Capítulo 9
Cuando me enteré de que habían
empezado a llegar a palacio, hui despavorida a mis aposentos y me puse a
garabatear bocetos en el balcón, a la luz del sol. Demasiadas risas
escandalosas y saludos excesivamente entusiastas. Me pregunté cuánto tiempo
duraría esa camaradería. Después de todo, se trataba de una competición. Tomé
una nota mental de inmediato: «añadir “encontrar formas de enemistarles” a mi
lista de objetivos».
—Creo
que deberíamos dar más volumen al pelo, Neena. Hoy quiero parecer una chica
madura.
—Excelente
elección, alteza —comentó mientras me arreglaba las uñas—. ¿Alguna idea para el
vestido de esta noche?
—He
pensado en un vestido de gala. Negro, a poder ser.
Soltó
una risita.
—¿Intenta
asustarlos?
No
pude contener la sonrisa.
—Solo
un poquito.
Ambas
nos reímos. Me alegré de tenerla a mi lado. Se avecinaban semanas difíciles en
las que necesitaría sus mensajes reconfortantes.
Después
de secarme el pelo, lo trenzó y lo sujetó con horquillas formando una especie
de corona para que así la tiara destacara todavía más. Conseguí encontrar el
vestido negro que había lucido en la última fiesta de Año Nuevo. Era un traje
de encaje precioso que marcaba mi silueta hasta la rodilla. A partir de ahí, la
tela era más vaporosa y caía hasta el suelo. Tenía la espalda descubierta,
formando un óvalo, y mangas murciélago que me rozaban los hombros. Para ser
honesta, el vestido era más bonito a plena luz del día que a la luz de las
velas.
El
reloj marcó la una, hora de bajar las escaleras. Habíamos convertido una de las
bibliotecas del cuarto piso en un Salón de Hombres, de modo que los
seleccionados pudieran reunirse y relajarse durante su estancia en palacio.
Era, más o menos, del mismo tamaño que la Sala de las Mujeres y tenía varios
sofás y sillones donde sentarse, infinidad de libros y dos televisores.
Ahora
mismo me dirigía a esa zona de palacio. Habíamos acordado que los pretendientes
irían entrando de uno en uno para presentarse y que después los escoltarían
hasta el Salón de Hombres para así poder conocerse entre ellos. Advertí un
grupito de gente al fondo del pasillo entre el que reconocí a mis padres y al
general Leger, y me encaminé hacia ellos. Traté de que nadie notara que tenía
los nervios a flor de piel. Al verme, papá se quedó estupefacto y mamá se llevó
una mano a la boca.
—Eadlyn…,
pareces tan mayor —exclamó mamá. Suspiró y luego me acarició la mejilla, el
hombro y el cabello. Todo estaba en orden.
—Seguramente
porque lo soy.
Asintió
en silencio y se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Estás
divina. En mi opinión, nunca parecí una reina, pero tú… estás perfecta.
—Déjalo
ya, mamá. El pueblo te adora. Vosotros trajisteis la paz al país. Yo no he
hecho nada en absoluto.
Me
alzó la barbilla con un dedo.
—Todavía.
Pero eres demasiado lista y terca como para no conseguir nada.
Y
antes de que pudiera replicar, papá se acercó a nosotras y nos interrumpió.
—¿Preparada?
—Sí
—contesté, y me puse seria. Aquel no había sido el discursito motivacional que
había imaginado—. No tengo intención de eliminar a ningún candidato, al menos
por ahora. En mi opinión, todo el mundo merece una oportunidad.
Papá
esbozó una sonrisa.
—Muy
sabio por tu parte.
Cogí
aire.
—De
acuerdo. Empecemos.
—¿Prefieres
que nos quedemos o te dejamos sola? —preguntó mamá.
Sopesé
ambas opciones.
—Podéis
iros.
—Como
desees —murmuró papá—. El general Leger y varios guardias estarán vigilando las
puertas. Si necesitas algo, cualquier cosa, no dudes en decirlo. Queremos que
pases un día maravilloso.
—Gracias,
papá.
—No
—susurró, y me estrechó entre sus brazos—. Gracias a ti.
Después,
ofreció el brazo a mamá y se marcharon. Tan solo mirando sus andares intuí que
estaban dichosos, felices.
—Alteza
—dijo el general Leger en voz baja. Al girarme, vi que estaba sonriente—.
¿Nerviosa?
Negué
con la cabeza, en parte para convencerme a mí misma.
—Que
entre el primero.
Inclinó
la cabeza y luego lanzó una mirada a un mayordomo que había frente a una de las
puertas del salón. De repente, de detrás de una estantería repleta de libros,
surgió un chico. Comprobó que se había colocado bien los gemelos, estiró los
puños de la camisa y se acercó a mí. Era delgaducho y más bien bajito, pero
tenía cara de simpático.
Se
detuvo frente a mí e hizo una reverencia.
—Fox
Wesley, alteza.
Ladeé
la cabeza a modo de saludo.
—Un
placer.
Respiró
hondo antes de continuar.
—Qué
hermosa.
—Eso
me han dicho. Ya puedes retirarte —añadí, y le señalé el Salón de Hombres con
la mano.
Fox
arrugó el entrecejo antes de volver a inclinarse y se marchó.
Un
segundo más tarde, apareció otro muchacho ante mí. Este, en lugar de una
reverencia, optó por bajar la cabeza.
—Garner,
alteza.
—Bienvenido.
—Muchas
gracias por habernos invitado a su casa, alteza. Espero demostrarle que soy
merecedor de su mano día tras día.
Incliné
la cabeza, mostrando así mi curiosidad.
—¿De
veras? ¿Y cómo piensas hacerlo hoy?
Sonrió.