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miércoles, 24 de junio de 2015

LA HEREDERA C13

Capítulo 13
Bueno, creo que he conseguido entretener a todo el mundo durante un rato —presumí mientras paseaba cogida del brazo de Ahren por los jardines de palacio.
—Eso parece —murmuró, y me miró con una sonrisa pícara. Sentí la imperiosa necesidad de pegarle, pero me contuve—. ¿Y qué tal ha ido?
Aquella preguntita colmó el vaso de mi paciencia y esta vez sí que le asesté un golpecito cariñoso.
—¡Serás cerdo! Una señorita como Dios manda jamás comparte esos detalles de su intimidad.
—Claro, ¿y se supone que una señorita como Dios manda deja que le hagan fotos besando a su pretendiente en la oscuridad?
—En cualquier caso, ha funcionado —contesté encogiéndome de hombros.
Mis fotografías con Kile saciaron el hambre voraz de la nación, tal y como habíamos previsto. Aunque reconozco que me asombró descubrir que eso era lo que, en realidad, el pueblo ansiaba ver; pero mientras estuviesen satisfechos, no importaba tanto. Sin embargo, las reacciones ante el famoso beso fueron muy variadas: un puñado de revistas publicó que era algo bonito y romántico, pero la mayoría criticó el hecho de que yo tuviese tantas ganas de regalar un beso en un punto inicial de la competición.
Una de las revistas sensacionalistas del país incluso mantuvo un debate con dos de sus reporteros más importantes sobre si yo era una chica fácil por dar un beso así, o si por el contrario era una monería, ya que los dos nos conocíamos desde pequeños. Traté de ignorarlo; pronto tendrían otros temas de los que hablar.
—He echado un vistazo a la prensa de hoy —comenté—. No han redactado ni un solo artículo dedicado a la discriminación de la época después de las castas.
—¿Y qué planes tienes para hoy? ¿Hacer llorar a los chicos otra vez?
—Solo ha sido uno —protesté poniendo los ojos en blanco—. Pues no lo sé, puede que me tome el día libre.
—Ni en broma —espetó Ahren mientras tomábamos otro sendero—. Ayúdame, Eadlyn, por favor. Si tengo que arrastrarte de los pelos, créeme que lo haré. Asúmelo de una vez. No tienes elección, debes participar en la Selección.
Dejé que mi brazo se soltase del suyo.
—No me entra en la cabeza que la Selección fuera tan difícil para papá.
—¿Se lo has preguntado?
—No, y no me siento capaz. Últimamente, mamá y él han empezado a desvelarme algunos detalles sobre su historia de amor. Opinan que pueden resultarme útiles. Pero, por algún motivo, siempre han reservado pequeñas anécdotas para sí, y me parece desconsiderado preguntar. Además, cualquier otra pareja en la misma situación actuaría de forma diferente; en realidad, no quiero saber si a papá le interesó alguien más aparte de mamá.
—¿No se te hace raro pensarlo? —preguntó Ahren tras sentarse en un banco cercano—. ¡Otra mujer podría haber sido nuestra madre!
—No —respondí enseguida—. Nosotros solo existimos porque ellos se encontraron. Cualquier otra combinación no nos hubiese creado.
—Vas a hacer que me estalle la cabeza, Eady.
—Lo siento, esta situación me está volviendo loca —admití, y empecé a acariciar la piedra con el dedo—. Por un lado, entiendo que el concepto pueda resultar atractivo: que mi media naranja esté ahí fuera, esperándome en algún lugar, y que por casualidad pueda sacar su nombre y nos enamoremos locamente. Pero también está la sensación de ser un trofeo y de estar sometida a un juicio permanente. Cuando miro a todos esos muchachos, me parecen tan diferentes al tipo de gente con la que me suelo codear… Creo que no me gusta. Todo este tema me inquieta.
Ahren se quedó callado un momento y meditó escrupulosamente las palabras que iba a utilizar, lo cual me puso nerviosa.
No sabía si era algo entre mellizos o tan solo un vínculo exclusivo entre él y yo, pero cuando no nos poníamos de acuerdo se notaba casi de forma física. Parecía que una banda elástica estuviese tirando de los dos.
—Escucha, Eady, sé que quizás esta no haya sido la mejor forma de hacerlo, pero realmente creo que es bueno que tengas a alguien en tu vida. Llevo mucho tiempo con Camille e, incluso si lo dejásemos mañana, yo sería una mejor persona gracias a ella. Hay ciertas cosas que uno no aprende de sí mismo hasta que otra persona entra en el rincón más íntimo de su corazón.
—Pero ¿vosotros cómo conseguís eso? Os pasáis la mayor parte del tiempo separados.
—Ella es mi alma gemela. Simplemente, lo sé —contestó con una sonrisa pegada en la cara.
—Yo no creo en las almas gemelas —sentencié mirándome los zapatos—. Por casualidades de la vida, conociste a una princesita francesa. Y eso, por supuesto, porque solo te relacionas con la realeza internacional. De todas las chicas que has conocido, ella es la que más te gusta. Tu verdadera alma gemela podría estar ordeñando una vaca ahora mismo y ni te enterarías.
—Siempre eres tan dura con ella… —musitó. Su tono de voz hizo que la banda invisible se tensase aún más entre nosotros.
—Solo digo que tienes más opciones.
—Y, mientras tanto, tú tienes decenas de opciones delante de tus narices y te niegas a tenerlas en cuenta.
—¿Papá te ha pedido que te involucres en esto? —resoplé.
—¡Claro que no! Deberías vivir esta experiencia con una mente más abierta. Eres una de las personas más protegidas e inaccesibles del país, pero eso no significa que no puedas derribar ese muro infranqueable que han construido a tu alrededor. Date el capricho y permítete tener una relación romántica, aunque sea una vez en tu vida.
—Oye, ¡ya he tenido relaciones románticas!
—Una foto en una revista no cuenta como relación —replicó un tanto acalorado—. Y tampoco el hecho de liarte con Leron Troyes en aquel baile de Navidad en París.
—¿Cómo te has enterado de eso?
—Todo el mundo lo sabe.
—¿Incluso papá y mamá?
—Papá no. Bueno, a menos que mamá se lo haya contado. Me consta que ella está al corriente.
Tuve que esconder mi cara y ahogar un lamento para disimular mi absoluta humillación.
—Lo único que te digo es que esto puede ser bueno para ti.
Ese comentario borró todo rastro de vergüenza, que dejó su lugar a mi rabia.
—Todos decís lo mismo: puede ser bueno para ti... Pero ¿qué significa eso? Soy lista, guapa y fuerte; no necesito que nadie me rescate.
Ahren se encogió de hombros.
—Puede que no. Pero no sabes si alguno de ellos quizá sí lo necesite.
Me quedé mirando el césped, rumiando aquel comentario.
—¿Qué estás haciendo, Ahren? —pregunté meneando la cabeza—. ¿A qué se debe este repentino cambio de actitud? Pensaba que me apoyarías con todo esto.
Me pareció ver un destello de emoción en sus ojos, pero lo contuvo mientras me rodeaba con su brazo.
—Y estoy contigo, Eadlyn. Tú, mamá y Camille sois las mujeres más importantes de mi vida. Así que, por favor, ponte en mi lugar. Entiéndeme. Me preocupa tu felicidad.
—Soy feliz, Ahren. Soy la princesa. Puedo tener todo lo que quiera.
—Creo que estás confundiendo comodidad con felicidad.

Sus palabras me recordaron la reciente conversación que había mantenido con mamá.
Ahren me acarició el brazo, se levantó y se atusó el traje.
—Le prometí a Kaden que le ayudaría con los deberes de francés. Tú solo piensa un poco en todo esto, ¿de acuerdo? Quizá me equivoque; de hecho, no sería la primera vez... —puntualizó, y ambos sonreímos.
Asentí con la cabeza.
—Lo haré.
Me guiñó un ojo y añadió:
—Ten una cita o algo así. Y disfruta de los placeres de la vida.
Me quedé a las puertas del Salón de Hombres. Estaba histérica y no dejaba de caminar de un lado a otro, preocupada por estar perdiendo mi valioso tiempo. Después de la charla con Ahren tendría que haber ido directa al despacho para ponerme al día con el trabajo atrasado. A decir verdad, estaba deseando volver a la monotonía de clasificar documentos. Pero sus palabras, por encima de las de cualquier otra persona, me hicieron replantearme las cosas. Decidí que, al menos, debía intentarlo. Y no limitarme a fingir ante las cámaras, como había hecho hasta ahora.
Me repetí varias veces que, de todas formas, tendría que concertar, como mínimo, una cita con todos ellos. Era lo menos que se me exigía. Y eso no implicaba que al final me decantara por alguno de los candidatos y le nombrara príncipe consorte, desde luego; tan solo cumplía con la promesa que le había hecho a papá y actuaba tal y como el pueblo esperaba de mí.
Suspiré y entregué el sobre al mayordomo.
—Venga, adelante.
Antes de entrar en el salón, hizo una reverencia y yo me quedé esperando fuera.
Había decidido no volver a irrumpir en el Salón de Hombres nunca más. Pretendía que los candidatos estuvieran siempre atentos, pero en el fondo sabía que, de vez en cuando, se merecían un respiro. Quién mejor que yo para saberlo.
El mayordomo volvió un momento después y sostuvo la puerta para que Hale saliera. Cuando se acercó, se me pasaron dos cosas por la cabeza: primero me pregunté qué habría pensado Kile, lo cual me resultó bastante raro. Y después me impactó que Hale estuviera tan desconcertado; se mostró muy cauto y precavido. Se quedó a un metro de distancia, hizo una reverencia y, entre susurros, dijo:
—Alteza.
—¿Por qué no nos tuteamos los dos y me llamas Eadlyn? —le contesté dando una palmada.
Me pareció ver un atisbo de sonrisa en sus ojos.
—Eadlyn.
«No hay nadie sobre la faz de la Tierra más poderoso que yo.»
—Me preguntaba si te apetecería quedar conmigo después de cenar para tomar el postre.
—¿A solas?
Suspiré y le dije:
—¿Acaso quieres invitar a alguien más? ¿También necesitas un intérprete?
—¡No, claro que no! —contestó con una sonrisa de oreja a oreja—. Es que… ha sido una grata sorpresa, eso es todo.
—Ah, vale —farfullé. Fue una respuesta muy mediocre ante una confesión tan dulce, pero me había pillado por sorpresa.
Hale se quedó ahí de pie, sonriendo y con las manos en los bolsillos. Me costaba bastante imaginármelo como a otro más a quien enviaría a casa.
—Bueno, de todas formas me pasaré por tu cuarto unos veinte minutos después de cenar e iremos a uno de los salones del último piso.
—Suena genial, nos vemos esta noche.
—Sí, hasta luego —me despedí, y comencé a caminar.
Me molestó un poco darme cuenta de que me apetecía tener esa cita. Su reacción había resultado ser bastante tierna. De todas formas, lo peor no fue ese sentimiento que la Selección estaba empezando a generar en mí, sino la mirada triunfante de Hale cuando me pilló girándome para mirarle.