Capítulo 13
—Bueno, creo que he conseguido entretener a todo
el mundo durante un rato —presumí mientras paseaba cogida del brazo de Ahren
por los jardines de palacio.
—Eso
parece —murmuró, y me miró con una sonrisa pícara. Sentí la imperiosa necesidad
de pegarle, pero me contuve—. ¿Y qué tal ha ido?
Aquella
preguntita colmó el vaso de mi paciencia y esta vez sí que le asesté un
golpecito cariñoso.
—¡Serás
cerdo! Una señorita como Dios manda jamás comparte esos detalles de su intimidad.
—Claro,
¿y se supone que una señorita como Dios manda deja que le hagan fotos besando a
su pretendiente en la oscuridad?
—En
cualquier caso, ha funcionado —contesté encogiéndome de hombros.
Mis
fotografías con Kile saciaron el hambre voraz de la nación, tal y como habíamos
previsto. Aunque reconozco que me asombró descubrir que eso era lo que, en
realidad, el pueblo ansiaba ver; pero mientras estuviesen satisfechos, no
importaba tanto. Sin embargo, las reacciones ante el famoso beso fueron muy variadas:
un puñado de revistas publicó que era algo bonito y romántico, pero la mayoría
criticó el hecho de que yo tuviese tantas ganas de regalar un beso en un punto
inicial de la competición.
Una
de las revistas sensacionalistas del país incluso mantuvo un debate con dos de
sus reporteros más importantes sobre si yo era una chica fácil por dar un beso
así, o si por el contrario era una monería, ya que los dos nos conocíamos desde
pequeños. Traté de ignorarlo; pronto tendrían otros temas de los que hablar.
—He
echado un vistazo a la prensa de hoy —comenté—. No han redactado ni un solo
artículo dedicado a la discriminación de la época después de las castas.
—¿Y
qué planes tienes para hoy? ¿Hacer llorar a los chicos otra vez?
—Solo
ha sido uno —protesté poniendo los ojos en blanco—. Pues no lo sé, puede que me
tome el día libre.
—Ni
en broma —espetó Ahren mientras tomábamos otro sendero—. Ayúdame, Eadlyn, por
favor. Si tengo que arrastrarte de los pelos, créeme que lo haré. Asúmelo de
una vez. No tienes elección, debes participar en la Selección.
Dejé
que mi brazo se soltase del suyo.
—No
me entra en la cabeza que la Selección fuera tan difícil para papá.
—¿Se
lo has preguntado?
—No,
y no me siento capaz. Últimamente, mamá y él han empezado a desvelarme algunos
detalles sobre su historia de amor. Opinan que pueden resultarme útiles. Pero,
por algún motivo, siempre han reservado pequeñas anécdotas para sí, y me parece
desconsiderado preguntar. Además, cualquier otra pareja en la misma situación
actuaría de forma diferente; en realidad, no quiero saber si a papá le interesó
alguien más aparte de mamá.
—¿No
se te hace raro pensarlo? —preguntó Ahren tras sentarse en un banco cercano—.
¡Otra mujer podría haber sido nuestra madre!
—No
—respondí enseguida—. Nosotros solo existimos porque ellos se encontraron.
Cualquier otra combinación no nos hubiese creado.
—Vas
a hacer que me estalle la cabeza, Eady.
—Lo
siento, esta situación me está volviendo loca —admití, y empecé a acariciar la
piedra con el dedo—. Por un lado, entiendo que el concepto pueda resultar
atractivo: que mi media naranja esté ahí fuera, esperándome en algún lugar, y
que por casualidad pueda sacar su nombre y nos enamoremos locamente. Pero
también está la sensación de ser un trofeo y de estar sometida a un juicio
permanente. Cuando miro a todos esos muchachos, me parecen tan diferentes al
tipo de gente con la que me suelo codear… Creo que no me gusta. Todo este tema
me inquieta.
Ahren
se quedó callado un momento y meditó escrupulosamente las palabras que iba a
utilizar, lo cual me puso nerviosa.
No
sabía si era algo entre mellizos o tan solo un vínculo exclusivo entre él y yo,
pero cuando no nos poníamos de acuerdo se notaba casi de forma física. Parecía
que una banda elástica estuviese tirando de los dos.
—Escucha,
Eady, sé que quizás esta no haya sido la mejor forma de hacerlo, pero realmente
creo que es bueno que tengas a alguien en tu vida. Llevo mucho tiempo con
Camille e, incluso si lo dejásemos mañana, yo sería una mejor persona gracias a
ella. Hay ciertas cosas que uno no aprende de sí mismo hasta que otra persona
entra en el rincón más íntimo de su corazón.
—Pero
¿vosotros cómo conseguís eso? Os pasáis la mayor parte del tiempo separados.
—Ella
es mi alma gemela. Simplemente, lo sé —contestó con una sonrisa pegada en la
cara.
—Yo
no creo en las almas gemelas —sentencié mirándome los zapatos—. Por
casualidades de la vida, conociste a una princesita francesa. Y eso, por
supuesto, porque solo te relacionas con la realeza internacional. De todas las
chicas que has conocido, ella es la que más te gusta. Tu verdadera alma gemela
podría estar ordeñando una vaca ahora mismo y ni te enterarías.
—Siempre
eres tan dura con ella… —musitó. Su tono de voz hizo que la banda invisible se
tensase aún más entre nosotros.
—Solo
digo que tienes más opciones.
—Y,
mientras tanto, tú tienes decenas de opciones delante de tus narices y te
niegas a tenerlas en cuenta.
—¿Papá
te ha pedido que te involucres en esto? —resoplé.
—¡Claro
que no! Deberías vivir esta experiencia con una mente más abierta. Eres una de
las personas más protegidas e inaccesibles del país, pero eso no significa que
no puedas derribar ese muro infranqueable que han construido a tu alrededor.
Date el capricho y permítete tener una relación romántica, aunque sea una vez
en tu vida.
—Oye,
¡ya he tenido relaciones románticas!
—Una
foto en una revista no cuenta como relación —replicó un tanto acalorado—. Y
tampoco el hecho de liarte con Leron Troyes en aquel baile de Navidad en París.
—¿Cómo
te has enterado de eso?
—Todo
el mundo lo sabe.
—¿Incluso
papá y mamá?
—Papá
no. Bueno, a menos que mamá se lo haya contado. Me consta que ella está al
corriente.
Tuve
que esconder mi cara y ahogar un lamento para disimular mi absoluta
humillación.
—Lo
único que te digo es que esto puede ser bueno para ti.
Ese
comentario borró todo rastro de vergüenza, que dejó su lugar a mi rabia.
—Todos
decís lo mismo: puede ser bueno para ti... Pero ¿qué significa eso? Soy lista,
guapa y fuerte; no necesito que nadie me rescate.
Ahren
se encogió de hombros.
—Puede
que no. Pero no sabes si alguno de ellos quizá sí lo necesite.
Me
quedé mirando el césped, rumiando aquel comentario.
—¿Qué
estás haciendo, Ahren? —pregunté meneando la cabeza—. ¿A qué se debe este
repentino cambio de actitud? Pensaba que me apoyarías con todo esto.
Me
pareció ver un destello de emoción en sus ojos, pero lo contuvo mientras me
rodeaba con su brazo.
—Y
estoy contigo, Eadlyn. Tú, mamá y Camille sois las mujeres más importantes de
mi vida. Así que, por favor, ponte en mi lugar. Entiéndeme. Me preocupa tu
felicidad.
—Soy
feliz, Ahren. Soy la princesa. Puedo tener todo lo que quiera.
—Creo
que estás confundiendo comodidad con felicidad.
Sus
palabras me recordaron la reciente conversación que había mantenido con mamá.
Ahren
me acarició el brazo, se levantó y se atusó el traje.
—Le
prometí a Kaden que le ayudaría con los deberes de francés. Tú solo piensa un
poco en todo esto, ¿de acuerdo? Quizá me equivoque; de hecho, no sería la
primera vez... —puntualizó, y ambos sonreímos.
Asentí
con la cabeza.
—Lo
haré.
Me
guiñó un ojo y añadió:
—Ten
una cita o algo así. Y disfruta de los placeres de la vida.
Me quedé a las puertas del
Salón de Hombres. Estaba histérica y no dejaba de caminar de un lado a otro,
preocupada por estar perdiendo mi valioso tiempo. Después de la charla con
Ahren tendría que haber ido directa al despacho para ponerme al día con el
trabajo atrasado. A decir verdad, estaba deseando volver a la monotonía de
clasificar documentos. Pero sus palabras, por encima de las de cualquier otra
persona, me hicieron replantearme las cosas. Decidí que, al menos, debía
intentarlo. Y no limitarme a fingir ante las cámaras, como había hecho hasta
ahora.
Me
repetí varias veces que, de todas formas, tendría que concertar, como mínimo, una
cita con todos ellos. Era lo menos que se me exigía. Y eso no implicaba que al
final me decantara por alguno de los candidatos y le nombrara príncipe
consorte, desde luego; tan solo cumplía con la promesa que le había hecho a
papá y actuaba tal y como el pueblo esperaba de mí.
Suspiré
y entregué el sobre al mayordomo.
—Venga,
adelante.
Antes
de entrar en el salón, hizo una reverencia y yo me quedé esperando fuera.
Había
decidido no volver a irrumpir en el Salón de Hombres nunca más. Pretendía que
los candidatos estuvieran siempre atentos, pero en el fondo sabía que, de vez
en cuando, se merecían un respiro. Quién mejor que yo para saberlo.
El
mayordomo volvió un momento después y sostuvo la puerta para que Hale saliera.
Cuando se acercó, se me pasaron dos cosas por la cabeza: primero me pregunté
qué habría pensado Kile, lo cual me resultó bastante raro. Y después me impactó
que Hale estuviera tan desconcertado; se mostró muy cauto y precavido. Se quedó
a un metro de distancia, hizo una reverencia y, entre susurros, dijo:
—Alteza.
—¿Por
qué no nos tuteamos los dos y me llamas Eadlyn? —le contesté dando una palmada.
Me
pareció ver un atisbo de sonrisa en sus ojos.
—Eadlyn.
«No
hay nadie sobre la faz de la Tierra más poderoso que yo.»
—Me
preguntaba si te apetecería quedar conmigo después de cenar para tomar el
postre.
—¿A
solas?
Suspiré
y le dije:
—¿Acaso
quieres invitar a alguien más? ¿También necesitas un intérprete?
—¡No,
claro que no! —contestó con una sonrisa de oreja a oreja—. Es que… ha sido una
grata sorpresa, eso es todo.
—Ah,
vale —farfullé. Fue una respuesta muy mediocre ante una confesión tan dulce,
pero me había pillado por sorpresa.
Hale
se quedó ahí de pie, sonriendo y con las manos en los bolsillos. Me costaba
bastante imaginármelo como a otro más a quien enviaría a casa.
—Bueno,
de todas formas me pasaré por tu cuarto unos veinte minutos después de cenar e
iremos a uno de los salones del último piso.
—Suena
genial, nos vemos esta noche.
—Sí,
hasta luego —me despedí, y comencé a caminar.
Me molestó un poco
darme cuenta de que me apetecía tener esa cita. Su reacción había resultado ser
bastante tierna. De todas formas, lo peor no fue ese sentimiento que la
Selección estaba empezando a generar en mí, sino la mirada triunfante de Hale
cuando me pilló girándome para mirarle.