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martes, 30 de junio de 2015

LA HEREDERA C17

Capítulo 17
¿Cómo era posible que Josie se hubiera atrevido a poner sus manazas en una de mis tiaras? Estaba de ella hasta la coronilla. Pretendía pasearse delante de las cámaras con su mejor vestido y mi tiara, como si formara parte de la realeza, por enésima vez en su vida.
Sonreía a los invitados al pasar por su lado, pero no me paré a hablar con nadie en particular, hasta toparme con Kile. Estaba con Henri, otra vez, tomando té helado mientras se disputaba un partido de bádminton. Henri me saludó con una reverencia nada más verme.
—Buenos días hoy, alteza —dijo con ese acento tan alegre.
—Buenos días, Henri. Kile.
—Hola, Eadlyn.
Quizá fueran imaginaciones mías, pero noté a Kile distinto y, quizá por primera vez en mi vida, deseé oírle hablar. Sacudí la cabeza; no podía despistarme.
—Kile, ¿te importaría hablar con tu hermana, por favor?
Su alegría inicial se transformó en frustración.
—¿Por qué? ¿Qué ha hecho esta vez?
—Ha vuelto a coger otra de mis tiaras.
—Pero si tienes… ¿cuántas? ¿Mil tiaras?
Resoplé.
—Ese no es el tema. Es mía y no debería cogérmela. Cuando se pavonea así, da a entender que forma parte de la familia real, y no es así. Es inapropiado. ¿Podrías hablar con ella sobre su comportamiento?
—¿Cuándo me he convertido en la persona a quien le pides todos los favores?
Miré a Henri y a Erik, que, por supuesto, no sabían nada sobre el acuerdo que se escondía tras nuestro beso. A primera vista, no se estaban enterando.
—¿Por favor? —insistí a media voz.
Él suavizó la mirada y, por un segundo, reconocí al chico que había conocido en su habitación, al chico dulce e interesante.
—De acuerdo. Josie solo quiere llamar la atención. No creo que lo haya hecho para molestarte.
—Gracias.
—Ahora vuelvo.
Se marchó con paso decidido. Erik le explicó a Henri lo que estaba sucediendo.
Henri se aclaró la garganta antes de hablar.
—¿Qué tal está hoy, alteza?
No sabía si responder dirigiéndome a Erik o no…, y al final opté por contestar a Henri directamente.
—Muy bien, ¿y tú?
—Bien, bien —contestó con jovialidad—. Yo disfrutar…, ejem… —Se volvió y transmitió el resto de la respuesta a su intérprete.
—Cree que la fiesta es fabulosa, y está disfrutando de la compañía.
No sabía si se refería a Kile o a mí, pero, de todas formas, me pareció un comentario acertado.
—¿Cuándo te mudaste de Swendway?
Henri asintió con la cabeza, como si confirmara que Swendway era su tierra natal, pero sin contestar la pregunta. Al percatarse de que no había comprendido mis palabras, Erik le tradujo al oído la pregunta. Henri se explayó con su respuesta.
—Henri emigró a Illéa el año pasado, tras cumplir los diecisiete años. Proviene de una familia de cocineros, que es a lo que se dedica. Cocina platos típicos de su país y, en general, se relaciona con otros de Swendway y por eso solo habla finlandés. Tiene una hermana pequeña que está aprendiendo inglés, pero le parece un idioma muy complicado.
—Vaya. Cuánta información —le dije a Erik.
Este hizo un gesto con la mano.
—Lo sé.
El trabajo de Erik debía de ser muy duro, pero apreciaba que fuera tan modesto. Y luego me dirigí a Henri:
—Me apetece que pasemos un rato juntos. Pero en algún lugar que nos permita charlar más fácilmente.
Erik se lo tradujo a Henri, que asintió con entusiasmo.
—¡Sí, sí!
Me reí por lo bajo.
—Hasta entonces.
En el jardín estaban todos los seleccionados. El general Leger y la señorita Lucy, que no se separaron ni un momento, conversaban con un grupo de pretendientes junto a la fuente. Papá estaba haciendo su ronda de reconocimiento; de vez en cuando, daba una palmadita en la espalda de alguien y le saludaba con un mísero «hola». Mamá, en cambio, estaba sentada bajo una sombrilla. Varios candidatos estaban pululando a su alrededor, lo cual me parecía inquietante y encantador a la vez.
Era una fiesta deliciosa. Muchos se entretenían con los juegos, las mesas estaban a rebosar de comida y, bajo un toldo, un cuarteto de cuerda animaba el guateque. Las cámaras rondaban por todo el jardín para no perder detalle. Crucé los dedos. Ojalá aquello bastara para calmar los ánimos. No sabía si papá ya había trazado un plan para tranquilizar al país de forma permanente.
Mientras tanto, tenía que encontrar el modo de eliminar al menos a un candidato después de hoy, y una razón lo bastante buena para que todos se lo creyeran a pies juntillas.
Con el sigilo de un felino, Kile se acercó a mí.
—Aquí tienes —dijo, y me dio la tiara.
—Pero qué ven mis ojos. No esperaba que se la quitaras.
—Me ha costado convencerla, de hecho he tenido que amenazarla: si montaba un numerito en la fiesta, mamá no la dejaría asistir a ninguna más. Eso ha bastado para que cediera. Así que toma.
—No puedo cogerla —dije, con las manos entrelazadas.
—Pero si me la has pedido —protestó.
—No quiero que la lleve puesta, pero tampoco puedo pasearla por toda la fiesta. Tengo cosas que hacer.
Se estaba enfadando. Sin embargo, me gustó que, por una vez, fuera él quien se exasperara, y no yo.
—Ah, muy bien. ¿Entonces qué? ¿Me la tengo que quedar yo todo el día?
—No todo el día. Solo hasta que entremos en palacio.
Kile sacudió la cabeza.
—Eres increíble.
—Calla. Disfruta de la fiesta, anda. Pero antes, espera un momento, tenemos que hacer algo con esta corbata.
—¿Qué tiene de malo mi corbata?
—Todo —dije—. Esta corbata es horrenda. Apuesto a que conseguiríamos la paz mundial si la quemáramos.
Deshice el nudo y se la quité.
—Mucho mejor —comenté, y le entregué aquel montón de tela. Después le arrebaté la tiara y se la coloqué en la cabeza—. Te favorece muchísimo.
Él sonrió con cierta chulería y me miró divertido.
—Ya que me tengo que quedar con tu tiara por ahora, ¿qué te parece si te la devuelvo esta noche? Podría pasarme por tu habitación, si quieres —susurró. Kile se mordió el labio y recordé lo carnosos y suaves que eran.
Sabía leer entre líneas.
—Perfecto —contesté, y recé por no ruborizarme.
—¿Sobre las nueve?
—A las nueve.
Kile asintió y se marchó.
Entonces, durante el Report, ¡tan solo había sido discreto! Fruncí el ceño, pensativa. Quizá pretendía matar el tiempo besándome. O puede que desde que fuera un crío estuviera enamorado hasta los huesos de mí, pero hasta ahora no hubiera reunido el coraje suficiente para dejar de tomarme el pelo y decírmelo. Aunque a lo mejor…
Ean me pilló desprevenida.
—¡Oh! —exclamé cuando me cogió del brazo.
—Pareces triste. No sé qué te ha dicho ese jovencito para ofenderte, pero no le des más vueltas.
—Señor Ean —saludé. Me asombraba que mi presencia no le intimidara en lo más mínimo—. ¿En qué puedo ayudarte?
—Pues en acompañarme a dar una vuelta, desde luego. Todavía no he tenido la oportunidad de charlar contigo a solas.
Bajo la luz del sol, la cabellera de color caramelo de Ean cobraba un tono dorado hermoso. Aunque no tenía el estilo personal de Hale, el traje le favorecía más que al resto. Había hombres a los que, sencillamente, no les sentaba bien un traje.
—Bueno, ahora estamos a solas. ¿De qué te gustaría charlar?
Sonrió con superioridad.
—Para ser sincero, siento curiosidad. Siempre te he considerado una chica muy independiente y me sorprendió que quisieras encontrar un marido tan joven. Basándome en las veces que te había visto en el Report, y en todos los especiales sobre tu familia, creí que te tomarías tu tiempo.
Lo sabía. Me hablaba con una calma fuera de lo común. Estaba convencida de que se había enterado de que aquello era puro teatro.
—Es verdad. Mi plan inicial era esperar. Pero mis padres están tan enamorados que pensé que merecía la pena intentarlo.
Ean me observó con detenimiento.
—¿De veras crees que alguno de los candidatos tenemos lo que hace falta para ser tu pareja?
Abrí los ojos como platos.
—¿Tan poco te valoras?
Él dejó de caminar y se colocó delante de mí.
—No, pero podría decirse que te tengo en un pedestal. Y no te imagino resignándote a una vida en pareja antes de haber vivido la tuya propia.
Me costaba creer que alguien pudiera tener tanta intuición, que un desconocido fuera capaz de leer mis pensamientos, sobre todo teniendo en cuenta la distancia que siempre había mantenido. ¿Con qué interés había estado Ean observándome todos estos años?
—La gente cambia —contesté.
Él asintió.
—Supongo que sí. Pero si en algún momento te sientes… perdida en esta especie de competición, estaré más que encantado de ayudarte.
—¿Y cómo piensas ayudarme exactamente?
Ean me acompañó hacia la multitud.
—Creo que dejaremos esta conversación para otro momento. Pero recuerda que estoy aquí por ti, alteza.
Me atravesó con la mirada; tuve la impresión de que estaba esperando a que todos mis secretos más prohibidos salieran disparados de mis propios ojos. Cuando al fin apartó la vista, respiré hondo varias veces para recuperar la compostura.
—Hace un día precioso.
Levanté la vista y vi a uno de mis pretendientes. Me quedé con la mente en blanco. ¿Cómo se llamaba?
—Sí, la verdad es que sí. ¿Te lo estás pasando bien?
Oh, por favor. No tenía ni una sola pista.
—Mucho —respondió. Su expresión era amable, y su voz, cariñosa—. Acabo de ganar una partida de cróquet. ¿Usted juega, alteza?
—Un poco. —¿Cómo iba a salir de esa? —. ¿Y tú? ¿Eres un gran aficionado?
—Qué va. En realidad, no. En el norte, en Whites, practicamos deportes de invierno.
¡Whites!... Pero nada, seguía sin acordarme.
—Para ser sincera, soy una chica más bien de interior.
—En ese caso, ¡le encantará Whites! —exclamó con una gran sonrisa—. Solo salgo de casa cuando es estrictamente necesario.
—Perdón.
El chico de Whites y yo nos volvimos hacia el recién llegado. Por suerte, este sí me sonaba.
—Lo siento, alteza, pero esperaba poder robarle unos minutos.
—Desde luego, Holden —respondí, y le rodeé el brazo—. Me ha gustado hablar contigo —le dije al pretendiente de Whites, que se quedó un poco mustio.
—No era mi intención ser descortés —murmuró Holden una vez que nos hubimos alejado.
—No te preocupes.
Caminamos despacio. Él parecía cómodo, como si hubiera paseado cogido de una princesa docenas de veces.
—No quiero entretenerla. Tan solo quería felicitarla. Me quedé boquiabierto cuando eliminó a todos esos chicos la semana pasada.
Me quedé de piedra.
—¿De veras?
—¡Absolutamente! Admiro a las mujeres que saben muy bien lo que quieren, y me gusta que sea tan decidida. Mi madre trabaja como jefa de laboratorio en Bankston. Sé muy bien lo difícil que le resulta gestionar una empresa así de pequeña, así que no quiero ni imaginarme la presión a la que debe de estar sometida. Pero lo está haciendo bien, y eso me gusta. Solo quería que lo supiera.
Di un paso atrás, atónita.
—Gracias, Holden.
Él inclinó la cabeza y se dio media vuelta. Me quedé absorta en mis pensamientos.
Aquella situación solo confirmó mis sospechas: si aparentaba ser una chica tierna y amable, nadie me tomaría en serio. ¿Acaso si hubiera dado palmaditas en el hombro o repartido abrazos a diestro y siniestro Holden me habría admirado tanto? Todo aquello era…
—¡Ah!
Tropecé con alguien, pero logré salvarme de un ridículo espantoso gracias a un par de brazos fuertes, además de oportunos.
—Alteza —dijo Hale, sujetándome por la cintura—. Lo siento, no te he visto.
Escuché el disparador de una cámara fotográfica y dibujé una sonrisa.
—Ríete —farfullé entre dientes.
—¿Eh?
—Ayúdame y ríete —repetí.
Solté un par de risas bobaliconas y, tras un segundo, Hale también se echó a reír.
—¿A qué ha venido eso? —preguntó sin borrar aquella estúpida sonrisa de su cara.
Me alisé la falda del vestido y se lo expliqué.
—Los equipos de televisión están enfocándonos.
Echó un vistazo a nuestro alrededor.
—Para —ordené.
—Caramba, ¿siempre estás tan atenta a todo lo que ocurre?
Esta vez mi carcajada fue auténtica.
—Básicamente, sí.
Su sonrisa se desvaneció.
—¿Por eso la otra noche te marchaste de forma tan repentina?
Me puse seria de nuevo.
—Perdona. No me encontraba del todo bien.
—Primero huyes, y luego mientes —dijo, y sacudió la cabeza, decepcionado.
—No.
—Eadlyn —murmuró—. No fue nada fácil para mí. Te seré sincero. No me gusta hablar de la muerte de mi padre ni explicar que a mi madre le ha costado Dios y ayuda mantener un trabajo estable, ni tampoco quejarme de la pérdida de estatus social de mi familia. Fue difícil compartir todo eso contigo. Y, justo cuando empezamos a hablar de ti, me dejaste tirado.
Y una vez más noté la extraña sensación de estar desnuda frente a él.
—Te pido disculpas, Hale, de todo corazón.
Él me estudió el rostro.
—No sé si de todo corazón —comentó, nervioso—, pero me gustas de todos modos.
Al oír eso, le miré a los ojos. La posibilidad de que pudiera ser cierto me encantaba.
—Cuando estés preparada para hablar, para hablar de verdad, recuerda que aquí me tienes. A menos, desde luego, que te vuelvas a poner el disfraz de ninja y me elimines, como hiciste con aquellos chicos.
Me reí con nerviosismo.
—Dudo que algo así vuelva a suceder.
—Espero que no.
Hale se quedó mirándome fijamente. Sentí que podía atravesarme la piel y observar mi interior, y eso no me gustaba en absoluto.
—Me alegro de que no se haya manchado el vestido. Habría sido una lástima.
Se dio media vuelta para irse, pero le agarré del brazo.
—Eh. Gracias. Por haber sido tan prudente en el Report.
Él sonrió.

—Algo cada día, ¿lo recuerdas?