Capítulo 15
Sabía que no era culpa mía. Ni
por asomo. De hecho, sabía muy bien a quién señalar con el dedo: a todos los
que se apellidaban Schreave. Culpaba a mis padres por no ser capaces de
controlar al país y por forzarme a esta situación. Recriminaba a mi hermano
Ahren haber intentado convencerme de que me tomara en serio a aquella panda de
chicos.
Mi
destino era ser la reina. Y una reina podía ser muchas cosas…, excepto
vulnerable.
La
charla con Hale de la noche anterior me hizo abrir los ojos. Había estado en lo
cierto desde el principio. Era imposible que pudiera encontrar al hombre de mi
vida en tales circunstancias. Me parecía un verdadero milagro que alguien, en
el pasado, lo hubiera conseguido. Abrirse a un puñado de desconocidos no podía
ser bueno para el alma.
Segundo,
si algún día contraía matrimonio, las posibilidades de conocer a alguien a
quien amar incondicional y eternamente me parecían remotas. El amor podía
desarmar las defensas de cualquiera, y eso no era algo que pudiera permitirme.
Adoraba a mi familia y, por ello, ellos eran mi debilidad, sobre todo papá y
Ahren. No estaba dispuesta a exponerme de ese modo.
Ahren
sabía que sus palabras podían influirme, sabía cuánto le quería. Y justamente
por eso, tras huir despavorida de mi cita, quise estrangularle más que al
resto.
Bajé
a desayunar. Caminé con paso decidido, como si nada hubiera cambiado. Seguía
teniendo la sartén por el mango; un grupo de jovencitos estúpidos no iba a
arruinarme la vida. Esa mañana me había levantado con un único objetivo:
ponerme al día con el trabajo.
Había
tenido demasiadas distracciones en los últimos días y tenía que centrarme. En
algún momento, papá dejó caer que contrataría a alguien para que me echara una
mano con el trabajo, pero todo se quedó en eso, en una promesa.
Ahren
y Osten estaban sentados junto a mamá. Tomé mi asiento, entre papá y Kaden.
Aunque estaba al otro extremo de la mesa, oía a Osten masticar.
—¿Estás
bien, hermanita? —me preguntó Kaden, que se estaba comiendo los cereales a
cucharadas.
—Desde
luego.
—Pareces
un poco estresada.
—Si
el futuro del país estuviera en tus manos, a ti te pasaría lo mismo —respondí.
—A
veces lo pienso —dijo, y se puso serio—. ¿Y si una plaga asolara Illéa y todos
vosotros (papá, mamá, Ahren y tú) cayerais enfermos y murierais? Entonces
estaría a cargo del país y tendría que tomar decisiones yo solito.
Por
el rabillo del ojo advertí que papá se inclinaba ligeramente hacia delante para
escuchar a su hijo.
—Eso
es un poco macabro, Kaden.
Él se
encogió de hombros.
—Mejor
prevenir que curar.
Apoyé
la barbilla sobre una mano y pregunté:
—¿Y
cuál sería tu primera decisión, rey Kaden?
—Vacunas,
claro está.
Solté
una risita.
—Bien
visto. ¿Y después?
Meditó
la respuesta.
—Creo
que intentaría conocer la opinión del pueblo. Me entrevistaría con gente, a
poder ser sana, para así averiguar qué necesitan. Estoy seguro de que la vida
se ve distinta ahí fuera.
Papá
asintió.
—Muy
inteligente, Kaden.
—Lo
sé —murmuró, y volvió a zamparse una cucharada de cereales. Su rey imaginario
desapareció de inmediato. Qué suerte.
Jugueteé
con la comida que tenía en el plato mientras, con disimulo, observaba a papá de
reojo. Sí, anoche yo también me había dado cuenta de que parecía cansado. Pero
había sido algo puntual. Era evidente que los años no pasaban en vano, que
necesitaba gafas y que se le había arrugado la piel, pero eso no significaba
que estuviera agotado. ¿Qué sabía Hale?
Miré
a mi alrededor. Los chicos estaban charlando entre ellos en voz baja. Ean
conversaba con Baden. Burk se había manchado la corbata. Con una discreción
envidiable trató, sin éxito alguno, de borrar el lamparón. También vi a Hale, y
me alegré de que en ese instante no estuviera mirándome. En el otro extremo de
la mesa estaban Henri y Kile. Erik traducía la conversación con una paciencia
infinita y, a juzgar por sus gestos, intuí que el tema debía de ser más que
interesante.
Estaba
completamente cautivada. Durante un minuto traté de imaginar de qué estarían
hablando, pero de nada sirvió. Observé a Kile y no pude evitar fijarme en sus
manos. Me gustaba ver cómo gesticulaba con ellas o cogía un tenedor. Con ellas
dibujaba. Y, mejor todavía, con ellas me había acariciado la mejilla mientras
me besaba.
De
pronto, Kile se percató de que los estaba vigilando y me saludó con una
sonrisa. A Henri no le pasó desapercibido el gesto y enseguida se volvió y
levantó una mano. Incliné la cabeza con la esperanza de que nadie hubiera
notado que me había puesto como un tomate. De inmediato, Henri se giró para
decirle algo a Erik, que, a su vez, se lo tradujo a Kile. Este arqueó una ceja
y asintió con la cabeza. Era fácil de suponer que estaban hablando de mí. Me
pregunté si Kile habría compartido ciertos detalles de nuestro beso.
La
tía May era la única persona sobre la faz de la Tierra a quien podía confesarle
ese beso con pelos y señales sin que se escandalizara. Mentiría si dijera que
no había rememorado aquel momento en el pasillo unas cuantas veces.
Ahren
se levantó, dio un beso a mamá en la mejilla y se dispuso a marcharse.
—Ahren,
espera. Necesito hablar contigo —dije, y me puse en pie.
—¿Nos
vemos ahora, cariño? —preguntó papá.
—Subiré
al despacho enseguida. Lo prometo.
Ahren
me ofreció el brazo y me acompañó hasta la puerta. Llamamos la atención de
todos los presentes. Allá donde fuera, me seguía una especie de energía. Era
una sensación agradable.
—¿De
qué quieres hablar?
Sin
borrar la sonrisa, susurré.
—Te
lo diré cuando lleguemos al pasillo.
De
pronto, él se tambaleó.
—Cielo
santo.
Cuando
doblamos la esquina, me solté del brazo y le asesté un golpe en el hombro.
—¡Ay!
—Anoche
tuve una cita. Fue horrible. ¡Y todo por tu culpa!
Ahren
se masajeó el brazo.
—¿Qué
ocurrió? ¿Se portó mal contigo?
—No.
—¿Es
que…? ¿Se propasó? —dijo en voz baja
—No
—repetí, y me crucé de brazos.
—¿Fue
grosero? ¿Irrespetuoso?
Resoplé.
—No
exactamente, pero fue… raro.
Exasperado,
alzó los brazos a modo de rendición.
—Bueno,
¿y qué esperabas? Si tuvieras una segunda cita con él, iría mucho mejor. Esa es
la idea. Conocer a alguien requiere tiempo… y paciencia.
—¡Pero
no quiero que me conozca! De hecho, ¡me niego a que todos esos chicos me
conozcan!
Él me
miró con el ceño fruncido.
—De
todas las personas del mundo, siempre creí que tú serías la única a quien
comprendería fuese cual fuese la situación. Pensé que sería recíproco. Pero te
burlas de mí porque estoy enamorado. Y ahora, cuando se te presenta la
oportunidad de conocer a alguien especial, te pones histérica.
Le
señalé con un dedo acusatorio y pregunté:
—¿No
fuiste tú quien dijo que todo esto era absurdo? ¿Acaso no eras tú el que se
moría de ganas de verlos sufrir? Si no me falla la memoria, los dos estábamos
de acuerdo en que esto era una broma. Y ahora resulta que, de la noche a la
mañana, eres el presidente del club de fans de la Selección.
El
silencio que reinaba en el pasillo era apabullante. Esperaba que Ahren me
rebatiera o que al menos se explicara.
—Siento
haberte decepcionado. Pero creo que tu enfado no es por una simple cita. Si
quieres un consejo, averigua qué te asusta tanto.
Erguí
la espalda y levanté la barbilla todo lo que pude.
—Seré
la próxima reina de Illéa. No me asusta absolutamente nada.
Ahren
retrocedió varios pasos.
—Sigue
repitiéndote eso, Eadlyn. A ver si así solucionas el problema.
Y,
sin mediar palabra, me dio la espalda y se marchó. Sin embargo, no llegó muy
lejos. Josie había invitado a unas amigas a palacio. Al verle en mitad del
pasillo, se derritieron. Reconocí a una de ellas del día en que salí a tomar el
sol al jardín. La recordaba porque fue la única que se había dirigido a mí con
educación.
Las
observé desde la distancia. Todas bajaron la cabeza y le dedicaron una sonrisa
tímida. Ahren se portó como un caballero, como siempre.
—Josie
dice que su dominio de la literatura es impresionante —comentó una de las
chicas.
Ahren
apartó la mirada.
—Exagera.
Me gusta leer, cierto, y escribo de vez en cuando, pero nada es lo bastante
bueno como para compartirlo.
Otra
de las amigas de Josie se metió en la conversación.
—Permítame
que lo ponga en duda, alteza. Apuesto a que nuestro tutor estaría encantado de
que viniera a darnos clase algún día. Me gustaría saber su opinión sobre
algunos de los libros que hemos leído.
Josie
entrelazó ambas manos.
—Ah,
sí, por favor, Ahren. ¿Por qué no vienes a darnos clase?
Todo
su séquito se echó a reír. Josie le había llamado por su nombre de pila, algo
habitual porque se había criado a su lado.
—Me
temo que tengo muchísimo trabajo acumulado. Quizás en otro momento. Que tengan
un día maravilloso, señoritas.
Hizo
una pequeña reverencia y continuó su camino. Ni siquiera tuvieron la decencia
de esperar a que se hubiera alejado para estallar a reír como unas idiotas.
—Es
tan guapo —opinó una, que estaba a punto de desmayarse.
Josie
suspiró.
—Lo
sé. Es tan dulce conmigo. El otro día salimos a dar un paseo juntos y… ¿Sabéis
qué me dijo? Que soy una de las chicas más hermosas que ha conocido.
No
pude soportarlo ni un segundo más. Salí disparada hacia ellas.
—Eres
demasiado pequeña para él, Josie. Y, además, tiene novia. Déjalo de una vez.
Rodeé
la escalera y me dirigí hacia el despacho. Sabía que, si hacía algo útil, algo
que pudiera tachar de una lista, me sentiría mucho mejor.
—¿Lo
veis? —oí decir a Josie, que no se molestó ni en bajar la voz—. Ya os dije que
es una bruja.