Capítulo 12
La espera se me hizo eterna.
Durante aquellos minutos no pude parar de caminar de un lado a otro de mi
habitación. En realidad, Kile era la única persona a quien podía confiarle esa
tarea, pero detestaba tener que pedírselo. Estaba preparada para proponerle un
trato irrechazable, pero todavía no estaba segura de qué podía ofrecerle a
cambio. Seguro que él sabría darme alguna que otra idea.
Apenas
oí que llamaba a la puerta; la pregunta que se intuía era la siguiente: ¿qué
estoy haciendo aquí?
Abrí
la puerta y ahí estaba Kile, más puntual que un reloj.
—Alteza
—saludó, y realizó una reverencia cómica—. He venido a hacerte perder la
cabeza.
—Ja,
ja. Anda, entra.
Kile
obedeció y examinó cada una de mis estanterías.
—La
última vez que estuve en tu habitación, coleccionabas ponis de madera.
—Eso
ya está superado.
—¿Y
lo de ser una tirana mandona todavía no?
—Pues
no, igual que tú tampoco has superado ser una insufrible rata de biblioteca.
—¿Es
así como conquistas a todas tus citas?
Sonreí
con suficiencia.
—Más
o menos. Siéntate. Tengo una propuesta para ti.
Kile
advirtió la botella de vino sobre la mesa y no dudó en servirse una copa.
—¿Quieres
una copa?
Suspiré.
—Por
favor. Creo que los dos lo necesitamos.
Él se
quedó mudo.
—Ahora
sí me has puesto nervioso. ¿Qué quieres?
Cogí
la copa e intenté recordar el discurso que me había preparado para explicarle
la idea que se me había ocurrido.
—Tú
sabes cómo soy, Kile. Me conoces desde siempre.
—Cierto.
De hecho, justo ayer, en un ataque de nostalgia, rebusqué en mi memoria y
encontré un recuerdo muy especial. Tú corriendo por el pasillo con nada más que
un pañal. Estabas guapísima.
Puse
los ojos en blanco y contuve la risa.
—En
fin. Creo que entiendes mi personalidad, que sabes cómo soy cuando las cámaras
no me están enfocando.
Él
tomó un sorbo de vino y reflexionó sobre mis palabras.
—También
te entiendo cuando te están grabando, o eso creo, pero, por favor, continúa.
Nunca
me había planteado eso, el cómo me habría visto a lo largo de la infancia, de
la adolescencia, tanto dentro como fuera de la pantalla. Delante de una cámara,
había algo en mí que cambiaba, y él también lo sabía.
—La
Selección no fue idea mía, pero estoy obligada a invertir todos mis esfuerzos
para que salga bien. Personalmente, pienso que lo estoy haciendo. Pero el
público espera ver a una jovencita con mariposas en el estómago que caiga
rendida a los pies de sus pretendientes. Y, si quieres que sea sincera, no me
veo capaz de hacerlo. No puedo actuar como una tonta.
—Bueno,
de hecho…
—¡Cierra
el pico!
Sonrió
con malicia y tomó otro sorbo de vino.
—Eres
cansino. No sé ni por qué me molesto en intentarlo.
—No,
por favor, sigue. No actúes como una tonta.
Dejó
la copa sobre la mesa y se inclinó hacia delante, como para mostrar su interés.
Cogí
aire y busqué de nuevo las palabras más apropiadas.
—Quieren
ser testigos de un romance, pero no estoy preparada para comportarme así
públicamente, sobre todo cuando todavía no he conectado con nadie. Pero, aun
así, tengo que darles algo.
Agaché
la cabeza, pestañeé varias veces y luego le miré con timidez.
—¿Algo
como qué?
—Un
beso.
—¿Un
beso?
—Uno
casto. Eres el único pretendiente al que puedo pedírselo; tú sabes de antemano
que no sería real, que las cosas no se complicarían. Además, estoy dispuesta a
darte algo a cambio.
Kile
arqueó las cejas.
—¿Qué?
Me
encogí de hombros.
—En
realidad, lo que quieras. Siempre y cuando sea razonable. No puedo ofrecerte un
país… o algo parecido.
—¿Te
importaría hablar con mi madre? ¿Podrías ayudarme a escapar de aquí?
—¿E
ir adónde, exactamente?
—A
cualquier sitio —respondió un tanto desesperado—. Mi madre… No sé qué debió de
ocurrir para que les jurara tal lealtad a tus padres. Ahora se le ha metido
entre ceja y ceja que el palacio es nuestro hogar, que jamás nos mudaremos.
¿Sabes cuánto me costó convencerla de que me permitiera realizar ese curso acelerado
y vivir fuera de aquí una temporada?
»Quiero
viajar, quiero construir, quiero hacer algo más que leer libros. A veces
incluso pienso que un día más encerrado entre estas paredes puede matarme.
—He
captado el mensaje —murmuré sin pensar. Erguí la espalda y añadí—: Puedo
echarte una mano. En cuanto se presente una buena oportunidad, convenceré a tus
padres de que lo mejor para ti es abandonar el palacio.
Se
quedó callado unos segundos y, tras vaciar la copa de vino, preguntó:
—¿Un
beso?
—Solo
uno.
—¿Cuándo?
—Esta
noche. Habrá un fotógrafo esperando en el pasillo a las nueve en punto. Espero
que esté bien escondido porque temo que, si le veo, arruinaré mi actuación.
Kile
asintió con la cabeza.
—De
acuerdo. Un beso.
—Gracias.
Nos
quedamos sentados, en silencio, observando las manillas del reloj. Después de
tres minutos, ya no lo soporté más.
—¿A
qué te referías con construir cosas?
A él
se le iluminó el rostro.
—Es
lo que estudio. Diseño y arquitectura. Me gusta idear estructuras, averiguar
cómo puedo diseñarlas y, a veces, intento que las formas sean hermosas.
—Eso…
suena muy interesante, Kile.
—Lo
sé —dijo, y dibujó la misma sonrisa torcida de su padre. Me llamó la atención
que el tema le entusiasmara tantísimo—. ¿Quieres verlos?
—¿Ver
el qué?
—Algunos
de mis diseños. Los tengo en mi habitación. En mi habitación de siempre, claro
está, no en la que me han otorgado como seleccionado. Ya sabes, está aquí al
lado.
—Claro
—murmuré.
Tomé
un último sorbo de vino y le seguí. El pasillo estaba desierto. Tan solo avisté
a un par de guardias, así que Kile y yo nos escabullimos hacia su dormitorio.
Abrió
la puerta, encendió las luces y… me quedé de piedra.
Era…
un… absoluto… ¡desastre!
La
cama estaba deshecha, había una pila de ropa en una esquina y, sobre la mesita
de noche, un montón de platos sucios.
—Sé
lo que estás pensando. ¿Cómo diablos la mantiene tan impecable?
—Me
acabas de leer la mente —dije. No quería que se diera cuenta de que su
habitación me repugnaba, así que traté de disimular. Al menos no apestaba.
—Hace
cuestión de un año le pedí al personal que dejara de limpiar mi dormitorio. Y,
desde entonces, yo me ocupo de eso. Pero la Selección me pilló algo
desprevenido, así que la dejé tal y como estaba.
Empezó
a patear cosas bajo la cama y a ordenar todo lo que tenía al alcance.
—¿Por
qué no dejas que sean ellos quienes ordenen tus cosas?
—Soy
un adulto. Puedo hacerlo solito.
Kile
no lo dijo como una crítica hacia mí, pero, en aquel momento, lo tomé como un
ataque.
—Cambiando
de tema, vamos a mi estudio.
En la
otra punta de la habitación, la pared estaba forrada de fotografías y pósteres
de todo tipo de edificios, desde rascacielos hasta cabañas de barro. Sobre su
escritorio había centenares de dibujos que él mismo había diseñado y maquetas
construidas con trozos de madera y de metal.
—¿Has
hecho tú todo esto? —pregunté, y, con sumo cuidado, cogí una estructura cuya
punta parecía retorcerse.
—Sí.
El concepto, el diseño. Me encantaría construir edificios de verdad algún día.
Estoy estudiando, pero no puedo aprenderlo todo si no me implico e intento
hacer algo con las manos, ¿sabes?
—Kile…
—murmuré. Contemplé cada detalle: los colores, las líneas… Y me imaginé la
cantidad de tiempo y esfuerzo que habría dedicado a cada uno de sus diseños—.
Es maravilloso.
—Son
solo tonterías que me gustan.
—No,
para. No desmerezcas todo este trabajo. Yo jamás podría hacer algo así.
—Claro
que sí —respondió. Se agachó y rebuscó en un cajón una regla con forma de T que
luego colocó sobre uno de sus diseños—. ¿Ves? Es cuestión de observar las
líneas y hacer los cálculos.
—Buff,
más matemáticas. Estoy aburrida de hacer números.
Él
soltó una carcajada.
—Pero
esto son matemáticas divertidas.
—Matemáticas
divertidas es un oxímoron.
Nos
sentamos en el sofá y hojeamos varios libros de sus arquitectos favoritos.
Comentamos sus obras, estudiamos sus estilos. Él estaba especialmente
interesado en el modo en que algunos jugaban con los elementos que rodeaban la
edificación.
—¡Fíjate
en esto! —exclamaba con gran entusiasmo al girar cada página.
No podía
creer que hubiera tardado tantísimos años en descubrir ese lado de su
personalidad. Kile se había encerrado en un caparazón para aislarse de todo el
mundo porque el palacio le había atrapado. Detrás de todos esos libros y
comentarios afilados se escondía una persona curiosa, interesante y, a veces,
encantadora.
Me
daba la sensación de que había vivido engañada. Solo faltaba que alguien
asomara la cabecita por el marco de la puerta y jurara que Josie era una santa.
Kile
echó un vistazo al reloj por pura casualidad.
—Son
las nueve y diez.
—Ah.
Deberíamos irnos —dije, aunque lo que más me apetecía era quedarme en ese sofá.
La habitación de Kile, por muy desordenada que estuviera, era el rincón más
cómodo en el que jamás había estado.
—Sí
—murmuró Kile; cerró el libro y volvió a guardarlo en la estantería.
Aunque
el estudio estaba tan patas arriba como el resto de la estancia, era evidente
que Kile lo trataba con un cuidado muy especial.
Le
esperé junto a la puerta y, de repente, me puse nerviosa.
—Ven
—dijo, y me ofreció la mano—. La cita está a punto de acabar, ¿cierto?
Entrelacé
mis dedos con los suyos.
—Gracias.
Por enseñarme tu trabajo y por hacer esto. Te prometo que te devolveré el
favor.
—Lo
sé.
Abrió
la puerta y empezamos a avanzar por el pasillo.
—¿Cuándo
crees que fue la última vez que nos dimos la mano? —pregunté.
—Supongo
que cuando éramos niños, en algún juego.
—Supongo
que sí.
Avanzamos
hasta mi habitación sin mediar palabra. Al llegar a la puerta, me giré y vi que
tragaba saliva.
—¿Nervioso?
—susurré.
—Qué
va —respondió con una sonrisa, pero la voz le traicionó—. Bueno, pues…, buenas
noches.
Kile
se inclinó, tan solo un puñado de milímetros separaban nuestros labios. Por fin
me besó. Fue un beso tierno, largo, apasionado. Cada vez que él separaba los
labios, yo aprovechaba para coger aire, rogando a todos los dioses que volviera
a besarme. Jamás antes un chico me había besado así, y deseaba que no parara
nunca.
Hasta
entonces, las oportunidades que había tenido para besar a un chico habían sido muy
escasas y, para colmo, en momentos apresurados y poco románticos, como en un
guardarropa o tras una estatua. Pero esta vez, con la tranquilidad de que nadie
vendría a interrumpirme…, fue distinto.
Me
dejé llevar, le atraje hacia mí y él me acarició la mejilla con la mano que
tenía libre. Se humedeció los labios y me dio el que sospechaba sería el último
beso.
Se
apartó, pero lo hizo con delicadeza, rozándome la nariz con la suya. Estaba tan
cerca que, cuando habló, distinguí el aroma a vino en su aliento.
—¿Crees
que con eso bastará?
—Yo…,
bueno…, no lo sé.
—Pues
hay que estar seguros.
Y, de
repente, volvió a besarme. Ese arranque de pasión me pilló tan por sorpresa
que, por un momento, temí que los huesos se me fueran a derretir. Le acaricié
el pelo, la nuca, la espalda, cada parte de su cuerpo que tenía al alcance.
Habría pagado por pasarme toda la noche así, lo cual jamás habría esperado de
mí misma.
Se
apartó por segunda vez, sin dejar de mirarme a los ojos. ¿Él también estaba
sintiendo que le subía la temperatura de todo el cuerpo?
—Gracias
—musité.
—Cuando
quieras. Quiero decir… —sacudió la cabeza, riéndose de sí mismo—, ya sabes lo
que quiero decir.
—Buenas
noches, Kile.
—Buenas
noches, Eadlyn.
Me
dio un beso inocente en la mejilla y, en un abrir y cerrar de ojos, desapareció
por las escaleras que conducían a su habitación de candidato.
Observé
cómo se marchaba y me repetí varias veces que el único motivo por el que estaba
sonriendo así era porque las cámaras estaban ocultas en algún lugar, no por lo
que Kile Woodwork había hecho.