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miércoles, 24 de junio de 2015

LA HEREDERA C4

Capítulo 4
Quiero dejar bien claro —dije después de tomar asiento en el despacho de papá— que no tengo ningún deseo de casarme.
Él asintió con la cabeza.
—Entiendo que no quieras casarte hoy mismo, pero no olvides que algún día deberás hacerlo, Eadlyn. Estás obligada a continuar la estirpe real.
Odiaba que mi padre hablara así de mi futuro; por su culpa consideraba el amor, el sexo y la descendencia como obligaciones con las que debía cumplir para que el país siguiera adelante. Así pues, la perspectiva no era en absoluto atractiva.
¿Acaso esos no eran los verdaderos placeres de la vida? ¿Lo más valioso? Deseché ese desasosiego y me centré en el asunto que tenía entre manos.
—Soy consciente de ello. Y estoy de acuerdo en que es importante —respondí con diplomacia—. Pero respóndeme a esto: durante tu Selección, ¿en ningún momento te preocupó que no hubiera nadie que encajara contigo? ¿No dudaste del verdadero motivo que llevó a esas chicas a presentarse?
Esbozó una tímida sonrisa.
—Todos los días. Incluso cuando dormía.
Relató un puñado de anécdotas bastante difusas sobre una chica tan dócil y sumisa que apenas podía soportarla, y sobre otra jovencita que había intentado manipular el proceso en varias ocasiones. No recordaba la mayoría de los nombres, ni todos los detalles, pero no me importaba. Nunca me gustó imaginarme a papá enamorándose de otra mujer que no fuera mamá.
—¿Y no crees que, al ser la primera mujer en ocupar el trono, deberíamos establecer… una serie de normas para aquel que gobierne a mi lado?
Él ladeó la cabeza.
—Continúa.
—Supongo, y espero no equivocarme, que se lleva a cabo un estudio exhaustivo y riguroso de los candidatos para cerciorarnos de que un psicópata no se cuele en palacio, ¿verdad?
—Desde luego —contestó, y me regaló una sonrisa para tranquilizarme.
—Aun así, no me fiaría de nadie para hacer este trabajo conmigo. Y por eso —inspiré hondo— doy mi brazo a torcer. Estoy dispuesta a pasar por esta ridiculez siempre y cuando tú cumplas con unas promesas sin importancia.
—No es ninguna ridiculez. La historia nos demuestra que es un éxito asegurado. Pero, por favor, cariño, dime cuáles son tus condiciones

—Desde luego —contestó, y me regaló una sonrisa para tranquilizarme.
—Aun así, no me fiaría de nadie para hacer este trabajo conmigo. Y por eso —inspiré hondo— doy mi brazo a torcer. Estoy dispuesta a pasar por esta ridiculez siempre y cuando tú cumplas con unas promesas sin importancia.
—No es ninguna ridiculez. La historia nos demuestra que es un éxito asegurado. Pero, por favor, cariño, dime cuáles son tus condiciones


Salí del despacho antes de que él pudiera percatarse de mi sonrisa. Mi cabeza ya había empezado a funcionar; necesitaba idear diversas fórmulas para conseguir que la mayoría de los chicos decidiera irse por voluntad propia. Podía adoptar una actitud amenazante o intimidatoria, o incluso convertir el palacio en un lugar hostil y despreciable. También contaba con un arma secreta, Osten, el más travieso de todos los hermanos. No me costaría persuadirle para que me ayudara.
Admiraba que un muchacho que no hubiera crecido en palacio tuviera el coraje necesario como para afrontar el desafío de ser el próximo príncipe del país.
Sin embargo, no iba a dejar que nadie me encadenara de por vida hasta que estuviera preparada, y pensaba encargarme yo misma de que esos pobres incautos supieran muy bien qué les esperaba…
Intentaban mantener el estudio frío, pero, cuando encendían las luces, la sala se convertía en un horno. Ya de muy pequeña aprendí a elegir una vestimenta un tanto vaporosa y ligera para elReport. Por tal motivo, esa noche me había decantado por un vestido que me dejaba los hombros al aire. Lucía un estilo clásico, como siempre, pero poco abrigado, pues no quería sufrir un golpe de calor delante de todo el mundo.
—Has elegido el vestido perfecto —observó mamá, y pasó el dedo por encima de los pliegues de las mangas—. Estás preciosa.
—Gracias. Tú también.
Esbozó una sonrisa y me alisó el vestido.
—Gracias, cariño. Sé que todo este asunto te ha abrumado un poco, pero créeme: la Selección nos beneficiará a todos, empezando por ti. Pasas mucho tiempo sola y el matrimonio es algo que, un día u otro, te habrías planteado…
—Y la gente se pondrá como loca de contenta. Ya lo sé.
Traté de disimular lo triste que estaba. En términos técnicos, las familias reales actuales no subastaban a sus hijas, a las sucesoras de la corona, aunque… para mí eso no era muy distinto. ¿Por qué mi madre no lo entendía?
Mamá dejó de admirar el vestido y me miró a los ojos. Fue entonces cuando me di cuenta de que también estaba apenada.
—Sé que crees que estás haciendo un gran sacrificio; es cierto que cuando uno lleva una vida dedicada a su pueblo debe hacer cosas no por placer, sino por obligación. —Hizo una pausa—. Pero así fue como encontré a tu padre y a mis mejores amigas. Gracias a la Selección aprendí a ser más fuerte. Me he enterado del acuerdo al que has llegado con papá; si al final del proceso, no has conocido a nadie especial, no pondré objeciones, lo prometo. Pero, por favor, disfruta de la experiencia. Supérate, aprende algo. E intenta no odiarnos por habértelo pedido.
—No os odio.
—Cuanto te lo propusimos, no te gustó nada —dijo con una sonrisa—. ¿Me equivoco?
—Tengo dieciocho años. Estoy genéticamente programada para discutir con mis padres.
—Una buena discusión merece la pena si, al final, no olvidas cuánto te quiero.
La abracé
—Yo también te quiero, mamá. Te lo prometo.
El abrazo apenas duró un suspiro. Se apartó para arreglarme el vestido y asegurarse de que estuviera impecable; luego fue a buscar a papá. Me senté junto a Ahren, quien, al verme, arqueó las cejas en un gesto cómico.
—Qué guapa estás, hermanita. De aquí al altar.
Me recogí un poco la falda y, con elegancia, me senté.
—Una palabra más y te afeitaré la cabeza mientras duermes.
—Yo también te quiero.
Intenté contener la risa, pero me resultó imposible. Me conocía demasiado bien.
La estancia se fue llenando poco a poco. La señorita Lucy estaba sola, ya que el general Leger estaba haciendo su ronda habitual, y el señor y la señora Woodwork se acomodaron detrás de las cámaras, junto con Kile y Josie, sus hijos. Sabía que mamá apreciaba muchísimo a la señorita Marlee, así que preferí guardarme lo que pensaba de sus hijos. Kile no era tan estirado y odioso como Josie, pero, en todos los años que llevaba viviendo en palacio, jamás habíamos mantenido una conversación interesante. Aunque podría serme de gran ayuda: si algún día sufría insomnio, le contrataría para sentarse a los pies de mi cama y hablarme. Problema solucionado. Y Josie… No tenía palabras para describir lo mezquina que era esa chica.
Los consejeros de papá entraron en fila india y le saludaron con una cordial reverencia. En el gabinete de papá solo había una mujer, la señorita Bryce Mannor. Era una persona encantadora y menuda. Me sorprendía que alguien tan modesto y recatado lograra sobrevivir en aquel circo político. Nunca le había oído alzar la voz ni la había visto enfadarse, pero la gente siempre le prestaba atención. A mí, en cambio, los hombres no me escuchaban, a menos que diera un golpe sobre la mesa.
Su presencia despertó mi curiosidad. ¿Qué pasaría si, una vez proclamada reina, decidiera que todo el consejo estuviera formado por mujeres?
Podría ser un experimento interesante.
Los consejeros explicaron las últimas noticias y las decisiones que se habían tomado. Al acabar, Gavril se giró hacia mí.
Gavril Fadaye siempre se engominaba la cabellera plateada hacia atrás, pero me parecía guapo. Llevaba meses insinuando que quería jubilarse, pero algo me decía que, cuando escuchara lo que iba a anunciar, se quedaría rondando por palacio un tiempo más.
—Esta noche, Illéa, acabaremos el programa con una gran noticia. Y quién mejor para darla que nuestra futura reina, la bellísima princesa Eadlyn Schreave.
Hizo un gesto un tanto pomposo y solemne hacia mí. De inmediato, dibujé una amplia sonrisa y me encaminé hacia el escenario alfombrado, rodeada de aplausos de cortesía.
Gavril me saludó con un abrazo muy casto y un beso en cada mejilla.
—Princesa Eadlyn, bienvenida.
—Gracias, Gavril
—Debo confesar que me parece que fue ayer cuando anuncié que su hermano Ahren y su alteza habían nacido. ¡No puedo creer que ya hayan pasado dieciocho años!
—Tienes razón: los años no pasan en vano —comenté, y regalé una mirada llena de cariño a toda mi familia.
—Está a punto de hacer historia. Creo que todo el país está impaciente por saber qué hará dentro de unos años, cuando sea reina.
—No me cabe la menor duda de que serán tiempos apasionantes, pero no sé si quiero esperar tanto tiempo para hacer historia —añadí y, con ademán bromista, le asesté un suave codazo, a lo que él respondió con un gesto dramático un tanto exagerado.
—¿Por qué no nos cuenta qué tiene in mente, alteza?
Cuadré los hombros, erguí la espalda, me dirigí a la cámara C y sonreí.
—A lo largo de los últimos años, Illéa ha pasado por muchos cambios. De hecho, durante el reinado de mis padres, todos hemos presenciado la casi extinción de las fuerzas rebeldes, y, aunque todavía se producen ciertas hostilidades, el sistema de castas ya no divide a nuestro pueblo con límites imaginarios. Estamos viviendo una era de libertad extraordinaria y nos sentimos ansiosos por ver a nuestra nación crecer y prosperar como nunca antes lo ha hecho.
No me olvidé de sonreír ni de hablar con claridad y fluidez. Hacía ya muchos años que recibía clases para aprender a dirigirme al gran público. A decir verdad, había desarrollado una buena técnica. Así pues, durante mi discurso, no ignoré ningún detalle, por insignificante que fuera.
—Y eso es fabuloso…. Pero me gustaría recalcar que acabo de cumplir la mayoría de edad —proseguí, y los invitados y consejeros que conformaban el público se rieron—. Tengo que admitir que me resulta un poco aburrido pasar la mayor parte del día encerrada en un despacho con mi padre. Sin ánimo de ofender, majestad —añadí, y me volví hacia papá.
—Tranquila —respondió él.
—Y por ello he tomado una decisión. Ha llegado el momento de cambiar esa rutina. Pretendo encontrar a alguien con quien no solo compartir este trabajo tan exigente, sino que sea un compañero de vida. Y, para ello, espero que Illéa me conceda mi deseo más anhelado: tener una Selección.
Los consejeros presentes ahogaron un grito y empezaron a cuchichear. Me percaté de la cara de asombro del personal de palacio. Era evidente que la única persona que estaba al corriente de esa decisión era Gavril, lo cual me sorprendió mucho.
—Mañana mismo, los candidatos elegibles de Illéa recibirán una carta. Tendrán dos semanas para decidir si quieren competir por mi mano. Soy plenamente consciente de que nos adentramos en un territorio inexplorado. Nunca antes se ha celebrado una Selección masculina. Sin embargo, aunque tengo tres hermanos, estoy impaciente por conocer al próximo príncipe de Illéa. Y albergo la esperanza de que todo el país lo celebre conmigo.
Hice una pequeña reverencia y me retiré a mi asiento. Papá y mamá me sonreían con orgullo. Aunque no esperaba otra reacción, sentía que la sangre se me había helado. Tenía el presentimiento 
de que había olvidado algo, que la red que había tendido para sostenerme, en realidad, tenía un agujero.

Pero no había nada que pudiera hacer. Acababa de lanzarme al abismo.