la Selección fue todo un éxito en nuestro caso. Y, aunque mis padres
tenían ciertas desavenencias, lo cierto es que también les funcionó. Así que…
esperábamos que… —vaciló, y me miró a los ojos.
Fui
lenta y no pillé la indirecta enseguida. Sabía en qué consistía la Selección,
pero jamás, en ninguna ocasión, se nos había ofrecido tal opción, ni a mis
hermanos ni a mí.
—No.
Mamá
alzó las manos en un intento de advertirme.
—Tan
solo escúchanos…
—¿Una
Selección? —exclamé—. ¡Es de locos!
—Eadlyn,
estás siendo muy irracional.
Le
fulminé con la mirada.
—Me
prometisteis, me jurasteis, que nunca me obligaríais a casarme con alguien para
establecer alianzas. ¿No es eso lo que me estáis pidiendo ahora?
—Atiende
a razones, por favor —rogó.
—¡No!
—grité—. No pienso hacerlo
—Cálmate,
cariño.
—No
me hables así. ¡No soy una cría!
Mamá
suspiró.
—Pero
estás actuando como tal.
—¡Me
queréis arruinar la vida!
Me
pasé los dedos por el pelo y respiré hondo varias veces. Necesitaba pensar con
claridad. Eso no podía estar ocurriendo. Y menos a mí.
—Es
una gran oportunidad —insistió papá.
—¡Estáis
intentando encadenarme a un desconocido!
—Ya
te dije que es demasiado cabezota —le susurró mamá a papá.
—Me
pregunto de quién lo habrá heredado —replicó con una sonrisa socarrona.
—¡No
habléis de mí como si no estuviera escuchándoos!
—Lo
siento —se disculpó papá—. Pero considéralo, por favor.
—¿Y
Ahren? ¿Por qué no lo hace él?
—Ahren
no será el futuro rey del país. Además, tiene a Camille.
La
princesa Camille era la heredera del trono de Francia. Unos años atrás, hizo
una caída de ojos a mi hermano y él se enamoró perdidamente.
—¡Entonces
organiza su boda! —supliqué.
—Camille
será nombrada reina a su tiempo, y ella, al igual que tú, tendrá que pedirle
matrimonio a su pareja. Si Ahren pudiera escoger, se lo propondríamos; pero las
cosas no son así.
—¿Y
qué hay de Kaden? ¿No podéis convencerle a él?
Mamá
se rio sin gracia alguna.
—¡Tiene
catorce años! No tenemos tanto tiempo. El pueblo necesita algo que le entusiasme,
y lo necesita ya. —Me lanzó una mirada casi asesina—. Y, para ser sinceros, ¿no
crees que ya va siendo hora de que busques a alguien que gobierne a tu lado?
Papá
asintió.
—Es
verdad. No es una labor que deberías desempeñar sola.
—¡Pero
yo no quiero casarme! —protesté—. Por favor, no me obliguéis a hacerlo. Acabo
de cumplir los dieciocho.
—La
misma edad que yo tenía cuando me casé con tu padre —sentenció mamá.
—No
estoy preparada —añadí—. No quiero un marido. Os lo ruego, no me hagáis esto.
Mamá
alargó el brazo y me acarició la mano.
—Nadie
te obligará a hacer nada que no quieras, pero deberías sacrificarte por tu
pueblo y ofrecerles un regalo.
—¿Te
refieres a fingir una sonrisa cuando lo que quiero es llorar?
Mamá
arrugó el ceño.
—Eso
forma parte de nuestro trabajo.
La
miré detenidamente, exigiéndole en silencio una mejor respuesta.
—Eadlyn,
¿por qué no te tomas unos días para pensártelo? —propuso papá
—Eadlyn,
¿por qué no te tomas unos días para pensártelo? —propuso papá con tono
calmado—. Soy consciente de que te estamos pidiendo mucho.
—¿Acaso
tengo otra opción?
Papá
cogió aire y meditó la respuesta.
—En
realidad, cariño, tienes treinta y cinco opciones.
Me
levanté de la silla de un brinco y señalé la puerta con un dedo.
—¡Fuera!
—ordené—. ¡Fuera de aquí!
Y,
sin mediar palabra, salieron de mi habitación.
¿Acaso
no me conocían? ¿Para qué me habían preparado? Era Eadlyn Schreave. Nadie sobre
la faz de la Tierra era más poderoso que yo.
Si
creían que me iba a rendir sin luchar, estaban muy equivocados.