Capítulo 4
—Quiero dejar bien claro —dije después de tomar
asiento en el despacho de papá— que no tengo ningún deseo de casarme.
Él
asintió con la cabeza.
—Entiendo
que no quieras casarte hoy mismo, pero no olvides que algún día deberás
hacerlo, Eadlyn. Estás obligada a continuar la estirpe real.
Odiaba
que mi padre hablara así de mi futuro; por su culpa consideraba el amor, el
sexo y la descendencia como obligaciones con las que debía cumplir para que el
país siguiera adelante. Así pues, la perspectiva no era en absoluto atractiva.
¿Acaso
esos no eran los verdaderos placeres de la vida? ¿Lo más valioso? Deseché ese
desasosiego y me centré en el asunto que tenía entre manos.
—Soy
consciente de ello. Y estoy de acuerdo en que es importante —respondí con
diplomacia—. Pero respóndeme a esto: durante tu Selección, ¿en ningún momento
te preocupó que no hubiera nadie que encajara contigo? ¿No dudaste del
verdadero motivo que llevó a esas chicas a presentarse?
Esbozó
una tímida sonrisa.
—Todos
los días. Incluso cuando dormía.
Relató
un puñado de anécdotas bastante difusas sobre una chica tan dócil y sumisa que
apenas podía soportarla, y sobre otra jovencita que había intentado manipular
el proceso en varias ocasiones. No recordaba la mayoría de los nombres, ni
todos los detalles, pero no me importaba. Nunca me gustó imaginarme a papá
enamorándose de otra mujer que no fuera mamá.
—¿Y
no crees que, al ser la primera mujer en ocupar el trono, deberíamos
establecer… una serie de normas para aquel que gobierne a mi lado?
Él
ladeó la cabeza.
—Continúa.
—Supongo,
y espero no equivocarme, que se lleva a cabo un estudio exhaustivo y riguroso
de los candidatos para cerciorarnos de que un psicópata no se cuele en palacio,
¿verdad?
—Desde
luego —contestó, y me regaló una sonrisa para tranquilizarme.
—Aun
así, no me fiaría de nadie para hacer este trabajo conmigo. Y por eso —inspiré
hondo— doy mi brazo a torcer. Estoy dispuesta a pasar por esta ridiculez siempre
y cuando tú cumplas con unas promesas sin importancia.
—No
es ninguna ridiculez. La historia nos demuestra que es un éxito asegurado.
Pero, por favor, cariño, dime cuáles son tus condiciones
—Desde
luego —contestó, y me regaló una sonrisa para tranquilizarme.
—Aun
así, no me fiaría de nadie para hacer este trabajo conmigo. Y por eso —inspiré
hondo— doy mi brazo a torcer. Estoy dispuesta a pasar por esta ridiculez
siempre y cuando tú cumplas con unas promesas sin importancia.
—No
es ninguna ridiculez. La historia nos demuestra que es un éxito asegurado.
Pero, por favor, cariño, dime cuáles son tus condiciones
Salí
del despacho antes de que él pudiera percatarse de mi sonrisa. Mi cabeza ya
había empezado a funcionar; necesitaba idear diversas fórmulas para conseguir
que la mayoría de los chicos decidiera irse por voluntad propia. Podía adoptar
una actitud amenazante o intimidatoria, o incluso convertir el palacio en un
lugar hostil y despreciable. También contaba con un arma secreta, Osten, el más
travieso de todos los hermanos. No me costaría persuadirle para que me ayudara.
Admiraba
que un muchacho que no hubiera crecido en palacio tuviera el coraje necesario
como para afrontar el desafío de ser el próximo príncipe del país.
Sin
embargo, no iba a dejar que nadie me encadenara de por vida hasta que estuviera
preparada, y pensaba encargarme yo misma de que esos pobres incautos supieran
muy bien qué les esperaba…
Intentaban mantener el estudio
frío, pero, cuando encendían las luces, la sala se convertía en un horno. Ya de
muy pequeña aprendí a elegir una vestimenta un tanto vaporosa y ligera para elReport. Por tal motivo, esa noche me había decantado
por un vestido que me dejaba los hombros al aire. Lucía un estilo clásico, como
siempre, pero poco abrigado, pues no quería sufrir un golpe de calor delante de
todo el mundo.
—Has
elegido el vestido perfecto —observó mamá, y pasó el dedo por encima de los
pliegues de las mangas—. Estás preciosa.
—Gracias.
Tú también.
Esbozó
una sonrisa y me alisó el vestido.
—Gracias,
cariño. Sé que todo este asunto te ha abrumado un poco, pero créeme: la
Selección nos beneficiará a todos, empezando por ti. Pasas mucho tiempo sola y
el matrimonio es algo que, un día u otro, te habrías planteado…
—Y la
gente se pondrá como loca de contenta. Ya lo sé.
Traté
de disimular lo triste que estaba. En términos técnicos, las familias reales
actuales no subastaban a sus hijas, a las sucesoras de la corona, aunque… para
mí eso no era muy distinto. ¿Por qué mi madre no lo entendía?
Mamá
dejó de admirar el vestido y me miró a los ojos. Fue entonces cuando me di
cuenta de que también estaba apenada.
—Sé
que crees que estás haciendo un gran sacrificio; es cierto que cuando uno lleva
una vida dedicada a su pueblo debe hacer cosas no por placer, sino por
obligación. —Hizo una pausa—. Pero así fue como encontré a tu padre y a mis
mejores amigas. Gracias a la Selección aprendí a ser más fuerte. Me he enterado
del acuerdo al que has llegado con papá; si al final del proceso, no has
conocido a nadie especial, no pondré objeciones, lo prometo. Pero, por favor,
disfruta de la experiencia. Supérate, aprende algo. E intenta no odiarnos por
habértelo pedido.
—No
os odio.
—Cuanto
te lo propusimos, no te gustó nada —dijo con una sonrisa—. ¿Me equivoco?
—Tengo
dieciocho años. Estoy genéticamente programada para discutir con mis padres.
—Una
buena discusión merece la pena si, al final, no olvidas cuánto te quiero.
La
abracé
—Yo
también te quiero, mamá. Te lo prometo.
El
abrazo apenas duró un suspiro. Se apartó para arreglarme el vestido y
asegurarse de que estuviera impecable; luego fue a buscar a papá. Me senté
junto a Ahren, quien, al verme, arqueó las cejas en un gesto cómico.
—Qué
guapa estás, hermanita. De aquí al altar.
Me
recogí un poco la falda y, con elegancia, me senté.
—Una
palabra más y te afeitaré la cabeza mientras duermes.
—Yo
también te quiero.
Intenté
contener la risa, pero me resultó imposible. Me conocía demasiado bien.
La
estancia se fue llenando poco a poco. La señorita Lucy estaba sola, ya que el
general Leger estaba haciendo su ronda habitual, y el señor y la señora
Woodwork se acomodaron detrás de las cámaras, junto con Kile y Josie, sus
hijos. Sabía que mamá apreciaba muchísimo a la señorita Marlee, así que preferí
guardarme lo que pensaba de sus hijos. Kile no era tan estirado y odioso como
Josie, pero, en todos los años que llevaba viviendo en palacio, jamás habíamos
mantenido una conversación interesante. Aunque podría serme de gran ayuda: si
algún día sufría insomnio, le contrataría para sentarse a los pies de mi cama y
hablarme. Problema solucionado. Y Josie… No tenía palabras para describir lo
mezquina que era esa chica.
Los
consejeros de papá entraron en fila india y le saludaron con una cordial
reverencia. En el gabinete de papá solo había una mujer, la señorita Bryce
Mannor. Era una persona encantadora y menuda. Me sorprendía que alguien tan
modesto y recatado lograra sobrevivir en aquel circo político. Nunca le había
oído alzar la voz ni la había visto enfadarse, pero la gente siempre le
prestaba atención. A mí, en cambio, los hombres no me escuchaban, a menos que
diera un golpe sobre la mesa.
Su
presencia despertó mi curiosidad. ¿Qué pasaría si, una vez proclamada reina,
decidiera que todo el consejo estuviera formado por mujeres?
Podría
ser un experimento interesante.
Los
consejeros explicaron las últimas noticias y las decisiones que se habían
tomado. Al acabar, Gavril se giró hacia mí.
Gavril
Fadaye siempre se engominaba la cabellera plateada hacia atrás, pero me parecía
guapo. Llevaba meses insinuando que quería jubilarse, pero algo me decía que,
cuando escuchara lo que iba a anunciar, se quedaría rondando por palacio un
tiempo más.
—Esta
noche, Illéa, acabaremos el programa con una gran noticia. Y quién mejor para
darla que nuestra futura reina, la bellísima princesa Eadlyn Schreave.
Hizo
un gesto un tanto pomposo y solemne hacia mí. De inmediato, dibujé una amplia
sonrisa y me encaminé hacia el escenario alfombrado, rodeada de aplausos de
cortesía.
Gavril
me saludó con un abrazo muy casto y un beso en cada mejilla.
—Princesa
Eadlyn, bienvenida.
—Gracias,
Gavril
—Debo
confesar que me parece que fue ayer cuando anuncié que su hermano Ahren y su
alteza habían nacido. ¡No puedo creer que ya hayan pasado dieciocho años!
—Tienes
razón: los años no pasan en vano —comenté, y regalé una mirada llena de cariño
a toda mi familia.
—Está
a punto de hacer historia. Creo que todo el país está impaciente por saber qué
hará dentro de unos años, cuando sea reina.
—No
me cabe la menor duda de que serán tiempos apasionantes, pero no sé si quiero
esperar tanto tiempo para hacer historia —añadí y, con ademán bromista, le
asesté un suave codazo, a lo que él respondió con un gesto dramático un tanto
exagerado.
—¿Por
qué no nos cuenta qué tiene in mente, alteza?
Cuadré
los hombros, erguí la espalda, me dirigí a la cámara C y sonreí.
—A lo
largo de los últimos años, Illéa ha pasado por muchos cambios. De hecho,
durante el reinado de mis padres, todos hemos presenciado la casi extinción de
las fuerzas rebeldes, y, aunque todavía se producen ciertas hostilidades, el
sistema de castas ya no divide a nuestro pueblo con límites imaginarios.
Estamos viviendo una era de libertad extraordinaria y nos sentimos ansiosos por
ver a nuestra nación crecer y prosperar como nunca antes lo ha hecho.
No me
olvidé de sonreír ni de hablar con claridad y fluidez. Hacía ya muchos años que
recibía clases para aprender a dirigirme al gran público. A decir verdad, había
desarrollado una buena técnica. Así pues, durante mi discurso, no ignoré ningún
detalle, por insignificante que fuera.
—Y
eso es fabuloso…. Pero me gustaría recalcar que acabo de cumplir la mayoría de
edad —proseguí, y los invitados y consejeros que conformaban el público se
rieron—. Tengo que admitir que me resulta un poco aburrido pasar la mayor parte
del día encerrada en un despacho con mi padre. Sin ánimo de ofender, majestad
—añadí, y me volví hacia papá.
—Tranquila
—respondió él.
—Y
por ello he tomado una decisión. Ha llegado el momento de cambiar esa rutina.
Pretendo encontrar a alguien con quien no solo compartir este trabajo tan
exigente, sino que sea un compañero de vida. Y, para ello, espero que Illéa me
conceda mi deseo más anhelado: tener una Selección.
Los
consejeros presentes ahogaron un grito y empezaron a cuchichear. Me percaté de
la cara de asombro del personal de palacio. Era evidente que la única persona
que estaba al corriente de esa decisión era Gavril, lo cual me sorprendió
mucho.
—Mañana
mismo, los candidatos elegibles de Illéa recibirán una carta. Tendrán dos
semanas para decidir si quieren competir por mi mano. Soy plenamente consciente
de que nos adentramos en un territorio inexplorado. Nunca antes se ha celebrado
una Selección masculina. Sin embargo, aunque tengo tres hermanos, estoy
impaciente por conocer al próximo príncipe de Illéa. Y albergo la esperanza de
que todo el país lo celebre conmigo.
Hice
una pequeña reverencia y me retiré a mi asiento. Papá y mamá me sonreían con
orgullo. Aunque no esperaba otra reacción, sentía que la sangre se me había
helado. Tenía el presentimiento
de
que había olvidado algo, que la red que había tendido para sostenerme, en
realidad, tenía un agujero.
Pero
no había nada que pudiera hacer. Acababa de lanzarme al abismo.