Capítulo 17
¿Cómo
era posible que Josie se hubiera atrevido a poner sus manazas en una de mis
tiaras? Estaba de ella hasta la coronilla. Pretendía pasearse delante de las
cámaras con su mejor vestido y mi tiara, como si formara parte de la realeza,
por enésima vez en su vida.
Sonreía
a los invitados al pasar por su lado, pero no me paré a hablar con nadie en
particular, hasta toparme con Kile. Estaba con Henri, otra vez, tomando té
helado mientras se disputaba un partido de bádminton. Henri me saludó con una
reverencia nada más verme.
—Buenos
días hoy, alteza —dijo con ese acento tan alegre.
—Buenos
días, Henri. Kile.
—Hola,
Eadlyn.
Quizá
fueran imaginaciones mías, pero noté a Kile distinto y, quizá por primera vez
en mi vida, deseé oírle hablar. Sacudí la cabeza; no podía despistarme.
—Kile,
¿te importaría hablar con tu hermana, por favor?
Su
alegría inicial se transformó en frustración.
—¿Por
qué? ¿Qué ha hecho esta vez?
—Ha
vuelto a coger otra de mis tiaras.
—Pero
si tienes… ¿cuántas? ¿Mil tiaras?
Resoplé.
—Ese
no es el tema. Es mía y no debería cogérmela. Cuando se pavonea así, da a
entender que forma parte de la familia real, y no es así. Es inapropiado.
¿Podrías hablar con ella sobre su comportamiento?
—¿Cuándo
me he convertido en la persona a quien le pides todos los favores?
Miré
a Henri y a Erik, que, por supuesto, no sabían nada sobre el acuerdo que se
escondía tras nuestro beso. A primera vista, no se estaban enterando.
—¿Por
favor? —insistí a media voz.
Él
suavizó la mirada y, por un segundo, reconocí al chico que había conocido en su
habitación, al chico dulce e interesante.
—De
acuerdo. Josie solo quiere llamar la atención. No creo que lo haya hecho para
molestarte.
—Gracias.
—Ahora
vuelvo.
Se
marchó con paso decidido. Erik le explicó a Henri lo que estaba sucediendo.
Henri
se aclaró la garganta antes de hablar.
—¿Qué
tal está hoy, alteza?
No
sabía si responder dirigiéndome a Erik o no…, y al final opté por contestar a
Henri directamente.
—Muy
bien, ¿y tú?
—Bien,
bien —contestó con jovialidad—. Yo disfrutar…, ejem… —Se volvió y transmitió el
resto de la respuesta a su intérprete.
—Cree
que la fiesta es fabulosa, y está disfrutando de la compañía.
No
sabía si se refería a Kile o a mí, pero, de todas formas, me pareció un
comentario acertado.
—¿Cuándo
te mudaste de Swendway?
Henri
asintió con la cabeza, como si confirmara que Swendway era su tierra natal,
pero sin contestar la pregunta. Al percatarse de que no había comprendido mis
palabras, Erik le tradujo al oído la pregunta. Henri se explayó con su
respuesta.
—Henri
emigró a Illéa el año pasado, tras cumplir los diecisiete años. Proviene de una
familia de cocineros, que es a lo que se dedica. Cocina platos típicos de su
país y, en general, se relaciona con otros de Swendway y por eso solo habla
finlandés. Tiene una hermana pequeña que está aprendiendo inglés, pero le
parece un idioma muy complicado.
—Vaya.
Cuánta información —le dije a Erik.
Este
hizo un gesto con la mano.
—Lo
sé.
El
trabajo de Erik debía de ser muy duro, pero apreciaba que fuera tan modesto. Y
luego me dirigí a Henri:
—Me
apetece que pasemos un rato juntos. Pero en algún lugar que nos permita charlar
más fácilmente.
Erik
se lo tradujo a Henri, que asintió con entusiasmo.
—¡Sí,
sí!
Me
reí por lo bajo.
—Hasta
entonces.
En el
jardín estaban todos los seleccionados. El general Leger y la señorita Lucy,
que no se separaron ni un momento, conversaban con un grupo de pretendientes
junto a la fuente. Papá estaba haciendo su ronda de reconocimiento; de vez en
cuando, daba una palmadita en la espalda de alguien y le saludaba con un mísero
«hola». Mamá, en cambio, estaba sentada bajo una sombrilla. Varios candidatos
estaban pululando a su alrededor, lo cual me parecía inquietante y encantador a
la vez.
Era
una fiesta deliciosa. Muchos se entretenían con los juegos, las mesas estaban a
rebosar de comida y, bajo un toldo, un cuarteto de cuerda animaba el guateque.
Las cámaras rondaban por todo el jardín para no perder detalle. Crucé los
dedos. Ojalá aquello bastara para calmar los ánimos. No sabía si papá ya había
trazado un plan para tranquilizar al país de forma permanente.
Mientras
tanto, tenía que encontrar el modo de eliminar al menos a un candidato después
de hoy, y una razón lo bastante buena para que todos se lo creyeran a pies
juntillas.
Con
el sigilo de un felino, Kile se acercó a mí.
—Aquí
tienes —dijo, y me dio la tiara.
—Pero
qué ven mis ojos. No esperaba que se la quitaras.
—Me
ha costado convencerla, de hecho he tenido que amenazarla: si montaba un
numerito en la fiesta, mamá no la dejaría asistir a ninguna más. Eso ha bastado
para que cediera. Así que toma.
—No
puedo cogerla —dije, con las manos entrelazadas.
—Pero
si me la has pedido —protestó.
—No
quiero que la lleve puesta, pero tampoco puedo pasearla por toda la fiesta.
Tengo cosas que hacer.
Se
estaba enfadando. Sin embargo, me gustó que, por una vez, fuera él quien se
exasperara, y no yo.
—Ah,
muy bien. ¿Entonces qué? ¿Me la tengo que quedar yo todo el día?
—No
todo el día. Solo hasta que entremos en palacio.
Kile
sacudió la cabeza.
—Eres
increíble.
—Calla.
Disfruta de la fiesta, anda. Pero antes, espera un momento, tenemos que hacer
algo con esta corbata.
—¿Qué
tiene de malo mi corbata?
—Todo
—dije—. Esta corbata es horrenda. Apuesto a que conseguiríamos la paz mundial
si la quemáramos.
Deshice
el nudo y se la quité.
—Mucho
mejor —comenté, y le entregué aquel montón de tela. Después le arrebaté la
tiara y se la coloqué en la cabeza—. Te favorece muchísimo.
Él
sonrió con cierta chulería y me miró divertido.
—Ya
que me tengo que quedar con tu tiara por ahora, ¿qué te parece si te la
devuelvo esta noche? Podría pasarme por tu habitación, si quieres —susurró.
Kile se mordió el labio y recordé lo carnosos y suaves que eran.
Sabía
leer entre líneas.
—Perfecto
—contesté, y recé por no ruborizarme.
—¿Sobre
las nueve?
—A
las nueve.
Kile
asintió y se marchó.
Entonces,
durante el Report,
¡tan solo había sido discreto! Fruncí el ceño, pensativa. Quizá pretendía matar
el tiempo besándome. O puede que desde que fuera un crío estuviera enamorado
hasta los huesos de mí, pero hasta ahora no hubiera reunido el coraje
suficiente para dejar de tomarme el pelo y decírmelo. Aunque a lo mejor…
Ean
me pilló desprevenida.
—¡Oh!
—exclamé cuando me cogió del brazo.
—Pareces
triste. No sé qué te ha dicho ese jovencito para ofenderte, pero no le des más
vueltas.
—Señor
Ean —saludé. Me asombraba que mi presencia no le intimidara en lo más mínimo—.
¿En qué puedo ayudarte?
—Pues
en acompañarme a dar una vuelta, desde luego. Todavía no he tenido la
oportunidad de charlar contigo a solas.
Bajo
la luz del sol, la cabellera de color caramelo de Ean cobraba un tono dorado
hermoso. Aunque no tenía el estilo personal de Hale, el traje le favorecía más
que al resto. Había hombres a los que, sencillamente, no les sentaba bien un
traje.
—Bueno,
ahora estamos a solas. ¿De qué te gustaría charlar?
Sonrió
con superioridad.
—Para
ser sincero, siento curiosidad. Siempre te he considerado una chica muy
independiente y me sorprendió que quisieras encontrar un marido tan joven.
Basándome en las veces que te había visto en el Report,
y en todos los especiales sobre tu familia, creí que te tomarías tu tiempo.
Lo
sabía. Me hablaba con una calma fuera de lo común. Estaba convencida de que se
había enterado de que aquello era puro teatro.
—Es
verdad. Mi plan inicial era esperar. Pero mis padres están tan enamorados que
pensé que merecía la pena intentarlo.
Ean
me observó con detenimiento.
—¿De
veras crees que alguno de los candidatos tenemos lo que hace falta para ser tu
pareja?
Abrí
los ojos como platos.
—¿Tan
poco te valoras?
Él
dejó de caminar y se colocó delante de mí.
—No,
pero podría decirse que te tengo en un pedestal. Y no te imagino resignándote a
una vida en pareja antes de haber vivido la tuya propia.
Me
costaba creer que alguien pudiera tener tanta intuición, que un desconocido
fuera capaz de leer mis pensamientos, sobre todo teniendo en cuenta la
distancia que siempre había mantenido. ¿Con qué interés había estado Ean
observándome todos estos años?
—La
gente cambia —contesté.
Él
asintió.
—Supongo
que sí. Pero si en algún momento te sientes… perdida en esta especie de
competición, estaré más que encantado de ayudarte.
—¿Y cómo
piensas ayudarme exactamente?
Ean
me acompañó hacia la multitud.
—Creo
que dejaremos esta conversación para otro momento. Pero recuerda que estoy aquí
por ti, alteza.
Me
atravesó con la mirada; tuve la impresión de que estaba esperando a que todos
mis secretos más prohibidos salieran disparados de mis propios ojos. Cuando al
fin apartó la vista, respiré hondo varias veces para recuperar la compostura.
—Hace
un día precioso.
Levanté
la vista y vi a uno de mis pretendientes. Me quedé con la mente en blanco.
¿Cómo se llamaba?
—Sí,
la verdad es que sí. ¿Te lo estás pasando bien?
Oh,
por favor. No tenía ni una sola pista.
—Mucho
—respondió. Su expresión era amable, y su voz, cariñosa—. Acabo de ganar una
partida de cróquet. ¿Usted juega, alteza?
—Un
poco. —¿Cómo iba a salir de esa? —. ¿Y tú? ¿Eres un gran aficionado?
—Qué
va. En realidad, no. En el norte, en Whites, practicamos deportes de invierno.
¡Whites!...
Pero nada, seguía sin acordarme.
—Para
ser sincera, soy una chica más bien de interior.
—En
ese caso, ¡le encantará Whites! —exclamó con una gran sonrisa—. Solo salgo de
casa cuando es estrictamente necesario.
—Perdón.
El
chico de Whites y yo nos volvimos hacia el recién llegado. Por suerte, este sí
me sonaba.
—Lo
siento, alteza, pero esperaba poder robarle unos minutos.
—Desde
luego, Holden —respondí, y le rodeé el brazo—. Me ha gustado hablar contigo —le
dije al pretendiente de Whites, que se quedó un poco mustio.
—No
era mi intención ser descortés —murmuró Holden una vez que nos hubimos alejado.
—No te
preocupes.
Caminamos
despacio. Él parecía cómodo, como si hubiera paseado cogido de una princesa
docenas de veces.
—No
quiero entretenerla. Tan solo quería felicitarla. Me quedé boquiabierto cuando
eliminó a todos esos chicos la semana pasada.
Me
quedé de piedra.
—¿De
veras?
—¡Absolutamente!
Admiro a las mujeres que saben muy bien lo que quieren, y me gusta que sea tan
decidida. Mi madre trabaja como jefa de laboratorio en Bankston. Sé muy bien lo
difícil que le resulta gestionar una empresa así de pequeña, así que no quiero
ni imaginarme la presión a la que debe de estar sometida. Pero lo está haciendo
bien, y eso me gusta. Solo quería que lo supiera.
Di un
paso atrás, atónita.
—Gracias,
Holden.
Él
inclinó la cabeza y se dio media vuelta. Me quedé absorta en mis pensamientos.
Aquella
situación solo confirmó mis sospechas: si aparentaba ser una chica tierna y
amable, nadie me tomaría en serio. ¿Acaso si hubiera dado palmaditas en el
hombro o repartido abrazos a diestro y siniestro Holden me habría admirado tanto?
Todo aquello era…
—¡Ah!
Tropecé
con alguien, pero logré salvarme de un ridículo espantoso gracias a un par de
brazos fuertes, además de oportunos.
—Alteza
—dijo Hale, sujetándome por la cintura—. Lo siento, no te he visto.
Escuché
el disparador de una cámara fotográfica y dibujé una sonrisa.
—Ríete
—farfullé entre dientes.
—¿Eh?
—Ayúdame
y ríete —repetí.
Solté
un par de risas bobaliconas y, tras un segundo, Hale también se echó a reír.
—¿A
qué ha venido eso? —preguntó sin borrar aquella estúpida sonrisa de su cara.
Me
alisé la falda del vestido y se lo expliqué.
—Los
equipos de televisión están enfocándonos.
Echó
un vistazo a nuestro alrededor.
—Para
—ordené.
—Caramba,
¿siempre estás tan atenta a todo lo que ocurre?
Esta
vez mi carcajada fue auténtica.
—Básicamente,
sí.
Su
sonrisa se desvaneció.
—¿Por
eso la otra noche te marchaste de forma tan repentina?
Me
puse seria de nuevo.
—Perdona.
No me encontraba del todo bien.
—Primero
huyes, y luego mientes —dijo, y sacudió la cabeza, decepcionado.
—No.
—Eadlyn
—murmuró—. No fue nada fácil para mí. Te seré sincero. No me gusta hablar de la
muerte de mi padre ni explicar que a mi madre le ha costado Dios y ayuda
mantener un trabajo estable, ni tampoco quejarme de la pérdida de estatus
social de mi familia. Fue difícil compartir todo eso contigo. Y, justo cuando
empezamos a hablar de ti, me dejaste tirado.
Y una
vez más noté la extraña sensación de estar desnuda frente a él.
—Te
pido disculpas, Hale, de todo corazón.
Él me
estudió el rostro.
—No
sé si de todo corazón —comentó, nervioso—, pero me gustas de todos modos.
Al
oír eso, le miré a los ojos. La posibilidad de que pudiera ser cierto me
encantaba.
—Cuando
estés preparada para hablar, para hablar de verdad, recuerda que aquí me
tienes. A menos, desde luego, que te vuelvas a poner el disfraz de ninja y me
elimines, como hiciste con aquellos chicos.
Me
reí con nerviosismo.
—Dudo
que algo así vuelva a suceder.
—Espero
que no.
Hale
se quedó mirándome fijamente. Sentí que podía atravesarme la piel y observar mi
interior, y eso no me gustaba en absoluto.
—Me
alegro de que no se haya manchado el vestido. Habría sido una lástima.
Se
dio media vuelta para irse, pero le agarré del brazo.
—Eh.
Gracias. Por haber sido tan prudente en el Report.
Él
sonrió.
—Algo
cada día, ¿lo recuerdas?