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miércoles, 24 de junio de 2015

LA HEREDERA C12

Capítulo 12
La espera se me hizo eterna. Durante aquellos minutos no pude parar de caminar de un lado a otro de mi habitación. En realidad, Kile era la única persona a quien podía confiarle esa tarea, pero detestaba tener que pedírselo. Estaba preparada para proponerle un trato irrechazable, pero todavía no estaba segura de qué podía ofrecerle a cambio. Seguro que él sabría darme alguna que otra idea.
Apenas oí que llamaba a la puerta; la pregunta que se intuía era la siguiente: ¿qué estoy haciendo aquí?
Abrí la puerta y ahí estaba Kile, más puntual que un reloj.
—Alteza —saludó, y realizó una reverencia cómica—. He venido a hacerte perder la cabeza.
—Ja, ja. Anda, entra.
Kile obedeció y examinó cada una de mis estanterías.
—La última vez que estuve en tu habitación, coleccionabas ponis de madera.
—Eso ya está superado.
—¿Y lo de ser una tirana mandona todavía no?
—Pues no, igual que tú tampoco has superado ser una insufrible rata de biblioteca.
—¿Es así como conquistas a todas tus citas?
Sonreí con suficiencia.
—Más o menos. Siéntate. Tengo una propuesta para ti.
Kile advirtió la botella de vino sobre la mesa y no dudó en servirse una copa.
—¿Quieres una copa?
Suspiré.
—Por favor. Creo que los dos lo necesitamos.
Él se quedó mudo.
—Ahora sí me has puesto nervioso. ¿Qué quieres?
Cogí la copa e intenté recordar el discurso que me había preparado para explicarle la idea que se me había ocurrido.
—Tú sabes cómo soy, Kile. Me conoces desde siempre.
—Cierto. De hecho, justo ayer, en un ataque de nostalgia, rebusqué en mi memoria y encontré un recuerdo muy especial. Tú corriendo por el pasillo con nada más que un pañal. Estabas guapísima.
Puse los ojos en blanco y contuve la risa.
—En fin. Creo que entiendes mi personalidad, que sabes cómo soy cuando las cámaras no me están enfocando.
Él tomó un sorbo de vino y reflexionó sobre mis palabras.
—También te entiendo cuando te están grabando, o eso creo, pero, por favor, continúa.
Nunca me había planteado eso, el cómo me habría visto a lo largo de la infancia, de la adolescencia, tanto dentro como fuera de la pantalla. Delante de una cámara, había algo en mí que cambiaba, y él también lo sabía.
—La Selección no fue idea mía, pero estoy obligada a invertir todos mis esfuerzos para que salga bien. Personalmente, pienso que lo estoy haciendo. Pero el público espera ver a una jovencita con mariposas en el estómago que caiga rendida a los pies de sus pretendientes. Y, si quieres que sea sincera, no me veo capaz de hacerlo. No puedo actuar como una tonta.
—Bueno, de hecho…
—¡Cierra el pico!
Sonrió con malicia y tomó otro sorbo de vino.
—Eres cansino. No sé ni por qué me molesto en intentarlo.
—No, por favor, sigue. No actúes como una tonta.
Dejó la copa sobre la mesa y se inclinó hacia delante, como para mostrar su interés.
Cogí aire y busqué de nuevo las palabras más apropiadas.
—Quieren ser testigos de un romance, pero no estoy preparada para comportarme así públicamente, sobre todo cuando todavía no he conectado con nadie. Pero, aun así, tengo que darles algo.
Agaché la cabeza, pestañeé varias veces y luego le miré con timidez.
—¿Algo como qué?
—Un beso.
—¿Un beso?
—Uno casto. Eres el único pretendiente al que puedo pedírselo; tú sabes de antemano que no sería real, que las cosas no se complicarían. Además, estoy dispuesta a darte algo a cambio.
Kile arqueó las cejas.
—¿Qué?
Me encogí de hombros.
—En realidad, lo que quieras. Siempre y cuando sea razonable. No puedo ofrecerte un país… o algo parecido.
—¿Te importaría hablar con mi madre? ¿Podrías ayudarme a escapar de aquí?
—¿E ir adónde, exactamente?
—A cualquier sitio —respondió un tanto desesperado—. Mi madre… No sé qué debió de ocurrir para que les jurara tal lealtad a tus padres. Ahora se le ha metido entre ceja y ceja que el palacio es nuestro hogar, que jamás nos mudaremos. ¿Sabes cuánto me costó convencerla de que me permitiera realizar ese curso acelerado y vivir fuera de aquí una temporada?
»Quiero viajar, quiero construir, quiero hacer algo más que leer libros. A veces incluso pienso que un día más encerrado entre estas paredes puede matarme.
—He captado el mensaje —murmuré sin pensar. Erguí la espalda y añadí—: Puedo echarte una mano. En cuanto se presente una buena oportunidad, convenceré a tus padres de que lo mejor para ti es abandonar el palacio.
Se quedó callado unos segundos y, tras vaciar la copa de vino, preguntó:
—¿Un beso?
—Solo uno.
—¿Cuándo?
—Esta noche. Habrá un fotógrafo esperando en el pasillo a las nueve en punto. Espero que esté bien escondido porque temo que, si le veo, arruinaré mi actuación.
Kile asintió con la cabeza.
—De acuerdo. Un beso.
—Gracias.
Nos quedamos sentados, en silencio, observando las manillas del reloj. Después de tres minutos, ya no lo soporté más.
—¿A qué te referías con construir cosas?
A él se le iluminó el rostro.
—Es lo que estudio. Diseño y arquitectura. Me gusta idear estructuras, averiguar cómo puedo diseñarlas y, a veces, intento que las formas sean hermosas.
—Eso… suena muy interesante, Kile.
—Lo sé —dijo, y dibujó la misma sonrisa torcida de su padre. Me llamó la atención que el tema le entusiasmara tantísimo—. ¿Quieres verlos?
—¿Ver el qué?
—Algunos de mis diseños. Los tengo en mi habitación. En mi habitación de siempre, claro está, no en la que me han otorgado como seleccionado. Ya sabes, está aquí al lado.
—Claro —murmuré.
Tomé un último sorbo de vino y le seguí. El pasillo estaba desierto. Tan solo avisté a un par de guardias, así que Kile y yo nos escabullimos hacia su dormitorio.
Abrió la puerta, encendió las luces y… me quedé de piedra.
Era… un… absoluto… ¡desastre!
La cama estaba deshecha, había una pila de ropa en una esquina y, sobre la mesita de noche, un montón de platos sucios.
—Sé lo que estás pensando. ¿Cómo diablos la mantiene tan impecable?
—Me acabas de leer la mente —dije. No quería que se diera cuenta de que su habitación me repugnaba, así que traté de disimular. Al menos no apestaba.
—Hace cuestión de un año le pedí al personal que dejara de limpiar mi dormitorio. Y, desde entonces, yo me ocupo de eso. Pero la Selección me pilló algo desprevenido, así que la dejé tal y como estaba.
Empezó a patear cosas bajo la cama y a ordenar todo lo que tenía al alcance.
—¿Por qué no dejas que sean ellos quienes ordenen tus cosas?
—Soy un adulto. Puedo hacerlo solito.
Kile no lo dijo como una crítica hacia mí, pero, en aquel momento, lo tomé como un ataque.
—Cambiando de tema, vamos a mi estudio.
En la otra punta de la habitación, la pared estaba forrada de fotografías y pósteres de todo tipo de edificios, desde rascacielos hasta cabañas de barro. Sobre su escritorio había centenares de dibujos que él mismo había diseñado y maquetas construidas con trozos de madera y de metal.
—¿Has hecho tú todo esto? —pregunté, y, con sumo cuidado, cogí una estructura cuya punta parecía retorcerse.
—Sí. El concepto, el diseño. Me encantaría construir edificios de verdad algún día. Estoy estudiando, pero no puedo aprenderlo todo si no me implico e intento hacer algo con las manos, ¿sabes?
—Kile… —murmuré. Contemplé cada detalle: los colores, las líneas… Y me imaginé la cantidad de tiempo y esfuerzo que habría dedicado a cada uno de sus diseños—. Es maravilloso.
—Son solo tonterías que me gustan.
—No, para. No desmerezcas todo este trabajo. Yo jamás podría hacer algo así.
—Claro que sí —respondió. Se agachó y rebuscó en un cajón una regla con forma de T que luego colocó sobre uno de sus diseños—. ¿Ves? Es cuestión de observar las líneas y hacer los cálculos.
—Buff, más matemáticas. Estoy aburrida de hacer números.
Él soltó una carcajada.
—Pero esto son matemáticas divertidas.
—Matemáticas divertidas es un oxímoron.
Nos sentamos en el sofá y hojeamos varios libros de sus arquitectos favoritos. Comentamos sus obras, estudiamos sus estilos. Él estaba especialmente interesado en el modo en que algunos jugaban con los elementos que rodeaban la edificación.
—¡Fíjate en esto! —exclamaba con gran entusiasmo al girar cada página.
No podía creer que hubiera tardado tantísimos años en descubrir ese lado de su personalidad. Kile se había encerrado en un caparazón para aislarse de todo el mundo porque el palacio le había atrapado. Detrás de todos esos libros y comentarios afilados se escondía una persona curiosa, interesante y, a veces, encantadora.
Me daba la sensación de que había vivido engañada. Solo faltaba que alguien asomara la cabecita por el marco de la puerta y jurara que Josie era una santa.
Kile echó un vistazo al reloj por pura casualidad.
—Son las nueve y diez.
—Ah. Deberíamos irnos —dije, aunque lo que más me apetecía era quedarme en ese sofá. La habitación de Kile, por muy desordenada que estuviera, era el rincón más cómodo en el que jamás había estado.
—Sí —murmuró Kile; cerró el libro y volvió a guardarlo en la estantería.
Aunque el estudio estaba tan patas arriba como el resto de la estancia, era evidente que Kile lo trataba con un cuidado muy especial.
Le esperé junto a la puerta y, de repente, me puse nerviosa.
—Ven —dijo, y me ofreció la mano—. La cita está a punto de acabar, ¿cierto?
Entrelacé mis dedos con los suyos.
—Gracias. Por enseñarme tu trabajo y por hacer esto. Te prometo que te devolveré el favor.
—Lo sé.
Abrió la puerta y empezamos a avanzar por el pasillo.
—¿Cuándo crees que fue la última vez que nos dimos la mano? —pregunté.
—Supongo que cuando éramos niños, en algún juego.
—Supongo que sí.
Avanzamos hasta mi habitación sin mediar palabra. Al llegar a la puerta, me giré y vi que tragaba saliva.
—¿Nervioso? —susurré.
—Qué va —respondió con una sonrisa, pero la voz le traicionó—. Bueno, pues…, buenas noches.
Kile se inclinó, tan solo un puñado de milímetros separaban nuestros labios. Por fin me besó. Fue un beso tierno, largo, apasionado. Cada vez que él separaba los labios, yo aprovechaba para coger aire, rogando a todos los dioses que volviera a besarme. Jamás antes un chico me había besado así, y deseaba que no parara nunca.
Hasta entonces, las oportunidades que había tenido para besar a un chico habían sido muy escasas y, para colmo, en momentos apresurados y poco románticos, como en un guardarropa o tras una estatua. Pero esta vez, con la tranquilidad de que nadie vendría a interrumpirme…, fue distinto.
Me dejé llevar, le atraje hacia mí y él me acarició la mejilla con la mano que tenía libre. Se humedeció los labios y me dio el que sospechaba sería el último beso.
Se apartó, pero lo hizo con delicadeza, rozándome la nariz con la suya. Estaba tan cerca que, cuando habló, distinguí el aroma a vino en su aliento.
—¿Crees que con eso bastará?
—Yo…, bueno…, no lo sé.
—Pues hay que estar seguros.
Y, de repente, volvió a besarme. Ese arranque de pasión me pilló tan por sorpresa que, por un momento, temí que los huesos se me fueran a derretir. Le acaricié el pelo, la nuca, la espalda, cada parte de su cuerpo que tenía al alcance. Habría pagado por pasarme toda la noche así, lo cual jamás habría esperado de mí misma.
Se apartó por segunda vez, sin dejar de mirarme a los ojos. ¿Él también estaba sintiendo que le subía la temperatura de todo el cuerpo?
—Gracias —musité.
—Cuando quieras. Quiero decir… —sacudió la cabeza, riéndose de sí mismo—, ya sabes lo que quiero decir.
—Buenas noches, Kile.
—Buenas noches, Eadlyn.
Me dio un beso inocente en la mejilla y, en un abrir y cerrar de ojos, desapareció por las escaleras que conducían a su habitación de candidato.

Observé cómo se marchaba y me repetí varias veces que el único motivo por el que estaba sonriendo así era porque las cámaras estaban ocultas en algún lugar, no por lo que Kile Woodwork había hecho.