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miércoles, 24 de junio de 2015

LA HEREDERA C15

Capítulo 15
Sabía que no era culpa mía. Ni por asomo. De hecho, sabía muy bien a quién señalar con el dedo: a todos los que se apellidaban Schreave. Culpaba a mis padres por no ser capaces de controlar al país y por forzarme a esta situación. Recriminaba a mi hermano Ahren haber intentado convencerme de que me tomara en serio a aquella panda de chicos.
Mi destino era ser la reina. Y una reina podía ser muchas cosas…, excepto vulnerable.
La charla con Hale de la noche anterior me hizo abrir los ojos. Había estado en lo cierto desde el principio. Era imposible que pudiera encontrar al hombre de mi vida en tales circunstancias. Me parecía un verdadero milagro que alguien, en el pasado, lo hubiera conseguido. Abrirse a un puñado de desconocidos no podía ser bueno para el alma.
Segundo, si algún día contraía matrimonio, las posibilidades de conocer a alguien a quien amar incondicional y eternamente me parecían remotas. El amor podía desarmar las defensas de cualquiera, y eso no era algo que pudiera permitirme. Adoraba a mi familia y, por ello, ellos eran mi debilidad, sobre todo papá y Ahren. No estaba dispuesta a exponerme de ese modo.
Ahren sabía que sus palabras podían influirme, sabía cuánto le quería. Y justamente por eso, tras huir despavorida de mi cita, quise estrangularle más que al resto.
Bajé a desayunar. Caminé con paso decidido, como si nada hubiera cambiado. Seguía teniendo la sartén por el mango; un grupo de jovencitos estúpidos no iba a arruinarme la vida. Esa mañana me había levantado con un único objetivo: ponerme al día con el trabajo.
Había tenido demasiadas distracciones en los últimos días y tenía que centrarme. En algún momento, papá dejó caer que contrataría a alguien para que me echara una mano con el trabajo, pero todo se quedó en eso, en una promesa.
Ahren y Osten estaban sentados junto a mamá. Tomé mi asiento, entre papá y Kaden. Aunque estaba al otro extremo de la mesa, oía a Osten masticar.
—¿Estás bien, hermanita? —me preguntó Kaden, que se estaba comiendo los cereales a cucharadas.
—Desde luego.
—Pareces un poco estresada.
—Si el futuro del país estuviera en tus manos, a ti te pasaría lo mismo —respondí.
—A veces lo pienso —dijo, y se puso serio—. ¿Y si una plaga asolara Illéa y todos vosotros (papá, mamá, Ahren y tú) cayerais enfermos y murierais? Entonces estaría a cargo del país y tendría que tomar decisiones yo solito.
Por el rabillo del ojo advertí que papá se inclinaba ligeramente hacia delante para escuchar a su hijo.
—Eso es un poco macabro, Kaden.
Él se encogió de hombros.
—Mejor prevenir que curar.
Apoyé la barbilla sobre una mano y pregunté:
—¿Y cuál sería tu primera decisión, rey Kaden?
—Vacunas, claro está.
Solté una risita.
—Bien visto. ¿Y después?
Meditó la respuesta.
—Creo que intentaría conocer la opinión del pueblo. Me entrevistaría con gente, a poder ser sana, para así averiguar qué necesitan. Estoy seguro de que la vida se ve distinta ahí fuera.
Papá asintió.
—Muy inteligente, Kaden.
—Lo sé —murmuró, y volvió a zamparse una cucharada de cereales. Su rey imaginario desapareció de inmediato. Qué suerte.
Jugueteé con la comida que tenía en el plato mientras, con disimulo, observaba a papá de reojo. Sí, anoche yo también me había dado cuenta de que parecía cansado. Pero había sido algo puntual. Era evidente que los años no pasaban en vano, que necesitaba gafas y que se le había arrugado la piel, pero eso no significaba que estuviera agotado. ¿Qué sabía Hale?
Miré a mi alrededor. Los chicos estaban charlando entre ellos en voz baja. Ean conversaba con Baden. Burk se había manchado la corbata. Con una discreción envidiable trató, sin éxito alguno, de borrar el lamparón. También vi a Hale, y me alegré de que en ese instante no estuviera mirándome. En el otro extremo de la mesa estaban Henri y Kile. Erik traducía la conversación con una paciencia infinita y, a juzgar por sus gestos, intuí que el tema debía de ser más que interesante.
Estaba completamente cautivada. Durante un minuto traté de imaginar de qué estarían hablando, pero de nada sirvió. Observé a Kile y no pude evitar fijarme en sus manos. Me gustaba ver cómo gesticulaba con ellas o cogía un tenedor. Con ellas dibujaba. Y, mejor todavía, con ellas me había acariciado la mejilla mientras me besaba.
De pronto, Kile se percató de que los estaba vigilando y me saludó con una sonrisa. A Henri no le pasó desapercibido el gesto y enseguida se volvió y levantó una mano. Incliné la cabeza con la esperanza de que nadie hubiera notado que me había puesto como un tomate. De inmediato, Henri se giró para decirle algo a Erik, que, a su vez, se lo tradujo a Kile. Este arqueó una ceja y asintió con la cabeza. Era fácil de suponer que estaban hablando de mí. Me pregunté si Kile habría compartido ciertos detalles de nuestro beso.
La tía May era la única persona sobre la faz de la Tierra a quien podía confesarle ese beso con pelos y señales sin que se escandalizara. Mentiría si dijera que no había rememorado aquel momento en el pasillo unas cuantas veces.
Ahren se levantó, dio un beso a mamá en la mejilla y se dispuso a marcharse.
—Ahren, espera. Necesito hablar contigo —dije, y me puse en pie.
—¿Nos vemos ahora, cariño? —preguntó papá.
—Subiré al despacho enseguida. Lo prometo.
Ahren me ofreció el brazo y me acompañó hasta la puerta. Llamamos la atención de todos los presentes. Allá donde fuera, me seguía una especie de energía. Era una sensación agradable.
—¿De qué quieres hablar?
Sin borrar la sonrisa, susurré.
—Te lo diré cuando lleguemos al pasillo.
De pronto, él se tambaleó.
—Cielo santo.
Cuando doblamos la esquina, me solté del brazo y le asesté un golpe en el hombro.
—¡Ay!
—Anoche tuve una cita. Fue horrible. ¡Y todo por tu culpa!
Ahren se masajeó el brazo.
—¿Qué ocurrió? ¿Se portó mal contigo?
—No.
—¿Es que…? ¿Se propasó? —dijo en voz baja
—No —repetí, y me crucé de brazos.
—¿Fue grosero? ¿Irrespetuoso?
Resoplé.
—No exactamente, pero fue… raro.
Exasperado, alzó los brazos a modo de rendición.
—Bueno, ¿y qué esperabas? Si tuvieras una segunda cita con él, iría mucho mejor. Esa es la idea. Conocer a alguien requiere tiempo… y paciencia.
—¡Pero no quiero que me conozca! De hecho, ¡me niego a que todos esos chicos me conozcan!
Él me miró con el ceño fruncido.
—De todas las personas del mundo, siempre creí que tú serías la única a quien comprendería fuese cual fuese la situación. Pensé que sería recíproco. Pero te burlas de mí porque estoy enamorado. Y ahora, cuando se te presenta la oportunidad de conocer a alguien especial, te pones histérica.
Le señalé con un dedo acusatorio y pregunté:
—¿No fuiste tú quien dijo que todo esto era absurdo? ¿Acaso no eras tú el que se moría de ganas de verlos sufrir? Si no me falla la memoria, los dos estábamos de acuerdo en que esto era una broma. Y ahora resulta que, de la noche a la mañana, eres el presidente del club de fans de la Selección.
El silencio que reinaba en el pasillo era apabullante. Esperaba que Ahren me rebatiera o que al menos se explicara.
—Siento haberte decepcionado. Pero creo que tu enfado no es por una simple cita. Si quieres un consejo, averigua qué te asusta tanto.
Erguí la espalda y levanté la barbilla todo lo que pude.
—Seré la próxima reina de Illéa. No me asusta absolutamente nada.
Ahren retrocedió varios pasos.
—Sigue repitiéndote eso, Eadlyn. A ver si así solucionas el problema.
Y, sin mediar palabra, me dio la espalda y se marchó. Sin embargo, no llegó muy lejos. Josie había invitado a unas amigas a palacio. Al verle en mitad del pasillo, se derritieron. Reconocí a una de ellas del día en que salí a tomar el sol al jardín. La recordaba porque fue la única que se había dirigido a mí con educación.
Las observé desde la distancia. Todas bajaron la cabeza y le dedicaron una sonrisa tímida. Ahren se portó como un caballero, como siempre.
—Josie dice que su dominio de la literatura es impresionante —comentó una de las chicas.
Ahren apartó la mirada.
—Exagera. Me gusta leer, cierto, y escribo de vez en cuando, pero nada es lo bastante bueno como para compartirlo.
Otra de las amigas de Josie se metió en la conversación.
—Permítame que lo ponga en duda, alteza. Apuesto a que nuestro tutor estaría encantado de que viniera a darnos clase algún día. Me gustaría saber su opinión sobre algunos de los libros que hemos leído.
Josie entrelazó ambas manos.
—Ah, sí, por favor, Ahren. ¿Por qué no vienes a darnos clase?
Todo su séquito se echó a reír. Josie le había llamado por su nombre de pila, algo habitual porque se había criado a su lado.
—Me temo que tengo muchísimo trabajo acumulado. Quizás en otro momento. Que tengan un día maravilloso, señoritas.
Hizo una pequeña reverencia y continuó su camino. Ni siquiera tuvieron la decencia de esperar a que se hubiera alejado para estallar a reír como unas idiotas.
—Es tan guapo —opinó una, que estaba a punto de desmayarse.
Josie suspiró.
—Lo sé. Es tan dulce conmigo. El otro día salimos a dar un paseo juntos y… ¿Sabéis qué me dijo? Que soy una de las chicas más hermosas que ha conocido.
No pude soportarlo ni un segundo más. Salí disparada hacia ellas.
—Eres demasiado pequeña para él, Josie. Y, además, tiene novia. Déjalo de una vez.
Rodeé la escalera y me dirigí hacia el despacho. Sabía que, si hacía algo útil, algo que pudiera tachar de una lista, me sentiría mucho mejor.
—¿Lo veis? —oí decir a Josie, que no se molestó ni en bajar la voz—. Ya os dije que es una bruja.